Vallejo & Co. publica el prólogo del ensayo Mejorando lo presente. Poesía española última. Posmodernidad, humanismo y redes (2010, Caballo de Troya ed.). Ensayo que nos ayuda a entender la situación de la poesía española contemporánea haciendo énfasis en la multiplicidad de tendencias y su vínculo a los nuevos soportes y formatos.

 

 

Por: Martín Rodríguez-Gaona*

Crédito de la foto: Izq. www.elimparcial.es

Der. www.dvdediciones.com

 

 

La poesía española reciente

frente a los desafíos de una nueva era

 

 

Desde los últimos veinte años del pasado siglo, en los medios artísticos y filosóficos internacionales, el empleo del término posmoderno ha sido una constante para referirse a producciones culturales de muy diversa índole. Dentro de la esfera literaria, no pocos escritores lo utilizaron para explicar aspectos formales o discursivos de sus propuestas, mientras otros se opusieron rotundamente a toda posible vinculación con el mismo. En España, el debate que esa polémica o vaguedad conceptual sugería no se asumió con todas sus consecuencias, debido a la ausencia de un espacio adecuado para este diálogo en el seno de la institucionalidad literaria, condicionada, en gran medida, por la reparación simbólica de las fisuras sociales heredadas de la dictadura franquista. No obstante, existen indicios de que sí hubo estrategias (políticas y comerciales) que impidieron o desvirtuaron la reflexión sobre dicho discurso. En todo caso, a lo largo de casi tres décadas, lo posmoderno en la poesía española ha conformado una nebulosa, a la manera de un invitado impertinente al que se prefiere ignorar.

En la actualidad, un simple paseo por galerías y museos contemporáneos, e incluso por la cartelera cinematográfica, nos demuestra que entrado el siglo XXI, lo posmoderno se ha convertido en lo hegemónico dentro del panorama cultural de la mayor parte del planeta. Fuera de discusiones legitimistas, en un sentido histórico, la estética posmoderna representa la fase final de un proceso de desacralización que, iniciado en la modernidad, sustituyó la relevancia fundamental de la creación (idealismo trascendente) por el énfasis en la productividad (materialismo capitalista). Siguiendo el mencionado razonamiento, resulta fácil constatar que tanto los ideales ilustrados como el toque divino del artista romántico han sido sustituidos, en el imaginario público, por las prerrogativas del éxito económico: la aceptación de una obra de acuerdo a su adecuación en términos de mercado.

Pero esta situación es apenas un ángulo del poliedro posmoderno. Al igual que lo acontecido previamente con otros movimientos históricos, como en el caso del neoclasicismo y su relación con la monarquía, o con el romanticismo y el modernismo con respecto a los sistemas educativos republicanos, ciertas versiones del posmodernismo son y serán neutralizadas e instrumentalizadas en el curso de su incorporación como parte de los cánones artísticos o literarios. Lo importante para comprender este proceso, que asocia al posmodernismo con la economía neoliberal propia de la sociedad globalizada, será esclarecer los vínculos que otras estéticas internacionales trazaron frente a fenómenos clave en sus respectivas épocas, como en el caso del modernismo con la racionalidad positivista o, anteriormente, entre el romanticismo y la espiritualidad laica.

Expresando silenciosamente estos conflictos, en España, la asunción de lo posmoderno dentro de la comunidad poética ha tenido un desarrollo larvario, opacado por los enfrentamientos entre los llamados Poetas de la Experiencia y otros escritores esencialistas liderados por José Ángel Valente. Fuera de la anecdótica agresividad manifestada por ambas partes, dichos roces ejemplificaron una profunda divergencia sobre los proyectos que sustentaban sus versiones acerca de la modernidad literaria. Lamentablemente, lo que pudo ser un buen punto para propiciar un debate de cara a lo posmoderno nunca llegó a concretarse. Tanto los cultores de un realismo urbano de rigurosa tradición castellana, como los idealistas heterodoxos de pretensiones místicas fueron absorbidos por el mercado y por la presión de las instituciones culturales. Pese al escaso intercambio estrictamente intelectual, dicho conflicto expresó que, en buena medida, las desavenencias no pertenecían de forma exclusiva al campo de la estética o lo artístico, sino que hundían sus raíces en la pugna por ser parte de las estructuras de la institucionalidad cultural, los medios masivos y el mercado.

La peor consecuencia de aquel conflicto fue que produjo una falsa dicotomía, simplista y maniquea, que no obstante su escasa elaboración fue muy beneficiosa para los intereses comerciales de los medios periodísticos y las editoriales, por su afinidad con la sociedad del espectáculo. Es decir, en términos publicitarios, aquel enfrentamiento público fue más importante que la obra de los propios poetas. La repetición de nombres e imágenes en entornos asociados al mundo de las letras produjo personajes identificables que, más allá de sus éxitos artísticos, profesionales o sociales, por la dependencia de sus propuestas en la publicidad mediática, involuntariamente daban cuenta de un peculiar estado de la cultura en la sociedad postindustrial: el ocaso del lector burgués y del proyecto Ilustrado.

Si bien los indicios de esta situación son tan lejanos que se remontan por lo menos a la desaparición del Antiguo Régimen, el deterioro de las relaciones burguesas tradicionales en el mundo de las artes, que marca la literatura española de fin de siglo, sólo colapsó por completo recientemente, con la caída del muro de Berlín. El surgimiento internacional de los nuevos ricos, tecnócratas o especuladores financieros, despreocupados por igual de las formas como del espíritu, cimentó el ocaso de la relación entre el Humanismo y la Alta Burguesía. El fin de la Guerra Fría acabó a su vez con quienes, como opositores generacionales, propugnaban la buena conciencia y el compromiso progresista. El resultado de este desencuentro ha sido una paulatina y excluyente jerarquización social a través del éxito económico. Sin patrones formales o discursivos definidos, los tecnócratas y especuladores, trabajando al interior de la industria cultural, se desvincularon de toda responsabilidad social y sustituyeron los criterios de calidad artística por los números de ventas, propiciando con estos fines el surgimiento de una nueva aristocracia, la mediática. Precisamente aquella que en España ha terminado también por arrogarse la autoridad y la representatividad del quehacer literario.

Esta es la situación actual de la cultura que, como miembros de una sociedad postindustrial, todos de una forma u otra padecemos. La misma que corrobora que la aplicación inflexible del neoliberalismo económico a lo cultural inevitablemente termina reduciendo la función de lo artístico a lo utilitario: el arte y las letras como mercancía o propaganda. Una circunstancia que no concuerda con los valores de ninguno de los dos sistemas previos y que, además, resulta nociva incluso en términos comerciales por la saturación del mercado con productos homogenizados. Una situación poco recomendable y a la larga insostenible dentro un Estado democrático que pretendidamente apoya la cultura como una expresión fundamental de la sociedad de bienestar.

Debido a una evolución diacrónica, tales circunstancias son heredadas por la actual promoción de artistas que coincide con el cambio de siglo, por lo que desde la literatura han sido recogidas y expresadas por poetas aparecidos, entre otras cosas, como consecuencia de la transición demográfica propia de la sociedad española en los últimos cuarenta años. Es decir, autores que se desarrollan plenamente en una sociedad global y postindustrial que responde a los diagnósticos de la posmodernidad (con sus cambiantes relaciones de espacio-tiempo) y que han sido formados bajo el cada vez más perceptible influjo de los discursos posestructuralistas y posmodernos. La solidez de los síntomas que caracterizan a estas obras demuestra, de otra manera, que se trata de una promoción no sólo innovadora sino lentamente gestada.

Porque debe tenerse en cuenta que, en cierto modo, estos escritores son en rigor posmodernos, ante todo, por haber surgido cuando los hechos eran más contundentes que los discursos. Y los hechos en sí mismos fueron inusualmente rotundos: las obras de los poetas estudiados en “Mejorando lo presente”, están marcadas, de una u otra manera, por la revolución tecnológica representada por los ordenadores e Internet y por el mundo globalizado que hizo patentes sus conflictos con los atentados de las Torres Gemelas (11 de septiembre de 2001) y de la Estación de Atocha (11 de marzo de 2004). Es imposible no reconocer un escenario social totalmente distinto a partir de los anteriores sucesos, por lo que tampoco puede resultar lejano imaginar la cada vez mayor importancia que en esta poesía cobran lectores con diversas necesidades y expectativas.

Aunque dichas experiencias son muy difíciles de definir plenamente, si consideramos al entretenimiento como la característica primordial de la producción cultural en las sociedades postindustriales, quienes frecuentan la poesía, sea como productores o receptores, conforman, más allá de cualquier matiz, un sector minoritario dentro del consumo. Es evidente que incluso en el llamado mundo desarrollado, la lectura especializada deviene una actividad cada vez más ardua y rara, pues el ciudadano promedio carece del tiempo libre y de la formación necesaria para el acercamiento activo y exigente que la poesía usualmente requiere. Una situación que encierra cierta paradoja, pues pese a la masificación, quienes se oponen a la desaparición de los hábitos del lector burgués son precisamente ciertas nuevas minorías surgidas como consecuencia del crecimiento demográfico. Estos reductos conformados por poetas y lectores asiduos deben enfrentarse o convivir con las ofertas y distracciones que brindan los medios masivos y las nuevas tecnologías. Por lo tanto, la poesía, en su función de metalenguaje, representa una crítica y una ruptura a lo dominante, y esta es probablemente su importancia y la raíz de su vigencia.

No resulta exagerado afirmar, entonces, que uno de los rasgos fundamentales de la promoción emergente de poetas españoles es que su escritura irrumpe en medio de una encrucijada posmoderna, la cual tiene profundas implicaciones tanto formales como sociológicas. Un conjunto de circunstancias que si bien ha enriquecido su escritura formal y discursivamente, a su vez propicia que el reconocimiento de sus aportaciones o su presencia como grupo sea difícil, dentro de un sistema que fomenta casi exclusivamente la productividad (la actualidad y el volumen de ventas). Esta situación ha condicionado a toda escritura artística, como es evidente, a una recepción sesgada por el consumo inmediato. Es decir, el sistema en su exclusividad comercial, no brinda espacios para la difusión, la reflexión y la institucionalización de propuestas complejas o formalmente exigentes.

De este modo, no es que no surjan nombres propios de relevancia en las letras contemporáneas, sino que de haberlos estos pasan desapercibidos en medio de la avalancha de publicaciones eminentemente comerciales, algo habitual incluso en un género tan minoritario como el poético. Por lo tanto, como respuesta a estos hechos, una creciente cantidad de poetas emergentes opta por el trabajo desde reducidas comunidades lectoras, aceptando esta apuesta como más visible y gratificante que los mecanismos y espacios tradicionales concedidos por la crítica en los medios masivos.

Como se observa, la presente es una situación crítica y sin mayores precedentes, pero que deviene aún más inasible por la ausencia de un debate sobre los fundamentos y las circunstancias que la sustentan. Intentando contribuir a ese intercambio, el presente ensayo se interroga por lo que implica el término posmoderno para autores que escriben en España. ¿Tiene el mismo significado la utilización de dicho concepto para las obras de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916), Luis García Montero (Granada, 1958) y Sandra Santana (Madrid, 1978)? Fuera de la polémica necesidad de compartir una idéntica denominación o una taxonomía, propondremos un recuento histórico de sus antecedentes y una definición plural que sea propicia para abarcar las diferentes propuestas, incidiendo en sus fundamentos comunes pese al uso de registros de escritura variados que van desde lo metafísico a lo performativo. Esta visión, que se reconoce tentativa pero pretende a la vez ser incluyente y rigurosa, parte de la convicción de que sólo asumiendo las peculiaridades de lo posmoderno dentro del idioma se podrá reconocer, pese a lo aparentemente tardío de estas expresiones, que la actual coyuntura no es un mal punto para analizar las mismas. En otras palabras, estudiando el fenómeno simultáneamente en sus dimensiones globales y locales, creemos que la poesía en España está en un momento privilegiado en comparación con otras literaturas, pues su experimentalismo y peculiar relación con lo lírico o lo político se manifiestan, pese a muchas dificultades, dentro de una estructura y un sistema que no niega la interacción con lo público.

Efectivamente, a diferencia de lo que sucede en países como Estados Unidos, Francia o Alemania, la poesía en España no está confinada al ghetto académico ni a las catacumbas contraculturales, fundamentalmente por contar con una institucionalidad literaria extensa y operativa, pese a sus deficiencias. Es decir, en España la poesía mantiene aún una mínima plataforma periodística y cierto apoyo público o estatal, los que responden a las exigencias de una ciudadanía que sabe la diferencia entre una sociedad alfabetizada y otra menos próspera. Una circunstancia que obedece, fundamentalmente, a que la clase media (a la que en su mayoría pertenecen los nuevos poetas) todavía mantiene cierto respeto por la producción cultural y por el libro, lo que representa una indudable ventaja para el mundo editorial y una gran responsabilidad para las instituciones públicas.

Este anhelo por una cultura más democrática e incluyente se aprecia tanto en el alto consumo de literatura por el público femenino como en las múltiples actividades organizadas independientemente por escritores jóvenes, en su mayoría inéditos. Inesperadamente, sin embargo, en la lucha por mantener una versión no comercial o ilustrada de lo literario, lo decisivo ha sido un avance tecnológico: el empleo de la red mundial de información. La presencia de Internet en la comunidad literaria española, en menos de una década, se ha traducido en decisivos intercambios que son ya una realidad en la comunidad poética, propiciando una mayor producción y distribución de propuestas creativas, una fiscalización de los sistemas culturales actuales y la aceptación o la crítica abierta de prestigios específicos. De esta forma, las redes virtuales propician un sistema más eficiente, descentralizado y participativo, con una idea distinta sobre el creador o poeta que va más allá del culto al individuo. Además, paulatinamente, el influjo de la red se percibe en la propia institucionalidad tradicional con los crecientes cuestionamientos del sistema de premios, del abuso de la representatividad política y de los excesos del mercado.

La existencia de activos foros de comentarios y crítica especializada, sea independientes, como los blogs y las revistas electrónicas, o comerciales como portales de libros y películas tipo Amazon, son indicadores irrefutables de que empresarios y autoridades político-culturales deben basar sus decisiones y estrategias cada vez más en los índices de confianza que les plantean sus lectores-consumidores. Dichos datos proponen, finalmente, una reforma de las instituciones con el propósito de hacerlas más efectivas y transparentes. Es decir, el ajuste de lo público de acuerdo a las necesidades aparecidas como consecuencia de los cambios demográficos. Desde este nuevo contexto resulta insostenible, por ejemplo, una jerarquización elitista del consumo en términos sociales, en un instante en que por la acción de Internet las distancias geográficas e incluso las identidades de los consumidores pasan a un segundo plano. La consecuencia última y más beneficiosa de este proceso es una exigencia de mayor calidad y pluralidad en la producción literaria.

Las nuevas tecnologías, fuera de los beneficios ya evidentes, ofrecen retos insospechados para la creación y la comercialización de las escrituras artísticas. Los ordenadores e Internet representan un desafío que se abre a todo el sistema cultural, pues la revolución digital producirá cambios todavía más notables que los ya señalados, como los que sugiere la futura popularización del libro electrónico -y sus funciones interactivas de edición personalizada y reciclaje de textos e imágenes-. Una circunstancia que en los próximos años contribuirá, nada más y nada menos, que a una reformulación radical en nuestra concepción del fenómeno literario. Así, en la actualidad, todo parece indicar que la brecha generacional que ilustran los poetas últimos en España seguirá incrementándose hasta la probable consolidación de dos frentes paralelos, sino enfrentados: la cultura letrada y la cultura informática. Por lo tanto, la importancia de analizar los recientes cambios estéticos y discursivos es crucial para asumir con solvencia dicho salto a lo tecnológico.

En la línea de tales consideraciones, el presente ensayo no se limita a presentar una emergente promoción de escritores sino que explora su relación con fenómenos culturales internacionales, propios de la sociedad global. Al propiciar un espacio crítico para estas obras, se busca generar un debate sobre las razones de la irrupción de las mismas, con el fin de reconocer aportaciones que pueden ser significativas dentro de una coyuntura inédita y decisiva. Es decir, una primera conclusión implicaría que hasta este momento todo lo conseguido por las nuevas tecnologías desde la literatura deriva de un uso cotidiano, no especializado y relativamente pasivo de tales medios. Una aproximación ciertamente incipiente, pero cuyas prácticas señalan el camino que será más transitado en el nuevo siglo. Curiosamente, dicha interacción individual, en la que cada lector es capaz de manifestarse y ejercer libremente su influencia, relaciona a los miembros de la comunidad poética virtual con la tradición humanista, por lo que una minoría puede ofrecer alternativas para superar excesos de cualquier índole, actualizando la tradición de resistencia que en el pasado tantos poetas y artistas representaron con respecto a la masificación y el totalitarismo.

Creemos que, en España al igual que en el resto del planeta, la creación de redes entre escritores y lectores es un indicio que anuncia la próxima consolidación de un consumo altamente personalizado, como respuesta a la todavía vigente industrialización de bienes culturales. El paso decisivo del siglo XX al siglo XXI representa, entonces, para el mundo de la cultura, una transformación desde los actuales mercados de producción masiva a otros de producción individualizada (fuera del caso de los blogs de poesía y crítica, el modding informático, el tunning automovilístico y la cultura deejay son algunos de los ejemplos más visibles de esta incipiente mass customization / personalización masiva).

Resulta profundamente significativo, por lo tanto, que incluso un género tan en los márgenes de lo comercial como el poético ilustre que cultura, economía y tecnología son factores interrelacionados y cruciales en la conformación de la presente civilización global. Sin embargo el factor diferencial es que la poesía persiste, desde una posición elitista pero no excluyente, como una alternativa al mero entretenimiento, sin renunciar a la época, a sus conflictos y sus dilemas. Frente a cambios de paradigmas, revoluciones tecnológicas y nuevos escenarios sociales, la poesía se mantiene a la manera de un puente entre tiempos sucesivos, como un vehículo para la defensa y la recreación del pasado cultural, como un instrumento para propiciar la imaginación, el contacto interpersonal, la reflexión y la memoria. La poesía, ejerciendo su inmemorial capacidad de reformulación, permite la posibilidad de recuperar también la tradición humanista. Así, poetas y lectores plantean potencialmente la necesaria construcción de un nuevo humanismo que, consciente de sus errores históricos, resurja después de una crítica profunda. Por lo tanto, el reto mayor de los poetas de inicios del nuevo milenio, ya asimilado con particular energía en España, implica la creación y la difusión de un conocimiento que incorpore tanto a los clásicos como a los posestructuralistas, a los herederos de los trovadores y a los nuevos avances tecnológicos, mediante propuestas de pensamiento y escritura plurales, constructivas y pragmáticas.

 

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Antes de analizar individualmente la obra de los poetas recientes que en España escriben bajo el influjo de lo posmoderno creemos necesario recordar que, desde dicho paradigma, toda pretensión de originalidad adánica deviene inaceptable, de igual modo que la sumisión programática a unos postulados específicos. Por lo tanto, uno de los puntos más atractivos de estos escritores está en que precisamente su diversificación atenta contra la usual linealidad de una lectura historicista.

La escritura de estos autores aparece desafiando, entonces, la narrativa interna de la historia de la literatura, la cual supone que las obras poseen necesariamente una dirección y un sentido determinados. Esta intuición compartida les hace dejar de lado la prepotencia y la simplificación maniqueas (e interesadas) que fueron predominantes en el fin de siglo, brindándoles un amplio sentido de libertad formal y discursiva. Rasgo que de ninguna manera implica renunciar al análisis crítico y exigente de las nuevas propuestas, sino que requiere ensayar aproximaciones estrictamente enfocadas a lo que las obras mismas proponen, en la línea de la alta especialización propia del consumo postindustrial.

Sin embargo, ante el desfase crítico que ha promovido una versión reduccionista de lo asimilable al canon o al mercado, es necesario apuntar ciertos indicios del paso de lo moderno a lo posmoderno en las poéticas internacionales, con el fin de reconocer su influencia en la obra de los últimos poetas españoles. Esto puede resultar útil no sólo para establecer una filiación estética o discursiva, sino para contrastar la solidez de las propuestas.

Muchos de los rasgos de la escritura posmoderna, como se sabe, guardan una conexión estrecha con autores y movimientos de los orígenes de la modernidad. Los Románticos alemanes (la trascendencia laica), los Románticos ingleses (el proyecto político y la heterodoxia social), Baudelaire (la urbe y la oposición a la moral burguesa), Whitman (el yo plural y la poetización del espacio) o la Viena de fin de siglo (la crisis del lenguaje y la disgregación del sentido) representan temáticas y aspectos formales todavía presentes en la escritura contemporánea. Lo indeterminado y el azar, términos favoritos de la crítica posmoderna, son equivalentes a la sensación de lo irresuelto o lo incoherente que se encuentra como una constante en la poesía occidental desde el siglo XIX. En realidad, más allá del quiebre insuperado que significó Rimbaud, el énfasis en lo inconexo o lo fragmentario bien puede ser una reafirmación frente a la condición efímera de lo humano, como de otro modo se aprecia ya en la elegía clásica.

Así, fundamentalmente, los poetas actuales asumen el nada desdeñable reto de enfrentarse a las distintas tradiciones poéticas de la modernidad, recuperándolas, transformándolas y reinterpretándolas mediante su interacción con contextos y discursos contemporáneos. El cambio decisivo para este proceso, como hemos sugerido, está marcado por las recientes transformaciones históricas y/o tecnológicas. Esas dramáticas variaciones tienen como efecto, por ejemplo, que los modelos de escritura no se circunscriban ya exclusivamente a tradiciones nacionales o idiomáticas. En ese sentido, ningún estilo o propuesta es realmente innovadora u oscura, si se contempla bajo una filiación adecuada.

Entre los dieciocho libros y cuatro recitales reseñados para ilustrar el alcance de estas propuestas, podemos encontrar indicios claros tanto del cambio de paradigmas como de los nuevos escenarios sociales. En consecuencia, en obras que sin duda toleran más lecturas que la presente, es factible rastrear cuestiones que van del paso de la indefinición del yo a la difuminación de lo real (Mariano Peyrou, Agustín Fenández Mallo), el proceso que lleva de la política asumida en grandes bloques internacionales hacia la acción local (la épica o el tono menor en David González o David Mayor), el reconocimiento de ser parte de sociedades transnacionales (las ciudades europeas en la obra de Mercedes Cebrián), y la superación de la alienación urbana por medio de la vida en comunidades específicas (lo gay en Juan Antonio González Iglesias, cierta militancia feminista en Mercedes Díaz Villarías), o la exploración de los límites del lenguaje literario como materia y discurso (Patricia Esteban, Sandra Santana).

De esta manera, el presente grupo de escritores influenciados por lo posmoderno emprende una relectura de distintas tradiciones poéticas, cuyos resultados oscilan entre un formalismo irónico y la radicalidad experimentalista o política. Los libros analizados son interesantes como revisiones y propuestas estéticas, pero también porque permiten reconocer las implicaciones ideológicas de sus formas y discursos. Quizá lo auténticamente novedoso en las mismas sea, en comparación con la ideologización partidista de otros momentos, que las posiciones y discursos más variados se plasman con solvencia desde una subjetividad sin pretensiones concluyentes o hegemónicas. Es decir, estos poetas no buscan la protección de un consenso auspiciado por instituciones de ningún tipo.

Finalmente, las obras de los poetas españoles de los días posteriores a lo posterior se proponen a un receptor que, partiendo de lo estilístico, establezca lecturas plurales, que relacionen contextos dentro y fuera de lo escrito. Son una invitación al goce de una lectura que cuestiona y supera tanto la falta de ambición formal como el trajinado y chirriante cliché esencialista de “eso no es verdadera poesía”, que fueron predominantes hasta hace pocos años.

 

 

 

 

*Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969), poeta, ensayista y traductor, reside en Madrid desde 1998, dedicado al periodismo, la gestión cultural y el mundo editorial. Fue becario de creación de la Residencia de Estudiantes, institución para la que posteriormente desempeñó el cargo de coordinador del área literaria. En los años de su labor en la gestión cultural, organizó y presentó conferencias, recitales y exposiciones en los que intervinieron poetas como Gonzalo Rojas, Juan Gelman, Jorge Eduardo Eielson, José Watanabe y Daniel Samoilovich, así como el premio nobel irlandés Seamus Heaney y el performer estadounidendse John Giorno. Ha publicado los poemarios Efectos personales (Lima: Ediciones de Los Lunes, 1993), Pista de baile (Lima: El Santo Oficio, 1997) y Parque infantil (Valencia: Pre-Textos, 2005), y el ensayo Mejorando lo presente. Poesía española última. Posmodernidad, humanismo y redes (Madrid: Caballo de Troya, 2010). Su obra como traductor de poesía estadounidense incluye versiones como La sabiduría de las brujas de John Giorno (DVD, 2008) y Pirografía: Poemas 1957-1985 (Visor, 2003), una selección de los primeros diez libros de John Ashbery. Como editor ha publicado libros para el Fondo de cultura Económica de México y la Residencia de Estudiantes de Madrid.

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