EDUARDO CHIRINOS. MEDICINAS PARA QUEBRANTAMIENTOS DEL HALCÓN.

COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2014

 

 

Por: Carlos Alcorta

Crédito de la foto:  http://www.pre-textos.com/escaparate/

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Nacido en Lima en 1960 y actualmente residente en Missoula, en cuya universidad ejerce como profesor, Eduardo Chirinos es autor de cuentos infantiles, es también ensayista y traductor —ha traducido, entre otros, a Mark Strand y a Louise Glück—, además de poeta, faceta esta última por la cual es sobradamente conocido en España. Aquí ha publicado libros tan importantes como Abecedario de agua (2000), Breve historia de la música (2001), con el que obtuvo el Premio Casa de América de Poesía, Escrito en Missoula (2003), No tengo ruiseñores en el pelo  (2009) o Mientras el lobo está (2010), Premio de Poesía Generación del 27. Los poemas del libro que ahora comentamos, Medicinas para quebrantamientos del halcón, están precedidos de una breve nota en la que el autor enlaza su situación personal con la del Canciller López de Ayala, autor de dos obras fundamentales en su época, El rimado de Palacio y el Libro de la caza de las aves, escritos mientras permaneció cautivo, a la espera del pago de su rescate, en la vecina Portugal, aunque no se refieren a esta circunstancia ninguna de sus páginas de forma evidente, no sabemos si por temor o prudencia, o ambas cosas a la vez, lo que Chirinos interpreta como un meritorio desdoblamiento de la identidad que, a la postre, dignificó su cautiverio.

 

Más que con el autor de estos libros, la similitud que establece el poeta tiene que ver con esa circunstancia de extrañamiento, algo que aclara, si bien no del todo, con estas palabras: «Sólo diré que seiscientos veintisiete años después, mi cuerpo albergó un inquilino resuelto a suplantarme, a apoderarse de los que es más íntimamente mío, a desordenar mis hábitos nocturnos, a alborotar tenazmente mi biblioteca. Escribí estos poemas prisionero de  ese inquilino, bajo el oscuro aletazo de un cuervo mordaz y exigente. O de un halcón que reclamaba, como yo, medicinas para curar y aliviar sus quebrantamientos», medicinas que aparecen descritas en el último poema del libro, «Medicinas para quebrantamientos del halcón»: «zaragatona que tienen los boticarios, sangre/ de drago, simiente de mastuerzo, casca de/ encina, acíbar pátigo. Para círculos negros/ debajo de los ojos: miel dura en terrón, hierba/ golondrina. Un poco de zumo de codeso»  y que no ocultan reminiscencias medievales en sus misteriosas composiciones así como la influencia de antiguos manuales de cetrería y acaso de esotéricos mejunjes («mantequilla de antimonio,/ azúcar de plomo, licor vaporoso de Libavio») tan similares a los que describe en el  Libro de los venenos  Antonio Gamoneda.

 

Pero este libro es mucho más que un catálogo medicinal, que un vademécum, es un proyecto poético de gran envergadura en el que la precognición del desarraigo y la violencia que tal estado aplica sobre el individuo son asimilados y encauzados por el proscrito hasta convertirlos en pretexto para la recapitulación y el autoconocimiento; un proyecto perfectamente diseñado en su estructura simétrica, con dos cuerpos de catorce poemas cada uno de ellos, poemas que están a su vez ramificados en distintas partes de extensión variable, de tal forma que el objeto del poema o la circunstancia que lo motiva se desarrolla mediante absorbentes movimientos circulares que buscan vincular, encadenar al lector con el universo privado del poeta, un universo complejo  e inabarcable que en numerosas ocasiones necesita un guía para recorrerlo. Basten mencionar algunos de los títulos de los poemas tomados al azar para percibir la diversidad de intereses que despiertan la escritura poética: «Desencuentros con Lezama», «La imprenta del infierno», «Poema con pájaros y ciclamen» o «Una vieja leyenda morisca», por no hablar de los que tienen a la música como leitmotiv: «Cuatro piezas para violín», «La música donde naturaleza y cuerpo descansan» o «Tres piezas para piano», por ejemplo. Pero, como digo, no es fácil resumir el asunto central de este libro, acaso porque no lo tiene, porque, con la excusa de la otredad, el poeta da rienda suelta a su imaginación, a sus experiencias personales, a sus conocimientos histórico-culturales,  a sus recuerdos y cada poema, parece contener un fragmento de mundo independiente, estanco, por más que existan evidentes relaciones entre muchos de ellos y en la órbita que recorren rocen tangencialmente situaciones y sucesos comunes.

 

Otra de las características que enlaza unos poemas con otros es la intertextualidad. Citas más o menos reconocibles proliferan en algunos poemas, así como referencias nominales variadísimas que van desde Homero a Tiziano, desde Tomás Guerino a Jesucristo, desde William Blake o Sydney Farber a Vesalio. Las dislocaciones temporales, la simultaneidad que distingue a la memoria permiten que esta amalgama de nombres, de lugares y de fechas convivan en el poema sin rechinar, sin resultar mareantes. La poesía de Eduardo Chirinos no busca el misterio por el misterio ni el hermetismo gratuito, sin embargo, a pesar de estar construida con un lenguaje culto y preciso, a pesar de que lo onírico y lo irracional estén presentes en muchos versos de este libro, a pesar de la vasta cultura que los informa «las palabras asoman y buscan una fiebre, una/ música donde flotar a la deriva, un descuido/ donde acomodarse. Las palabras no quieren/ orden, las palabras quieren desconcierto». Este desconcierto es el que debe subsanar el lector para no caer en la trampa en la que caen muchos halcones, alimentarse de las presas fáciles que vuelan desorientadas en los falsos cielos de los zoológicos.

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