Por Enrique Solinas

Crédito de la foto/s: el autor

 

 

“Mi destino ha pasado y sigue pasando por la poesía”.

Entrevista a Santiago Sylvester

 

Sylvester Básico

(Salta-Argentina, 1942), es poeta, narrador, ensayista y abogado. Entre 1978 y 1996 residió en Madrid. Publicó hasta la fecha en poesía En Estos días (1963), El aire y su camino (1966), Esa frágil corona (1971), Palabra intencional (1974), La realidad provisoria (1977), Libro de viaje (1982), Perro de laboratorio (1986), Entreacto, (1990), Escenarios (1993), Café Bretaña (1994), Antología poética (1996), Número Impar (1998), El punto más lejano (1999), Calles (2004), El reloj biológico (2007), Perro de laboratorio (2008), La palabra y (2010), El punto más lejano (2011), Perro de Laboratorio seguido de Libro de Viaje (2013), Los casos particulares (2014), El que vuelve a ver (2016) y La conversación (2017). En cuento publicó La prima carnal (1987); y los ensayos Oficio de lector (2003) y La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte (2012).

Obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1966 y 1977), el Premio Dirección de Cultura de Salta (1970), el Premio Sixto Pondal Ríos (1977), Premio Ignacio Aldecoa (1985), Premio Jaime Gil de Viedma (1993), 3er. Premio Nacional de Poesía (1997), Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges (1999), Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires (2008) y el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2015). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras (2015) y miembro correspondiente de la Real Academia Española (2016). Dirige la colección Pez Náufrago de poesía, y es codirector de la colección de ensayos Época, ambas en Ediciones del Dock (Buenos Aires).

 

 

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Entrevista

Enrique Solinas [ES]: ¿Cómo fue tu encuentro con la poesía y cuándo sentiste que la literatura era el camino que querías transitar?   

Santiago Sylvester [SS]: La verdad es que no me acuerdo cuándo me encontré con la poesía, así que tiene que haber sido pronto. Supongo que esto viene de dos hechos: uno, me he criado en una casa con libros porque tuve un padre lector; y dos, el bachillerato en el que estudié en Salta daba importancia a eso que antes se llamaba “humanidades”: literatura, filosofía, latín, griego. Me tocó conocer en la adolescencia el siglo de oro español y parte de la literatura clásica. Y en cuanto a saber que la cosa iba en serio, creo que fue alrededor de los 17 años, cuando empecé a vincularme con otros muchachos que escribían, y con poetas mayores que me prestaron libros de poesía contemporánea. En esto fue muy generoso un querido amigo mayor, el poeta Raúl Aráoz Anzoátegui, que un día me encontró con algo así como “La lira argentina”, se rió un poco de mi desactualización y me prestó Montale, Pavese, Ungaretti, Eliot. Fue tal el sobresalto que me dura hasta hoy.

 

 

[ES]: Cuando hablamos de “país profundo”, hacemos referencia al interior de Argentina y cuando hablamos de “ciudad”, hacemos referencia a la Ciudad de Buenos Aires. No sólo naciste en Salta, en el interior, sino que luego fuiste a vivir en Buenos Aires, luego a Madrid y regresaste más tarde a la ciudad. ¿Cómo contribuyeron estos movimientos al desarrollo de tu obra? 

[SS]: Los traslados, sobre todo los que implican cambios fuertes,  sirven para revisar el eje de la vida propia. Es como si todo empezara de nuevo, uno se queda sin referencias, sin historia previa. No sabemos hasta qué punto vivimos acolchados, hasta que desaparecen esos apoyos, esas comodidades; y esto sirve mucho si se lo aprovecha para tener experiencias, conversaciones, aprendizajes. Estoy describiendo lo que a mí me pasó cuando vine a Buenos Aires a estudiar derecho; y cuando años después, ya casado y con dos hijos, nos fuimos a vivir a Madrid, donde nos quedamos casi veinte años. Visto desde hoy, creo que tuve la suerte de venir a Buenos Aires en el momento justo, cuando necesitaba leer otras cosas, tener otras charlas, crecer, conocer otra gente, vivir de otra manera; y también tuve suerte al llegar a Madrid en un momento excepcional de España, cuando empezaba la democracia, la apertura, y todo era reflexión sobre el futuro: hecha con una inteligencia que cuesta encontrar en otro tiempo, también en España. El grupo de amigos que encontré en ambos lugares, que me dura hasta hoy, fue extraordinario, me ayudó muchísimo para esa formación que no termina nunca: conversaciones, lecturas, viajes y conocimientos. Y yo era una esponja absorbiendo todo, por edad y también por temperamento.

 

 

[ES]: La poesía del interior pareciera estar en pelea con la poesía de la ciudad. ¿Cómo creés que pueda resolverse esta tensión en constante pugna?

[SS]: Creo que ya no es así, y lo percibo desde hace tiempo. Es cierto que hasta “La Carpa”, ese movimiento de hace medio siglo que abarcó prácticamente todo el Norte (Manuel Castilla, Aráoz Anzoátegui, Raúl Galán, María Adela Agudo, etc.), la poesía de esa región (la mía) era predominantemente rural; pero si ves la poesía posterior, ya no: Walter Adet o Jacobo Regen en Salta; Juan José Hernández en Tucumán; Alberto Tasso en Santiago; Ernesto Aguirre en Jujuy, etc. ya no escriben “literatura de la tierra”. Y esto porque la realidad había cambiado, los problemas de la gente tenían otra índole. El reflejo de la vida diaria, que está en esos poetas, ya no era necesariamente rural. Así como en mi infancia la ciudad estaba penetrada por el campo (hasta la plaza central llegaban los carros y los vendedores a caballo), hoy sucede que el campo está penetrado por la ciudad: la gente no anda a caballo sino en bicicleta o moto, y todos tiene celulares. Esto, que es inevitable, trajo modificaciones en la literatura. Otra cosa son las idealizaciones sobre el lugar propio o lo que reclama el turismo: estos son elementos muy fuertes que siguen manteniendo algo así como “la gauchesca” local, vinculada sobre todo al espectáculo, pero la gente vive otra vida y la literatura recorre otros caminos.

 

 

[ES]: En tu universo personal, el fenómeno poético surge a partir de la constatación de la realidad a través de los sentidos. Por esta razón, podemos afirmar que tu poesía tiene una tendencia objetivista con toques, de lírica tradicional. La mesura del decir es la característica de tu poética, donde el ritmo del verso y la precisión son elementos formales distintivos. Al mismo tiempo, existe una preocupación por el lenguaje y su sentido, sobre la reflexión del discurso. ¿De qué manera te parece que surge en vos el fenómeno poético?

[SS]: No es fácil hablar de sí mismo, es como hacer autocrítica. Sí puedo decir que la poesía que hoy más me interesa tiene un núcleo reflexivo, de indagación y análisis. No es que deseche la poesía canto, o de celebración, pero claramente la otra me seduce más. Tal vez suceda que en el canto hay más elementos conocidos, de fondo y forma, ya que apuesta a eso, está más pendiente de una aceptación inmediata; mientras que la reflexión esconde (o debe hacerlo) una sorpresa de conocimiento que suele ir acompañada de reflexión sobre la forma. Así sería más o menos la base de mi interés, y es ahí donde busco mi asiento cuando me toca escribir.

 

 

El poeta Santiago Sylvester

El poeta Santiago Sylvester

 

[ES]: ¿Para quién escribís?

[SS]: Sí digo “para mí”, suena pedante; si digo “para los demás”, me parece demagógico. Tal vez el punto más cierto sea que escribo pensando en una media docena de personas, aún cuando quisiera ser leído por una legión. Una respuesta bastante atinada se la he oído hace tiempo a Javier Villafañe: escribo para mí y publico para los demás. Tiene la ventaja de que es corta y suena a verdad.

 

 

[ES]: Sos un poeta de vasta trayectoria con un gran reconocimiento por parte de los lectores, los colegas y la crítica. ¿Cómo percibís la recepción de tu obra?

[SS]: Para contestarte, descarto la falsa modestia porque me parece una de las peores falsedades; y a la vez no me gusta el “agrandado”, ese personaje al que Henry James describió diciendo “no es que sea pedante: está mal informado sobre sí mismo”. Creo en todo caso que mi tamaño es mediano,  alguna presencia tengo en la actual poesía argentina, y la recepción de mi obra es como la de muchos en este país: no soy inexistente, pero tampoco sirvo para un programa mediático.

 

 

[ES]: ¿Hacia dónde creés que la poesía te conduce?

[SS]: No sé a dónde me conduce, pero creo saber a dónde me ha conducido. Supongo que suena algo jactancioso si digo que mi destino ha pasado y sigue pasando por la poesía; pero resulta que es cierto. Ha sido y es el eje central de mis reflexiones, de mis traslados, de mis errores y aciertos, de mis búsquedas. La poesía ha hecho que me vincule con la gente de un determinado modo, que viaje de un determinado modo, que observe, lea, converse, e incluso esté solo de un determinado modo. Es decir, ha sido el “modo” de mi vida: lo que me ha servido para hacer una vida interesante, de la que sería una injusticia quejarme. Ante estas evidencias, me parece superflua y más bien insoportable la queja perpetua del poeta de que la poesía no tiene suficientes lectores.

 

 

[ES]: La editorial Visor de España acaba de publicarte una antología poética que se llama “La conversación”. ¿Cómo es reflejarse en ese espejo?

[SS]: Es una excelente colección, y el editor es un amigo de mi época madrileña. Ya me había publicado un libro de poemas hace tiempo, y ahora con esta antología tengo la sensación de que habrá una distribución más amplia que la que tenemos con las ediciones argentinas. Estoy muy contento porque conozco el profesionalismo y el catálogo de la editorial.

 

 

[ES]: ¿En qué estás trabajando ahora y cuáles son tus próximos proyectos?

[SS]: Soy grafómano, siempre con una libreta a mano para tomar notas. Ya tengo casi un nuevo libro de poemas y ya está en trámite la publicación de un libro de ensayo, sobre la forma poética.  Éste no es, por supuesto, un tratado sobre la forma, sino ideas y algún análisis sobre de este asunto que me parece fundamental. Siempre digo que no sabemos si el mundo tiene sentido, pero sí tiene forma; y en poesía la forma es clave para saber cuándo hay reiteración de asuntos ya tratados, y cuándo hay creación, o poiesis para usar la palabra previa.

 

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Así escribe Santiago Sylvester.

7 Poemas

 

 

Cartas a su nombre

 

De pronto, su corazón no pudo más

y al día siguiente lo enterraron.

 

A pesar de su muerte

siguieron llegando cartas a su nombre

en las que alguien le proponía negocios,

soluciones para toda su vida

o tal vez consuelos

para toda su muerte.

 

Esas cartas

eran una obstinación contra el olvido

porque los muertos

mueren definitivamente

aunque la vida insista alrededor de ellos

exagerando inútilmente sus dones.

 

Sin embargo, quedaron de él algunas cosas

(dos o tres poemas, por ejemplo)

que son un evidente pacto con la vida

por las que aún es posible

recibir a su nombre cartas de negocios,

escribirle un poema

o aliviarle la muerte,

no llevándole flores los domingos.

 

(de Palabra intencional,  1974)

 

 

Las casas

 

Las casas se pusieron inhóspitas
y tuvimos que abandonarlas a su suerte.
Primero fue la casa de los patios
donde la infancia ponía expectativa en ciertas plantas
que todavía ofrecían protección.
y en una muy querida forma de llamarnos  a la mesa.
en otra casa las chirimoyas ordenaban una majestad
y el juego de los hermanos se escuchaba
como una premonición que sería demasiado dolorosa
si alguien insistiera ahora en recordar.
Después fue la casa donde la humedad del río
se nos pegaba al cuerpo como la piernas
de una mujer que nos enloquecía,
y hasta la sombra crujía de deseo, y una lengua
nos buscaba la lengua
con la voluntad desesperada.
Y las otras casas, con amigos hasta el amanecer,
con hijos, con poemas,
con pequeños olvidos (apenas distracciones
que sin embargo después

venían a buscarnos desmesuradamente)
De todas las casas nos hemos ido.
y cuando creíamos que ya nada quedaba de ellas
apareció una hoja en el suelo, un grito subrepticio
en un cajón, el cuaderno de la escuela
con los cuidados de la  madre, un botón, el canto del gallo.
Qué hacer entonces,
si no queremos coleccionar fracasos
ni objetos distraídos  que se olvidaron de morir,
sino juntar los pedazos que sobreviven dolorosamente
y dejarlos caer por la ventana de este cuarto piso
como quien tira  una corona de novia al mar,
como un globo lamentable que aligera su carga.
Restos queridos a los que decimos adiós con  memoria trastornada.

 

(de Libro de viaje, 1982)

 

 

Historia natural

 

Un monje está atareado en su propio laberinto,
suspendido por una visión
que le insinúa subvertir la materia:
cambiar la carne por moneda celestial,
el mundo por esta Colegiata de San Isidro
donde giran alternativamente el infierno y la salvación
mientras cruje el armario de los mendrugos.

Otro monje, sentado en la penumbra, come unas uvas
y piensa seguramente en la Historia Natural
cuando dice nada
creó la naturaleza sin su contrapartida
.

De pronto una campana
irrumpe como una disgresión
y los convoca;
entonces el laberinto se adelgaza hasta desaparecer
y las uvas son dejadas en el plato.

Un monje reza, el otro come.
Ninguno de los dos termina su tarea.

 

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(como la niebla alrededor de un aeropuerto)

 

Una mujer, joven y demacrada, como era y
por lo tanto como siempre ha sido, me dice sin sonreír, sin
ninguna carga de emoción: sí, soy yo.
El amigo que se mató
salta por encima de los treinta años
y también me dice que está aquí.
La casa al borde del
río espeso del verano, con la higuera
y las chirimoyas que siguen dando sombra,
me hace saber que es inmortal.
El
perro que me mordió
me sigue mordiendo: y
¿quién es el que trae los libros de mi padre, los apila sobre el
escritorio, y abre la ventana hacia la calle para que
charlemos en paz? ¿quién se lanza temporal abajo y sigue
llegando con el pelo en desorden, sin nombrarme pero
intensamente reclamando por mí? ¿quién se distrae un
instante y luego deja que pasen los años para recordarme
que los años han pasado?

Restos de memoria: materia intangible con se arma y desarma
como la niebla alrededor de un aeropuerto: unas veces
para dar consistencia a una cara, otras para saber
algo más de lo que ya sabía.
Y sin embargo
no es esto lo que quiero decir: siempre hay algo de vida propia,
algo
de vida que no es nuestra; y ya no se sabe qué es recuerdo,
engaño de la memoria o
como se llame el agua removida que se junta cuando
conocemos demasiadas cosas
con las que no sabemos qué hacer.

 

(de El reloj biológico, 2007)

 

 

(la palabra y)

 

Hay chirrido en las palabras
como si una turbina estuviera trabajando
o un taller empeñado en
destrozar el día:
y es que
no vuelven por la calma
con algo remoto, orgánico, apto
para que suelten el núcleo de energía; sino por lo acuciante
de dar vueltas y vueltas,
un eslabón
más otro:

no llegan en paz sino en chirrido
con algo que nos resuelva el inconveniente de ser sólo uno, habiendo tantas
puertas
para salir a verse.

 

(de La palabra y, 2010)

 

 

(lo posible, lo imposible)

 

Cosas posibles en el lenguaje,

suicidarse un poco,

ser casi virgen,

llover en sentido contrario a las agujas del reloj,

desayunar dos veces: la segunda vez ya no habrá ayuno.

 

La eternidad es otro asunto para los gramáticos: en el lenguaje

es donde mejor cabe la inmortalidad, el milagro, incluso la salvación.

 

El mundo se mueve en la cuerda floja, de ahí que valga la pena habitarlo:

una mujer levanta vuelo como los helicópteros,

un hombre tiene un caimán en el bolsillo,

alguien regaló un punto cardinal a su mujer

y ella lo aceptó:

alguien duda del eje de la tierra porque, dice, hay un error en el diseño.

 

Lo posible está entre nosotros,

lo imposible en todas partes.

 

(de El que vuelve a ver, 2016)

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(la zona de peligro)

 

El que llega no es necesariamente el que ha salido:

el que triunfa no es siempre el que ha peleado:

el que pierde ya no es nunca el mismo:

el que habla va cambiando mientras habla, y así

el que termina su discurso ya no es el del comienzo:

nunca está claro si se dice lo que se quiso decir:

en el camino hay pérdida y ganancia: es inevitable:

el que habla y el que oye no entienden necesariamente lo mismo:

el que calla y el que calla oyen cada uno un silencio distinto:

este mundo transitivo está interferido por nosotros, entrecruzado, confundido, vuelto a empezar: siempre estamos yendo hacia otra parte

para poder tomar este vaso de vino en paz.

 

(de El que vuelve a ver, 2016)

 

 

(la voz humana tiene nombres)

 

El río tiene sonido propio,

el viento también:

la noche, el amanecer, la siesta tienen sonidos propios:

la avispa, el mosquito, el cacareo:

la electricidad y el mundo cibernético.

 

La voz humana, no:

hay una voz por cada tribu, por cada oficio o profesión, por cada uno:

cada uno tiene sonido propio: incluso calla a su manera.

 

La voz humana tiene nombres, detalles;

pero si se la oye en general, no tiene persona:

es sonido siempre ajeno.

 

(de El que vuelve a ver, 2016)

 

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