Por: Mary Jo Bang
Traducción: Sergio Guillermo Serrano

 

Poema de estadounidense Timothy Donnelly

 

 

Su futuro como Atila el Huno

 

 

 

Pero cuando trato de visualizar cómo sería la vida

 

separado de los circuitos que me hacen sufrir con ansiar

 

 

 

lo que sé que nunca necesitaré, o que necesito pero ya sé

 

que tengo en abundancia, siento la nube del desayuno

 

 

 

de plaza de comidas aflojar su abrazo, siento el centro comercial

 

caer mientras su escalera eléctrica me entrega al piso

 

 

 

previsto para espacio de conferencias. Siento mi duda disminuir, mi deuda

 

disminuir; siento que una nieve que cae sobre el estatuario

 

 

 

público no lo hace tristemente, porque lo hace sin ganancia.

 

Siento que soy menos tóxico. Siento mi pensar, mi único prospecto

 

 

 

yace debajo de un tren por la cobertura, parar. No pienses que yo nunca

 

pensé de tal manera porque tengo y hago, a través

 

 

 

del octubre en blanco con un dólar en mi bolsillo ida y vuelta

 

a la universidad. Deja que el expediente no no muestre. Me he

 

 

 

abandonado por lo que me falta y no valgo. Todo esto

 

se desdobla en episodios que palidecen tan rápido como otros

 

 

 

ganan de mi inercia: he observado, seguiré estando

 

alerta desde debajo de las cobijas mientras los días tropieza con

 

 

 

los días previos, fuera de combate el linóleo dorado de fondo

 

donde hacemos ricos a los otros con persistencia enfermiza.

 

 

 

Pero cuando trato de visualizar lo que pudiera ser cambiar,

 

veo tres puertas frente a mí, y por ende oportunidad,

 

 

 

cuartos llenos de la misma como la mente misma está llena

 

pensando en un tiempo antes del tiempo, o del infinito

 

 

 

diván del cual nadie parte; y mientras las dos primeras puertas

 

tienen su atractivo,  la tercera es la que más me gusta, aquella

 

 

 

detrás de la cual se abre una prado, vasto,  y en él, pastando

 

botones de oro, una vaquilla errante con una pezuña herida,

 

 

 

sus huellas de sangre seguidas por un pastor curioso de vuelta

 

a algo filoso en la hierba, la punta de una larga

 

 

 

espada la cual, ya desenterrada, pule el pastor con su túnica

 

de piel de roedor, dejando que el sol eurasiático juegue

 

 

 

sobre ella por el efecto, un regalo para mí, una tarea, un instrumento

 

para devastar al imperio puesto ahora ante mis pies.

 

 

 

En el Inferno, donde los castigos se corresponden ingeniosamente con las consecuencias sociales de las faltas de los pecadores, Dante coloca a los déspotas, aquellos cuya búsqueda de poder y riquezas causaron enormes derramamientos de sangre, en la parte más profunda de un río de sangre en ebullición. Allí, inmersos hasta las cejas, los tiranos que derramaron displicentemente la sangre de otros, pagan por sus acciones. Es ahí donde, entre otros, uno encuentra a Atila, Rey de los Hunos de 434 a 453. Conocido como el “Azote de Dios” (Flagellum Dei) debido a su implacable crueldad, Atila murió ignominiosamente: o ahogado en sangre debido a una violento sangrado nasal después de una noche de borrachera en su banquete de bodas; o debido a una hemorragia en las venas de su esófago –una condición asociada con la cirrosis alcohólica; o quizá fue apuñalado por su nueva esposa. En cualquier caso, murió cubierto de sangre, haciendo su castigo ultraterreno incluso más acertado.

 

La leyenda cuenta que Atila llevaba consigo una arma conocida como la Espada del Dios de la Guerra, que le fue obsequiada por un pastor que la encontró tras seguir un rastro de sangre, dejado por una vaquilla herida, hasta donde la espada estaba enterrada parcialmente en la tierra. De acuerdo a los historiadores, Atila interpretó este descubrimiento azaroso como un signo que lo marcaba divinamente y lo hacía invencible militarmente.

 

El poema de Timothy Donnelly, “Su futuro como Atila el Huno”, comienza con un hablante meditativo que observa un centro comercial suburbano, una estructura moderna construida sin duda sobre lo que fueron tierras de pastoreo en una época anterior. El hablante se asquea por el vertiginoso costo de todos sus anhelos modernos debido a aquello “que sé que no necesitaré, o que necesito pero que sé tengo/ ya en abundancia”. La imposibilidad de escapar del rol de peón en una economía y un modo de vida dirigido por el deseo perpetuo  de aquello que no se necesita realmente, pero se vende únicamente para crear más riqueza de los súper ricos, finalmente empuja al hablante a bucear bajo su ropa de cama, como en la idea de seguridad que tiene un niño. Desde ese punto de observación, imagina el futuro como el escenario de un juego televisado clásico, donde un concursante tiene que elegir entre tres puertas cerradas, con un premio detrás de una sola de ellas. El hablante, aunque nota el atractivo de las otras puertas, escoge aquella que abre a un paisaje bucólico donde una vaquilla herida una vez más lleva a un pastor a una espada, “un instrumento para traer la devastación al imperio.” que él, un futuro Atila, reclama como su don por derecho propio.

 

El poema de Donnelly se abate brillantemente sobre quince siglos de historia. Atila, una figura del pasado, se convierte en el futuro del hablante. La justificación del déspota para la conquista es tan hueca como nuestra justificación para la magnitud de la destrucción que la vida moderna conlleva. Como La ratonera en Hamlet, el poema usa la escena del pastor encontrando la espada como una obra dentro de la obra –un pequeño espejo incrustado dentro de uno mayor, para transparentar mejor la imagen del daño que hemos cometido. Una vez que elige, el juego muestra la puerta abrirse del mismo que el telón de un escenario nos muestra un universo paralelo donde se nos pide que nos miremos a nosotros mismo en ambos espacios: el pasado imaginado, en este caso el mundo de Atila, y el presente, donde estamos distraídos ignorando el hecho que habrá un futuro castigo para la indulgencia del día de hoy.

 

Las preguntas planteadas por el hablante de Donnelly no son fáciles de considerar y no hay respuestas sencillas. La sintaxis de la oración donde el hablante cuestiona la idea misma de “valor” es tan enredada como el asunto mismo: “Dejar que el registro no no muestre. Me /he descuidado debido a lo que carezco y no valgo.” Los lectores deben primero desembalar el doble negativo (“not not show”) para convertirlo en una afirmación, (dejar que el registro muestre), luego deben desentrañar la complicada metafísica del Yo descuidando el por lo que carece –la habilidad de resistir una vida construida alrededor del consumo y el desperdicio desde la cuna—y a eso deben añadir la implicación de que el yo es más valioso que aquello que adolece, que es como decir valdría más si solo pudiera tazar lo que significa ser un yo—alguien que es capaz de resistir un sistema tiránico donde únicamente el mercado determina el valor de un individuo.

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