Por Aleyda Quevedo Rojas

Crédito de la foto Wikipedia

 

 

Mary Corylé:

intimidad y subversión en el lenguaje

 

La poesía de Mary Corylé (María Ramona Cordero y León, Cuenca-Ecuador, 1894-1978), perdura en la historia de la literatura ecuatoriana, porque muchos de sus poemas están marcados por la iconoclastia y la inocencia en torno al universal tema del amor. El ingenio alcanzado en su poesía le ha otorgado cierta difusión en lectores contemporáneos que van a sus libros y a su vida con curiosidad y entusiasmo. Aunque su nombre no esté contemplado en las triadas del canon literario ecuatoriano, donde figuran únicamente escritores hombres, siendo las dos triadas más difundidas: Gonzalo Escudero (1903-1971); Jorge Carrera Andrade (1903-1978); Alfredo Gangotena (1904-1944); y de otro lado, César Dávila Andrade (1918-1967); Medardo Ángel Silva (1898-1919); Hugo Mayo (1895-1988).

Su singular vida, “extraña” para la época que le tocó vivir, estuvo consagrada a la literatura como un instrumento de realización humana y acceso al conocimiento, que le permitió escapar de las obligadas instituciones establecidas para una mujer de clase media alta en aquella época: matrimonio, hijos, dedicación y lealtad a las reglas de la sociedad conservadora. Su paso por algunos géneros literarios como el relato, el teatro, las canciones y la poesía, la transfiguran en una mujer de particular personalidad artística con tintes feministas, humanistas y audaces versos envueltos entre lo erótico y lo místico, que le conceden un lugar en cualquiera de los cánones que suelen establecer siempre estudiosos y académicos.

Corylé hace de su palabra poética una constante indagación de dos bifurcaciones: íntima-espiritual-religiosa y corporal-naturalista. Hay en su poesía un material subversivo e íntimo a la vez, que la convierten en la precursora de la poesía erótica ecuatoriana. Quizá, solo alguien dueña de una auténtica inocencia pudo llegar a capturar el sentimiento profundo del amor-erótico a partir, del único vehículo potente y efectivo para Eros: la imaginación.

Afectada fuertemente por la obra romántica y por la corta-trágica vida de la quiteña Dolores Veintimilla de Galindo, y su famoso poema titulado: “Y amarle pude”, Corylé reivindica la equidad y la igualdad como ideas fundamentales de la obra de Veintimilla y de la suya propia. La trágica vida de Veintimilla, abandonada por su esposo que no la ama, la persecución del padre Solano que representa al poder patriarcal de la iglesia y el hondo sufrimiento que determina la atribulada vida de la joven quiteña, hacen que entre las dos se establezcan vínculos afectivos y literarios que las hermanan en el universo de la poesía. Corylé seguramente, afianzó su espíritu irreverente y algo rebelde, conmocionada al mirar la trágica vida de la poeta quiteña que dejó un hijo pequeño a su suerte y un puñado de poemas para la historia de la literatura. Dolores Veintimilla nace en Quito en 1829 y se suicida en Cuenca en 1857, a los 28 años de edad, presionada por el poder de la iglesia y la sociedad machista que no para de juzgarla en todos los espacios.

 

 

Corylé la admiró profundamente y sobre ella escribió en su libro de ensayos titulado Mundo Pequeño, un párrafo excepcional y definitivo: “Esta mujer tan mujer, para escándalo de los hombres-fieras, dijo su mandato de humana fraternidad, ante el espectáculo de un asesinato, ante el atentado monstruoso contra la vida misma, cuando el ahorcamiento del indio Tiburcio Lucero, victimado por manos de la justicia en plena plaza de Cuenca, con el concurso de la mayor parte de sus habitantes. Dolores Veintimilla debía morir porque así lo querían y pedían los hombres. Porque su blancura inmaculada ofendía las miradas sanguinolentas de los tigres. Todo el léxico canalla lo usaron, escribiendo el epitafio-inri de esta Mujer. ¿Por qué razón?, por aquella de que si, el hombre tolera alguna vez la superioridad de otro hombre, a la mujer no se le perdona jamás”.

Corylé, la mujer que diseñó su propia vida y se dedicó intensamente a la observación amorosa de la naturaleza y la religión, con su poesía poco reeditada y difundida, ha logrado afectar e influir sobre una notable generación de escritoras ecuatorianas, que tiene en poemas como: “Bésame” y “Deseo”, las cuerdas inspiradoras de las que está hecha, gran parte de la levadura que, para mí, debería contener la buena poesía: subversión, intimidad, imaginación y emoción.

Escritoras como Ileana Espinel, Violeta Luna, Sonia Manzano, Sara Vanegas, Catalina Sojos, Margarita Laso y Ángeles Martínez, reconocen admiración por la escritora cuencana que supo hacer de su vida un territorio para su arte y de su poesía un camino espiritual. No es únicamente anecdótico el que dejara a su prometido plantado en el altar, porque ya se había comprometido con la poesía, o que cambiara su nombre para fugarse del peso de los apellidos y la familia, para optar por un nombre y un apellido traídos de otra lengua como la anglosajona, y que le entregarían cierta libertad.

Lo que más me interesa y emociona de la poesía de Mary Corylé es esa fusión entre lo corporal y lo simbólico, entre lo delicado y lo físico, entre lo imaginado y lo realmente vivido. Me interesa explorar en sus versos teñidos por lo que podría ser una amalgama entre la poesía íntima-erótica y la poesía espiritual y de la naturaleza que, llevada a una dimensión más lírica, en realidad se enfoca en la evocación de la patria como la tierra oscura y profunda a la que todos queremos volver. Erotismo místico y transgresor, creando un lenguaje dentro de otro lenguaje. Los universos y constelaciones que Corylé nos propone en su obra poética íntima y subversiva nos exigen releerla a la luz de la tradición de la poesía amorosa-erótica universal y de nuevas ideas y ensayos literarios que nos permitan colocarla en una nueva triada de la lírica ecuatoriana, más allá de lo establecido por el canon. Muchas zonas de la poesía de Corylé caminan de la mano con la poesía de la puertorriqueña Julia de Burgos (1914-1953) y la argentina Alfonsina Storni, casi contemporánea de Corylé que nace en 1892 y muere en 1938.

Corylé encontró una interioridad envidiable y única, alejada de escuelas y corrientes, grupos y autores reconocidos de su misma época como su coterráneo, César Dávila Andrade, nacido en Cuenca en 1918 y muerto en 1967 y otro grande, aunque menos reconocido: Alfonso Moreno Mora (Cuenca, 1890-1940). Corylé nació también en los años en que nacieron los famosos poetas modernistas por excelencia, luego denominados “generación decapitada”: Medardo Ángel Silva, Ernesto Noboa, Arturo Borja, Humberto Fierro; y el manabita José María Egas (1896-1982). La escritora cuencana se mantiene fuera de los círculos de los escritores del realismo social: Jorge Icaza, Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera, José de la Cuadra y Alfredo Pareja. Aunque su preocupación por las causas sociales y los derechos de los indígenas está ampliamente reflejada en sus cuentos bajo el destacado título: Gleba y también en algunos de sus relatos, creo que lo más relevante de sus relatos es sin duda, la importancia que le concede a lo cotidiano, a los espacios domésticos y a las tribulaciones de la vida sencilla, para desde esa indagación, mostrarnos las fotografías de una sociedad marcada por la ruralidad, la religión y la discriminación.

 

La escritora Mary Corylé.
Crédito de la foto Benjamín Pineda Cordero

 

La que supo hacer de su vida un territorio para su arte…

“La literatura no imita a la vida: es la vida”, nos dejó escrito el maestro de la literatura mexicana José Emilio Pacheco. Pero en el caso de la vida de la escritora cuencana Mary Corylé éste pensamiento parecería que cobra otros tonos de luz y de sombras. Corylé deja Cuenca, a la muerte del padre, para vivir sola, ser independiente económicamente y experimentar el ejercicio de escribir en libertad al interior de una habitación propia, a lo Virginia Woolf. Corylé no puede imitar la vida que vive porque el peso de la tradición conservadora no le permitiría hacer lo que más desea: escribir libremente del amor y de Dios, de los humildes de la tierra y del dolor. Para vivir la experiencia del arte y de la vida, tuvo que dejar la ruralidad y las pequeñas sociedades pacatas de Cuenca, que aún hoy perviven.

Fue hija de Benjamín Cordero y Ángeles León, creció y vivió su adolescencia en la casa de sus padres y bajo el tejido de la familia ampliada y de cristianas costumbres.  Actualmente la casa donde nació la poeta está considerada patrimonio cultural de la ciudad de Cuenca y en 2018 comenzó a ser restaurada para convertirse en un museo dedicado a resaltar su obra literaria. La infancia de la escritora cuencana estuvo siempre vinculada a las letras, influenciada por su madre que escribía poemas y por sus profesoras que la animaban constantemente. Su entusiasmo por crear la llevó en la adolescencia a poner en escena pequeñas piezas teatrales inspiradas en Dios. Además de la poesía, se adentró en el mundo de la narración, el periodismo y la pedagogía. Colaboró con los diarios más importantes del país, fue directora de la Biblioteca Municipal de Cuenca y fue maestra en algunos colegios emblemáticos de Quito, completando así su ejercicio intelectual, que pudo vivirlo con la muerte del padre y en total independencia familiar, en Quito, la capital cultural del Ecuador, que le ofrecería otros aires y le abriría nuevas puertas en el mundo del trabajo y de los círculos públicos.

“Capacitada para defender el derecho de las mujeres en toda instancia, no dudó en enfrentar a Velasco Ibarra, Presidente de la República, en una ocasión cuando trabajaba en el Colegio Manuela Cañizares y le tocó respaldar a una profesora embarazada, obligada a abandonar la cátedra en razón de su estado”, así lo documenta Raquel Rodas Morales en su libro dedicado a la poeta cuencana: “Mary Corylé, poeta del amor”.

 

 

Corylé pregonaba los principios de equidad e igualdad que cultivó, desde que empezó a leer y admirar la vida de la escritora Dolores Veintimilla, y los defendería en todos los espacios. Si bien vivió en un tiempo en el que apenas se empezaba a trazar el sendero de autonomía femenina plasmado en sucesos históricos como el derecho al voto, también en pequeños logros cotidianos como el uso del pantalón, vestidos más arriba de la rodilla y cierta libertad de acción social; ella asumió la vida sin las obligaciones del matrimonio, los hijos y las responsabilidades de cuidar y administrar una casa. El hecho de adoptar un seudónimo obedeció, según la investigadora Raquel Rodas Morales, una de sus biógrafas más dedicadas, seguramente, a la necesidad de protección en una sociedad patriarcal, como lo hicieron tantas mujeres en ese tiempo.

Corylé nunca se casó ni tuvo hijos, dedicándose por completo a la literatura como un modo de vida diferente, lo que le permitió crear alrededor de un centenar de obras. Publicó su primer libro de poemas en 1933, titulado: Canta la vida, “el primer hijo lírico que acuné en mis manos… el mayor logro de mi juventud” dirá la autora. “Libro con el cual irrumpió en el ámbito literario desafiando al marianismo de su época, con vigorosa audacia lírica”, anota Rodas Morales en la amplia investigación que escribiera sobre Corylé y que se publicó en 2012.

En el primer poemario de Mary Corylé, compuesto de 208 páginas, es posible constatar la intimidad del lenguaje que alcanza la escritora al nombrar deseo y cuerpo, y al mismo tiempo el tono erótico-subversivo que será su marca distintiva, logrando momentos líricos importantes. A éste libro pertenecen varios de sus poemas emblemáticos y más conocidos: “Bésame” y “Deseo”. La intimidad como un concepto necesario de la artista que experimenta la soledad esencial para escribir y para acceder al conocimiento de ella misma y su mundo interior; y de otro lado, tensar la cuerda de subvertir el lenguaje pacato de una época, en una ciudad conservadora y enredada en sus tejidos endogámicos, quedan subrayados como características de su primer libro.

En 1933 año del fallecimiento de su padre se da el gran paso de vivir sola en Quito y no depender económicamente de nadie; pero es también el año clave del aparecimiento de su primer libro. En Quito se vincula con intelectuales y escritores notables: Benjamín Carrión, César Dávila y Gonzalo Escudero. Estuvo muy ligada a la cosmovisión telúrica e histórica que reivindicó a sus ancestros Cañaris e hispanos por igual, dentro de una visión de mestizaje cultural. De allí deriva su dedicación por las estructuras castellanas: el romance y el soneto. Los críticos insertan a Mary Corylé en la tendencia estética del modernismo, cuyo mayor exponente en el continente, como sabemos, fue Rubén Darío.

Corylé agudizó su mirada de escritora, concentrándose en el paisaje, los sentimientos personales, la sensorialidad, la sensualidad y toda la belleza que emanan los seres vivos. Sus cuentos comunican una fuerte carga social y sus poemas incrementan el deseo de autonomía y búsqueda del amor infinito… Bajo el seudónimo Mary Corylé publicó también otras obras significativas: El Mío Romancero que la consagra maestra admirable en el metro; Romance de la Florecita dedicada a Santa Mariana de Jesús, Agua Fuerte obra lírica de su plenitud, Gleba cuentos para adultos; Mundo Pequeño cuento para niños y niñas, Conscriptos novela social, Hombres y Mujeres del Ecuador, Romancero de Bolívar y Romance de Amor Cañari. Participó varias veces en el Festival de La Lira y se le otorgó en varias ocasiones el “Capulí de Oro” máximo premio de éste festival, que en los últimos años se ha venido convocando en Cuenca con el auspicio del Banco del Austro, alcanzando notable convocatoria de poetas del Continente.

 

La escritora Mary Corylé en su madurez.
Archivo familiar.

 

El amor explica plenamente la vida
y ningún código divino ni humano puede condenarlo. Mary Corylé.

La condena sobre el amor y su realización, o la imposibilidad de vivir el amor pleno, podrían ser las cuerdas sobre las que se tensan y escriben la poesía de Mary Corylé. La condena del matrimonio que podría apagar el fuego del amor es rechazada por la poeta; las cadenas de las tradiciones y de la familia, son apartadas, sutilmente, de su vida. Un episodio resulta crucial en la vida de la escritora que decide escribir y ser independiente, antes que casarse y someterse a los acuerdos matrimoniales, con sus consabidas obligaciones verticales y desiguales. Cuando en la atmósfera romántica de la joven poeta cuencana, que esperaba un príncipe, admirada por su belleza a tal punto de aparecer en la revista de “bellezas azuayas” en 1920, entra en escena la figura de Remigio Romero y Cordero, su primo, quien aprendió el arte de escribir versos de su madre: Aurelia Cordero, la joven debe decidir: el príncipe-esposo o la búsqueda de la experiencia del arte de escribir que la llama persistentemente…

Algunos poemas de Corylé ya se conocían en ciertas tertulias de la ciudad y esto fomentó el encuentro de los primos que tenían en común apellidos y el furor por la poesía. Se enamoraron y se pactó la boda. La biografía escrita por la historiadora e investigadora, recientemente fallecida, Raquel Rodas Morales, recoge: “Vestida de novia con traje verde-azul se aprestaba a firmar ante las autoridades y de pronto…se retiró y se retractó de tal decisión. Dicen que decidió no casarse ante pensamientos encontrados: la bohemia del guapo primo poeta, las preguntas de cómo sobrevivirían, y es así que transgrede la norma y menosprecia y planta al hombre ante la familia y la sociedad. Se corre el rumor de que Ramona ya estaba casada con la poesía y no podía casarse con nadie más, ella era ya Mary Corylé. Permanece soltera durante toda su vida. En cambio, Remigio tuvo dos matrimonios e innumerables hijos por todo el país. Escribió su notable libro Égloga Triste el más conocido y recibió la corona de ‘poeta magnífico y artista perfecto’ en Quito, murió a los 72 años por alcoholismo y en la pobreza. Su poesía de estilo clásico y romántico, nunca llegó a superar a los diversos libros y obras de Mary Corylé que alcanzaron mayor reconocimiento”.

En cambio, la poeta Mary Corylé no se casó nunca y no se conoció novio o amante alguno, tampoco tuvo hijos y consagró su vida a trabajar, escribir y cuidar de su madre y hermano. Crucial y revelador resulta el poema titulado: “Deseo” sobre la vida secreta que quizá la autora vivió; o mejor aún, sobre el mundo interior que su espíritu e imaginación plasmaron con armonía y talento.

 

Deseo

 

¡Mío

Bésame

El beso es el goce supremo de la vida.

 

Bésame en la boca

Y que tus dientes muerdan su pulpa roja

¡Para que mi corazón sangre en tus labios

y mi alma comulgue con la tuya.

 

Bésame

Tortúrame con el tormento divino de tus besos.

Cuando me besas

Eres tú que palpitas en mi boca delirante

¡Y te saboreo lenta…

Dulce…

Intensamente…

 

Bésame.

Con el beso caricia…mordisco…

Voluptuosidad…

¡Las llamas abrasan menos

Que tu boca en la mía;

¡El beso es el supremo goce de la vida!

Bésame.

 

Joyas literarias como éste poema, quizá son destellos que apuntalaron lo que pensaban, sentían y/o vivían desde la infancia o juventud, mujeres de una época en la que las ecuatorianas eran, y aún lo son en muchas zonas y espacios sociales, políticos, económicos y culturales, como mínimo, desplazadas, subestimadas y dejadas en la periferia, cuando no como mero objeto sexual. Mary Corylé abrió y afinó la sensibilidad y la necesidad de lo femenino en la vida y el mundo.

 

 

 

Un seudónimo para escribir desde la LIBERTAD…

En el Ecuador de 1929, las mujeres que sabían leer y escribir podían votar. Y son las que se abren espacios en diversos círculos culturales y esto entusiasma a Mary Corylé. Aparecen mujeres luchadoras de los derechos con las que Corylé se alinea ideológicamente: Marieta de Veintimilla, Zoila Ugarte, Hipatia Cárdenas, María Angélica Idrovo; y en la literatura destaca la poeta: Aurora Estrada Ayala, por quien siente profunda admiración y le escribe un notable ensayo que hace parte de su libro: Hombres y Mujeres de América, afianzándose como activa ensayista.

La investigadora e historiadora Raquel Rodas, sostiene sobre la adopción de un seudónimo en Corylé: “me parece que en Corylé la construcción de un seudónimo fue parte de su deleite lúdico con los sonidos y obedecía al interés de establecer un diálogo consigo misma, la interlocutora más cercana y fiel que pudiera hallar en su ciudad. No doy fe de que quería presumir de extranjería. Omite su nombre artístico en los discursos de ocasión para diversas instituciones que la contrataban, como los militares (himnos, discursos, alabanzas y artículos). Participa cada año en el Festival de La Lira que se hacía en mayo y dónde los mejores poetas de la ciudad leían sus versos. Corylé recibió algunos premios en éste festival”.

Pero es en 1925, año en el que envía su famoso poema “Bésame” a la revista América del Grupo Cultural del mismo nombre, que reúne a lo más selecto de los escritores e intelectuales de la época, que el uso de un seudónimo cobra mayor sentido e importancia, ya que “Bésame” está considerado por la crítica como uno de los poemas más irreverentes, eróticos y transgresores de la poesía ecuatoriana. Un poema que se hermana con percepciones, ecos y armonías que evocan a Safo, Delmira Agustini, Teresa de Ávila y en el centro de ese magma, sus admiradas: Dolores Veintimilla y Sor Juana Inés de la Cruz.

 

Bésame

 

Bésame en la boca,

tentación sangrienta

que en el marfilino

color de mi tez

tu mirada aloca;

bésala, tuya es.

Toma y aprisiona

mis labios, retenlos

mucho, mucho tiempo

dentro de tu boca

y quede en la mía

la huella imprecisa

de tu beso eterno.

Ahoga mi risa

sofoca mi aliento

con tu dicha loca:

bésame en la boca.

Bésame en la frente:

mi frente es muy blanca…

muy blanca…

tu beso ha de ser

como un roce de alas

para ese diáfano

albor de mi frente.

Con la dulcedumbre

del despetalarse

de una margarita;

con la levedad

de la mariposa.

que besa a una rosa;

con el misticismo

del nardo que muere

al pie del Santísimo:

con esa dulzura,

ese misticismo

y esa levedad;

bésame en la frente.

Bésame en los ojos

con tu mejor beso:

un beso desnudo

de malos antojos.

Juntando tus labios

ponlos en mis ojos

como si posaras

tu alma sobre ellos;

como si besaras

la imagen bendita

de tu madrecita…

Bésame en los ojos

con tu mejor beso:

mis ojos son buenos,

mis ojos son tristes,

mis ojos ignoran

la maldad del beso.

¿Qué saben mis ojos

de tus sueños rojos?…

Por eso:

con tu mejor beso,

con piedad y unción,

cual si te llegaras

a la Comunión;

pura, santamente,

sin darme sonrojos:

bésame en los ojos.

 

Bésame en los senos:

armiño escondido

tras la claridad.

leve del vestido:

inquietante dúo

de rosas gemelas;

dormidas palomas

en un mismo nido;

de esencia de vida

llenecitas pomas.

 

Mis senos…Mis senos…

blancura encendida

con yemas de rosas.

 

Mis senos…

ondulantes, plenos:

bésame en los senos.

 

Bésame en las manos:

mis manos piadosas

y caritativas;

mis manos que ungieron

sangrientas heridas:

manos que ahondaron

muchísimas vidas…

Sigilosamente,

mis manos tentaron

esas vidas simples,

diáfanas, de arroyo,

y otras pecadoras

de sucio torrente.

 

Pon tu boca ardiente

pon, sobre la albura

sabia de mis manos,

y duérmela en ella

para que se torne

más buena tu boca.

Si vieras:

cual curan mis manos

la lepra deforme,

las llagas más vivas

de muchos Hermanos:

Si vieras:

cual curan mis manos

la lepra deforme,

las llagas más vivas

de muchos pies!…

Sendas desoladas,

arenas candentes,

crispadas endientes,

estepas heladas

saben de mis pies;

saben de la sangre

que en ellas lloraron

y de las crueldades

que les lastimaron.

 

Ay cuánto han sentido

cuánto…ya lo ves!

 

Por esto, arrodíllate,

bésame los pies.

 

 

A la luz de éste poema crucial en la obra de Mary Corylé, queda en evidencia la constante transfiguración de la voz poética, que va del furor del deseo erótico como pulsión de la carne y la sangre: “tentación sangrienta / ahoga mi risa / sofoca mi aliento”, hasta alcanzar el misticismo depurado de versos como: “Bésame en las manos / mis manos piadosas / y caritativas; / mis manos que ungieron / sangrientas heridas”, y que confieren a éste poema un especial fulgor de profundización de la naturaleza femenina y su apropiación del cuerpo que se entrega y goza con el amante y con un dios que pide sacrificios, caridad y entrega total, cual si fuera un exigente amante real.

“Por esto, arrodíllate, / bésame los pies”. Son éstos dos últimos versos los que demuestran el sometimiento del amante que cede y besa cautivo los pies de su amada cual santa, divina o sacrificada mujer de virtud y entrega al prójimo, se tratara. Los recovecos de muchos versos que invocan al deseo carnal clamando que bese ojos, senos y labios, que los estreche con candor y furia, nos llevan a pensar que la voz poética se mueve por sinuosas aguas de un placer carnal y divino, de un gozoso ejercicio de amor por el otro que supera las barreras convencionales y por el cual fue tachada de “impúdica” en los círculos sociales cuencanos. “Bésame” está incluido en la notable antología La voz de Eros, dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas que preparó y publicó en 2006 la artista Sheyla Bravo y que constituye un documento esencial que abarca las más variadas voces de la poesía escrita por mujeres durante dos siglos.

 

 

En 1984 se publica en Cuenca una delgada plaqueta de formato pequeño, bajo el título: Cántigas al Hermano Miguel con motivo de la canonización del Hermano Miguel. Se trata de tres poemas de altísima ternura y devoción que resaltan la figura del santo desde que era un niño rodeado de rosas de “blancura inmaculada” en un jardín de pureza, luz enceguecedora y limpia en los “jardines celestes” a los que ascendería; hasta el poema de cierre titulado: “El Lirio Azuayo” en el que reflexiona sobre el misticismo de Miguel. La sensación que permanece luego de la lectura de la plaqueta es que fue escrita por una culta monja de claustro o por una dulce niña de convento. Ternura e ingenuidad, consagración divina y musicalidad flotan en éste hallazgo poético dentro de la obra de Corylé que se distancia del libre y directo “Bésame”.

Este conjunto de poemas cristianos se entreteje con otros poemas que conllevan versos de profunda espiritualidad marcada por la época de apego a Dios y las cosas del alma. No solo el Hermano Miguel hace parte de sus referentes, también lee profundamente y escribe sobre Sor Juana Inés de la Cruz, admirándola no solo como escritora sino como jurista y mujer de conocimiento universal. En un ensayo de su libro Hombres y Mujeres de América, le dedica, varios notables párrafos, en uno de ellos, escribe: “Y poseía, además, una lira: esa nacida del hibridismo de la chirimía azteca y de la vihuela española. Dulce, en veces, con la dulzura del amor no gozado. Rebelde, otras, con una rebeldía peculiarmente femenina de nuestra América. En romance nítido y fluido, tal discurrir de arroyuelo, o en el rotundo soneto clásico, nos dice sus cantares la Hija de México”.

Líneas más adelante, el ensayo de Corylé nos revela lo que admira en Sor Juana y que, de algún modo, imita en su vida propia: “Dos veces huérfana: del santo amor de sus padres y del amor profano del Amado innombrable, obedeciendo a mandamientos de la época. Tornando el sensualismo de su cantar erótico en el hondo espiritualismo de su poesía mística”. Ese creo yo, podría ser el mejor concepto para definir gran parte de la poesía de Mary Corylé: sensualismo-erótico y hondo-espiritualismo. Ese concepto que ella desarrolló para Sor Juana, es el mejor concepto que definiría su obra poética y su vida personal.

 

 

La prosa marycorderiana…

En la narrativa dos grandes nombres de escritoras, que coincidieron con Corylé, se destacan muy especialmente: Lupe Rumazo destacadísima escritora radicada en Venezuela (1933) y Nela Martínez (1912-2004). En 1952 se publica Gleba un libro dedicado a la observación de la vida de las mujeres indias y mestizas, donde los retratos de personajes femeninos, evidencian la insatisfacción, tristeza y la prepotencia patriarcal-machista. Narrar la sensación de fracaso-frustración que experimentan las mujeres, así como el relato de la subjetividad femenina, poco valorada en aquella época, son las cualidades esenciales de “Gleba”, la cumbre de la prosa marycorderiana. Es sin lugar a dudas, el libro con más tintes feministas en la obra de Corylé; y dos críticos y una investigadora me secundan y los cito: “Mary Corylé coincidió con las voces de las novelistas de su época: renegó de la doble moral, habló del dolor y la desesperanza de la mujer cuando el varón la mancillaba, se rebeló contra Dios, que parecía proteger las infamias de los hombres. Su prosa se convirtió en una enfática protesta feminista. Se puso del lado de sus hermanas, las más débiles, víctimas de la crueldad. Cuestionó el mundo masculino. De esa época, la prosa de Alicia Yánez ha sido la más potente y sobresaliente. Si la poesía derrama sensualidad, en la prosa Corylé, especialmente en Gleba se manifiesta la escritora que reclama justicia, pasión por la libertad”, anota Raquel Rodas Morales, historiadora.

La crítica de arte Genoveva Mora Toral, escribió en 2012: “Mary Corylé, sin dudarlo, ocupa la nómina de las precursoras feministas por su vida autónoma en todo sentido. Encontró su realización personal en la escritura y su profesión. En su papel de ciudadana que abogó y defendió, igualmente, los derechos de los marginados”.

En la página 64 de Gleba, el relato titulado: “La mujer fuerte” revela el estilo feminista y directo de la prosa de Corylé, cubierto por cierta ingenuidad y dulzura en la narración, que convierte a Carmela Díaz en la heroína de una historia aparentemente “ingenua”. “Carmela se levantó nerviosa y quedose frente a él, esperando que avanzara. Con la voz, visiblemente emocionada, y, mientras hacía un ademán inadvertido por los presentes, saludó: -Alberto, le debo el día más feliz de mi vida. Y, valientemente, disparó sobre él todos los tiros de la pistola: su cómplice vengadora. Luego, explicó a los médicos y a la Niña Justina: -he cumplido con mi deber”.

La condición humana y sus misterios, así como el develar de lo cotidiano, son las constantes de los relatos reunidos en Gleba, un libro que merece ser reeditado y estudiado en la educación media y universitaria del país; quizá los críticos y estudiosos de la literatura ecuatoriana no han profundizado debidamente en la literatura de Corylé. Gleba y Canta la vida, narrativa y poesía, merecen análisis y rediciones para nuevos sensibles lectores.

 

 

 

La observación amorosa del mundo natural

Celebrar la vida en soledad y la unidad armónica con la naturaleza son los ejes de otra zona importante en la obra poética de Mary Corylé. Tomado del libro El Mío Romancero, editado en Cuenca de Los Andes del Ecuador, Premio Nacional José Joaquín Olmedo, 1944, e impreso en los Talleres de la Editorial Austral, destaca el texto: “Romance de mi muerte”, vital poema donde la voz poética se mimetiza con la tierra y morir es regresar, de manera natural, a sus brazos, sin la visión trágica de la muerte o el luto del llanto y el color negro. En éste poema de nítida espiritualidad ancestral, la poeta, la mujer, el ser humano establecen unidad con la madre tierra, con el árbol de capulí de su ciudad y de la fuerza de Los Andes. Con éste poema quiero cerrar mi acercamiento al proceso creativo de la escritora cuencana Mary Corylé, caracterizada por líneas ocultas dentro de los poemas que dialogan con el tiempo, la naturaleza, la espiritualidad-religiosidad y el amor, hasta desembocar en un poderoso canto a la muerte-tierra, la muerte como ansiado y acariciado descanso de la mujer que no quiso separar vida de arte.

 

La escritora Mary Corylé.
Crédito Wikipedia

 

Romance de mi muerte

 

Siglos hace que la tierra

ha mullido su regazo

 

 

 

para acunarle a mi cuerpo

en el eterno descanso.

 

Por umbroso, por tranquilo,

por humilde y proletario,

escogí yo misma un día

el trozo de Camposanto

en que he de dormir el sueño

del que nunca despertamos.

 

No en un hueco reducido

de ruín casillero humano

ni en ridículo y soberbio

monumento funerario;

 

 

 

sino junto, muy juntito

de los que son mis hermanos:

para saber lo que piensan

 

 

 

con su pensamiento vacuo…

Para escuchar lo que dicen

en su idioma tan callado…

Para sentir cómo late

su corazón de gusanos…

Para dormir con los míos:

todos los infortunados…

 

Sobre el regazo materno

tendido mi frágil barro,

la eterna y humana Madre

que me cubra con su manto.

Y que ese manto le borden

con las raíces de un árbol:

fraterno guardián celoso

de mi postrero descanso.

 

Pero no un árbol maldito,

sin flores, frutos ni cantos;

 

sino el árbol de mi Cuenca,

mi Capulí tan morlaco

millonario de harmonías

que alegren el Camposanto:

los trinos de los pilluelos

y la risa de los pájaros…

 

Cuando se vengan los niños

a jugar bajo mi árbol,

les dé miel de sus frutos

para endulzarles los labios,

y, para endulzar su vida,

la rica miel de sus cantos.

vestidura de mi barro,

lave del polvo mis huesos

y los deje inmaculados:

que llueva sobre mi Tierra

copiosa lluvia de mi Árbol

lágrimas de la alborada,

gotas del nocturno llanto

que los ojos de las nubes

sobre sus frondas lloraron.

 

Hace siglos que la Madre

ha tendido su regazo:

por recibirle a mi cuerpo

y anonadarle en sus brazos.

Para que apague las sedes

de mis descarnados labios;

para que llene de lágrimas

mis tristes ojos vaciados;

y, calándome esta frágil

vestidura de mi barro,

lave del polvo mis huesos

y los deje inmaculados:

que llueva sobre mi Tierra

copiosa lluvia de mi Árbol

lágrimas de la alborada,

gotas del nocturno llanto

que los ojos de las nubes

sobre sus frondas lloraron.

 

Hace siglos que la Madre

ha tendido su regazo:

por recibirle a mi cuerpo

y anonadarle en sus brazos.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía consultada

Corylé, Mary, Mundo Pequeño, Azuay, Casa de la Cultura, 1978.

—————-, Cántigas al Hermano Miguel, Cuenca, Ecuador, 1984.

—————-, Dotora Santa Teresa, Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1962.

—————-, Gleba, Cuenca, Editorial Amazonas, 1952.

—————-, Hombres y Mujeres de América, Biblioteca Azuaya, Consejo Provincial de Azuay, 1993.

Bravo Velásquez, Sheyla, La voz de Eros, dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas, Trama, Quito, 2006.

Rodas Morales, Raquel, Mary Corylé Poeta del Amor, Fondo Editorial del Ministerio de Cultura del Ecuador, 2012.

Deja un comentario