Vallejo & Co presenta, en exclusiva, un fragmento de la novela Los traductores del viento (2013), de la escritora española Marta López Luaces.

 

 

Por: Marta López Luaces*

Crédito de la foto: Izq. www.montclair.libguides.com

Der. www.spainculturenewyork.org

 

 Los traductores del viento

 

 

Los que cantáis todos los destierros en el mundo,

¿no cantaréis para mí un canto nocturno que

tenga la medida de mi dolor?

Saint-John Perse

 

 

La autobiografía de Agustín: la ciudad de Henoc

 

Caín tuvo relaciones con su mujer, la cual concibió un

hijo y dio a luz a Henoc. Más tarde se puso a construir

una ciudad, a la que dio el nombre de su hijo, Henoc.

Génesis 4, 18

 

 

                                                            En verdad yo habito la garganta de un dios

y ese es el desprecio de su lengua de extranjeros.

Saint-John Perse

 

 

El exilio, la emigración, el destierro, son destinos despreciables. En Henoc los días son cortos y las noches, de una oscuridad transparente, como si siempre hubiera luna llena; sólo que si la mirada la buscara no lograría encontrarla. Por las tardes, una neblina se cierne sobre las calles confiriéndoles una intimidad obscena. Desconocida y peligrosa, el misterio de la ciudad se ahonda aún más debido a la escasa información que podemos obtener sobre ella.

La poca educación de la mayoría de los residentes ha sustituido la historia de Henoc por mitos y supersticiones. Así circulan gran cantidad de teorías sobre la fundación de la ciudad. Las más infantiles e inocentes se la adjudican a extraterrestres o sostienen que es un sortilegio de Merlín y que esta ciudad sería el Avalón desaparecido. El samuelismo, la única religión oriunda del lugar, enseña que Henoc se ha fundado sobre la ciudad que construyó Caín y que sus habitantes somos los descendientes espirituales del fratricida. Ellos, los sacerdotes samuelitas, en cambio, como descendientes directos de los misioneros que llegaron a evangelizar hace ya varios lustros, se creen los herederos espirituales de los levitas.

La explicación no es tan exótica ni fantástica, sino que la memoria colectiva ha decidido ignorar su propia historia. Henoc fue construida como un campo más de refugiados; parte de un plan internacional para resolver el problema de la inmigración a los países económicamente más desarrollados. Los diferentes gobiernos decidieron, en un plan conjunto, construir en el rincón más apartado del mundo, en un desierto olvidado por todos, sobre unas ruinas perdidas, una ciudad que albergaría a los inmigrantes indeseables, ya porque fueran ilegales, ya porque hubieran naufragado en alguna patera a la deriva y ningún país les hubiese dado asilo, ya porque no tuvieran educación suficiente o, simplemente porque, después de un tiempo, ya no se los necesitara más como mano de obra. Henoc sería, por acuerdo internacional, el común destino de todos ellos.

 

Al principio del otoño, sólo por un par de semanas, se asoma por el norte una estrella muy brillante; ilumina de tal manera que pensamos que la naturaleza nos quiere compensar por todas las horas de claridad que nos roba durante el resto del año. En esta época los samuelitas celebran las dos semanas sagradas: Purificación y Penitencia. Estas son las dos semanas más importantes de Henoc y es cuando se celebran los juicios populares.

Doce senderos confluyen en la plaza central, Macpel, y doce puentes comunican los caminos. Los primeros inmigrantes descubrieron que todas las vías, incluyendo la corriente del pequeño río, alejan de los límites de la ciudad, para volver a Macpel por una larga serie de meandros y pasadizos. Allí se encuentra la biblioteca de la ciudad, hoy ya más museo de libros que lugar de referencia. Se cree que antiguamente el edificio sirvió de iglesia y de ahí sus magníficas cúpulas. Unas viejas escaleras en espiral llevan a la terraza. Desde allí, aun hoy se puede apreciar que la ciudad fue construida como un panóptico. Con el tiempo, los escalones de madera se echaron a perder. Hace varios años que la entrada a la terraza fue sellada por razones de seguridad.

Aunque a primera vista el extraño diseño de la biblioteca llame la atención, lo más insólito se encuentra en el recinto trasero: un jardín, sí, un jardín en medio del desierto. Aquí donde toda vida, fuera de los exiliados, ha desaparecido y hay muy pocos animales, fuera de algún que otro perro o gato pasados de contrabando ya que no están permitidos, ese jardín se volvió para mí, como para muchos otros, la única y sola referencia de que existía un mundo más allá de las murallas de esta ciudad.

Ya nadie entra en la biblioteca. Tal vez sea esa la razón por la cual corren tantas leyendas y mitos sobre ella. Su extraño diseño con arcos arbotantes y cúpula levantándose más allá que cualquier otro edificio de Henoc, con columnas y frisos con bajorrelieves de signos desconocidos, sus enormes portones con marcos decorados con gorgones han ayudado mucho a que la imaginación de los nuevos pobladores se lanzara al vuelo.

Los hermosos vitrales con símbolos geométricos dejan entrar la luz de tal modo que, a veces, al mediodía, se forma en la nave un arco iris, lo que le da al recinto un aura casi mística. Es esa mi hora preferida. Me acomodo en mi sofá mirando ese espectáculo de luz y me reconcilio con esta ciudad que tanto odié en mi adolescencia.

 

La biblioteca dispone de dos plantas de galerías adornadas con columnas al estilo corintio, vitrales y pequeñas estatuas que representan grandes filósofos y escritores. Las escaleras están revestidas de grabados en relieve.

Se dice que los antiguos bibliotecarios pudieron salvar algunos textos valiosos escondiéndolos en el sótano. La edificación laberíntica del subsuelo habría sido ideal para ese fin. Aun más: se dice que los saqueadores que penetraron allí abajo se perdieron en sus pasillos y terminaron muriendo de hambre y sed. Por mucho que se negaron todos esos rumores, la leyenda ha seguido creciendo de año en año. El último bibliotecario, según el mito popular, habría dejado entre las páginas de uno de los atlas del primer piso un plano en el que se señalaría el lugar donde se guardan unos misteriosos manuscritos.

De vez en cuando, algún  que otro muchacho, con la ilusión de hacerse rico o famoso entre sus amigos, intenta encontrar el plano escondido. A estos los podía reconocer fácilmente porque no tomaban los libros para leer ni para sentir la tibia aspereza de sus hojas, sino que pasaban las páginas rápidamente o daban vuelta al volumen para ver si caía algo de sus entrañas. A veces, alguno intentaba abrir la portezuela del sótano seguramente para ir en busca de sus ocultas riquezas. Pero las puertas, de roble reforzado con una placa de acero y con imponentes bisagras de hierro, hoy oxidadas, le eran impenetrables.

 

Sabía muy bien que para cuando me nombraron guardián de la biblioteca —gracias a la intervención de Mateo, mi maestro en el orfelinato donde me crié— el trabajo se había reducido a caminar por las salas del recinto para asegurarme de que ningún mendigo se hubiera escondido en ellas para pasar la noche, o que ningún gamberro intentara prender fuego a los libros para hacerse el gracioso, como ya había ocurrido varias veces antes de mi llegada. No me importó. Era el trabajo perfecto para un hombre solitario como yo.

Por otra parte, mi amor a los libros me llevó a intentar salvar aquellos volúmenes no sólo de los gamberros, sino también de las ratas, las polillas, el desuso, el olvido y, en fin, de los estragos del tiempo. De este modo me convertí en el guardián y salvador de los libros —y de la historia— de Henoc.

 

Desde que era niño he gozado del placer que implica el contacto con el papel, o el de detener la mirada en un cierto diseño especial del libro o en la palabra misma. Sentir un libro entre mis manos se me fue haciendo esencial ya en los primeros años de mi vida cuando mis padres, que aún vivían, me regalaron mis primeras colecciones.

Luego, ya después de la muerte de ambos, los libros se transformaron en un gran refugio. Yo disfrutaba no sólo leyéndolos sino observando sus tapas, tocándolos y pasando una por una sus páginas. Para mí, por sentimental que parezca, la lectura se transformó en un antídoto contra el dolor que sentía ante la pérdida de mis padres. A veces he llegado a pensar que en mi inocencia infantil ese fue mi primer contacto erótico.

 

Unas pocas calles más allá de la biblioteca se encuentran las murallas de Henoc y luego el desierto, que linda con la ciudad por el Oeste y asegura que esta urbe a la que fuimos destinados se transforme en nuestra cárcel. Y así la tratamos. La violencia de los grafiti, las explanadas apestando a orines, la cantidad de solares en los que la poca maleza que crece en Henoc se mezcla con todo tipo de basura, los faroles que, aunque protegidos con rejillas, han sido destrozados y ya no alumbran, o las ventanas rotas de los edificios tapadas con plásticos, para proteger a los inquilinos de las inclemencias del tiempo y de los constantes ruidos que se oyen a todas horas, dan testimonio del desprecio que los ciudadanos sienten por su ciudad. Nunca podemos olvidar que Henoc fue concebida como modo de apartar y aislar a su población y poder así mantener la seguridad del mundo desarrollado. Las vallas de alambre de espino todavía hoy se pueden ver más allá de la muralla que rodea la ciudad. Aunque ya han sido abandonadas por la cantidad de veces que las han agujereado continúan ahí como el signo de nuestro encierro.

La necesidad obliga a algunos, aun hoy día, a intentar atravesar la sabana, en coche, si tienen la suerte de conseguir uno, y si no, a pie. Pocos lo consiguen. No sólo por la dureza del clima, sino también por otros peligros, como los muchos criminales que se han refugiado allí para evadir la justicia. La mayoría de los que intentan escapar mueren en el intento; lo que no disuade a otros de seguir intentándolo. Así muchos aprendimos, mal que bien, a vivir con este sentimiento de exilio; con esa sensación de estar atrapados no sólo en esta urbe, sino en una condición y en una vida que no nos corresponde. La idea de que la ciudad a la que se nos había trasladado se transformara en una prisión nos parece una broma de mal gusto, una burla insoportable, y nuestro rencor hacia ella y nuestros conciudadanos crece con el tiempo.

Por eso en la idea de muchos de nosotros, los nativos de Henoc o los que llegamos de niños o en la adolescencia, el lugar de origen, que en nuestro caso no es el nuestro sino el de nuestros padres y, aun a veces el de nuestros abuelos, se ha ido transformando en una especie de paraíso perdido al que inútilmente añoramos regresar aun no habiéndolo conocido nunca. El desprecio que sentimos por Henoc crece así cuanto más tiempo pasamos en ella. Y de este modo los que crecimos aquí nos vamos contaminando de un sentimiento de desarraigo similar al de los recién llegados. Tal vez por eso queremos creer que, de una manera u otra, en unos años quizás, se terminará nuestro exilio. Y aunque la realidad nos demuestra lo contrario, vivimos en Henoc como si siempre se tratara de un lugar de tránsito.

 

 

El año pasado, el 15 de agosto, siempre lo recordaremos como “el día del eclipse”. Mateo llegó a la biblioteca más temprano de lo habitual. Por lo general venía a la tarde. Hacía varias semanas que no lo veía. Como era ya su costumbre se había ido a meditar y orar en el desierto. A veces ese aislamiento duraba un par de días, otras, varias semanas.

Me encontraba en la puerta admirando aquel cielo tan extraño cuando lo vi llegar. Subía las escaleras. Me alegré. Lo había echado de menos. Extrañaba sus charlas, su compañía y su optimismo. En un principio creí que querría apreciar mejor aquel fenómeno de la naturaleza. No fue así. Me fijé que a Mateo no le interesaba, como si ya hubiese visto ese espectáculo celestial muchas veces anteriormente. Con un saludo y una leve sonrisa pasó a mi lado y se fue directo a la sección de teología. Una vez allí, revisó uno por uno los lomos de los libros, escogió algunos volúmenes y después se sentó en una de las mesas junto a las ventanas que daban a la calle. Yo lo observaba desde la puerta. Después de filmar el eclipse entré para charlar con él un rato, pero me lo encontré inmerso en la lectura.

Mateo nunca trataba los libros como objetos; a diferencia del resto de la población de Henoc, los leía casi con ternura. Como guardián de la biblioteca me había acostumbrado a observar a algún que otro viejo maestro llegar con sus estudiantes para mostrarles un libro, en muchos casos, por primera vez. La gran mayoría de los alumnos, luego del primer contacto, los abren con un gesto de superioridad mientras otros se ríen de la extraña estructura del edificio, de la cantidad de polvo acumulado, del desorden, de los agujeros en las paredes y las goteras en el techo. Quizás por eso la atención, casi el cariño, con que Mateo siempre tomaba esos volúmenes nunca dejó de sorprenderme.

Siguió sentado allí un par de horas. Parecía no verme. De pelo ya canoso y muy abundante, vi que llevaba la barba descuidada. Más que eso, noté que había algo diferente: llevaba un chaleco negro medio raído y un pantalón del mismo color que delataban que acababa de llegar del desierto. Por lo general era un hombre muy pulcro; pero hoy parecía un desamparado más. Me preocupó. Es verdad, a diferencia de otros indigentes, no estaba plagado de heridas ni de pústulas infectadas, ni tenía la mirada perdida. Si no hubiese sido por esos detalles cualquiera lo hubiese confundido con otro de los mendigos que entran a menudo para protegerse del clima o de las pandillas que, de vez en cuando, los persiguen a pedradas. En esas ocasiones, los dejaba quedarse hasta que pasaba el peligro. Lo sabían y por eso habían aprendido a respetar el recinto y sus libros.

No podía adivinar qué, pero ese día noté que había algo extraño en los gestos de Mateo, en su forma de estar en el mundo. Algo había cambiado en él. Leía de un modo que no le conocía. Hoy no leía por el placer de la lectura, sino que parecía buscar algo. Sentí curiosidad y continué espiándolo.

Pude ver que tenía sobre la mesa, entre otros, los libros de la Vida de Santa Teresa, las Confesiones de San Agustín, El Zohar, el Corán, La subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz y una edición anotada de los poemas de Fray Luis de León.

En un principio los hojeó; luego hizo otra selección y escogió unos cuantos, los separó y empezó a leerlos. Tal vez mi extrañeza, quise pensar entonces, se debía a que ya no estaba acostumbrado a ver lectores en mi lugar de trabajo. Mateo era el único que venía a leer y no a ver o tocar las escasas reliquias que habían llegado a Henoch.

Así que me acerqué para preguntarle qué buscaba. Levantó la cabeza y esbozó, por toda respuesta, una sombra de sonrisa. Me acordé de la primera vez que lo había visto. Yo era un niño. Tenía diez años. Asustado ante ese hombretón, Mateo en ese tiempo era muy robusto, sollozaba de miedo. Sin decir nada me tomó de la mano y me llevó al convento en donde vivía. Allí también habían construido un orfelinato para los niños abandonados de Henoc. Ese orfelinato se transformaría en mi casa por los próximos años. Él dejó de leer, me vio allí e insistió.

—De verdad, Agustín, por el momento creo que tendré bastante con estos volúmenes. Gracias. No te preocupes, estoy bien, me quedaré sólo un rato más —respondió, señalando los libros esparcidos sobre la mesa. La suavidad de su voz contrastaba con los rasgos duros de su rostro. Hablábamos muy bajito, susurrando casi, como si hubiera más gente en el lugar o como si los fantasmas de antiguos lectores, aún hoy pudiesen imponernos respeto. Volví a mi rutina de trabajo. Él siguió tomando notas. Escribía, pero esos símbolos me resultaban extraños: no eran de ningún alfabeto que hubiese visto antes. Parecían dibujos o algún tipo de jeroglífico. Estuve a punto de acercarme a preguntarle qué escritura era esa; pero no lo hice. Sabía muy bien que iba a encontrar alguna manera de evitar responderme, así que desistí y me fui a pasear por los pasillos de la biblioteca. Mateo continuó ahí leyendo y tomando notas sin levantar la cabeza hasta que anocheció.

—Mateo, tengo que cerrar.

—Disculpa, no me había dado cuenta de la hora.

Se levantó e iba a tomar los libros para ponerlos de vuelta en su lugar cuando le hice un gesto para que los dejara.

—No te preocupes, yo lo hago. Vete y descansa. Ya estás mayor para pasar tanto tiempo en el desierto. Tienes que cuidarte, ya no eres ningún niño —sabía que no le gustaba que le recordaran que había envejecido, pero esta vez no me respondió con uno de sus sarcasmos.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Tomó el pasillo que da a la salida. Su espalda, ancha como la de un deportista, se encorvaba ahora un poco. Pensé que su cuerpo no coincidía con el reflejo de su mirada y el tono de su voz. Aunque firmes, sus pasos eran más bien lentos. Ya había salido cuando me pareció sentir alguien cerca de mí. Miré hacia donde había estado Mateo. No vi a nadie. Se había marchado, pero algo había quedado: una presencia, tal vez, la del lector que deja su rastro en una biblioteca.

Antes de regresar aquellos libros a sus estantes, los revisé, busqué alguna marca, que pudiese darme una pista sobre lo que había estado haciendo Mateo aquella tarde. Pero no encontré nada. Las páginas seguían tan impecables como si nadie jamás las hubiera leído.

 

Nueva imagenMarta Lopez Luaces

«Los traductores del viento» (2013), por Marta López Luaces.
Crédito de la foto: Vaso Roto editorial.

La historia oficial de Henoc (1)

 

Henoc se construyó a partir de los caminos de emergencias, sin orden ni concierto. Después de instalar la infraestructura necesaria para las viviendas —como el agua potable y la electricidad—, y un mínimo de seguridades públicas —como el sistema educativo y de salud—, se trasladaron a Henoc, en el transcurso de varias décadas, unos diez millones de ilegales.

Puede decirse que este primer periodo constituye la etapa de gestación. Se podría así dividir la historia de Henoc en tres etapas: la primera como campo de refugiados, desde 2114 hasta 2175; una segunda, que comienza con la fundación de la ciudad de Henoc y se extendería hasta aproximadamente el 2200; y la tercera y última, que duraría hasta la destrucción de la biblioteca en el año 2225.

En el año 2153 la población se amotinó. Las fuerzas internacionales mandaron un pequeño ejército que aplacó la rebelión rápidamente. La cifra oficial ha fijado el número de víctimas en ochenta y tres muertos y ciento veinticuatros heridos. El suceso terminaría por sentar las bases de un nuevo orden social.[1] Se decidió urbanizar el campamento. Se llamaría a elecciones para una futura transición democrática. También quedó determinado que la ciudad sería administrada por un alcalde y siete ediles, elegidos cada cuatro años.

Las elecciones se llevaron a cabo con la influencia de las organizaciones internacionales y las empresas Comunidades y Servicios. Se eligió a un alcalde y a siete ediles que sustituyeron al ejército y las ONGs que hasta entonces habían administrado Henoc. El cisma entre las nuevas autoridades y el poder económico se hizo manifiesto desde entonces y las querellas entre ambos poderes se irían profundizando en las próximas décadas. Ante la ausencia de una unidad política, la secta religiosa, el samuelismo, vino a llenar ese vacío político. A su vez su clero se fue apartando de sus enseñanzas originarias para dejarse arrastrar por los complejos intereses de las situaciones reales.

Con la fundación de la ciudad, estas dos corporaciones multinacionales, C y S, firmaron contratos varias veces billonarios con los diversos gobiernos e instituciones de las grandes potencias para suministrar y administrar la ciudad. En el inicio, el experimento parecía que iba a ser exitoso. Sólo más tarde cuando, al ver que los beneficios no eran los esperados, estas grandes empresas comenzaron, poco a poco, a rescindir sus contratos y sus obligaciones, se transfirieron muchas de las responsabilidades económicas a una población sin ninguna preparación para asumirlas.

Henoc se fue transformando de este modo en una ciudad-estado con una gran autonomía, pero sin una identidad propia. Los viejos problemas de las clases sociales y la corrupción hicieron crisis mostrando la incapacidad de estos organismos para afrontar y resolver los graves problemas sociales de esta nueva ciudad.[2] La crisis económica, social y política correspondía, naturalmente, a una profunda crisis cultural. Como el orden político estaba sometido a los intereses de las dos corporaciones, C y S, a las que se les dio los derechos sobre la ciudad, y a las políticas exteriores, que en un principio habían conducido a la creación de Henoc, ahora esta se encontraba sometida a sus intereses y nunca llegaría a tener la independencia necesaria para crear una conciencia sana de ciudadanía.[3]

Así tres grupos —el político, el económico y el religioso— se disputarían la ciudad. El alcalde y los ediles aspiraban a legitimar su poder y para ello trataron de mantener siempre las mejores relaciones con las dos corporaciones más importantes, C y S. Por otro lado ajustaron su conducta a ciertas normas que no suscitaran resistencia por parte de una nueva y poderosa organización religiosa: el samuelismo. También trataron de armonizar los dos grupos —el económico y el religioso— y la legislación reflejó ese anhelo. Limitados a sus poderes políticos, eran demasiado débiles para resistirse al poder económico —de C y S— y al religioso. Por otro lado se desarrolló el localismo y los guetos, lo que concluiría en la división y confrontación de los diferentes barrios de Henoc.

Aunque en algunos sectores las condiciones de vida mejoraron al pasar los años, sobre todo a partir de las primeras generaciones, no así en la gran mayoría de las zonas de la ciudad. La rivalidad y las divisiones de los barrios se agudizaron. La consecuencia fue la depresión económica y los nuevos levantamientos callejeros. Los carteles de la droga y el crimen organizado aprovecharon esta situación para tomar mayor control de algunos barrios.

Los miembros de la clase más pobre, nacida en su mayoría en Henoc, fueron los que mayores problemas tuvieron para lograr una mayor integración cultural: con menos recursos no sólo económicos y políticos, sino también lingüísticos, se les cerró las posibilidades de la movilidad social. De este modo, las diferentes clases se transformaron, con el tiempo, en castas, aunque no legalmente, sí en la realidad.

 

 

La historia sagrada de Henoc (1)

 

Primer libro: La creación de Henoc

Esta es la historia de Henoc. Esta es la historia de los descendientes de Caín y su prole. Nuestro Bendito vio el Mal que esparcían por la tierra. Abrumados por el peso de la envidia, sus hijos se descarriaban. El Señor, en su enorme Misericordia, supo que debía defender a sus hijos.

 

Él, el Bendito, creó Henoc de una pesadilla y allí desterró a los descendientes del fratricida. Henoc sería su destino y su prisión.

 

El Bendito vio que la prole de Caín conquistaba con sus engaños y artimañas el imperio del Señor. La descendencia del Mal, del perverso, del cruel se esparcía por la tierra como una peste. Nadie podía detenerlos, ya que la sabiduría del Mal es grande: la hipocresía es el arma más poderosa de los simuladores, de los imitadores y farsantes. La ignorancia es la mayor debilidad de los hijos del Señor. Por eso las Escrituras nos enseñan que el conocimiento es el sendero del Bien. Es el camino por el cual se llega a la Verdad.

 

Nuestro Bendito vio a sus criaturas perderse en las tinieblas oscuras de la maldad. Los seres malignos se multiplicaban y sus hijos no tenían las armas para defenderse. Nuestro Señor es el Gran Guía en la oscuridad. Es la luz que deja ver el camino.

 

Bendito aquel que todo lo ve. Bendito aquel que nos guía en la oscuridad. Bendito aquel que todo lo perdona. Bendito aquel que desea nuestro Bien y nos protege del  Mal. Nuestro Padre, que nos cuida con disciplina y cariño, siempre está atento a nuestro comportamiento. Él, el Bendito, nuestro Señor, supo que los ciudadanos de Henoc faltaban a sus mandamientos.

 

El Señor es bueno. El Señor volvió a Henoc. Vio a sus hijos llorar. Vio a sus hijos sufrir. Se apiadó de ellos y sufrió con ellos.

 

El Bendito ordenó a sus discípulos crear el samuelismo para nuestro Bien y la salvación de la población de Henoc. Aquellos que no escucharan serían expulsados de su bien. El Señor es misericordioso. El Señor nos dio su Ley y con ella su Sabiduría. Aquellos que elijan quedarse en la ignorancia serán castigados por los rayos de la tormenta. La crueldad, la envidia y la hipocresía tomarán posesión de sus cuerpos y sus almas. La confusión de la razón regirá sus decisiones y sus vidas se llenarán de vicios.

 

Así dice el Señor, “al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro” (Éxodo 32, 25). Hay quienes quieren ver en ello marca de la crueldad divina. Sin embargo, como un buen padre corrige a su hijo, así el Bendito corrige a la humanidad. El Señor nos manda su Palabra para guiar nuestros pasos, como antaño guió a Moisés a través del desierto. Así ahora el Señor, nuestro Dios, guía a su gran pueblo, la humanidad, fuera del exilio espiritual en el que se encuentra.

 

También dice El libro de la sabiduría divina, “toda la historia de la humanidad está registrada en el rastro que deja la brisa al pasar. Cada una de sus palabras oculta en las briznas del viento el mensaje de Dios. Es el idioma del viento el que mantiene el tiempo y el espacio. En Henoc ese eje se ha roto: su geografía no parece de este mundo.” (Primer asunto, 4)

 

En honor del Señor, nuestro Dios, creamos el samuelismo. El Bendito escucha nuestras palabras y hace recaer su Gloria en nuestro tiempo.

 

El Bendito nos reclamó para Él. Su amor se derramó por nuestras almas una noche en que la Gran Estrella del Norte apareció en los cielos. Las señales de Su Presencia se multiplicaron a nuestro alrededor. La Gran Batalla estaba por comenzar y debíamos elegir. En Henoc el poderío del Mal retó al poderío del Señor. Los soldados del Señor sabíamos que la guerra había comenzado y conocíamos nuestras armas.

 

La gran Alianza entre la humanidad y su Dios llegaba a su fin. Su Gloria nos señaló la geografía del tiempo que marca la última fecha. Nuestra tarea es ardua. Muchos se han extraviado. Débiles. Henoc los descarrió. Desoyeron al Señor.

 

Su Gloria es la fuerza de nuestra convicción. Bebemos de su Vigor. Cantamos sus alabanzas. Rogamos por la memoria del Justo. Rezamos por la salvación de los bondadosos. Soñamos con el futuro eterno de su compañía.

 

Las palabras de nuestro Señor, que borran el sufrimiento, se nos hacen más y más difíciles de descifrar.

 

Pero el Señor no pierde la esperanza en sus hijos. Así mandó sus palabras. Ellas le hablaron a nuestra alma. Sus imágenes aparecieron en nuestros sueños. Nuestros sueños eran mensajes. Mandatos. Nosotros, la nave por la cual el Señor se manifestaba. Nuestro deber era seguir al Traductor de Su Palabra.

 

 

 

 

 

 

*(La Coruña, España, 1964) es poeta, novelista y traductora. Desde 2003 coedita Galerna: Revista internacional de literatura, que se publica anualmente en Nueva York, ciudad donde reside. Como poeta, ha publicado Distancia y destierros (1998), la plaquette Memorias de un vacío (2002), Las lenguas del viajero (2005) y Los arquitectos de lo imaginario (2010). Publicó, asimismo, el libro de relatos La Virgen de la Noche (2009).  La ciudad de Nueva York le otorgó la distinción de Speaker for the Humanities (2003-2005). Su poesía ha sido incluida en antologías de España, Latinoamérica, Estados Unidos, Italia y Rumanía. Desde 2003 da clases de literatura española y latinoamericana en Montclair State University.


[1] Véase Cifras de muertos en los conflictos bélicos del siglo XXI. (Barcelona: Telles, 2221).

[2] Véase de Mark Strand, Corrupción y movilidad social. (México: Ed. Castillo, 2238)

[3] Para un estudio y análisis detallado de la transferencia de los poderes políticos a las grandes empresas internacionales en el siglo XXI y sus resultados, véase el libro de María Juana Summers, Privatización del poder político: Aciertos y desafíos (Buenos Aires: Editorial Rosas, 2122).

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