Por: Juan José Rodinás

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Los símbolos como pasos a desnivel en El hedor de lo real 

en la nariz imaginaria (2014), de León Félix Batista

 

 

 

Un día soñé que la corteza terrestre es una

especie de papel de envolver y que el verdadero

mundo está debajo.

Vicente Luis Mora, Transtratus Órfico-Philologicus

 

 

La poesía dominicana es todavía un misterio en el contexto de los lectores ecuatorianos. A diferencia de otras tradiciones caribeñas como la cubana, la lírica dominicana es escasamente conocida en el Ecuador. Yo, en específico, hasta hace siete u ocho años, apenas conocía como parte de mi formación intelectual la poesía de Manuel del Cabral (más minimalista) y de Pedro Mir (más épico y político), clásicos indiscutibles de la poesía caribeña. Posteriormente, pude leer la singularísima poesía de León Félix Batista. Sin embargo, hay una trama que desconocemos que vale la pena revisar como lectores. Fenómenos como el pluralismo o el contextualismo, pasando por la poesía sintaxera de Alexis Gómez Rosa, hasta la generación de los ochenta, emblemática en varios sentidos. De esta generación se desprenden varios nombres de los cuáles he podido leer libros completos como Plinio Chahín (y su minimalismo conceptista) o José Mármol (y su lirismo simbolista ligeramente narrativo). Posteriormente, aparecerán autores más cercanos a la poesía de la experiencia como Homero Pumarol, hasta voces muy jóvenes como Neronessa, quien también dedica tiempo a la militancia animalista.

En ese contexto, la poesía de Batista es una especie de exorepresentante de la generación de los ochenta porque, si bien su poesía empata con ciertos valores expresivos de dicho grupo (rigor intelectual, cierta dosis de hermetismo), en otros se distancia radicalmente. Así, Batista trabaja mediante una serie de ensambladuras que vinculan transversalmente lo concreto y lo abstracto. El título El hedor de lo real en la nariz imaginaria ya se nos anuncia ese singular ritual anticartesiano, spinoziano, antidualista: hedor, abstracción de lo percibido, mediante un sentido imaginario, una nariz inventiva. En ese flujo sucede un curioso fenómeno: lo concreto se difumina en abstracción y lo abstracto se deja tocar. Ambas operaciones nos dejan ver el flujo de la propia experiencia mental como un órgano lábil, transitivo, intrusivo, especular. Así, el poeta dice: “sus pedazos no palpitan, la materia destruida, la total volumetría reventada”. O señala: “el cuerpo es un estado de moléculas elípticas”. Una descripción útil de este fenómeno sucede cuando uno abre la página web Google Maps, deja caer el hombrecito mágico en algún lugar y encuentra una opción llamada fotografía esférica. A través del cursor, uno puede girar virtualmente su posición como observador en una especie de reproducción tridimensional (o quizás tetradimensional si sumamos el movimiento que vamos efectuando mentalmente).

Ese desplazamiento encuentra en el mundo percibido tanto un obstáculo como una posibilidad. ¿Cuáles son las propiedades de los cuerpos pareciera preguntarse esta poesía? La pérdida de unidad simbólica del mundo ha invitado a los poetas –a veces bajo la complicidad de un positivismo disfrazado de humanismo-­- a ejercer la función de un narrador en verso, de un narrador con pliegues metafóricos. Así, un poeta “narrador” formula una anécdota para unificar la experiencia entre el yo y los objetos disponibles a su alcance. Con frecuencia, esa narración suele ser convencional y predecible. Batista, por el contrario, suspende la narración del yo y desovilla la experiencia perceptiva a través de una secuencia de planos, de estratos expresivos que se desgajan o acumulan, que se desplazan rítmicamente entre las cosas y los conceptos. Desde luego, hay muchos poetas que socavan el “yo”. Lo singular radica, entonces, en el método de tal socavamiento. Así, Batista es un secuenciador sinfónico. Secuenciar supone “establecer una serie o sucesión de cosas que guardan entre sí cierta relación”. ¿Cierta relación de palabras o cosas con algún vínculo intelectual o emocional? De dichos vínculos adquirimos noticia mientras  el texto  se va  leyendo: no  la sabemos  antes. Una música ósea que se interpreta por traspapelación e inundación de partículas y realidades.

 

portada HEDOR cuasi final carita

 

En El hedor de lo real en la nariz imaginaria, el poema surge de la flexión del lenguaje sobre la geometría dinámica, euclidiana y no euclidiana del mundo (que es también la geometría del lenguaje en la mente). El estilo del poeta, claramente reconocible en el contexto latinoamericano, recuerda la desconfianza en lo no geométrico que Baruch de Spinoza sugería como  método para encarar el conocimiento de la realidad. El léxico de Batista pone en tensión el lenguaje topológico, topográfico y ciertas zonas especulares del poema ensayo. Como en la poesía de Ponge, pero puesta en marcha a través de un tempo delicuescente, de un desencadenamiento a la vez barroco y ralentizado (no ajeno a las aguas azules que parecieran irse pausando en los inviernos de Queens y del Bronx), la diferencia entre un objeto y un cuerpo pareciera no existir. El hedor de lo real en la nariz imaginaria modula una poesía asentada sobre una consideración volumétrica, espacial del universo. De hecho, la poesía de Batista parece un travelling a cámara lenta que se moviliza de manera transitiva entre lo concreto y lo abstracto.

Si  “secuenciar”  definía  el  trabajo  sintáctico,  gramatical  del  lenguaje  que desarrolla Batista, “circuir” definiría la operación mental que sostiene esta poesía. Según el diccionario de la RAE, circuir significa rodear, cercar”, pero también “construir”. Batista construye rodeando. Rodea construyendo. Así, se trata de una especie de metarrealismo, de realismo desnivelado por los diversos planos que se suceden a lo largo del volumen. Curiosamente estos tramos especulares, estos trayectos anfibios se concatenan mediante un sentido rítmico estilizado y estilizante. Secuenciar y circuir parecerían verbos que el propio Batista podría haber empleado en un poema suyo, pero sospecho que podrían ser también palabras útiles para caracterizar su singularísima propuesta estética. Una juguetería de relapsos (ir, volver) se deja oír por debajo de este fraseo único, expresivo en su contención, afectivo en su razonamiento. Como editor, como lector, como autor, puedo decir que la obra de Batista nos da una visión particularísima de la vida, una esfera de las ideas devenidas pulsos, de las experiencias síquicas devenidas pabellones flotantes. El hedor de lo real en la nariz imaginaria es un trayecto antológico de una obras escritas en español más singulares y potentes que he podido leer durante los últimos años.

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