Por Sarybell Santiago Medina*

Crédito de la foto: (izq.) Cortesía de la autora

/ (der.) Ed. Planeta

 

 

Las jergas y las “jermas”

de Leonardo Aguirre

 

 

El autor me ha conquistado nuevamente, pues ya lo había conseguido con Asociación Ilícita (2016).  Muchas reseñas me he leído sobre Interruptus, y entonces he hecho una lectura prejuiciada. Para mi sorpresa, no ha sido difícil. Contrario a lo que algunos críticos han dicho y plasmado, esta novela de Leonardo Aguirre** se puede leer de un tirón. Y pese a que soy puertorriqueña y, por ende, no entiendo la mayoría (por no decir la totalidad) de las jergas, la diferencia cultural no ha sido, como me temía, una piedra en el camino.

Interruptus comienza con la nota que “la editora” le hace al escritor/narrador. Pero en la misma se encuentra una “advertencia” muy directa al lector: hay un uso excesivo de la jerga limeña y un sonsoneo/ritmo al leer. La editora va haciendo ciertas recomendaciones o interrupciones a través del texto, que parecen más reclamos y regaños que serias notas de editor. Se percibe el interés primordial de ella, quiere que escriba el tomo tres de “Asociación Ilícita”, y la existencia de una complicidad carnal/sexual/amistosa, aunque no queda claro si esa relación tan íntima ya se terminó o continúa.

 

El narrador Leonardo Aguirre en el Jr. Soledad. (Crédito de esta foto: Kattya Lázaro)

El narrador Leonardo Aguirre en el Jr. Soledad.
(Crédito de esta foto: Kattya Lázaro)

 

Ciertos críticos se han apresurado en señalar el uso excesivo de la jerga limeña. Es demasiada jerga, ciertamente, pero, en cada caso, el contexto de la oración ayuda a entender el giro (para mí) inaudito. Además, cada vez que la editora interrumpe la lectura, pareciera que el escritor la obliga a intervenir para que todo le vaya quedando claro al lector. Es por ella que nos enteramos de que el autor ha hecho una mezcla de jergas generacionales, una mezcla que, por momentos, provoca la sensación de desorganización y confusión. Pero, insisto, no me parece que sea un impedimento para entender la narración. La jerga ayuda a leer la novela con un ritmo particular –yo prefiero decir “sonsoneo” (proveniente de la salsa)– y entonces la novela te atrapa y, más aún, es como si bailaras, pero leyendo.

El desfile de las mujeres del narrador me ha producido desde asco hasta pena. Todas son diferentes, ninguna se parece a la otra. Las hay casadas, divorciadas, sin hijos, con hijos, delicadas, grotescas, intelectuales, transgéneros, la abuela, la madre, la esposa, la suegra. Aunque, entre todas estas mujeres, la abuela, en mi opinión, es la más fascinante. A pesar de que es un personaje que no interviene realmente mucho, valida al narrador. Ella conoce muy bien a su nieto, y se percibe, entre ellos, una complicidad muy grande; de hecho, en la escena final, cuando todos, o casi todos, los personajes coinciden en un mismo recinto, la abuela es la única que parece disfrutar del modo en que el narrador se autoincrimina y enfrenta su temor frente al público.

 

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Lima tiene una presencia importante en Interruptus. Lima o, mejor, sus pedazos: aparece debidamente fragmentada como fragmentada es la propia narración. El narrador nos hace imaginar los recorridos que debe hacer antes de encontrarse con tal o cual mujer y, en varias ocasiones, la propia ciudad interviene de manera decisiva en el desarrollo de la anécdota. Y aunque la ciudad pierde un poco de importancia conforme nos vamos acercando a la última página, ahí está la jerga que la reivindica siempre. No es, en modo alguno, gratuito que la primera escena ocurra en plena calle (calle que presta su nombre para titular el manuscrito que la “editora” corrige: “Jirón Soledad”) y que la escena final suceda en la casa de Ricardo Palma.

La nueva propuesta de Aguirre me hace evocar al realismo sucio del cubano Pedro Juan Gutiérrez. Pero estoy ante una literatura peruana que no había leído antes; se sale de lo convencional, de lo clásico, de lo tradicional. Aunque el uso del metatexto se puede rastrear desde la literatura medieval, Aguirre aplica ese recurso de forma muy ingeniosa. Ya varios críticos han calificado como un gran acierto el papel de “la editora”. Es, sin duda, la co-protagonista y, viéndola desde otra perspectiva, parece tratarse del propio narrador, pero en versión femenina. Esto podría servirnos para otra lectura de Interruptus y hacernos dudar sobre las posturas del autor ante lo clichoso de lo políticamente correcto.

 

 

 

 

 

 

*(Mayagüez-Puerto Rico). Maestra en Artes con especialidad en Estudios Hispánicos del Recinto de Río Piedras por la Universidad de Puerto Rico. Ha completado y defendido una tesis sobre los relatos del escritor peruano Luis Enrique Tord.

 

 

 

**(Lima-Perú). Narrador y periodista. Cursó Periodismo en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Firmó crónicas y reseñas en “El Dominical” del diario El Comercio, una columna de opinión en el diario La República y una sección de crítica en la revista Dedomedio. Ha publicado, en narrativa, Manual para cazar plumíferos (2005), La musa travestida (2007), El Conde de San Germán (2008), Karaoke (2010), Asociación ilícita (2015), Interruptus (2018), Spunkitsch (2018).

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