Por: Ernesto Lumbreras

La musa de la memoria reconstruye, exorciza, reconcilia y examina en las páginas de Cuaderno de Chihuahua de Jeannette L. Clariond. En los márgenes de dos desiertos, el de Líbano y el de Chihuahua, las huellas de la tribu Ayub Shallhoup permanecen frescas gracias al poder  restitutivo de la palabra poética. El espíritu y varias de las atmósferas del libro recuerdan la novela Las manos de mamá (1937) de Nellie Campobello; en su recurrencia por indagar en la infancia y en la adolescencia, destellos y anunciaciones de la palabra poética, el volumen guarda un parentesco con El poeta niño (1971) de Homero Aridjis; respecto de los orbes culturales y lingüísticos que se entrecruzan, se pierden y se recobran durante la trashumancia, Tela de seboya (2012) de Myriam Moscona es un libro que dialoga con esas mismas mudanzas verbales que Clariond anota en su escritura –mixtura genérica de ensayo autobiográfico que comparte la mesa con la poesía−, en un castellano que discurre entre los susurros del árabe y del inglés, lenguas de sus ancestros y de sus exilios entre México y los Estados Unidos.

Es un cuaderno que es también un álbum, es decir, una selección. Una elección en otras palabras de rostros, lecturas instantes, objetos, paisajes y fantasmas. Se trata de un descenso por la vía dolorosa, puertas que se abren a la noche y que reclaman un segundo lenguaje para escribir –la vida en la poesía, la poesía en la vida−sobre las arenas de las dunas nómadas de aquellos desiertos. Sabiendo con Balzac que en la novela no aparece la vida de familias felices, Jeannette L. Clariond se adentra y nos adentra,  sin exhibicionismos ni desgarraduras gratuitas en territorios de la locura y la esquizofrenia del tío Jorge y de la tía Jeannette, de los amagos de suicidio de la tía Lillian, de la mudez y la extrañeza de la abuela María Shallhoup, de las separaciones y los exilios interiores de la propia autora del libro.

En ese volver sobre sus pasos, la poeta se redescubre en un pasado ineludiblemente mítico. La cita de Adonis “Somos el espejo de una pregunta” da pie para salir al mundo mostrando la superficie de azogue de una interrogante que nos abisma y nos ilumina. ¿Es otro el sentido de la poesía? Sobre tal encrucijada escribe la autora: “Pero el poeta, como los muertos, camina mirando hacia atrás. Rememora, como el ciego, lo que un día vio y olvidó y, como un santo, lo que un día vivió y trascendió. Ambos comparten un ansia de vacío.” Nacida de Olga Ayub Shallhoup y de Juan Lozano Nevraumount, la infancia de Jeannette L. Clariond tuvo varias premoniciones sobre sus futuros oficios de poeta y traductora. La presencia de Gibran Khalil Gibran en la educación sentimental y espiritual de su madre, detonaría, en la niña Jeannette, una serie de intuiciones en torno a la fragilidad de los seres humanos y de la búsqueda de perdurar en lo efímero o en la herida. O también, y en sentido inverso, del presente al pasado, el encuentro con Alda Merini y con su poesía revelaría en una dimensión más entrañable y libre de tabúes las figuras de los familiares golpeados por el rayo de la locura.

El origen de estas páginas fue la siguiente línea, primer esbozo de un ejercicio cuentístico frustrado: “Se rompe en tu regazo la nervadura del sueño.” Muchos años después, Jeannette L. Clariond la rescata extirpando el maleficio de una pesadilla recurrente durante la infancia. En ese renacimiento, esa línea reconquistada se torna verso, música y fulgor tutelares para descender los peldaños camino hacia la casa del ser.

 

 

Jeannette L. Clariond, Cuaderno de Chihuahua, Fondo de Cultura Económica, México, 2012, 126 pp.

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