Por: Alejandro Herrera*

Crédito de la foto: www.cortazarmovie.com

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa.

Rayuela

A finales de mayo de 1982, Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop salieron de Paris para pasar treinta y tres días en la autopista París-Marsella. De aquel viaje nos que queda el libro llamado: Los Autonautas de la cosmopista, probablemente uno de los más Cortazianos que existe. El libro –como el viaje- fue un proyecto que se estuvo detallando y organizando durante meses y que tendría que ser escrito a dos manos –Carol y Julio- acompañados con fotografías, dibujos y otras curiosidades más. En este libro estos dos aventureros nos abrieron tanto sus almas y sus espíritus que incluso nos compartieron cosas como sus sobrenombres de intimidad. Julio: el Lobo, Carol: la Osita. Un gran viaje, una gran aventura, un gran libro, pero también un gran preámbulo a algo trágico. El libro lo tuvo que terminar Julio solo, porque su Carol moriría apenas unos meses después del viaje. Aquí, el epilogo del libro:

Post-scriptum, diciembre de 1982.
Lector, tal vez ya lo sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía.

Apenas terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto que hacer… Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar juntos el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses en que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía ya acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas. A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.

Las versiones oficiales nos dicen que ella murió de cáncer o de aplasía medular, en cuanto a Julio, que fue la Leucemia que acabó con él, y hasta existen los románticos que afirman que Julio se murió de tristeza por la pérdida de su amada. Pero ninguna de esas versiones tiene veracidad. Lo que pasó es que los dos murieron contagiados de un raro virus que Julio contrajera vía transfusión de sangre y se lo transmitiera vía sexual a Carol. Ese virus que ahora se conoce como VIH. Duro el destino que hizo que el Lobo muriese de esa forma, pero más duro que el Lobo matase a su Osita y la viera morirse mientras él también se moría. Las tragedias solo ocurren cuando las personas son buenas, eso está claro.

Todo empezó en Agosto del 1981 cuando Julio vivía en el sur de Francia y sufriera una hemorragia gástrica –debido al exceso de fármacos- que lo llevaría a la hospitalización. Su estado era de suma gravedad y se salvó de morir gracias a una transfusión de varios litros de sangre. Escapó de morir de milagro. Pero el caso es que desafortunadamente esa sangre venía contaminada. La sangre había sido suministrada por la Cruz Roja y anteriormente comprada de emigrantes de muy bajos recursos. En esos tiempos no se realizaban pruebas porque todavía no se reconocía aquel virus, sin embargo aquello desencadenaría algunos años después un escándalo tan grande que acabaría con la destitución del ministro de Salud Pública. Se calculaba que en Francia unas cuatro mil personas –la mayoría de ellos hemofílicos- recibieron sangre infectada con este virus. El incidente no solo se daba en Francia sino que tuvo magnitudes mundiales, y tuvo un nombre: Contaminated haemophilia blood products scandal. Cientos de miles de personas en el mundo eran infectadas de VIH por esas transfusiones de sangre, países incluidos Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Japón, Irlanda, Canadá, etc.

Sin embargo el escándalo salió a la luz después de la muerte de Julio por lo que él no tuvo como saberlo. Carol, a pesar de ser mucho más joven que él –apenas 36 años-, fue la primera en caer debido a la extirpación de un riñón durante su juventud que la dejó más expuesta. Moría apenas cinco meses después de la gran aventura por la cosmopista. La última gran aventura de muchas otras, claro. Ella era una norteamericana activista y todos conocemos la gran inclinación de Julio por las manifestaciones revolucionarias en los países que sufrían dictaduras en Latinoamérica. Julio y Carol formaron una sociedad para trabajar en busca de un mundo más justo y más amable. Juntos viajaron a Polonia para un congreso en solidaridad con Chile que vivía la férrea dictadura de Pinochet y a Nicaragua donde el ejército popular sandinista acababa de derrocar a la dictadura de la familia Somoza apoyada militarmente por los Estados Unidos durante décadas.

Carol Dunlop se iba dejando huérfano a su pequeño Stéphane Hébert, fruto de su primer matrimonio con François Hebert –escritor también-. Había conocido a Julio en Canadá doce años antes, apenas unos meses después de entablar relación, Julio le propuso irse a vivir a París con él. Pero le dejó claro que en esta propuesta no incluía al hijo. Carol aceptó, dejo a su pequeño Stéphane y se embarcó en la nueva aventura. Cosa curiosa la de Julio, tal vez lo hizo porque creía tener la experiencia literaria suficiente en estos casos. Recordemos que en Rayuela, Horacio Oliveira notifica a su pareja, la Maga, su indisposición de continuar viviendo bajo el mismo techo con el hijo de ésta: Rocamadour, que después muriese en circunstancias absurdas a vista de ellos y bajo el techo donde no era deseado. Se lo explica largamente la Maga a su bebé en una bellísima y dolorosísima carta: …solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto…

Después de la muerte de Carol fue Julio el que empezó a sentir que sus síntomas se agudizaban. Los doctores solo le pudieron decir que se trataba de un virus, uno muy raro, desconocido pero que aparentemente provocaba una pérdida de defensas inmunológicas. Tampoco existía ningún tipo de tratamiento, claro. Él no entendía y se quejaba de que ni si quiera le recetaban una pastillita. Poco después Julio empezaría a desarrollar unas manchas raras -el sarcoma de Kaposi, asociada al VIH- que Julio tuvo que verlas desarrollarse con resignación.

El caso es que según su editor Mario Muchnik que se encontró con Julio en agosto de 1983 –diez meses después de la muerte de Carol-, Julio ya sabía que se iba a morir y que le quedaba poco. No sabemos si para ese entonces Julio ya sospechaba que su mal se trataba del mismo que atacó a Carol un año antes. Sin embargo Julio decidió continuar con su vida y viajó a Argentina que por ese entonces volvía a la democracia y él se paseaba por las calles como una estrella de cine, firmando autógrafos a cada paso que daba. Luego iría a Nicaragua para ser condecorado por el ministerio de Cultura y después, sospechando que su cuerpo ya no le daría mucho más tiempo, regresó a París.

De cómo fueron los últimos días de su vida solo lo supo su primera esposa y buena amiga: Aurora Bermúdez, que lo acompañó y cuidó hasta el día de su muerte -12 de febrero 1984, a los 69 años-. Julio le dejaría como la única heredera de toda su obra publicada, de su biblioteca, de sus manuscritos y documentos personales. Aurora ya nunca más se fue de París, de hecho, desde que se mudó a París para unirse a Julio, allá por el 1952. Residía en el mismo departamento donde viviera con él antes de separarse en 1968. Habían comprado ese departamento juntos con el dinero de la traducción de cuentos de Edgar Allan Poe. No sabemos muy bien por qué nunca quiso dejar aquel techo, quizás porque allí ambos vivieron algunos de los mejores y más fructíferos años de la vida de Julio. Aurora se había mudado de Buenos Aires a París a los 32 años para estar con Julio –después de rechazar los esfuerzos matrimoniales de Juan Carlos Onetti- y se quedó allí hasta el 8 de noviembre 2014, día en que murió a los 94 años de edad.

Julio fue enterrado en el célebre cementerio de Montparnasse al lado de Carol y es una de las tumbas más visitadas y de las que siempre se mantiene con objetos extraños y flores, haciendo recordar lo que él mismo dijo en uno de sus libros más extravagantes –aunque tal vez para él, de los más corrientes-: «Un cronopio es una flor, dos son un jardín».

*Alejandro Herrera (Ancash, 1978) Estudió en la Facultad de Arte de la Universidad Católica del Perú y en la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito las novelas Bienvenido a mi vida, dictador (2012) y El mundo en que vivimos (2013). Actualmente reside en Londres.

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