Vallejo & Co. reproduce la presentación de La Tinusa: Poetas latinoamericanos in the USA (2016), leída por Aurora Camacho el 30 de marzo de 2017.

El libro La Tinusa, poetas latinoamericanos in the USA (2016), será presentado en Lima en la Feria Internacional del Libro el 1 de agosto,con una lectura en la que participaran Lila Zemborain (Argentina), Carlos Trujillo (Chile), Arturo Davila (México), y los peruanos José Mazzotti, Mariela Dreyfus y Roger Santiváñez.

 

 

Por Aurora Camacho de Schmidt*

Crédito de la foto Ed. ALDVS

 

 

LA TINUSA: ¿generación O TIRADA DE DADOS? (2016)

 

 

Posiblemente la literatura en lengua española en los Estados Unidos haya empezado al día siguiente de firmarse el Tratado de Guadalupe Hidalgo, en 1848, aunque el Proyecto de Recuperación de la Herencia Literaria Hispana, que tiene su casa en la editorial Arte Público de Houston, se remonta a los exploradores españoles del Siglo XVI.

En la época que comenzó al finalizar una guerra desigual en la segunda mitad del siglo XIX la poesía se encarnó en baladas y corridos, escritos especialmente en Tejas, que inauguran una forma de existir entre dos culturas. No es de extrañar que esa primera producción cultural tenga mucho de resistencia y oposición, como ha notado Américo Paredes, el autor de la novela George Washington Gómez, cuyo título nos dice tanto, gran folclorista, poeta e iniciador de los Estudios Chicanos como una disciplina híbrida e indispensable.

Pero si el arte de la palabra en español se inicia en este país con una raíz inevitablemente mexicana, pronto habrá otra raíz caribeña avecindada en Nueva York. Hacia finales del siglo XIX y por una parte del XX, los “torcedores” de cigarros cubanos y puertorriqueños hacían su trabajo alrededor de una mesa mientras alguien leía obras de ficción, poesía y ensayo, como nos cuentan las Memorias de Bernardo Vega (1977), popularizando obras locales entre otras producidas en España y Latinoamérica. Los  periódicos neoyorquinos en español fueron medios de expresión del movimiento independentista que buscaba terminar el imperio español en América y lo consiguió con la guerra de 1898. José Martí es indudablemente el poeta y ensayista más notable de ese exilio temporal.

Más cerca de nosotros, poco después del triunfo editorial de la literatura latinoamericana conocido como el Boom, hay otra explosión literaria en Estados Unidos que ha llegado a definir la hispanidad, como la llama Carlos Fuentes, o la latinidad, como prefieren llamarla la mayoría de los autores actuales. Tres características definen esta producción. Primero, surgen las mujeres autoras ya no como minoría, sino en cantidad y calidad comparable a la de los autores. Segundo, su medio es el idioma inglés, aunque sus contenidos estén plenamente asociados a la vida de la gente que emigró de América Latina a los Estados Unidos y el inglés a veces se contagie de expresiones españolas. Tercero, además de marcar un hito en la historia de la literatura en los años setenta, ochenta y más allá, llega a ser un triunfo comercial. El público lector estadounidense lee a escritores como Oscar Hijuelos, Sandra Cisneros, Esmeralda Santiago, Lorna Dee Cervantes o Julia Álvarez con el mismo interés con que lee la producción literaria establecida. No es extraño que desde hace poco tiempo el poeta nacional sea Juan Felipe Herrera, de California, cuya obra está escrita en inglés, pero un inglés que a veces está henchido de español.

Ahora, en la segunda década del siglo XXI, qué bien nos hace encontrarnos con La Tinusa, trescientas páginas de poesía en español, marcado en algunos casos por el inglés que rodea a los poetas, en el que se desenvuelve su vida diaria, el que los asusta cuando alguien prende el radio o la televisión, el que entra sin permiso a sus computadoras mientras están tratando de leer otra cosa, el que se atreve a tratar de instalarse en las entrañas del español mismo. La Tinusa nos quiere convencer de que existe esa palabra, que más parece el nombre de una gatita fina, porque así leemos en inglés con cerebros que fueron formados en una infancia de habla española, como los padres emigrantes que nombraron a sus hijos Usmaíl e Ilóveny, o U.S. Mail and I Love New York. Y luego La Tinusa, todavía jugando con nosotros, nos dice en su subtítulo: “Poetas latinoamericanos in the USA“, como para avisarnos que estamos en terreno peligroso si quisiéramos asumir que entre las dos pastas del libro hay una sola lengua, pura, íntegra, original.

A querer o no, el regalo de esta poesía fresca se relaciona con esa tercera hispanidad de la que habla Carlos Fuentes, aunque sería incomprensible sin la segunda. En El espejo enterrado Fuentes considera cómo la primera hispanidad que brota de España lleva la marca de un mestizaje. No hay España sin entrañas moras. Como decía el poeta cubano Nicolás Guillén, no es necesario decir “afrocubano”, porque no existe ninguna Cuba que no sea Afrocuba. Nuestra segunda hispanidad, en el seno de la cual los veinte poetas de La Tinusa nacieron y pasaron su infancia, es igualmente mestiza, pues ha formado su alma absorbiendo mundos indígenas y africanos desde Mesoamérica hasta Tierra del Fuego. Y aquí, in the USA, brota la tercera hispanidad, construyendo apenas un mestizaje más difícil, menos visible desde donde estamos, pero implacable. Los poetas latinoamericanos in the USA llegan de fuera, como los conquistadores españoles. No  llegan en son de guerra, sin embargo han impuesto su lengua. El español no es ya una lengua extranjera, sino la segunda lengua in the USA.

Entre los veinte poetas que nos dan La Tinusa, 18 son profesores de literatura en universidades in the USA y uno es curador de arte latinoamericano en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Encuentro este hecho muy significativo. El mundo académico de este país experimentó un auge en sus programas de literatura española con los grandes maestros que habían salido de España al exilio por la Guerra Civil. En igual forma la represión de las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, íntimamente ligadas a la lógica de la Guerra Fría, lanzó al exilio a muchos jóvenes intelectuales. La madurez de esa generación coincide con el ocaso de la hegemonía de la literatura española en la academia., puesta en jaque por el gran interés literario en los poetas nacidos entre 1889 y 1925: Gabriela Mistral, César Vallejo, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Octavio Paz, Nicanor Parra y Ernesto Cardenal. Se abre así un espacio para los jóvenes nacidos entre 1950 y 1963, las coordenadas de la obra que nos ocupa. ¿Qué significa esta novedad? Los poetas de La Tinusa son lectores críticos, conocedores a fondo de la gran poesía latinoamericana de los siglos XIX y XX. Esto no significa que sigan a los grandes poetas, sino que se han nutrido con su savia.

Y no sólo son herederos los poetas de La Tinusa de la gran poesía española y latinoamericana. Tienen a su alcance también las voces de Walt Whitman, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Ezra Pound y William Carlos Williams, si desean leerlos en su original inglés, pues todos los poetas de La Tinusa son bilingües y en alguna manera traductores.

¿Qué más sabemos sobre ellos? Son poetas, plenamente poetas que han estado publicando desde muy jóvenes y con regularidad. Son trece hombres y siete mujeres; entre ellos hay cuatro peruanos, tres chilenos, dos puertorriqueños, dos cubanos, dos mexicanos y dos venezolanos; más un nicaragüense, una colombiana, un ecuatoriano, un uruguayo y una argentina. Todos han recibido premios por su obra poética; todos tienen un buen número de libros publicados.  Aparecen en el libro de acuerdo con el año de su nacimiento e inician sus secciones con una declaración de su propia estética.

El editor y compilador, Arturo Dávila, de California y México, nos entrega también un ensayo introductorio lleno de finas observaciones sobre los poetas de la muestra. Y prefiere Dávila llamar “muestra” a la colección y no “antología” porque sabe que ellos no se consideran pertenecientes a una generación, aunque hayan nacido al iniciarse la segunda mitad del siglo XX. La “muestra” libera a los poetas a hacer propuestas individuales, a elegir los poemas con los que quieren verse representados y no los que siguen un esquema pre-establecido. Esa libertad enriquece la colección. Su variedad es asombrosa.

Recuerdo dos versos del poeta de Filadelfia y Colombia, Fernando Méndez, pronunciados hace más de treinta años: “qué extraño tu nombre en otra lengua /qué extraños mis pies en otra tierra”. Ese sentimiento de enajenación sigue vivo en Rubén Medina, poeta y traductor mexicano, cuando dice: “La memoria / el pulso / y la obstinada búsqueda / de una ciudad de otros / es el único país / que me queda”.  Sin embargo, más que la pérdida, Medina desea concentrarse en la desubicación para poder ver un mundo más grande, donde decide ser nómada. “Escucho / el gemido del mar/ del golfo/ y del pacífico/ en un solo / y enorme latido.” Este poema se transforma en lengua inglesa en su siguiente estrofa: “I feel Winter’s air,”  dice su empiezo. No hay bisagra entre uno y otro idioma. Fluye. Es parte de una propuesta muy rica.

También encontramos poetas interesados en luchar contra el lenguaje, rompiéndolo (Dávila); poetas líricos que ahondan en su propio interior (María Auxiliadora Álvarez); poetas metafísicos para quienes el poema es una llave de búsqueda trascendente, y por eso tiene que estar bien cincelada y templada (Urbina); poetas cuya obra es un canto al cuerpo humano, femenino y materno (Dreyfus); poetas que quieren acercar sus poemas a la pintura (écfrasis), o a la canción llena de resonancias históricas (Pérez-Oramas). Hay un poeta que contempla lugares de su nuevo país, y paladea sus nombres extranjeros, incluso de los pueblos originarios, mientras deja fluir recuerdos de su patria que lo anegan (Chirinos); hay otro cuya obra está en diálogo con la cibernética, con la lengua inglesa y la fotografía, todo al mismo tiempo (Correa-Díaz), y tanto más. La Tinusa es una fiesta.

Esta es apenas una introducción a la lectura de dos poetas consagrados, Roger Santiváñez y Carlos Trujillo. Sus lecturas hablan por sí mismas. Haré pues comentarios muy breves.

 

Esta antología cuenta con la poesía de 

Esta antología cuenta con la poesía de María Auxiliadora Álvarez, Eduardo Chirinos, Luis Correa-Díaz, Arturo Dávila, Mariela Dreyfus, Eduardo Espina, Andrés Fisher, Juana Iris Goergen, Consuelo Hernández, Fernando Iturburu, Rita Martín, José Antonio Mazzotti, Rubén Medina, Luis Pérez Oramas, Víctor Rodríguez Núñez, Róger Santiváñez, Áurea María Sotomayor, Carlos Trujillo, Nicasio Urbina y Lila Zemborain.

 

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En la poesía de Roger Santiváñez encontramos una avidez por comunicarnos algo urgente que no se deja asir con facilidad. Hay en su obra una presencia tutelar vallejiana, pero no se trata de una influencia directa o una copia de métodos. Es más bien el esfuerzo de hacer decir a la lengua algo difícil de expresar, lo cual puede conducir al poeta a violentar la sintaxis. Los lectores tienen que escuchar, dejar que el poema haga su trabajo fuertemente sonoro, aliterativo, musical antes de cantar victoria y pensar que ha captado el poema en su hondo significado. Pero la superficie visual del poema es impecable: los versos bien medidos provocan algunas veces que la palabra se quiebre no sólo entre dos líneas, sino dos estrofas.

La memoria de Roger Santiváñez ubica y desubica al sujeto hablante, o superpone planos del Perú en lugares del enorme país del norte.  Hay que decir además que Santiváñez es un poeta del amor. Varios de sus poemas, lejos de estar cifrados, se ofrecen como una narrativa sencilla y cálida de la memoria conjurada instantáneamente por la visión de un espacio semejante a otro que se vivió en el pasado; ahí una persona amada sostiene la integridad de la escena y la eleva a una visión nítida y emotiva.

El énfasis en color y sonoridad del lenguaje acercan al poeta a la tentativa modernista, pero está lejos de ese movimiento en su decisión de alcanzar cargas profundas de sentido existencial. Tengo hambre de escuchar lo que he leído en silencio.  Se trata de poesía letrada, pero hay valores orales en ella de gran valor.

 

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He conocido la poesía de Carlos Trujillo desde hace muchos años. Lo he visto crecer como poeta, aunque desde la primera fase de su producción era ya un poeta extraordinario, con una voz inconfundible. Bien dice Arturo Dávila que Carlos va persiguiendo en sus poemas, como Huidobro y Paz, el ser mismo de la poesía. Y parte de la maravilla de seguir su viaje poético es darse cuenta de las múltiples formas que toma su indagación de la palabra.

En la obra de Carlos también hay oralidad. En su introducción nos dice que hubo un tiempo en que creyó que todos debían hablar en verso, cuando como niño leyó La Araucana. Esa oralidad es el habla entrañable del pueblo de Castro, donde nació, en el archipiélago de Chiloé, en Chile, donde los vecinos se reúnen para escucharse hablar y para hacer trabajos comunitarios. Por eso la palabra está cargada de conexión humana, de vida en común, de afecto.

En La Tinusa, Carlos Trujillo nos da una primicia de lo que indudablemente será otro libro con un hermoso título. Tendrá una gran unidad de perspectiva, pues en él la palabra va a ocupar el primer plano. Ahora se trata de una palabra traviesa, capaz de saltar y aparecerse donde quiere, aunque a veces llegue con solemnidad y atrevimiento a plantarse muy cerca del poeta, que no tiene más remedio que someterse a sus designios. Pero más allá del juego y la travesura el poeta nos está invitando a pensar en el misterio de la comunicación humana, en el cable de alta tensión que es la poesía, como en “La mano” o “Todo es prólogo”. O como en “Dudo que el amor sea así, Anigma Ácida” en donde el hablante nos brinda entera la experiencia de un sueño que se vuelve una visión trascendente. Ahora la palabra persigue al poeta y él obedece.

Esta tarde es un día especial, pues posiblemente se trate de la última lectura poética de Carlos en la Universidad de Villanova. Yo siento que las palabras de Carlos van subiendo por las paredes, se instalan de un salto aquí en el podio, se meten donde sea para dejar testimonio de que aquí hubo una vez un poeta de talla que les dio a los jóvenes y a sus colegas un regalo inestimable, el hambre misma de la poesía. Gracias, Carlos. Como dice el último poema de tu selección, “Si nunca hubiésese escrito”, ¡Qué regalo, mi Dios!

 

 

 

 

 

*De la Universidad de Villanova (EE. UU.).

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