Vallejo & Co. presenta una entrevista a Arnaldo Calveyra, durante su visita a Buenos Aires, en 2005, tras presentar su poemario Maizal del gregoriano (2015). Fue publicada por su autora en la revista Debate (15), Sep. 2005. La misma ha sido debidamente reeditada por su autora.

 

 

Por María Malusardi*

Crédito de la foto (izq.) www.revistasudestada.com.ar /

(der.) Adriana Hidalgo Editora

 

 

“La superioridad poética del castellano es maravillosa”.

Arnaldo Calveyra**

 

 

Voces líricas del Medioevo atraviesan un enorme campo como viento enardecido entre los maizales. De esta imagen sonora surge un lenguaje insólito y sereno. La poesía de Arnaldo Calveyra, en su libro Maizal del gregoriano (2005), alcanza este acústico sincretismo donde el maizal de su provincia, Entre Ríos, se funde a una música que proviene del viejo continente (el gregoriano del siglo IV). El castellano se inmola y arriesga una gramática. Las palabras crean un lenguaje de sonoridades y luminosidades diversas, como si las demás artes (la música, la pintura, la danza) y sus demandas sensoriales se fundieran en el texto y habilitaran una manera tridimensional de experiencia estética: la lectura con –en– el cuerpo. Hay que renunciar al mundo reconocible para transitar la poética de Calveyra, heredar el poema como “tiempo puro: el galope de un caballo que se abisma en el anochecer del libro”. La intensidad de Maizal…, hábitat de ensueño, transforma la inquisición de las sombras en música liberadora, los ruidos de la enfermedad en luces renacentistas. Pide y ofrece nuevos modos de la percepción. “Acudimos al espectáculo en derredor de un plato incandescente y de una danza, y yo, entrerriano recién llegado a la abadía de Solesmes en busca de retiro y de silencio, me siento en un lugar apartado de la iglesia a oír el gregoriano que cunde a lo maizal de nave a nave en procura de los techos entibiados por la luz de las velas, oigo al monje a mano derecha, de pie junto a la columna, en busca de notas que se amen.”

Cada poema, en forma de prosa, activa un argumento mínimo que subyace como un latido: un hombre, en la abadía benedictina de Solesmes, sentado en el siglo XX, escucha una misa en canto gregoriano. Estas voces que en latín traman, acoplándose, una música de viento a campo abierto, logran trasladar al hombre al fondo de sus sueños más antiguos, ese tiempo en el que el ser, en palabras de Heidegger, era una luz a través del lenguaje. Y surgen, también, desmedidamente, recuerdos de infancia y juventud primera del poeta, ramalazos de la memoria. Así el hombre recorre los siglos. “Transforma en páginas lo ya ido”, escribe Calveyra y traza una poética.

La Abadía de Solesmes está en Francia, donde el poeta argentino, que se había licenciado en Letras en la Universidad de la Plata, llegó a principios de los años 60 tras obtener una beca de investigación. Y la historia de este libro, que es cumbre en su trayectoria poética, la acarrea desde aquellos tiempos: “Esto sucedió, puntualmente, en el año 62. Y estuve varios días en la abadía. Les pedí permiso a los monjes, porque mi madre había muerto y yo no podía venir a la Argentina por falta de dinero, en esa época los pasajes eran costosísimos. Entonces escribí el Libro de las Mariposas, que salió décadas después por casualidad y allí hay notas que remiten al Maizal del gregoriano.”

 

El escritor Arnaldo Calveyra. París, 2010

El escritor Arnaldo Calveyra.
París, 2010

Entrevista

 

María Malusardi [MM]: ¿Atravesó el duelo aprovechando una experiencia mística y estética como es una auténtica misa en gregoriano?

Arnaldo Calveyra [AC]: Estética más bien, en mi caso, porque yo no tengo una gran propensión mística. Igualmente el duelo de ese entonces no creo que esté en el libro, porque finalmente lo escribí durante los últimos años de la década del 90.

 

 

[MM]: ¿Cómo se relaciona el maizal de nuestros campos con el canto gregoriano que despliega voces que rebotan, y se magnifican, contra los mármoles de las iglesias medievales?

[AC]: Yo sentí patente que el gregoriano sonaba como el viento en un maizal en el campo de Entre Ríos, en Mansilla, donde nací. Era ruido, y música evidentemente, pero también el ruido del maizal al viento. Hacé esa experiencia. Si hay viento fijate o simplemente escuchá gregoriano en un disco y fijate si encontrás ese sonido del maizal. Yo lo encontré. ¿Por qué no podés encontrarlo vos?

 

 

[MM]: Esa sonoridad está en la poesía misma, en todo el libro, junto con una sensación de reminiscencia, una cierta nostalgia por la infancia y una cercanía con el Regreso al hogar de Hölderlin, que es un regreso a la cercanía del origen, en palabras de Heidegger. ¿Añora tanto a su tierra?

[AC]: Añoranza no, porque trabajo como un arado. Arado es la palabra, y es lo con lo que yo trabajo cotidianamente. Tal vez el día que no pueda hacer más mi trabajo, me vendré para aquí.

 

Los escritores argentinos Julio Cortázar (izq.) y Arnaldo Calveyra (der.).

Los escritores argentinos Julio Cortázar (izq.) y Arnaldo Calveyra (der.).

 

[MM]: ¿Volvería?

[AC]: Sí, sí. No me fui en verdad, entre vos y yo, no me fui. Me fui para tener tiempo para escribir. Pero no importa cuánto hace que me fui. Es un solo día para mí, en ese caso es un solo día.

 

 

[MM]: Sin embargo, París tradicionalmente siempre ofreció un contexto especial para un artista.

[AC]: Pero yo no vivo en París, vivo en una pieza en un barrio de París, donde hago mi trabajo. Tengo mi mujer, mis hijos, pero yo no participo de la vida intelectual, leo los diarios, sí, sigo de cerca las cosas que suceden, pero sigo estando conmigo. Es un viaje tal vez muy especial, pero no estoy ahí, estoy con el castellano que me llevé.

 

[MM]: Un castellano de orfebre que delata obsesión y destreza y resulta sumamente renovador. Pareciera que después de tantos años de convivencia, el francés no interceptara su escritura.

[AC]: La cosa más linda que me tocó en suerte es el castellano. Para escribir, digo. En francés sólo escribí cartas. Además es una lengua que no me interesa y lo digo profundamente. Poder poner el sujeto al final de la frase es algo que sólo posibilita el español. Es el horror de los traductores, que me llaman por teléfono y me dicen si puedo construir los poemas de otra manera, y les digo no, que ya está escrito así, de mil amores quisiera yo poder ayudarlos, pero no puedo, no puedo. La superioridad poética del castellano es maravillosa. No quiero que parezca racista, pero la realidad es que el castellano está sintácticamente más libre, propenso a más opciones. El francés es una lengua que impide ciertos movimientos que son propios del alma.

 

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[MM]: Terry Eagleton dice que la poesía “persigue esa devoción por el significado en el contexto de las dimensiones menos racionales y lúcidas de nuestra existencia, permitiendo que los ritmos, las imágenes e impulsos de nuestra vida subterránea hablen por medio de su exactitud impecable. Ésta es la razón por la que es el tipo de lenguaje humano más completo que pueda imaginarse”. Más líricamente, Octavio Paz nos acerca al poema diciéndonos que “es un caracol donde resuena la música del mundo”. Sin embargo, pareciera que la gente está cada vez más alejada de la poesía.

[AC]: No es tan así. Te cuento una anécdota. Unos amigos míos tenían una librería en Nantes en la que sólo había poesía, razón por la cual la librería fundió finalmente. Me contaron que llegaba el carnicero del barrio y con sus dedos grandes y bruscos buscaba libros de poesía entre los estantes y los hojeaba. Solamente leía poesía. Mis amigos, curiosos, le preguntaron un día cómo hacía. Y el carnicero dijo: “Me basta enchufarme. Me enchufo como una lámpara pero a un libro de poemas, y ya está”. ¡La respuesta que dio! ¿O sea que todo el aparato de conocimiento intelectual que creemos que requiere la poesía podría ser un mito? Para leer poesía hay que ponerse en estado. Y él se ponía en ese estado espiritual. Y era un carnicero. Tenía un espíritu que le permitía eso. Uno dice a veces que no le está dado a todo el mundo acceder a la poesía y están los que dicen “ah, yo no, no puedo”. Pero yo me pregunto ¿hicieron la experiencia realmente de abrir un libro de poesía? No sé. El relato del carnicero es una lección, mis amigos quedaron muy sorprendidos.

 

 

[MM]: En un artículo crítico sobre uno de sus libros, el autor dice que su reconocimiento como escritor argentino sigue de algún modo postergado.

[AC]: Pero eso no importa. No me preocupa. Eso forma parte de la serie de malos entendidos, de cuestiones editoriales y de mercado, y qué querés que yo haga con el mercado. Yo no voy a escribir mejor porque tenga un mejor mercado. En ese sentido soy mucho más egoísta o tengo más pretensiones que cualquier escritor que busca el mercado, porque buscar el mercado significa que aflojaste, te debilitás como escritor. El reconocimiento vendrá o no vendrá, pero de ahí a buscarlo. Es tanto más lindo cuando funcionás como un ser anónimo que cuando la gente te pone un cartelito. Es bueno andar por la calle como un hijo de vecino, así podés mirar con libertad las cosas del mundo, ir de vos a la página y de la página a vos. El reconocimiento te deforma. Me encantaría que las dos cosas pudieran funcionar juntas pero no funcionan, son opuestas. No anda, en mi caso por lo menos, y yo creo que en cualquier caso. Además no me interesa, fundamentalmente, no me interesa.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires – Argentina, 1966). Poeta, docente y periodista. Ha publicado en poesía El accidente (2001), la carta de vermeer (2002), variaciones en la niebla (2005), diálogo con pescadores (2007), museo de postales (2008), trilogía de la tristeza (2009), el orfanato (2010), la música (2013), artista del trapecio (2014), el sastre (2014) y El desvío y el daño (2017).

 

 

 

**(Entre Ríos-Argentina, 1929 – París-Francia, 2015). Poeta, novelista y dramaturgo. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Plata (Argentina). En 1960 se mudó a vivir a París, allí conoció y trabajó entre otros con Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik. Recibió los galardones Caballero de la Ordre des Arts et des Lettres (1986), Officier des Arts et des Lettres (1992) y Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres (1999), así como la Beca Guggenheim (2000). Publicó en poesía Cartas para que la alegría (1959), Iguana (1985), Los bares – Les bars (1988), Livre des papillons/Libro de las mariposas (2004), Maizal del gregoriano (2005), entre otros; en narrativa La cama de Aurelia (1990) y El origen de la luz (2004), entre otros; en dramaturgia El disputado está triste (1959), Moctezuma (1969) y Latin American Trip (1971) y L’éclipse de la valle (1988), entre otros.

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