Vallejo & Co., presenta una breve selección de poemas del mexicano David Huerta, con motivo de la traducción de su poemario, La calle blanca, al italiano La strada bianca, de aparición este 2015.

Bonus track: poemas de David Huerta en versión bilingüe (español-italiano).

 

 

Por: Chiara De Luca

Crédito de la foto: Izq. © Ed. Kolibris

der. www.udual.wordpress.com

 

 

La poesía de David Huerta se nutre de los cuatro elementos, está profundamente arraigada en la tradición e impregnada de referencias a la literatura y al arte figurativo; sin embargo, es invadida, a su vez, por la ansiedad en la búsqueda de lo nuevo. En el proceso de su escritura el poeta quiere inspirar lo real, para espirarlo en el verso. El andar de sus versos entonces se rompe y se vuelve rapsódico, mientras las palabras se enrarecen, se desvisten, se vuelven esenciales; y se extienden mientras las palabras se vuelven torrenciales, incontenibles, en una sucesión fulgurante de imágenes mentales, de iluminaciones, de visiones inesperadas a las cuales el poeta se abandona.

La voz de Huerta se mueve sobre una amplia gama de registros, desde lo más hermético hasta lo más coloquial y comunicativo, contaminando la lengua alta de la poesía con el lenguaje cotidiano, confundiendo los planos de la realidad e imaginación, el sueño y la memoria, la experiencia individual y la historia colectiva. Los versos de David Huerta son potentes, fascinantes, su imaginario es rico y asombroso, su simbología profunda y variada, su léxico se vuelve a menudo e intencionalmente enciclopédico y oscuro, aglomerante. Una constante en este libro es la referencia al mito, explorado y profundizado hasta la interiorización, actualizado, como si el poeta quisiera encarnarlo para hacerlo tangible y accesible. Hay en la poesía de Huerta una permanente tensión hacia una dimension inalcanzable, hacia la cual la mirada se dirige, escudriñándola, hasta quedarse ciega. Hay, a veces, un repliegue quieto en la interioridad, pero sólo para retomar las fuerzas y volver con mayor ardor a acoger dentro de sí el movimiento espasmódico de las imágenes y las visiones, de las caídas de cabeza en la oscuridad, al confín con el silencio y las repentinas llamaradas creadas en la polifonía del grito.

 

*

 

“La exploración conducida por David Huerta en estos versos es ora una bajada a la cueva platónica, ora un viaje más complejo y maravilloso, a través de las facetas de un diamante. Como dice el poeta, citando a Beckett, la única búsqueda que todavía vale la pena emprender es la excavación y desde los versos de exordio Huerta se lanza en una bajada a los abismos de sí mismo y, más adelante, a una cueva para observar la ‘señal’ del día junto con un arqueólogo. Esta excavación, después de que toda percepción se ha vuelto dúctil, se multiplica inesperadamente en numerosas direcciones y así el poeta está en cualquier lugar y en ningún a la vez, preso de un juego de espejos, fulguraciones y trémulas imágenes”.

Lucía Cupertino

 

 

Poemas de La strada bianca

 

 

 

El pensador

 

Sentado en medio de los chisporroteos, de las babas

del siglo, de los ramos de estaño que rechinan y se curvan

hacia la mano de la doncella hipnotizada,

 

sentado a tientas en la oscura

limpieza del orgasmo, sentado y desnudo, sentado y vestido

por las carnales turgencias de una capa de ozono,

 

sentado entre los azules chasquidos y los ángulos apetitosos

de un muslo de muchacha desmayada y blanca,

más pálida, más lunar, más lánguida

cuanto más cerca de los ejes en racimo y más situada

en la vecindad de su visible dominio,

 

sentado y pensando en los caballos,

en las desigualdades sociales, en no-importa-qué,

en los galicismos, en la prosa del mundo,

en el antipático Hegel, en la necesidad

de tirar la basura. El pensador

 

se levanta luego, camina por las habitaciones azules

y por el Desierto de Gobi. Se sienta de nuevo.

 

 

 

 

El fuego visible

 

Esto es el fuego de la visibilidad,

astillas de trapos, enrojecidos restos

debajo de los pliegues de brasas, de las láminas

de yescas irritadas. Fuego de mesas

y de párrafos, de párpados entrecerrados

y de tintas de centellas; fuego

de curvas luminosidades; fuego

de danza y fenomenología, enraizado

en los filamentos de la apariencia.

 

Esto es el fuego que sale de los ojos:

 

el barro fino y frágil de las retinas,

los hilos de arcilla

de las heroicas pupilas. De tierra

el fuego en el aire de las aguas,

elemental, inconsciente maquínico

en su aleteo de adelgazado autómata

que se inflamara con pasiones y marioneta

en la mano fugaz y fervorosa

del oxígeno. Fuego central y fluido

de las cosas, los cuerpos. Fuego

de los nombres, pedacería de sonidos

ardiendo en los labios

del silencio imposible.

 

 

 

 

Lago

 

Lago donde entonces rebrilló

una sustancia verdosa de misterio,

una sospecha de piel,

una perfumada rasgadura

de nieve y llamarada.

 

Lago donde una rosa,

donde una línea de Donatello,

donde inclinaste la mano

hacia las orillas encendidas y húmedas.

 

Lago donde al fin

hubo un fuego

de inflamado y místico

sobrevuelo, un anuncio

de inmanencia

y riqueza, una transformación

y elevación

de las aguas.

 

 

 

 

Flor y fuego

 

Vibra en la mano del amante agua de espejos

y en su espalda se cierra

el ala mercurial de la vigilia.

 

Ojos abiertos, piernas humedecidas,

pelo y fulgor bajo la sábana

del cielo. Incisiones veraniegas

cunden por vértebras y venas.

 

Pero la vibración, la cerradura … Toda

punta de nevada energía

se decuplica en la llama deseante.

 

Y las figuras que le salen

al amante por los miembros circundados

crean círculos cegadores

de flor y fuego,

espadas diminutas, arroyos

de luz diseminada.

 

 

 

 

En donde estés

 

En donde estés oye la desgarrada boca

del tiempo. No dudes, avanza

contra la montaña de espejos. (Luego

podrás dudar. En donde estés

aprende a dudar

para servir a la vida.) En donde estés

mira los rostros del dolor

y abraza las espigas, desaprende

el agobio, observa el rostro

de tus hermanos

y el tuyo. En donde estés

recuerda y olvida. En donde estés

come con un estoicismo místico.

En donde estés acércate con deseo

y aléjate con repugnancia,

como quería el Lince.

En donde estés piensa en cada cosa

como si ella misma pensara. En donde estés

aprópiate del mundo

y olvídate de las finalidades. En donde estés

inventa finalidades y juega con ellas

hasta el hartazgo trágico y cómico.

En donde estés ejerce tu política.

 

 

 

 

El remolino

 

Adentro, en las rajadas claridades

del remolino, el artista beckettiano

se agazapa, se curva, hecho un ovillo

de uranio, despidiendo toscos perfumes

de fenomenología. Sobre sus espaldas,

la tarde es un vaho de polimorfismo

perverso. El artista beckettiano

cierra los ojos para ver

la transparencia interior,

un dispositivo cómico que ha inventado

para contrarrestar el dolor de cabeza.

Circunda la escena

un teatro filosófico: alma, tiempo,

espacio, trascendencia, muescas

de sílabas. Samuel Beckett deja de escribir,

mete la mano en el remolino

y saca bolsas llenas de frías efigies

–monedas o máscaras de yeso.

 

 

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(versión en italiano)

 

Poesie di La strada bianca

 

 

 

Il pensatore

 

Seduto in mezzo agli scoppiettii, alle bave

del secolo, ai rami di stagno che stridono e si curvano

verso la mano della donzella ipnotizzata,

 

seduto a tentoni nell’oscura

pulizia dell’orgasmo, seduto e nudo, seduto e vestito

dai carnali turgori di una cappa di ozono,

 

seduto tra gli azzurri scricchiolii e gli angoli appetitosi

di una coscia di ragazza spossata e bianca,

più pallida, più lunare, tanto più languida

quanto più prossima agli assi a grappolo e posta

nelle vicinanze del suo visibile dominio,

 

seduto e pensando ai cavalli,

alle disuguaglianze sociali, a non conta che cosa,

ai gallicismi, alla prosa del mondo,

all’antipatico Hegel, alla necessità

di buttare la spazzatura. Il pensatore

 

poi si alza, cammina nelle stanze azzurre

e nel Deserto di Gobi. Di nuovo si siede.

 

 

 

Il fuoco visibile

 

Questo è il fuoco della visibilità,

scaglie di stracci, resti arrossati

sotto le pieghe delle braci, delle piastre

d’esche infiammate. Fuoco di tavole

e di paragrafi, di palpebre socchiuse

e d’inchiostri di fulmini; fuoco

di curve luminosità; fuoco

di danza e fenomenologia, attecchito

ai filamenti dell’apparenza.

 

Questo è il fuoco che sgorga dagli occhi:

 

il fango fragile e fine delle retine,

i filamenti d’argilla

delle strenue pupille. Di terra

il fuoco nell’aria delle acque,

elementare, incosciente macchinico

nel suo battito d’ala di scarnito automa

che s’infiammi di passioni e marionetta

nella mano fervida e fugace

dell’ossigeno. Fuoco centrale e fluido

delle cose, dei corpi. Fuoco

dei nomi, scarti di suoni

ardenti sulle labbra

del silenzio impossibile.

 

 

 

Lago

 

Lago dove allora riverberò

una sostanza verdastra di mistero,

un sospetto di pelle,

un profumato squarcio

di neve e fiammata.

 

Lago dove una rosa,

dove una linea di Donatello,

dove inclinasti la mano

verso le rive umide e accese.

 

Lago dove infine

ci fu un fuoco

d’infiammato e mistico

sorvolo, un annuncio

d’immanenza

e ricchezza, una trasformazione

e elevazione

delle acque.

 

 

 

Fiore e fuoco

 

Vibra nella mano dell’amante acqua di specchi

e sulla sua schiena si chiude

l’ala mercuriale della veglia.

 

Occhi aperti, gambe inumidite,

capelli e fulgore sotto il lenzuolo

del cielo. Incisioni estive

si propagano in vertebre e vene.

 

Però la vibrazione, la chiusura … Ogni

punta d’innevata energia

si decuplica nella fiamma bramosa.

 

E le figure che escono

all’amante dalle membra circondate

creano circoli accecanti

di fiore e fuoco,

minuscole spade, ruscelli

di luce disseminata.

 

 

 

Ovunque tu sia

 

Ovunque tu sia senti la lacera bocca

del tempo. Non dubitare, avanza

contro la montagna di specchi. (Poi

potrai dubitare. Ovunque tu sia

impara a dubitare

per servire alla vita.) Ovunque tu sia

guarda i visi del dolore

e abbraccia le spighe, disimpara

la fatica, osserva il volto

dei tuoi fratelli

e il tuo. Ovunque tu sia

ricorda e dimentica. Ovunque tu sia

mangia con mistico stoicismo.

Ovunque tu sia avvicinati con desiderio

e allontanati con ripugnanza,

come voleva il Lince.

Ovunque tu sia pensa a ogni cosa

come se anche lei pensasse. Ovunque tu sia

impossessati del mondo

dimentica le finalità. Ovunque tu sia

inventa finalità e gioca con loro

fino alla scorpacciata tragica e comica.

Ovunque tu sia esercita la tua politica.

 

 

 

Il vortice

 

Dentro, nelle spaccate chiarezze

del vortice, l’artista beckettiano

si acquatta, si curva, fatto gomitolo

di uranio, emanando grezzi profumi

di fenomenologia. Sulle sue spalle,

il pomeriggio è un vapore di polimorfismo

perverso. L’artista beckettiano

chiude gli occhi per vedere

la trasparenza interiore,

un dispositivo comico che ha inventato

per contrastare il mal di testa.

Circonda la scena

un teatro filosofico: anima, tempo,

spazio, trascendenza, incastri

di sillabe. Samuel Beckett smette di scrivere,

mette la mano nel vortice

ed estrae borse piene di fredde effigie

– monete o maschere di gesso.

 

 

 

 

 

 

 

David Huerta (México, 1949). Ha publicado en poesía: Cuaderno de noviembre (Era, 1976), Huellas del civilizado (1977), Versión (1978; Era, 2005, Premio Xavier Villaurrutia), Incurable (Era, 1987), Historia (1990, Premio Carlos Pellicer), Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990), La sombra de los perros (1996), La música de lo que pasa (1997), El azul en la flama (Era, 2002). Asimismo, ha impartido talleres de poesía en casi todo México; leyendo su poesía en México y el extranjero. Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte y ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación Guggenheim.

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