A modo de conclusión del Homenaje a Sebastián Salazar Bondy  por los 90 años de su nacimiento (1924-2014), presentado por Vallejo & Co.

 

La sombra detrás de la hoja.

Recordando a Sebastián Salazar Bondy

 

 

Por: Mario Pera

Crédito de la foto: © Ximena Salazar Lostaunau

 

 

Una araña de patas largas corría para afirmar a su presa, un pequeño insecto, entre la geometría perfecta de sus redes. Yo observaba la escena bocarriba, mientras ello sucedía en una esquina del techo de madera que mi padre había mandado a construir algunos meses antes. Era 1996. Verano limeño con más de 30 grados. Pese a la libertad de las vacaciones, no pocas veces (como aquella) me ahogaba en el aburrimiento. El insecto intentaba escapar. Aleteaba. Empujaba con fuerza con todas sus patas. Pero la telaraña era más fuerte, más fuerte que un hilo de acero del mismo grosor, dicen. Y quizá si la “jaula” hubiera sido de acero, y no de seda, el insecto hubiera podido liberarse. Pero no. La araña llegó y pronto envolvió el cuerpo del insecto para dejarlo inmóvil, quieto, sabiendo la oscuridad de su destino. Segundos después, la araña continuó su camino.

Aquella tarde, mientras veía a la araña ir y venir, recordé una frase que me había quedado dando vueltas en la cabeza meses atrás. El tacto de la araña. En aquel momento no recordaba que aquel era el título de un libro (que no leí sino ocho años después), ni a qué se refería. Sólo recordaba la frase y, mientras más la repetía, se me hacía más extraña. El caso es que la había leído en la contratapa de un libro azul muy viejo, casi desgajado, que siempre tuve a la mano pero del que tantas veces pospuse su lectura. Un libro titulado Pobre gente de París. Vaya nombre, pensaba yo, cómo si alguien pudiera estar triste en París, me decía.

Esa tarde, con la araña balanceándose sobre mi cabeza y el insecto casi extinto, me decidí a leer por primera vez aquel libro. Los cuentos se me hicieron muy cortos y terminé el libro en cuestión de un par de horas. Me vi, entonces, ante la pluma de un autor que me deslumbró y al cual quise seguir leyendo. Fue así como conocí a Sebastián Salazar Bondy.

Sebastián nació en Lima, en 1924, en pleno Oncenio de Leguía. Eran épocas agitadas en lo político tanto dentro como fuera del Perú. Era el periodo de entreguerras, los E.E.U.U. veían colapsar su economía, Europa caía en una debacle económica y cultural y el Perú no estaba exento a ello. En el país, la voz enérgica y rebelde que había significado Manuel González Prada para la ruptura con el colonialismo y romanticismo literario, y pasar así a la modernización de la literatura peruana era un eco que empezaba a alejarse, pero que había sembrado maravillosas semillas que pronto dieron como fruto los importantes movimientos de vanguardia en las provincias peruanas tales como la Bohemia  trujillana u Orkopata al sur del país y, en la capital, al Movimiento Colónida.

De esas canteras surgieron los principales actores culturales nacionales en las diversas artes y el pensamiento de inicios del siglo XX: Abraham Valdelomar, Gamaliel Churata, César Vallejo, José Carlos Mariátegui o José María Eguren. Ellos cambiaron el derrotero cultural del Perú, inyectándole un nuevo aire y vigor a ese cuerpo agonizante que era el escenario cultural peruano representado por José Santos Chocano, Carlos Augusto Salaverry, Luis Benjamín Cisneros,  José Arnaldo Márquez o el propio Ricardo Palma.

Sin embargo, en las décadas siguientes del siglo XX aquellos grupos culturales ya no existían o estaban en plena decadencia. Los principales promotores culturales del Perú habían fallecido: Valdelomar en 1919, Mariátegui en 1930 y Vallejo en 1938, lo que marcó el inicio de un nuevo ensimismamiento en la promoción cultural. El arte en el Perú volvió a caer en un marasmo; y los escritores y artistas nacionales, ante la falta de gestores culturales capaces de reunir a artistas provenientes de distintas ramas, se aislaron. Era necesario llenar el vacío de aquellos personajes que, de manera activa, agitaron el medio cultural en las redacciones periodísticas y en los cenáculos literarios, pasando a constituirse en los difusores de las novedades en la literatura nacional. En la década de los 30’s habían surgido nuevos artistas y críticos literarios (Westphalen, Diez Canseco, Alegría, Abril, Adán, Kleiser, Goyburu, Arguedas, Baca Rossi, Grau o Moro, Luis Alberto Sánchez o Estuardo Núñez), pero ninguno se avocó a la tarea de vincular a los artistas entre sí como ocurrió a inicios de aquel siglo sino, por el contrario, cada uno de estos tomaba su distancia dando origen a aportes insulares en las diversas ramas del arte peruano.

En la década de 1940 surge la figura de un joven Sebastián Salazar Bondy, narrador, ensayista pero, sobre todo, dramaturgo y, en esencia, poeta. Un hombre rendido a las letras, lo que demostró desde muy corta edad cuando publicó su primer poema “Canción antes de partir” en la revista Palabra, con sólo 13 años de edad. Ya en sus 20’s, el carisma personal de Sebastián y su gran calidad como escritor lo habían llevado a hacerse de grandes amistades con Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo, Carlos Bernasconi, Jorge Piqueras, Raúl Deustua e, incluso, con escritores “mayores” como César Moro, Emilio Adolfo Westphalen, José María Arguedas, Martín Adán o Enrique Peña Barrenechea.

Asimismo, el espacio cultural que a inicios del siglo XX brindaban el Palais Concert y la propia casa de José Carlos Mariátegui como epicentros de reunión de la intelectualidad peruana, en los 40’s lo constituyó la Peña Pancho Fierro. A poco de fundarse esta Peña por las hermanas Alicia y Celia Bustamante, grandes amigas de Salazar Bondy, aquel espacio se convirtió en el punto de encuentro y convergencias de la vanguardia cultural peruana para compartir ideas, críticas, lecturas, gustos estéticos, proyectos y trabajos personales.

Y aquí se centra uno de los aspectos poco recordados pero más importantes de la biografía de Sebastián Salazar Bondy. Fue él quien pese a su gran juventud se constituyó como uno de los principales promotores de la cultura y de las artes en el Perú. Sebastián era uno de los más entusiastas participantes en la Peña, una bisagra entre las llamadas Generación del 30 y Generación del 50. Un personaje que no dudaba en llevar a sus jóvenes amigos artistas para que estos conocieran y trabaran amistad con artistas más consolidados.  El ánimo de Sebastián era el generar amistades, reciprocidades y articular generaciones y visiones del arte entre los intelectuales peruanos y artistas para crear sinergias positivas para la cultura del país. Él percibía la importancia de tales reuniones, y no dudaba en relacionar a escritores o artistas plásticos que pensaba podrían tener una correspondencia para enriquecer la creatividad de estos.

Entre otros, como hechos anecdóticos, fue Sebastián Salazar Bondy quien presentó a Blanca Varela con Fernando de Szyszlo (sin saber que estaría propiciando un futuro matrimonio), a Fernando de Szyszlo con César Moro o a Fernando de Szyslo con un muy joven y aún desconocido Mario Vargas Llosa (propiciando una entrañable amistad entre ambos).

A este aspecto social se unió, en lo laboral, su vital función como periodista cultural y literario. Pues era uno de los pocos que reseñaba y daba noticia al país de los pocos libros que se publicaban, así como de los que lo hacían en el extranjero. A la par, era el único crítico de arte con una columna permanente en los diarios nacionales, por lo que su trabajo en la promoción de las artes plásticas nacionales fue fundamental. A ello unió una activa gesta como promotor de obras de teatro y, no bastándole con ello, continuó escribiendo en todos los registros literarios que podía: poesía, ensayo, narrativa, crónica y dramaturgia.

Como dramaturgo fue, sin duda, uno de los más prolíficos y mejores de su tiempo. Escribió comedias, farsas, dramas psicológicos, dramas históricos y teatro épico entre los que destacan las obras: Rodil (1952), No hay isla feliz (1954), En el cielo no hay petróleo (1954), Algo que quiere morir (1956), Un cierto tic-tac (1956), Flora Tristán (1959), El fabricante de deudas (1963) o El rabodomante (1965). Obras por las que ganó en tres ocasiones, 1947, 1952 y 1965, el Premio Nacional de Teatro, como no ha vuelto a suceder con otro autor.

Como antologador su labor no fue menos fecunda ni importante. Nos legó sendas publicaciones que hablan de un esfuerzo por poner al alcance de todos la poesía escrita en nuestro país incluso desde tiempos precoloniales. Muestra de ello son sus antologías: La poesía contemporánea del Perú (1946, junto con Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren), Antología general de la poesía peruana (1957, junto con Alejandro Romualdo), Poesía quechua, selección (1964) y Mil años de poesía peruana (1964).

Una mención aparte amerita su ensayo Lima la horrible (1964), el que es a mi juicio uno de los más trascendentales documentos para comprender los males socio-políticos de la clase gobernante peruana. Sebastián, como en su momento lo hicieron González Prada y Mariátegui, delineó perfectamente aquel espejo en el que los limeños odiamos vernos, incluso hasta ahora.  Nadie como él consiguió el tono perfecto para que los limeños viéramos que entre el Perú colonial y el republicano, hubo una transición trunca si es que siquiera la hubo en cuanto a las viejas estructuras coloniales y nuestros usos como sociedad. Nos enrostró las aberraciones de la sociedad limeña, y del limeño como ser individual. Y lo peor, como es fácil observar, es que tras 50 años de publicada varios de aquellos males que planteó Salazar Bondy siguen vigentes.

Ningún libro como Lima la horrible ha desnudado, hasta ahora, nuestras mayores debilidades y taras como una sociedad capitalina cuya clase aristocrática aún añora ciertas prácticas coloniales de discriminación, exclusión y repudio, y a la que la modernidad actual la está obligando (como el precio de pasar a ser cosmopolita) a cambiar para aceptar, después de casi 200 años de independencia, los reales parámetros de una democracia en la que todos los ciudadanos somos iguales.

Lima la horrible no intentó destruir una sociedad, sino mostrarle sus anacronismos a la misma para forjar una nueva conciencia y crear una identidad más acorde y humana en una ciudad cuya clase gobernante se ha caracterizado por una actitud prejuiciosa, egoísta e hipócrita. Y el gran mérito de Sebastián Salazar Bondy fue el mostrarnos que sólo reconociendo nuestros errores como individuos y como sociedad, podríamos empezar a cambiar.

 

 

A modo de conclusión

 

Ciertamente rendirle un homenaje, pequeño como es, a Sebastián Salazar Bondy, me alivia de la gran deuda que siempre sentí que tuve con él tras leer sus obras y, en especial,  Lima la horrible.

Tal vez Sebastián Salazar Bondy no es el poeta peruano más conocido, ni de lejos el más leído. Su obra poética y narrativa ha sufrido un escandaloso olvido teniendo una carácter valioso para comprender el devenir histórico-social y literario peruano con un balance, en tan sólo 41 años de vida, de 9 poemarios, 2 ensayos, 2 libros de cuentos, 2 novelas, 4 antologías de poesía, 1 libro de cuentos infantiles, 13 obras de teatro montadas y más de 2200[1] artículos periodísticos culturales de los más diversos. ¿Qué otro escritor peruano ha producido tanto, en distintas ramas y con tal calidad? Pienso aquí en Abraham Valdelomar, César Vallejo, Jorge Eduardo Eielson o Rodolfo Hinostroza.

Con todo ello, Salazar Bondy fue además el gran lazo de unión entre los artistas peruanos de mediados del siglo XX, y uno de los más importantes (si no el más) gestores culturales de esa época. Su generosidad era tal que, en palabras de Fernando de Szyszlo: “Sebastián fue una persona increíble. Lo más generoso, lo más interesado en los demás, en promover la obra de otros más que la suya y, al mismo tiempo, siendo un cristo teniendo que hacer ocho oficios para poder sobrevivir. Era un gestor cultural”[2].

Respecto a ello Luis Rebaza Soraluz explica:

Cuarenta años después de Amauta, Salazar Bondy está enfrascado en el proyecto de realizar artísticamente un producto estable y culturalmente articulado en un Perú antagónico, de dar un modelo de identidad que le resuelva (a él y al país) el conflicto de una práctica que parece disgregarse en direcciones variadas y hasta, aparentemente, opuestas: traducciones, ediciones y adaptaciones de literatura quechua al teatro moderno; crítica sobre arquitectura colonial y arte precolombino; ensayos de análisis sociológico; una novela de escenografía europea y personajes latinoamericanos y otra, publicada póstumamente, localizada en el Perú y escrita desde la perspectiva del realismo crítico, y también poesía y teatro de línea diversa. Su temprana muerte (1965) ha dejado el proceso de su obra en aquel momento conflictivo: el de cómo resolver la tensión creada por la simultánea valoración de la estética precolombina, de la formación intelectual de raíz europea y del cambio social que su época demanda o, en otras palabras, el problema de hacer corresponder una práctica cultural con una posición política[3].

El Perú es un país de grandes injusticias, y más en lo cultural pues, pese a que continuamente se citan frases de escritores nacionales, muy pocos se han dado el trabajo de leer sus obras. El olvido suele ser la estancia en donde descansa la memoria de varios de nuestros escritores y, en el caso particular de Sebastián Salazar Bondy, ese injusto olvido no sólo responde a una práctica nacional extendida sino, también, a un descuido consciente por una obra tan radical en sus pretensiones y contenido que ofendía a una sociedad poco sincera.

Resulta increíble que recién, tras 50 años, se haya publicado un libro[4] reuniendo en dos volúmenes lo más importante de sus artículos periodísticos. Resulta increíble también, que recién tras 40 años se reedite por tercera vez en el Perú, Lima la horrible[5]. No obstante, no es increíble que la calidad de su obra, en todo género, siga indemne y cada vez más vigente.

Espero con este homenaje, de alguna manera, haber cumplido con retribuir esa gran deuda que la lectura de la obra de Sebastián Salazar Bondy generó en mí.
 
 
 



[1] Susti, Alejandro. 2014. Sebastián Salazar Bondy, La luz tras la memoria. Artículos periodísticos sobre literatura y cultura (1945-1965). II tomos. Citando a: Hirschhorn, Gérald. 2005. Sebastián Salazar Bondy. Pasión por la cultura. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Embajada de Francia, Instituto Francés de Estudios Andinos. Pp. 139.

[2] Entrevista a Fernando de Szyszlo por Mario Pera en: https://ruidoblancopoesia.lamula.pe/2014/02/15/todo-angel-es-terrible-entrevista-a-fernando-de-szyszlo/mariopera/

[3] Susti, Alejandro. 2014. Sebastián Salazar Bondy, La luz tras la memoria. Artículos periodísticos sobre literatura y cultura (1945-1965). II tomos. Citando a: Rebaza Soraluz, Luis. 2000. La construcción de un artista peruano contemporáneo. Poética e identidad nacional en la obra de José María Arguedas, Emilio Adolfo Westphalen, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy, Fernando de Szyszlo y Blanca Varela. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Pp. 70-71.

[4] Susti, Alejandro. 2014. Sebastián Salazar Bondy, La luz tras la memoria. Artículos periodísticos sobre literatura y cultura (1945-1965). II tomos. Lima: Lápix.

[5] Salazar Bondy, Sebastián. 2014. Lima la horrible. Lima: Lápix. La segunda edición fue publicada en 1974 por Peisa y la primera en 1964 por Populibros Peruanos.

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