Por Elena G. Moncayo*

Crédito de la foto (Izq.) la autora /

(Der.) Ed. Cuadrivio

 

 

 

La sequía

 

 

Ya cayó la hora en que las aves van a prisa. Sus alas retumban en las ventanas del taller, erizan mi alma. La partida del sol las tiene bien preocupadas, no vaya a ser que regresen a su casa en la penumbra. A media luz nomás hay sombras que se enfrían, pedazos de cera que se derrite. El invierno es el tiempo que más duele. Mis manos torpes ya no pueden ni con la herramienta, dedos y recuerdos chuecos que sólo sirven pa’ que uno se lamente.

Un clavo más y termino este zapato. Tantas suelas pisando entre las ruinas, caminando el desgaste de sus dueños, lijando el dolor de callos surgidos por alejarse de la rutina. Pero doña Lucha estará contenta, se los dejé re bonitos, hasta parecen nuevos. Esa Lucha necia, por más que me diga que arregle mi lugar, no le haré caso. El verdadero refugio no responde a los antojos de la vista, ni a lujos para el cuerpo, pero ella no entiende.

Ay, Maguito, me dice, limpie ese tapanco del fondo, quítele tanto trapo viejo y póngale unas plantitas. Dele una pintadita a las paredes, ¿no ve que dan ganas de secar ese azul chorreado? Y de paso ordene tantas chunches, no sé cómo no se entierra las tachuelas y los clavos que le cubren el piso. También me preocupa ese remolino de moscas que le ronda la cabeza, no se van y eso que ya le traje varias bolsas de agua, fumíguelas. Y a ese gato rancio ya déjelo descansar, usted necesita uno joven, que le traiga vida fresca.

Si vida es lo que más me sobra. Aquí todo me hace compañía. No importa que esa tele vieja que vinieron a aventar mis nietos no prenda, de todas formas me los recuerda, a ellos y a Ramón. Este cerro de ollas es lo único que pude rescatar de mi madre, nomás en ellas puedo hervir el té que me calma los nervios. Las telarañas son el panteón de mis moscas, si se fatigan, ahí tendrán un buen descanso. No sé si suene el teléfono, está enterrado bajo el polvo de los años, pero así estoy yo, y aunque no quiera, todavía sirvo.

Gracias a las goteras puedo respirar cuanta humedad se me antoje. Humedad que me transporta al otro lado. Allá las labores y la vida eran fáciles, pero huirle a las tentaciones lo más difícil y más chambeando en una huerta de manzanos. Mis tíos se apiadaron de nosotras, dos chamaquitas huérfanas resignadas al olvido. Desde las cinco de la mañana yo le ayudaba al primo a cargarle combustible al tractor. En el primer viaje nos alumbraba un cielo encendido con hartas fuerzas, nomás de ver cómo pintaba de naranja mis brazos y su cara, me daban ganas de volar al horizonte.

Siempre estuve segura que allá habría algo reservado para mí. Y lo hubo, pero es mejor alejarse de esos recuerdos, la envidia de mis primos me los dejó bien oxidados. Nunca voy a entender por qué me alejaron de mi rancherito. A su lado yo era tan ligera. Él cargaba el miedo cuando mis pies ya no aguantaban. Su mirada era un espejo puro, sólo ahí me gustaba reflejarme. Le aprendí mucho. Cualquier maestro le quedaba corto, siempre lo creí mi única respuesta. El día que nos mandaron de regreso a mi hermana Tere y a mí, por falta de aire no le dije que mi vientre se alejaba con un hijo suyo.

 

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Me empacó las maletas con todo y sus ahorros. Decía que su partida al menos no iba a dejarme en la quiebra. Y qué puede hacer uno cuando le arrancan el destino de las manos, no tuve de otra mas que aventarme a la corriente. Con eso rescaté a Tere de la miseria y puse una verdulería pa’ las dos. Qué buenos frutos comimos de ahí, aunque ninguno tan sabroso como las manzanas del papá de mi Ramón, pero igual de seductores: llenaron de avaricia a Teresa. Salían billetes para todo, cada una compró su casa, ella la amuebló con lujos desechables, yo le di una buena vida a mijo. Desde chico le enseñé a alejarse de los antojos de su tía, la enfermó tanto dinero.

Ramón creció como los árboles de su padre. Bien recto, frondoso, sabio. Su esfuerzo lo llevó derechito a la universidad. Una tarde de abril se casó. Me trajo nuera y una chulada de nietos. Tres retoñitos floreciendo todo el año. Sus sonrisas reflejaban la luz anaranjada de la huerta donde crecí. Cuando se llega a colar el amanecer por las rendijas de la puerta, oigo sus risas como si corrieran a mi alrededor. Luego cae la noche con la sombra de Teresa.

La pretendía un matón lleno de tierras, como era de esperarse se volvió sorda a los consejos y se fue a vivir con él. Ese mismo invierno vino mijo a visitarme con toda su familia. Cenábamos mientras les contaba a los niños cómo conocí a su abuelo. Me veían asombrados, querían saber más. Nos interrumpió la angustia de mi hermana. Tumbó la puerta, tanto moretón que traía llenó de coraje los puños de mi Ramón, salió corriendo a defenderla. Nunca volvió.

El dolor no me dejó siquiera reclamarle por la muerte de mijito. Con los meses se alejó del matón y fue tomando las riendas de la verdulería. Un buen día sin avisarme la vendió. Agarró todo el dinero y se mudó para otro pueblo. Compró a mis nietos con dulces y juguetes caros, yo sólo tenía mis brazos para darles, dejaron de venir. Si aún tienen algo que sentir por mí es lástima. Qué vergüenza les da una abuela zapatera. Cada que hacen limpieza en su casa, vienen a aventarme sus sobras, dicen que así el espíritu de Ramón estará tranquilo. Pobres criaturas, con el tiempo entenderán. Si algo aprendí de esto que llaman vida, fue a distanciarme. A estas alturas no tengo nada, pero no necesito.

 

 

 

 

*(Ciudad de México-México, 1987). Licenciada en Ciencias de la comunicación y diplomada en Creación Literaria por la Escuela Mexicana de Escritores donde se especializó en cuento. Fue invitada a participar en el 5to y 6to Festival Sinfónico Universitario UATx (Tlaxcala), con su propuesta Ficción Sonora donde leyó algunos de sus cuentos acompañada por el ensamble musical Amicitia.

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