Por Eduardo Espina*

Crédito de la foto (izq.) RIL Editores-Ærea /

(der.) el poeta

 

 

La sabiduría de una poesía post-sí misma.

Sobre Oración en 17 años (2020),

de Francisco Layna Ranz**

 

                        

La poesía existe porque alguien tiene algo para decir. Y si son las palabras las que de veras se expresan, ¿dice alguien por ellas, o cuál es el otro que habla en su lugar? Pocas veces la poesía ha tenido mejor respuesta para tremenda interrogante que en Oración en 17 años, libro en el que las palabras hicieron fila para ser las primeras en hablar mediante la voz de quien emerge de intermediario de todos los ‘yo’ que la sintaxis ha convocado, pues su orden de aparición es lírico. En el peregrinaje por la imaginación, de atrás hacia delante y de ahí a cualquier sitio, el lenguaje entra en la órbita de una incógnita movido por una curiosidad impulsiva. Con frases propensas a prescindir de todo, conforman una caravana de pensamientos parciales que por cuestión de principios tuvieron un inicio y una continuidad antepuesta como prioridad espacio-temporal en sentido amplio.

Francisco Layna Ranz ha dejado de ser el de antes, el de sus libros previos. Entre una etapa y otra, los monólogos del lenguaje han acuñado una poética reconocible. A la manera de Ícaro a la inversa, la voz de Oración… ha encontrado su cima en la linealidad, la que se interrumpe por cambiar de rumbo en plena marcha, sumándose así a un acto con consecuencias nada catastróficas fuera de lo esperable. Como coronamiento de una búsqueda en dirección opuesta al destino anunciado, el yo se atomiza en las personas del verbo, en cantidades desiguales, en versos de disímil longitud.

En el arte de angostar las cláusulas, tal cual lo hace premeditadamente en Oración…, el autor reconoce la existencia de una realidad paralela a ser expresada cuantos antes, como si las cláusulas al acecho pudiera oírlas por estar cerca, cada vez más contiguas al sentido próximo, aunque su sine die esté tipificado por la posposición de lo que no parecía realizable. La poesía alcanza a ver, para que las palabras al librarse de su funcionalidad también puedan. A raíz de esto, al garabato metafísico preguntándose, ¿para qué sirve la poesía?, lo tomamos con la seriedad de un latido inicial. Incidencia y corazonada; estrechado, el poema se encarga de lo demás.

En la intimidad

de la sombra

el iletrado bebe

vino tibio

mientras

los cronistas

redactan

los anales

del engaño.

 

El poeta Francisco Layna Ranz, Leyendo.

 

Entre los destellos de lo inexplicable al ser interrogado, Oración… configura instancias de traspaso de la intimidad “del engaño” (la memoria miente), tal como no había sido hasta entonces pensada. El movimiento clausular es hacia el afuera de lo privado, aunque tampoco termine de ser colectivo por completo, ya que el lenguaje poético impide la localización de un habla en particular, así se encuentre en fase de boceto. El habla se halla donde tal vez no (es lo más probable), en lo casi incompleto que se esboza mientras acumula universos expresivos que confirman lo inevitable y desproporcional del pensamiento. Conversa —los versos lo han convertido— para no tener que escucharse.

En el espectáculo del tono, los silencios —cuando la cesura decide—, son guiados a través de lo multitudinario de cada pausa auditiva, de cada nuevo salto en la entropía. Esta confirma que la aparición de un absoluto callado es a medias, pues, por naturaleza, la poesía que engrandece no puede ser un estado completo del espíritu. La realidad pasa a ser parte de una casualidad ordenada por estados propositivos de la conciencia y, como tales, interfieren con su resolución. La interferencia es consecuencia de un plan dividido por las suposiciones del sentido, por el tumulto de imágenes indivisibles que hablan por su cuenta. Consecuencia también de cláusulas sobre las cuales no debemos decidir nada. Un plan de perplejidades las libra de tener que dar explicaciones. Su condición abstrusa es su logos y algoritmo, también la forma de recrear lo que está a punto de ser esto, aunque termine siendo aquello. En todo caso, ni eso ni lo otro.

La poesía de Layna en Oración… es el tercer signo de interrogación que asoma tras el vaciamiento de una gramática meticulosa que hizo su labor. Intimidadas por una belleza que aumenta en relación inversamente proporcional a la remoción de expectativas, las cláusulas se cargan de imágenes llegadas recién, que no saben con precisión cuánto o de qué forma quieren decir al respecto. Apelan a la intermediación de frases autodidactas que aseguran el cumplimiento de sus arrebatos en la montaña rusa de un habla caleidoscópica, en la que convergen factores de índole diversa. Los argumentos de la imaginación son coreográficos, pensados de otro modo. Se tomaron el tiempo para encontrarle al lenguaje el tono con el cual quiere hablar en un momento insustituible, y de paso revelar minimundos, microhistorias en proa hacia la reconstrucción de sus peripecias: “Las palabras se han inventado/ para dirimir asuntos/ particulares, proclaman/ en sus ratos de ocio/ el escolástico y el sepulturero”.

Pareciera que “las palabras” quisiesen hacer algo más aparte de decir, participando en formas especulativas de la temporalidad en las que la sintaxis se siente irresponsable. Al facilitar el nomadismo del raciocinio, los poemas se preguntan cómo escribir sobre lo inexistente, cómo seguir haciéndolo, para que en la pesquisa de lo imaginario coincidan la conjetura, con el discernimiento del raciocinio. El énfasis en lo principal o secundario destaca el auto cuestionamiento de la palabra escrita. ¿Hay alguna finalidad que la justifique más allá de su ambición estética? ¿O de lo que se trata es de cantar a solas, a alguien o a algo, como el coyote que aúlla a la luna?

Una y otra vez, las secuencias versales reiteran su condición exploratoria. Arremeten contra cualquier rasgo de serialización que pueda haber en los poemas, los que, por su carácter irrevocable, no podrán ser ejemplo típico de nada anterior a su singularidad. Mediante un método lógico disociativo, que define la idiosincrasia de la poética y permite frecuentar los entresijos del idioma, la escritura adquiere un aspecto psicodélico, de delirio que cumple con todos los requisitos. Su congruencia se reparte en segmentos expresivos asociados a un decir que se desdice distanciándose de sí mismo.

El permanente carácter distorsivo de la escritura es acumulable. Entra en conflicto con cualquier instancia versal que pretenda decir más de la cuenta. Las noticias de la poesía nada tienen que ver con el mundo real o no que resida fuera del lenguaje. Precisamente, por tomarse en serio la serie de situaciones que les acontecen, los poemas reparten proporciones asumidas tras bambalinas, como si de ese bamboleo —y tour de force— de la estabilidad dependieran tanto la melodía y la prosodia del habla, como la representación de la realidad empírica, librada de circunstancias eclipsadas por todo lo que no les acontece a las palabras, pero que la poesía alcanza a intuir porque viene en camino. La inercia del lenguaje deviene arremetida, salto hacia lo alto en el vacío.

En la articulación de un decir siguiente, cualquier lógica implícita es imaginaria. Comparte una multitud de significados que al actuar al unísono erradican la posibilidad de congruencia y estancamiento en un mismo modo de hablar. Al tensar las posibilidades del entendimiento, eso nada menos, la palabra termina siendo lo mismo que iba a decir. La voz de la imaginación trasciende los efectos de la imagen, a los efectos de definir un estatuto completo a la inversa, una perspectiva abstracta a partir de lo que parecía real —solo parecía—, pero que recién alcanza a serlo luego de haberse librado de sus atuendos dramáticos. La forma de permanecer en los versos designa una manera de zafar del significado que la sigue a cualquier parte donde el tema del lenguaje sea lo que él dice de sí mismo.

El lector queda advertido: en Oración… ningún indicio es evidente, ninguna categoría del habla tiene prioridades. Al introducir sentimientos in media res dentro de la elipsis, el lenguaje protesta contra algo que no sabemos bien cómo, y que imposibilita la localización de un sentido dominante. Accedemos a puntos de vista que no podemos perder de vista, a perspectivas diversas y sinceras, pues están contando una historia sin relato a la que poco le ha faltado para ser igualita a lo muy diferente que terminó siendo.

En las decisiones del lenguaje cuando interroga a la mente, en el vis a vis de contradicciones simuladas, sale a luz un modo de nombrar la falta de especificación, en complicidad con ciertos actos de la lengua que no cesan y que podrían terminar ocupando la frase siguiente. Dan la impresión de haber dejado de intervenir en la realidad. La mente asume como propio cuanto le está pasando mientras le ocurre, para apropiarse de una coherencia impensada por pertenecer a estados de la conciencia que recién al quedar escritos están siendo considerados. El poema responde a las contigüidades del azar, en cuyo interior la temporalidad pospone los instantes en que está completa por separado. Uno de sus objetivos es participar en lo inaudito cuando se sabe infalible: “Sucede y suena lo que sucede. La tristeza en la nuca, fiel a la tartamudez y a los dedos que entraron en mi boca” / “Colmenas en el labio inferior, esa es la mejor definición.” / “Ahora en el espejo apenas tres o cuatro ojos y algún febrero de 36 días.”

 

 

Oración… es la síntesis de sus peculiaridades. En el balbuceo de un susurro que se extiende y propaga, los poemas exaltan la exuberancia de lo ‘hablable’, porque de esa forma salen de su reclusión. Reúnen apariciones iniciáticas del lenguaje cuando las cosas le pasan a él, sin que se sienta fuera de sitio, ni su ojeada se pierda en el anonimato. En una zona desmilitarizada del significado, lo no lineal imaginativo se cumple casi a contramano, a partir de una coherencia que contradice su falibilidad.

A la poesía le queda claro que nada simple hay en la mente que no pueda ponerse en entredicho. De su interior menos visible salen ideas, y otras que no habían sido consideradas regresan, para asumir su condición de sintaxis imaginando una acústica escindida, pudiéndola oír además donde el raciocinio recibe órdenes de la percepción al fraccionarse. En el potencial desorden del sentido, la realidad se distrae con las treguas del habla en las cuales cada tanto participa. Asumiendo su condición de contigüidad interrumpida, las secuencias de información lingüística acuñan una atemporalidad en cuyo interior se desenvuelve un misterio enorme: runa por lo secreto, y jeroglífico por el estado de ocupación que presenta el lenguaje con el cual se identifica.

Cada poema es un logo-sistema que contiene todo lo que pueda venir de lejos, porque no pudo decirse desde dentro, aunque también se verifique un proceso inverso. Por hacerlo posible, la poesía es la distracción interrumpida que invita a preguntarse, hasta qué punto se distrae. La sola noción imperante de sucesión y secuencialidad establece en las oraciones momentos de oralidad, una cadena —varias veces rota— de pensamientos que no llevan a parte alguna, y menos a una idea concreta, al instante en el que el aura despeja sus dudas para sentirse incluso real. En ese contexto, en el que hay algo superior que habla, la imaginación, por hacer oídos sordos a la realidad, pasa a existir en un tiempo propio, transformada en metanoia a la que el azar, al facilitar la confabulación entre de lo real y lo imaginario, le hace caso.

La persistencia de un tono que se insinúa hasta imponerse no está conminada a pronunciar certezas relacionadas al mundo verídico. Los argumentos de lo irreal imaginario auspician la permanente apertura a un diseño retórico que interviene por separado, para establecer una lógica ajena al perímetro de lo gramaticalmente eficaz. Las hipótesis consideradas pierden su objetivo de vista, se desprograman sin preocuparse para qué están, ni dar por completamente ciertos a sus elementos constituyentes; ¿hay alguno que pueda decir lo suficiente, al menos algo más que los restantes? ¿Le podremos preguntar, cómo lo hicieron? En otro momento contaré una anécdota al respecto, referida a mi propia poesía, porque ahora se trata de Oración

En las interrupciones, en los twists que pasan de una prosa poética a versos minimalistas, y que a paso de polka veloz y rock and roll va imponiendo en este libro el poeta madrileño afincado en Ciudad Lineal, está la decisión implícita de dar la espalda a lo previsible. Nada empírico ni convencional hay en el hecho de poner en duda el acto mismo de dudar de cualquier actividad utilitaria del lenguaje. Es la reiteración a contramano que se destaca. Al fomentar anomalías, un estado de sospechas plenipotenciarias se sostiene a lo largo de los poemas, de cada uno en relación al resto, disciplinados para especular respecto a los aspectos que no han sido incluidos, y cuyo sentido es quizá no haber tenido ningún propósito más allá del que están buscando. En Oración…, no en vano, hay momentos, diría yo cumbres, en los que cada cláusula actúa por su cuenta, como pieza autónoma de un rompecabezas aforístico, sin mostrar interés alguno en preparar al lector para lo que puedan comunicar las que vienen a continuación. Cada frase es una suma de indicios e inicios en suspenso que no garantizan un final a manera de resolución del acertijo.

Lo que diferencia a este libro de los anteriores del autor, es un detalle característico de toda lírica moderna que asume riesgos. No se preocupa por articular un decir estética y políticamente correcto (nada peor que cuando la poesía imposta buenos modales y una visión oportunista de las circunstancias), adornado con chirimbolos emocionales que recurren al manido chantaje del sentimentalismo, para que, de tal forma, luzca todo poético y apto para caer en las trampas del raciocinio.

En lo que antes era incipiente, Layna devino categórico, tan apabullante como goleada conseguida de visitante (y con un jugador menos en la cancha). Al liberar por tramos a los versos del vano designio de la extensión clausular prolongada hasta los márgenes, al aliviar a la cesura de la sobrecarga semántica, el significado pospuesto sufre un proceso de reversión e implosión en medio de una acústica propicia a la afonía, justo cuando tiene sentido interesarse por las cosas que le pasan a la imaginación. Durante el proceso de cuestionamiento de su existencia, el sentido en retirada confirma su condición de diáspora inagotable. Quizá pueda estar en esta frase, pero quién sabe si lo estará en la siguiente. Por consiguiente, las argucias de la interpretación ven mermada su eficacia ante el blindaje que presentan los poemas, los cuales a la marcha se preguntan no tan a la sordina, ¿qué más nos queda por decir sobre todo lo que no planeamos expresar?

Entre el atisbo y el desvarío, la escritura disfruta su condición psicodélica, ya indicada. Para verse mejor, Narciso cierra los ojos. Se descubre en el desierto de un interior convexo: “El espejo se enrama de zarzas/ porque Oración quiere/ nuevas papilas/ en su hendidura.” En los atributos indetectables a primera vista, se hace la salvedad del caso. El acto de imitar la invención convertida en algo bastante más que escritura de un pensamiento continuo, deriva en situaciones del habla que imponen una congruencia propia, gracias a la cual las palabras toman conciencia de lo que han venido a decir. La inexistencia de un significado central se transforma en modelo de episodios lingüísticos que pueden acontecer apenas las ideas pasen una vez más por las imágenes para poder imaginarlas. Por el simple hecho de no ser simple y de hacer pensar en las cosas que le están ocurriendo, la poesía de Oración… ocupa la parte exterior de una noción hecha de interiores que tampoco demuestran demasiado interés en explicarlo.

El poema se da por cómo suena. Renglón y cuenta nueva en el extremo de la melodía. De ahí que inaugure en la sintaxis espacios auditivos que habían permanecido enclaustrados. Por derecho propio, tutela y enlentece a la inversa. Fomenta una lenta velocidad exclusivamente lírica, exenta de cualquier esquematización de las expectativas. Crea su condición de imposibilidad al alcance, de suceso que va de regreso a lo incierto y que por algo ha evitado dejar de parecerse. No resulta necesario que los acontecimientos desfilen por los poemas para que estos puedan seguir diciendo, alejados de la explicación que dejó de estar (antes que nada). Es la consecuencia que la poesía paga por haber dejado a la lengua groggy, en estado cataléptico casi, con sus particularidades metonímicas patas para arriba.

Los efectos de la representación no se preguntan para qué están, ni si están del todo o por entero; no les interesa tener una posición específica en el significado, entre aquello que existe como inicio permanente, o apenas está empezando a existir en alguna otra parte del poema. Este, al recurrir a las quimeras del idioma, se desescribe. Y en ese acto absolutorio de lo locuaz y arbitrario (gesto de imprudencia de los predicados), impone un orden de realidad que alterna con diferencias y casualidades. Al representar etapas aisladas del raciocinio, del ímpetu de sus intentos, el poema dificulta la localización de propósitos, abreviando por ende la brecha entre lo denotable y lo connotable, en la cual la ausencia de significado único se manifiesta en el plano directo de la comprensión.

El lenguaje arremete en la dirección que no había planeado recorrer. Durante su periplo, la lógica de la observación —atisbo desobediente—, es aplicada a momentos expresivos en apariencia de ínfima importancia, en los que lo insignificante surge como ejemplo pleno de locución autista. El poema como bisagra de una gramática aparte. Mediante un acto de ventriloquia, deviene zona de coherencia y disparate, de deriva y de ahí vamos, de parsimonia y derroche, de existencias y de desapariciones que impiden localizar al individuo al momento de expresarse.

En el haz de sucesos lingüísticos que hacen de Oración… una torre de Babel hacia los costados (la horizontalidad del decir poético es vertical), todo puede ser probable, incluso la disolución de quien habla en aquello que dice. Todo será, mientras el lenguaje siga haciendo de las suyas, transformando a la casualidad en método contrario a un procedimiento lineal, con sujeto y predicado sujetos a un fin utilitario. La poesía nada tiene que ver con eso, que también puede ser esto, aquello, y lo otro: la dinámica de la mente al no querer entender todo.

En esa zona de quiasma y sentido inversamente proporcional a sus razones de ser, el pensamiento establece patrones de ritmo que no consigue interrumpir, aunque él mismo los haya generado. Al cancelarse la noción de final definitivo, el comienzo es incesante. El poema se reinicia cuando parecía que iba a terminar. Y así sucesivamente. En el trance hacia su continuidad despliega la paradoja de sus efectos, encriptando las soluciones al problema que no ha terminado de plantearse.

 

El poeta Francisco Layna Ranz.

 

La noción de tramo, de trecho carente de conclusión, resulta viable. Nada puede eliminarse durante el proceso de disolución de ideas, ni en el mapamundi de emociones que se disparan consigue distinguirse una perspectiva con mayor causalidad que las restantes. Los trazos de la descripción anímica entran en fase culminante cada vez que todo acontece por añadidura. En el sigilo de una observación hacia dentro, el paisaje auditivo adquiere visualidad propia, sin que lo delimite la conversión a un esquema sin la menor importancia, al intento cumplido de la explicación:

Explicar el poema anterior

es lo mismo que aceptar

que el número tres excita

a los vencidos y llama

por su nombre a la vida

y las cosas de la vida

y busca solución

a lo incompleto

y a lo perdido.

 

En la superposición de características, Oración… define su condición sincrética, absoluta en su síntesis. En la bifurcación de sus límites roza sus propios bordes para generar un efecto similar al del agua alejándose de la orilla, buscando con su accionar que la contradicción prevalezca, pues la línea del horizonte se aleja dejando un espacio expresivo cuya manifestación nunca da la impresión de gratuidad. Lapsaria y momentánea, la materia prima (sin lazos de familiaridad) de este libro encubre una visión en estado de gracia, por la que en más de una ocasión ha pasado la posibilidad. Recorre un trayecto de realidades imaginarias en estado de similitud, las cuales son esencialmente antagónicas. Son la abstracción que designan.

En Oración…, cada detalle por insignificante que sea es potencialmente relevante. Convierte al entrecruzamiento de vocablos en factor clave de sus designios, entre los que destaca la incerteza de no saber qué estuvo antes de que estuviera casi todo, bamboleándose entre lo indeterminado y lo que quiere decir sin encontrar su sentido de realidad en lo concreto, que no es tal cual las palabras se lo habían imaginado. En su insistir excéntrico, los poemas reiteran que por ser una anomalía desprotegida sus verdades varían, porque en la variedad reside la certidumbre.

No obstante, aunque pueda parecer lo contrario, tampoco el hecho de desconocer de qué se trata lo que se trata de decir hace a los poemas más interpretables, ni siquiera la multiplicidad de estrategias retóricas que lo sostienen. Dan la idea de que las ideas que lo deifican no se dieron cuenta del todo, y cuando sí, ya es muy tarde para reiterar lo dicho. Al ser parte de un farfullar a manera de monólogo, cada verdad del habla quiere imponerse por sobre las demás que vinieron a decir sin que digan lo mismo. Por lo tanto, según consta, ¿qué sentido tiene recriminarle al lenguaje por haber puesto todas las manzanas en la misma canasta, por haber ido a donde no debía?

En ese analogon o superposición de coincidencias a partir de un patrón correspondido (lo que viene a continuación es lo único que puede estar ocurriendo), la descripción redondea su plenitud en lo incompleto, porque los poemas no describen, sino que en sus formas de ‘aparecimiento’ reiteran su desinterés en lo funcional y concreto. Su significado por fuera es tal cual se presenta, sin previo aviso, y sin privarse de lo que puedan llegar a decir sus partes por separado, palabra por palabra, cláusula a cláusula, resignificando aspectos a los que dio cabida y cuya insistencia está dirigida a generar percepciones.

La transición de nada a lo que podría ser todo lo contrario, es breve. Es por si acaso a donde el idioma va, porque a alguna parte debe ir sin quedar a mitad de camino. El atributo protagónico que caracteriza a la poesía de este volumen, es la superabundancia visual y de referencias entreveradas que surge cuando parecía que el mundo iba a quedar vaciado de imágenes. Paradójicamente, dicha superabundancia auspicia un paisaje de abstracciones que parecen estar a punto de separarse de su contenido, poniendo coto a los asedios de un lenguaje que se las ingenia para no caer en la narración más de lo necesario, tampoco en el relato de analogías que a medias asumen su poderío. Estamos ante una transición incesante del material expresivo, que preserva sus retaceos y los detalles intrínsecos de su funcionamiento. Sin hacerse rogar, consolida determinadas estrategias de permanencia e incluye el relevamiento de una intimidad que, hasta su aparición, no había sido tenida en cuenta.

Al activarse una serie de efectos de realismo situado en los suburbios de la subjetividad, cualquier vestigio anterior al pronunciamiento del lenguaje es eliminado. En ese montaje de demoras, nada de cuanto fue dicho puede regresar a donde salió. La expansión se repite. Persiste en un absoluto de estados del habla impredecibles, a los cuales podemos al menos prestarles atención. En la frecuencia de homofonías que hacen estragos en lo pertinente, lo superfluo y lo anecdótico pasan a desempeñar otra función en la máquina retórica de la que emergen singularidades, una factoría de efectos.

El axioma de R. Barthes ha sido alterado. Aquí es “connotación, 100 por ciento, denotación, cero” (tal vez exagero). Dadas las circunstancias que auspician arremeter contra la coherencia que se le ha querido imponer, el lenguaje despierta a una realidad en camino, sin despertar de la lengua. Sueña en voz alta. La tarea de imaginar en los márgenes de la razón no deja de acecharlo. De ahí que el sentido se establezca en otro confín —que puede estar en el mismo poema— en aledaños interiores a los que la interpretación no alcanza a llegar.

Escrito a partir de reflexiones que exaltan su condición dispersa en el vagabundeo, Oración… apunta a un núcleo confesional en plan de fuga. El individuo que a su habla se abandona es asimismo el poeta, quien al momento de recordar le pregunta a la memoria, hasta qué punto el pasado sigue siendo cierto, hasta dónde la duración continuará enviando vivencias, reminiscencias de verosimilitud, estados de ánimo post-anticipatorios. Al enfrentarse al presente, al hoy con sus manías y locuciones, sabiendo que no es del todo seguro que lo sepa, manifiesta: “A partir de aquí la historia ya no es suceso, sino el eterno mediodía”. ¿Mediodía o melodía? A la palabra tanto le da cantar en la luz o en la oscuridad. A ambas realidades la memoria llega implacable.

En el caos de las emociones, el desorden se siente con derecho a generalizar, aunque no sea el caso. Como corolario, la validez intelectual de la percepción es puesta en duda. ¿Dice la verdad? Su pasividad no busca incomodar las causas que la cuestionan y la colocan en situación de observación en aumento. Los poemas son algo así como fotografías —polaroids en cuclillas— de las palabras al verse reflejadas en el espejo que no pueden evitar mirar. Su protagonismo no es por adyacencias, ni opera mediante jerarquías, advirtiendo (a quien se sienta con derecho de predecir lo que el poema está a punto de decir), que las cosas no son así ni por asomo, ni no lo son todo el tiempo. Lo mismo que Donna Summer en “The Wanderer”, canción en la cual la voz se incorpora entre los riffs del sintetizador, con ritmo aleatorio que invita a sorprenderse a las apuradas, los poemas se preguntan de dónde han venido las palabras que oímos, ¿de una máquina, de un ser humano, de un aura enhorabuena al que le dio por entonar?

En Oración…, Layna no ha traído el sentido de otra parte. Lo establece como imagen personal de un daguerrotipo que impide interpretar el rostro que, detrás de la borrosidad, mira, pues mirar es otra manera de decir con los ojos abiertos. Nada separa al mundo de lo que de él se expresa, ni nada puede generalizarse para que la interpretación lo comprenda. En ese engrandecimiento de certezas que solo hacen caso a un tono itinerante, el lenguaje alcanza insospechada plenitud, resultado de diferentes fuentes de información —todas provenientes del mismo individuo— que no traen noticias de la realidad al acecho, sino de pensamientos que no conseguimos determinar.

En huida constante hacia lo lírico en pole position, las ideas se dan cuenta de que no deben dar cuenta de nada en específico, como si con su aspaviento estuvieran advirtiendo que, para expresar motivos debidos a la emotividad, el lenguaje no debe necesariamente saber. Muy otra es la misión de la poesía al momento de conocer, muy diferente al endiosamiento laico que proclama. No en vano, cada poema es la representación de un pensamiento que al interrumpirse declara altisonante, tal cual lo hacía el gaucho maltratado en Martín Fierro, “aquí me pongo a cantar”. El nada monótono compás que lo acompaña tiene mucho de práctica sagrada, de magia lo menos secular posible. La aspiración de los versos, es de liturgia. Porque para Francisco Layna Ranz, la lengua es una deidad, y la poesía, politeísta.

 

 

 

 

 

*(Montevideo-Uruguay, 1954). Poeta y ensayista. Doctor en Filosofía por la Universidad de Washington (EE. UU.). Ha sido profesor de Poesía contemporánea en distintas universidades estadounidenses y mexicanas. Es editor de Hispanic Poetry Review, revista dedicada a la crítica y reseña de poesía en español. Ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo de Uruguay (1996 y 2000), el Premio Municipal de Poesía (1998) y las becas del National Endowment for the Humanities, del Guggenheim (2011) y del Rotary Foundation. Ha publicado en poesía Valores Personales (1982), La caza nupcial (1993), El oro y la liviandad del brillo (1994), Coto de casa (1995), Lee un poco más despacio (1999), Mínimo de mundo visible (2003) y El cutis patrio (2004); y en ensayo El disfraz de la modernidad (1992), Las ruinas de lo imaginario (1996), Un plan de indicios (2000) y La condición Milli Vanilli. Ensayos de dos siglos (2003), Historia Universal del Uruguay (2008), Julio Herrera y Reissig. Prohibida la entrada a los uruguayos (2010) y Las ideas hasta el día de hoy (2012).

 

 

 

**(Madrid-España, 1958). Poeta, editor, crítico literario. Doctor por la Universidad Complutense de Madrid (España). Se desempeña como profesor en universidades en España y los EE. UU. Es Codirector de la revista eHumanista/Cervantes de la Universidad de California (EE. UU.) (www.ehumanista.ucsb.edu/cervantes) y director editorial Ay del seis (www.trifaldi.com/17-ay-del-seis-poesia). Ha publicado sobre literatura medieval, del Siglo de Oro y de Cervantes La disputa burlesca. Origen y trayectoria (1995), La eficacia del fracaso. Representaciones culturales en la Segunda Parte del Quijote (2005) y USA Cervantes. 39 cervantistas en los Estados Unidos (2009); y, en la actualidad, termina un ensayo sobre las lecturas políticas de la obra de Cervantes de 1880 a 1975, así como otro dedicado a la escritora y diputada española Matilde de la Torre. Ha publicado en poesía Y una sospecha, como un dedo (2016), Espíritu, hueso animal (2017), Tierra impar (2018) y Oración en 17 años (2020).

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