Por Enrique Winter

Crédito de la foto (izq.) Ed. Laguna libros/

(der.) www.elnovedades.com

 

 

La respiración se aquieta.

Sobre Imposible salir de la Tierra (2016),

de Alejandra Costamagna

 

 

Costamagna no dice “relatos”, comodín que la liberaría de desarrollar tramas breves mientras por debajo corren otras, a menudo más terribles, que nos encontrarán hacia el final. Costamagna dice “cuentos” y se hace cargo de esa tradición que desafía los límites de la palabra en su capacidad de narrar de forma concisa, como si fuera en voz alta y sin que pestañeemos. Aporta a una tradición que revive cada vez que algunos la creen perdida, y con más urgencia hoy en que no hay un tiempo fuera de la inmediatez. Las personas ya no ven películas antes de dormir, ven series. Y eso nos lleva a pensar la fragmentación junto con la continuidad de las partes, una especie de paradoja, en la particular maestría de Costamagna para articular el orden de los cuentos, como un guionista que arrastra a su público al capítulo siguiente.

A la conmoción que provoca la lenta caída de Canessa en los celos y en la provincia de “Naturalezas muertas”, el cuento más largo de Imposible salir de la Tierra, que cierra el libro y que antes circuló de forma independiente, antepone una pieza brevísima de ciencia ficción, un poema en prosa con una perturbadora metáfora acerca de la maternidad. Las respiraciones de estos cuentos se aquietan cuando la agitación llega al límite y viceversa. Uno es otro dependiendo de lo que lo rodee y por eso este libro parece nuevo aun en el uso de materiales ya publicados a la manera de un grandes éxitos. En lo que ya es una marca de estilo de Costamagna, la hija de “Agujas de reloj”, por ejemplo, en apenas dos páginas resignifica a la madre y al padre en una pulsión sexual que disloca la manera en que leemos la reescritura de su primera novela En voz baja. El ejercicio no es mío, es de la misma autora, que pone ese cuento –otra prosa alegórica– entre la citada reescritura y la confusión de las escenas en “Nadie nunca se acostumbra”. Con los tres construyó Había una vez un pájaro, su última publicación antes de la que nos convoca, moviéndolos como fichas con las que seguir jugando en el dolor de otro tablero, que en el caso de “Agujas de reloj” era originalmente el de Últimos fuegos, publicado hace doce años. La apuesta es por la percepción, por cómo sobrevivimos gracias a la elección a veces inconsciente de estímulos determinados entre los infinitos disponibles para entender un entorno. En Imposible salir de la Tierra este cuento hace un tajo entre “El olor de los claveles” y “Cielo raso”, cuya instructora de natación reaparece en el siguiente, “Cuadrar las cosas”. Su contemporánea Nona Fernández también corta y pega páginas de Chilean Electric en La dimensión desconocida. Es que la literatura nunca está terminada, sobre todo en sus implicancias, nada hacia las aguas que necesita y que desconocía cuando se escribió, emulando el proceso mismo de escritura, con brújula pero sin mapa. Desde dónde se lee determina en gran parte esa experiencia y Costamagna sabe que a un relato largo mejor que le siga uno corto. Otra cosa es la manera en que ambas autoras los hacen parecer redondos, pues ninguna imagen queda tirada por ahí sin significar dobles fondos en el libro y en nuestro cotidiano después. Y ese impacto que no sucede en la realidad, Costamagna lo suscita sin remitir a ella, doble mérito tratándose de una periodista cuando los vientos son favorables, por el contrario, al registro y la autobiografía.

 

Presentación del libro en Valparaíso, Chile. Enrique Winter, Alejandra Costamagna y Gladys González.

Presentación del libro en Valparaíso, Chile. Enrique Winter, Alejandra Costamagna y Gladys González.

 

Hablamos ya del montaje, ahora hablamos de la ficción. Imposible salir de la Tierra es una especie de manifiesto de ella, diez recortes en el momento preciso en que a una o más personas –que no se relacionan con referentes reales como sí lo hacen las ciudades y los tiempos en que Costamagna los sitúa– les sucede algo aparentemente ordinario que los hace cruzar la línea de esa misma normalidad hacia algo que los deja perplejos y, la mayoría de las veces, hacia la tragedia. El artificio se sustenta en el dominio del detalle. Como en Raymond Carver, no hay cuento y casi no hay página en que la autora no use una imagen que desestabilice lo que está pasando. Andrea Palet lo resume en “diálogos asombrosos y perros color barquillo”. Los diálogos acercan aquí tramas contadas en tercera persona, con el estilo libre indirecto que le permite a Costamagna adentrarse en las sicologías de varios personajes a la vez, sutilmente, y sin limitarse en la descripción de circunstancias que los personajes no tienen cómo saber desde sus respectivas posiciones. Esa distancia narrativa también la une a la tradición oral y del cuento que esbocé al comienzo, una decisión interesante de la autora, que hizo esta selección, y que a la vez la aleja de otros narradores logrados por ella como la niña de “Había una vez un pájaro”.

 

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También hay miedo y deseos de huir, casi siempre de Santiago. Los dramas de los personajes son privados, sin estridencias; de clase media, pero con conciencia de clase. Ese eje determina al menos los primeros dos cuentos: el impacto de “La epidemia de Traiguén”, con un gerente y una secretaria “muy pero muy loca” que lo persigue a Japón –podemos ver las calles de Kamakura o de Retiro, Argentina, en “Naturalezas muertas” con la sensorialidad de quien está ahí– y de “Cachipún”, en su margen más pobre, con el memorable comienzo “Que llegaran culeaditas. Eso les había pedido Orozco la semana anterior en la entrevista” y su agudo final. La relación entre el deseo y el poder se queda reverberando bajo la muerte que domina los cuentos siguientes, “Imposible salir de la Tierra” y “Are you ready?”, retomando su protagonismo en el secreto de una pareja en la cola del supermercado de “Gorilas en el Congo”.

 

Edición peruana.

Edición peruana.

 

Los personajes son queribles y en la rareza creciente que es producto de sus malas decisiones vamos leyendo el peso de lo inevitable, si uno metió la pata ya no hay forma de no seguir hasta el fondo; sentimos con ellos, por una parte, que es imposible salir de la Tierra –y este libro bien puede considerarse un tratado sobre la desesperación, contrastada por el sosiego de la prosa–, y por otra, más grave aunque no lo parezca, que cualquier relación con otra persona es demasiado peligrosa, si no ahora más ratito, y eso no es, tiemblen lectores, ninguna ficción.

 

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