Por: Arturo Borra

 

La poesía se dice de muchas maneras, incluso en un contexto literario como el español, en el que algunos grupos han construido una larga (y penosa) hegemonía editorial y poética, planteando como pauta de aceptación el dogma de que la “buena poesía” ha de estar ligada, por necesidad, a una estética de la transparencia: estilo directo, claro y sencillo destinado a “lectores normales”.

Por fortuna, ese reinado no ha cesado de derrumbarse de forma cada vez más manifiesta en la última década, aunque su lenta erosión comenzara mucho antes con diferentes escrituras a contramano, algunas de las cuales recién ahora encuentran una valoración poética más justa. La regularidad de la excepción, entonces, no es nueva, pero la podemos constatar cada vez con menos dificultad, en la proliferación de poéticas interesantes que desafían de forma abierta aquello que se institucionalizó como canon dominante en España durante las últimas décadas del siglo XX. No es especialmente complejo advertir esos desplazamientos, no ya en función de un proyecto artístico unitario, sino de la diversificación de apuestas poéticas diferentes e incluso divergentes.

Valgan estas líneas, pues, como un ejemplo concreto de ese proceso de cambio, centrándome en algunas publicaciones relativamente recientes de poetas residentes en Valencia, incluso a riesgo de que la selección efectuada sea considerada tan parcial como arbitraria (dada mi cercanía geográfica, ideológica y afectiva con sus autores). Ante esas objeciones posibles, quizás lo más honesto en términos intelectuales sea hacer explícito ese vínculo personal y asumir sin culpabilidad la condición parcial (y subjetiva) de esta selección. En cambio, confío en que el propio desarrollo de estas reflexiones despeje la sospecha de que se trata de una selección meramente arbitraria. Si bien soy consciente del alcance limitado de estas afirmaciones, no sé en nombre de qué asepsia o neutralidad interpretativa debería privarme de trazar algunas referencias al respecto.

Desde luego, podrían mencionarse otras escrituras que aportan en ese sentido en otros puntos de España. Lo relevante, sin embargo, no es esta dimensión territorial sino un cierto cambio transversal que se viene gestando en el campo poético español. Dicho lo cual, quisiera referirme brevemente a La ciudad o la palabra pájaro de Mar Benegas (Huerga&Fierro, España, 2013), Porción del enemigo de Enrique Falcón (Calambur, Madrid, 2013), Esto no es vanguardia de Jesús Ge (Coherencia, Marbella, 2013), Noche sin clausura de Laura Giordani (Amargord, Madrid, 2012),Trazas del calígrafo zurdo de Víktor Gómez (Varasek, Madrid, 2013), Ultimátum de Antonio Méndez Rubio (Espacio Hudson, Argentina, 2012) y La pobre prosa humana de Pedro Montealegre (Amargord, Madrid, 2012).

Desglosar de forma exhaustiva cada uno de esos poemarios desborda el propósito de estas páginas. Ello implicaría analizar de forma crítica no sólo sus opciones estilísticas y retóricas o sus constelaciones de sentido sino también interrogar las políticas de citación y autorización que utilizan, así como evaluar sus pretensiones textuales, indagar en las diferentes posiciones de sujeto que despliegan y, en definitiva, hacer una lectura a contrapelo. Me contentaré con unas generalidades que quieren ser una invitación a la lectura. Sibien tienen en común un impulso político subversivo, sus estrategias de escritura no se prestan a una falsa reconciliación. De hecho, dentro de la relativa proximidad ideológica que estos textos mantienen entre sí, es innegable una cierta dimensión conflictiva en cuanto a sus posicionamientos. Nada permanece indemne; ni siquiera quienes los formulan están a salvo. El mundo escombrado es la región común -la condición de partida- de estas derivas.

 En el caso de Mar Benegas (Ribarroja, 1975) esa constatación es, por así decirlo, transhistórica: aunque viene del pasado, remite al tiempo mítico de la génesis y del sueño, en una suerte de saga de un espacio caído, aturdido de dolor, abandonado a la prepotencia de nuestros amos y en particular de una sociedad patriarcal que olvida los pájaros que alguna vez fuimos. Como una larga imprecación contra los que saquean el presente, las profecías se precipitan sobre una tierra devastada. Sólo tras ellas puede imaginarse aun la “restauración” que encarna en experiencia amorosa, tan improbable como necesaria.

                      

 Así habló la profecía

Nueve las edades. nueve. hombres, estáis
olvidando el idioma de la tierra, estáis
olvidándolo todo. el bronce cauteriza vuestras
bocas profundas, las que hablan al bosque,
las que no desean gobernar la luz

hombres, las cucarachas de bronce os vencerán,
os dejarán mudos, los zahoríes muertos,
los pájaros, los pájaros caerán del cielo

entonces seréis vomitados por el silencio, desde
el silencio olvidaréis la palabra pájaro, la pluma
del pájaro, el canto del pájaro, enjaularéis el
pájaro, enjaularéis al pájaro cuando hayáis
olvidado su voz, entonces seréis vomitados por el
silencio, querréis ser pájaro de nuevo, pero no
tendréis la palabra pájaro y serán sucedáneos
de metal los que surquen los cielos, vosotros
seréis vomitados por el silencio, querréis ser
pájaro de nuevo, pero no tendréis la palabra
————————————————–pájaro

 

El poemario de Enrique Falcón (Valencia, 1968) radicaliza un trabajo precedente: precisar los rasgos materiales de la injusticia histórica sin rendirse ante ella o, como en Brecht, ponerle nombre y apellido. Se trata, pues, de desquiciar lo lírico mediante lo histórico-político, aunque para ello haya que construir artefactos de eficacia incierta: desde una extraña encuesta hasta listados que apuntan a identificar a los responsables del desastre, pasando por el rescate de prácticas pisoteadas por los poderes hegemónicos. La experimentación con distintas tácticas de escritura no es sino una forma de seguir alentando un cambio venidero.

 

Lluvia temprana

 

El desastre, la resignación, el deseo de perder

para descansar, no merecen la pena.

Belén Gopegui, El lado frío de la almohada

 

 

Esperan que te rindas.

Que devuelvas las canciones a sus cuartos.

Que lenta y pobremente
atiborres sus rincones con cristales
y apartes a tus hijos de la visión de una revuelta.

Esperan que claudiques
-seas piel, dentada o marzo.

Que suavemente caigas.
Que así sea tu rendición.

No les libres de la piedra que respira en tus manos.
No les venzas los ojos.

Nada dice
de la lluvia temprana que va a abatir las puertas,
nada
de ese incendio intacto y por venir.

La tormenta, compañero, llegará.
———Contra todos los pronósticos,
menos tarde que temprano,
-seas piel, dentada o marzo-
el ciclo de las lluvias/ llegará.

 

El audiolibro de Jesús Ge (Madrid, 1972) se mueve en una vibración distinta: un trabajo meticuloso en el registro de la oralidad, intensificado por las paronomasias, que va encadenando los significantes a partir de su semejanza fónica. La resultante -¿postvanguardista?- es una partitura poética (eminentemente sonora e inseparable de su puesta en escena) que, sin desistir de una dimensión lúdico-humorística, introduce una dimensión paródica que corroe los tópicos que se instalan como sentido común. El poema “Dije Diego” es una muestra de las inversiones semánticas que introduce una poética semejante.

DIJE DIEGO

 

“Miente quien diga que hemos hecho recortes en educación”
Esperanza Aguirre

 

DIEGO DIJE DONDE DIJE DIGO (x2)
DIGO LO QUE DIJE DIJE DONDE DIJE DIEGO DIEGO (x2)
¿DÓNDE DIJO DIEGO? (x2)
¡DONDE DIJO EL HIJO!—¿DÓNDE DIJO EL HIJO? (x2)
DON DIEGO
-DON DIEGO DIGO-
DIJO AL HIJO DÓNDE DEJÓ EL HIGO
DONDE DIJE DIEGO DONDE DIGO DIGO (x3)

DONDE DIGO HIGO— NO DIJE DIGO —DIJE DIEGO
———————————————DIJE DIEGO 
———————————————DIJE DIEGO

DONDE DIJE DIEGO DIJE CIEGO 
DONDE DIGO CIEGO DIGO LUEGO
DONDE LUEGO DIGO, DIGO MUERO
MUERO LUEGO / LUEGO MUERO 
LUEGO MUERO / MUERO LUEGO
MUERO LUEGO / LUEGO MUERO—- DIJE DIEGO 
 

DONDE DIJE DIGO, DONDE DIJE DIGO, DONDE DIJE DIGO, DONDE DIEGO DIJE 

DONDE DIJE NIEGO—- LA NEGOCIACIÓN (x3) 

DIGO AGUA DONDE DIJE FUEGO
DIGO AHORA DONDE DIJE LUEGO
DIGO CUEVA DONDE DIJE SUELO 

NIEGO LO QUE DIJE —–LUEGO NO LO DIJE 
—————————-DONDE DIJE LUEGO DIGO DIEGO
DIGO LO QUE NIEGO— -LUEGO NO LO DIGO
—————————-DONDE DIJE DIGO NIEGO DIJE
NIEGO LO QUE NIEGO—LUEGO NO LO NIEGO
—————————-DONDE NIEGO DIJE DIGO LUEGO 

NIEGO LO QUE DIJE——LUEGO NO LO DIJE 
—————————-DONDE DIJE LUEGO DIGO DIEGO
DIGO LO QUE NIEGO—- LUEGO NO LO DIGO
DONDE DIJE DIGO ——-NIEGO DIJE
NIEGO LO QUE NIEGO 
NIEGO LO QUE NIEGO
NIEGO LO QUE NIEGO— LUEGO NO LO NIEGO
—————————–LUEGO NO LO NIEGO
—————————–NO LO NIEGO
—————————–NO LO NIEGO
—————————–NO LO NIEGO
—————————–NO LO NIEGO
—————————–DONDE NIEGO DIJE DIGO LUEGO

DONDE DIJE DIGO, DONDE DIJE DIGO, DONDE DIJE DIGO, DONDE DIEGO DIJE 
NI DIGO DIGO —-NI DIJE DIJE—-NI DIEGO DIEGO
NI DIGOGO
——— —–NI DIJE
———- —————-NI DIEGO
 

Los versos de Laura Giordani (Argentina, 1964) cavan en otra cantera poética: aquella de la que nace lo minúsculo, la apertura hacia un mundo desapercibido, más allá de los pequeños derrumbes de la vida cotidiana que nos internan en la ceguera y obstruyen las puertas que desembocan en la fragilidad de lo viviente -los escombros esparcidos en la noche interminable en la que nos desvanecemos. Los zahoríes se precipitan para lavar las heridas que desgarran lo humano. Quizás por eso –todavía- cartografías de nuestra vulnerabilidad, pero también plegaria que nos permita ensayar otra mirada y arriesgar otros pasos.

  

Porque el agua se me fuga
y yo – pura sed- soy un zahorí
que remata sus varas.
Porque las palabras regresan de un viejo abuso
y ya no tienen fuerzas para escalar los labios.

Tendré que invocar una caída
en el umbral mismo del verbo
con la fe de todas las manzanas.

Saltar muy dentro, libre
al fondo de las cosas, deshabitar
la memoria, su ciudadela
adoquinada, su lacre, los arquetipos
rotos en las esquinas
ofreciéndome su cuerpo.

Dejar de buscar advientos
en el pan de ayer, las migas con que solía
despilfarrar el hambre, sacudir las cortezas
que ya no pueden recordar su savia.

No bastará con la poesía:
habrá que tener además
los huesos livianos de los pájaros.

[El salto]

 

Las trazas de Víktor Gómez (Madrid, 1967) son tankas y astillas de sentido. Como un fotograma velado, tras su condensación lingüística, los poemas dejan adivinar escenas de lo terrible, las marcas de una criminalidad que mancha lo vivido. Nada permanece intacto. No queda suelo firme. No hay más que ruinas: en la orfandad, en la falta de hogar. Y, sin embargo, además de las cárceles que nuestra historia erige al deseo de otra vida, persiste también una caligrafía política que balbucea en su afán de cambiar la gramática de la impudicia, desde la incompletitud de lo dicho y la gratitud de los vínculos.  

6.

———————————Háblanos del Infierno
sal del sueño salta asalta lo imposible sin razón vuelo
inesperado del destino—- rayos la oscuridad afina el oído
la oscilación aumenta sabemos del mal—- la velocidad el
desfase los desplazados que no tienen traducción—-crear
es malograr sentido servidumbre—-paga al perder se
hace un hueco por donde pasa la poesía palabra al peso
pulso que tartamudea –la poesía sopesa la poesía- el
mundo ensanchado extendida isla a isla la escritura no
cede al mandato no relata no construye una Casa para
el orden sino intensidad y fuga—– la huella del sustituto
el recomienzo la cuchara la luz que pasea por el borde
nocturno cuchillas un raspar lo oscurecido antes que una
promesa de salvación la salva de las promesas y los pagos
a crédito… el truco favorito del irreverente no tiene
cuerda para los cuerdos se les escapa el sentido tritura
hasta la papilla cada catecismo y cada código de honor— la
codicia de honor que honra a los codiciosos el codo fijo
clavado en la mesa permite legislar lo ajeno documentos
que antes que después llevarán el cerdo al matadero…

                                                           [Con Eduardo Milán]

 

 

La selección de poemas de Antonio Méndez Rubio (Badajoz, 1967), por su parte, alza puentes interrumpidos hacia lo invisible: una exterioridad desaparecida que, no obstante, insta al desplazamiento, aunque no haya nada seguro: ni territorio firme ni garantías de (sobre)vida. Su discurso poético, más que espejo de unas realidades preconstituidas, es ese oscuro recinto en el que creamos grietas para construir una salida, sin falsos mesianismos. Apenas persiste la luz frágil, sombría, de un pulso espectral que afronta la rotura del mundo y no deja de interrogar -desde la intemperie- por un cielo que se posterga.

 

 Cielo:
           no hay mucho
y nos avisa con rabia.
Árboles:
                          también pierden secretos
dentro de un diccionario.
Tiempo:
              es una negación
en la que nos afirmamos.

Pájaros:
             ninguno vuela solo ni
ninguno canta igual que ningún otro.
Poema no:
                simplemente respira
tan dentro que sale fuera.

 

 

 

La prosa poética de Pedro Montealegre (Chile, 1975) es el despliegue de la posibilidad de lo imposible: aquello que horada, de forma rítmica, la plenitud del presente, en suma, lo que acepta enfangarse en lo real, ahondando en los agujeros por los que circula el sentido. La escritura conecta así al hermetismo del deseo que se fuga por las ranuras de una experiencia caótica, fluida, inapresable. Mediante una estrategia retórica que no excluye lo revulsivo, nos topamos con una poesía que desafía las narrativas dominantes que pretenden ordenar los cuerpos y regular las sexualidades bajo una estricta gramática de la separación.

 

 

Lo áspero

Aspereza en lo quieto, en la sopa de letras. Chúpala con embudo y verás qué bien. La moneda como frase. La fluidez del mercado, tu pacto filial. El patrón oro inherente al amigo, mi chico, ay mi chico, tan probable y estúpido. Yo noto un vínculo cuando voy o me quedo. El panadero de madrugada encenderá el horno. Se va o se queda.

Qué bien. Qué ímpetu. Los vecinos arriba con pesadilla de incendios, la posibilidad de descender amarrando cortinas, largos velos de novia. La integración es la suma. Luz más química más biología de ojos, ¿cuánto da?, ¿cuánto da? El fotógrafo se lame en la cámara oscura, y en el cuarto, detrás de la ampolleta roja, los ángeles enmohecidos descienden de la emulsión, el papel sensible colgado con pinzas.

Hay aspereza en lo quieto. Incómodo preguntar si se sirve strogonoff, si al fasto se acude con chándal o frac. El pan en el encierro, lleno de larvas. No pongas esa cara, el asco es preciso. Si tienes dudas, ajusta el sextante, el habeas corpus, yambo y anapesto en qué tocan, dímelo, el álgebra o Paracelso. Si te viene bien, raja y rompe. La alta costura, la pompa, el boato. Ulalá. No era yo.

La interdicción, el metro latino, las paradas de autobús, las bicicletas municipales. Dónde el triángulo, la percusión sobre un libro. Hay asperaza en lo quieto. Yo doy. Tú das. Queda el resto,
el vacío entre restos, filosofía de lo inane. Dónde estás, no te ubico. Grita y sale de allí. Estoy
tanteando la relación,
toco un minué en un piano de juguete.

 

Claro que hay más. Incluso si nos circunscribiéramos a Valencia podrían incluirse otros títulos de poesía, tanto en lengua castellana como catalana. Sería una necedad negarlo. Pero es una muestra suficiente para ilustrar mi punto de partida: la pluralidad poética no es algo que pueda soslayarse de forma válida, aun cuando en el campo persista la inercia de encerrar la producción poética en algunas dicotomías conceptuales caducas. Es cierto que esa pluralidad podría confundirse –y a menudo se confunde- con un insulso relativismo que se limita a aplaudir de forma acrítica el estallido de publicaciones más o menos olvidables que reclaman para sí un lugar poético distintivo. El riesgo está ahí y, sin embargo, afrontarlo resulta ineludible: una vez puesto en cuestión el concepto de «canon literario», tenemos que partir del reconocimiento de una multiplicidad de propuestas estético-políticas más o menos válidas (irresumibles en unos principios simples, diseñados a medida del que juzga) sin por ello desistir del ejercicio de la crítica (1).

Es ese reconocimiento, precisamente, lo que permite evitar cualquier tentación de agrupar estas poéticas bajo alguna lógica unitaria, como la “crítica” o la “resistencia”. Ello sería reintroducir de contrabando otro canon estético, inaugurando otra vez, en una especie de pastoral, el ritual de los bautismos, de las comuniones sagradas y las exclusiones correlativas. ¿Cómo desconocer, por lo demás, que tras esas adscripciones lo que en numerosas ocasiones encontramos es una forma encubierta de complacencia, cuando no poéticas de calidad dispar?

Admitamos entonces que no hay garantía alguna: la «crítica» no es un atributo autoral o una simple etiqueta distintiva, sino una específica operación textual que permite dar cuenta de los límites. En ese sentido preciso, entiendo que estos poemarios contribuyen a producir una crítica de carácter no escolar tanto de determinadas realidades efectivas como de las categorías de pensamiento y lenguaje con que las interpretamos. Como archipiélago de excepciones erosionan la ilusión de solidez del mundo cotidiano. Sostienen así su peculiar pulseada: con el patriarcado, el capitalismo, la actualidad, las sensibilidades imperantes, los regímenes hegemónicos de discursividad, el heterosexismo o la subjetividad misma.

Nada que se parezca a un corpus uniforme. Al contrario: si algo cabe destacar de estos textos es su heterogeneidad radical. No forman “escuela” ni son “agrupables” en una corriente estética. Si bien acusan recibo del malestar histórico y social o se niegan a refugiarse en alguna torre de marfil, trazan líneas de fuga singulares: no sólo (ni tanto) mediante alusiones temáticas sino también (y sobre todo) a través de un trabajo reflexivo sobre las formas poéticas. Si estas poéticas ejercen su vocación crítica, lo hacen de una forma que tiende a evitar los tópicos fáciles o las trivialidades dichas en tono solemne. Para ello, apelan a estrategias diversas de producción de sentido: la mitología de corte profético en La ciudad o la palabra pájaro, la experimentación neovanguardista en Porción del enemigo, la intensificación del juego significante en Esto no es vanguardia, la lírica de los pequeños derrumbes en Noche sin clausura, los rastros de lo borrado en Trazas del calígrafo zurdo, la destrucción de las formas en Ultimátum, la torrencialidad de los flujos deseantes en La pobre prosa humana. Puede que, en la asfixia del presente, estos puntos de fuga hacia otras posibilidades creativas y humanas no sea sino la persistencia del deseo tejiendo otros caminos para respirar. 
 

 

(1) Un estricto «pluralismo crítico» tiene que aprender a moverse en un horizonte abierto. Si la poesía se dice de muchas maneras eso significa,simultáneamente, que no hay medida común y universal desde la que determinar el «valor estético» y, a su vez, que no por ello debemos desistir de la búsqueda de unas pautas de discernimiento que nos ayuden a elucidar cuáles de esas maneras nos resultan más fecundas e interesantes. Es esa falta de medida lo que hace posible y difícil el debate estético: diferentes posiciones que plantean condiciones específicas para evaluar lo que en un momento dado debe considerarse poéticamente relevante.

Sobre El Autor

adminv&co

Literatura y más

Deja un comentario