El presente texto fue publicado como un prefacio al libro Difícil Trabajo. Antología 1926 – 1930, publicado por la editorial Plutarco, en Madrid-España, en 1935. Hay que acotar que este prefacio está fechado por su autor en el año 1931.

 

 

Por: Emilio Adolfo Von Westphalen*

Crédito de la foto: Izq. Casa de la Literatura Peruana

Der. Cortesía Sandro Chiri

 

 

La poesía de Xavier Abril (estudio)

 

Todavía podemos gozar esta felicidad que levanta en el hombre la seguridad incontestable de unas palabras recién creadas, con un ritmo aún más inédito, la «transubstanciación de cada cosa milagro», el cumplir la poesía su difícil destino: lograr una nueva expresión, «reculer les límites de l’ineffable», con las palabras de Lucien Fabre. Todavía la imaginación ejerce sobre nosotros todos sus derechos, nos hace aceptar lo inadmisible para los pragmáticos de la razón razonante y razonada, todavía creemos en la poesía, en la pena nacida de cada día y cada hora, en «la inútil, la impura y la monótona», en la que desde siglos a la geometría crecer pelos hace, y también que las flores se abran en el minuto asignado por un verso dicho tal vez con desdén por un poeta que así declaraba su existencia, su hábito de imperioso mandar y ser obedecido. Esta profesión de fe o pequeña moral de bolsillo, era necesaria antes de hablar con la debida iluminación y carácter inalterable que demanda la poesía de Xavier Abril. Ante ella, nuestra primera constatación es la autenticidad de su presencia: esto era y nadie lo sospechaba: lo que más extraño de lo que cualquiera suposición pudiera entrever, pues se trata de lo imprevisible e inflexible, de lo inesperado, de la poesía brotando en la frescura del verano originario, del hondo anímico donde se conservan los primitivos recuerdos que ponen temblor de dicha en la voz, como guarda el transcurso y la continuidad de esa angustia propia al hombre, por las edades, y cada vez que aflora como la primera y es la eterna. Puestos en el trance de elucidar la condición primordial de la poesía de Xavier Abril, no dejaríamos de señalar la que es condición de toda poesía: la novedad, el descubrimiento del ignorado, los términos que se suman para la nueva belleza, la impúdica y desconcertante creación, indiferente a lo ya hecho y digerido y muerto: «toute poesie», escribe Bernard Fay en su Essai sur la poesie, «dans la mesure oú elle est reélle, est neuve et conséquemment inattendue, choquante, insolite».

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Xavier Abril
Cortesía: www.elbbedordelanoche.blogspot.com

 

Xavier Abril ha dado siguiendo la particular disciplina por la que, según Novalis, «lo involuntario deviene voluntario», enfermo de sueño y ensueño, con vastas y maravillosas floridas, a consecuencia alguna vez de una vibración demasiado fina de la brisa o las pestañas, otras de la intencionada ternura de una flor, del súbito goce de un nuevo equilibrio, de un color casi sueño, del peso tenue de la luz de unas retinas hipersensibles, en fin, del sobresaltado e inacorde galopar de su corazón enfermo. Los ojos de Xavier Abril se abren con la ineludible significación del que ha batallado por siglos en la atmósfera de la mitología, más allá de la «noche oscura». Todo es allí, por razón de una necesidad irretornable, videncia y palpo del misterio en su ser natural. Esto es: la alucinación, la actitud poética espontánea de Xavier Abril, recuerda la manera de los iluminados, o sea, que pertenece a la magnífica categoría de los Rimbaud, Jarry, Ducasse, de los poetas alucinados de los que, como observa T.S. Eliot, «saltan bruscamente en un mundo de sueño», y les es ya imposible retornar de él. Y comienza entonces «the experiment», el «difícil trabajo», el conmovido y seguro delinear una arcangélica «guía de sueño», el olvidar si en algún tiempo existió el descanso, la tranquilidad ―descanso, tranquilidad?, ya recordamos: «anterior al balido», etc.―: el poeta debe su delirio proseguir, su locura, y dejar lo establecido, la naturaleza sin fantasía, «les natures mortes», en que se complace el resto de la especie de los «hollow men», de los «stuffed men». Así, Xavier Abril ha conseguido en u poesía presentarnos su experiencia en carne y hueso propio de tales espeluznantes y enternecedores sucesos:

 

«su cabellera tira de la ola».

«de la terrible marejada del fuego».

 

Encontramos en su poema: «Itinerario de la locura», pero más tarde, en el mismo poema, es otro:

 

«su pelo rubio».

«en alemán me hable».

 

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El poeta Emilio Adolfo Westphalen

 

Es inútil y superfluo indicar que semejante poesía ha sido calificada de hermética. Porque parece que encuentran la poesía algunos espíritus, aunque es un equívoco nuestro, deberíamos decir los hombres que poseen la prolongación pendular de una nariz y unos dedos dignos de amasar alguna substancia pegajosa, sin estar muy seguros sí (sic) en su cerebros germinan las trufas y que despiden ese color característico de las materias descompuestas o la basura intelectual, sobras de sistemas ideológicos, pecios de creencias extinguidas, ellos en fin, encuentran que la poesía tiene un rostro poco agradable en estos últimos años, destila un corrosivo veneno que les ciega y sus pulmones marchita. Su insolencia y sus escupitajos, su seguridad en este principio de propia insuficiencia que se muestra en el artículo 11 de la proclama en «transition» (Nº16-17): «the writer expresses, he does not communicate», han llevado a hablar de «the cult of unintelligibility», como lo denomina Max Eastman, del hermetismo poético, del carácter incomunicable de la poesía. Nosotros debemos, sin embargo, protestar de esas denominaciones y aserciones que hacen suponer la existencia y realidad de lo ininteligible. Nosotros nos lo explicamos todo, aseguraba hace poco Xavier Abril, nosotros tenemos la certeza que expresaba hace medio siglo Isidore Ducasse, conde de Lautréamont: «Il n’y a rien d’incomprehensible».

 

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Nos ofrece Xavier Abril un ejemplo ―que la radiografía de su esqueleto también atestigua: esqueleto «style XX, siecle»― de la poesía de este siglo con la suya de sigilo y presentimiento, de esa poesía que no quiere significar nada, se podría decir, si, en verdad, no significara todo, o al menos nuestro época ―¡todo!― al combatirla y al completarla en lo que no es y debe ser, al crear, como Bernard Fay piensa, nuestra época. Aseveración que podemos oponer a Mr. Aldous Huxley, cuando, pretendiendo determinar los límites de la poesía encuentra que la actual no es verdaderamente nueva pues para ser tal, opina él, debieran los nuevos descubrimientos de la ciencia y la filosofía ser sus objetos de emoción poética. Las esencias, olvida así Aldous Huxley, poéticas, a las que antes nos hemos referido y que son completamente a lo menesteres científicos y filosóficos ajenas y, por tanto, imposible que puedan trocarse en su contrario éstos, en lo que les es opuesto, como no pueden las nubes guarecerse en el interior de las casas ni la mano tocar el vacío, en experiencia poética, y vivir en el poema, ser temas del poema. «Hablar hoy día de poesía filosófica, escribe Paul Valéry, es confundir ingenuamente condiciones y aplicaciones del espíritu, incompatibles entre ellas». A la poesía de ideas, falsa poesía, absurda, de metafísicos, teólogos y escolásticos, a la poesía didáctica al igual que a la de los sonidos, la poesía-música o simbolismo, la que nombra Ezra Pound: «melopeya», «y a la popular y a la académica», a sucedido una vital, dinámica, del movimiento del ser, cinemática. El mundo de la imagen es venido a nos con su séquito de proporciones y desproporciones, sucesión, desquiciamiento, desvanecimiento, desdoblamiento, disminución y ampliación, monstruosa multiplicación, lo informe, el microscopio, la lente, los olvidos, la inconsciencia, el mito, con «mitos y más mitos», como Eugene Jolas. La calidad de no esfuerzo aparente, pero, en realidad, de dura labor comparable a la que determina la cristalización o la sufrida eclosión del vegetal, de hallar y expresarse en la más profunda naturalidad, en lo que es origen y no establecida formalidad de belleza. Debe la poesía contemporánea la imagen y su absurdo. Porque es ella la síntesis y la nueva creación, adánica calificación, las cosas según un fresco nombre y no con el usado y sucio rótulo que el diccionario adjudica. Solo el violento salvaje que es Xavier Abril, el sin miedo explorador de subsuelos y subcielos era capaz de esta definición: «geranio o pequeño crimen del perfume». Y es de preguntarse en qué obscuridad y lejanía adquirió su voz tal timbre condicionado de primitiva emoción y admirable ternura, por qué locura y qué pureza su sensibilidad se afinó e hizo tan lúcida hasta conseguir sentir esa «flor muerta debajo de mi sueño» o «las raíces del cielo se han profundizado en mi pecho».

 

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(Es de notar la similitud correspondiente a las intenciones parejas de la imagen en la poesía y el cinema, o mejor dicho, de sus consecuencias. Pues en ambos es el principio copulativo el substancial: el choque de realidades ajenas que sucede en la frase, transcurrir literario; en el montaje, transcurrir cinematográfico. Se sujetan, así, poesía y cinema, a la realidad de la interpretación dialéctica del arte, y, en consecuencia: «al principio dialéctico del movimiento» ―son estas palabras de S.M. Eisenstein―, que se encarna en el conflicto, como en el «principio elemental y esencial de toda obra de arte y de todas las formas de arte». En el cinema esta colisión es de las direcciones gráficas, escala, espacio, masas, profundidades, etc., en la poesía es originada por el accidente gramatical, por la catástrofe gramatical que realizan la contradicción real o aparente, la negación de propiedades físicas elementales, lo concreto en lugar de lo abstracto, lo general en lugar de lo particular y viceversa, la disyunción, etc., es decir, lo que llama Louis Aragon: «formas de aprehensiones de la idea puramente sintáxicas, por inventar cada vez» (sic) [sic]. Esta última cualidad de impremeditación es importantísima: es la que asegura espontaneidad, verdad poética, ardiente y profunda y clara verdad, precisión de íntima realidad, de introvertible realidad, de la que hace exclamar a Xavier Abril: «en el agua y en el fuego veo el origen de mi canto». De este modo nos asegura contra todo huero gramaticalismo de poesía intelectualista, contra toda poesía definible como vasto «calembour», que quiere Jean Cocteau. Por la perspicacia y aguda olfato de su proyectante nariz, ha logrado Jean Cocteau percibir la más digna y valedera poesía, el más valioso e imperecedero arte, exigían al poeta, al artista, sentirse, estar, en peligro de muerte de un extremo a otro del recorrido de su experiencia estética. Y de ello ha sabido aprovecharse para simular el peligro: peligro circense, siempre de prestidigitador, de acróbata con red contra el improbable vértigo. En su literatura todo se convierte en truco, es truco, hasta «Orfeo» no certifica sino del truco de la muerte, de otro «secreto profesional». Al arabesco, preciosismo, falsedad, ridícula perversión, burgués e inútil estetismo, tecnicismo de la literatura coctoniana, es bueno oponer, por ejemplo, la pujante voz desgarrada y sexual de terribles tensiones, onda, dolorosa de Rafael Alberti, o la insistente, amanecida, reveladora, atormentada de Xavier Abril.)

 

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Llegado en la época en que sentimos los primeros vagidos del admirable infante, divino infante: el cinema, del que nos ha dado el excepcional regalo de un sentido más para lo patético del misterio y por el que poseemos un ojo arbitrario aunque «más maravilloso». Dice Blaise Cendrars, «que el ojo a facetas de la mosca», que nos permita inéditas realidades y una reformada física, era natural que Xavier Abril sintiera por él algo más que simple entusiasmo divertido y supiera compenetrarse del amplio contenido humano y genial que encierra. Que es lo que con claro instinto y adivinación del nuevo ritmo cardiaco que significa, en su «Radiografía de Chaplin» nos enseña, conforme a exigencias de novísima mitología. Radiografía y análisis de Charles Chaplin en medida exacta de puras reacciones químicas, fisiológicas y anímicas de más recóndita humanidad es la que realiza. Y ellas han revelado a Xavier Abril el secreto del incomparable trágico: estaba en sus huesos, en lo oscuro de su osamenta, en las córneas, en lo espectacular y tierno de las pupilas que un cosmos crean y crían, en su derrotado chaqué de lacerante y lacerado romanticismo, en lo íntimo humano de cada gesto según el corazón o el ánima imponen. Sólo él o casi él solo (también recordamos ahora a Louise Fazenda y la terrible insistencia con que nos hacía pensar en la defecación de una paloma en el aire) a salvado lo arbitrario, lírico, puro, grotesco, primitivo del cinema para el duro vegetar del hombre en este siglo, es decir: la despreocupación, y alegría de la especie joven en legendarios días de peregrinaje, heroicidad y comunidad con la naturaleza. El sentido del humor, gracias a él subsiste y se ha difundido por las más apartadas regiones del globo; gracias a él se asegura por dar él fe, la posibilidad de una auténtica alma ecuménica, emocionable por igual ante la nueva pantomima: el hombre de los cinco continentes frente a las trémulas pestañas de Charles Chaplin, se sabe en pureza y libertad. Y también nada como el cinema, depurada realidad, menos realidad y más realidad (que podemos demostrar como consecuencia de su producción económica y científica, de laboratorio, actitud similar a la del Hebdomeros de Giorgio de Chirico, que llegó a «prendre des allures de chirurgien de haute école»: arte con ascepcia de guantes cirujanos y erinas), para hacer vibrar más las emotivas cuerdas, la más fina sensibilidad, la del poeta, la de Xavier Abril. ¿El cinema o nuestra felicidad? No creemos, sin embargo, necesario hablar en este momento de su grandeza a decadencia (¿decadencia?, indudablemente del cine hecho en Hollywood de Los Ángeles o de él imitado; pero los cineastas rusos elaboran la nueva epopeya al dar vida artística a su credo que es el nuestro), del provenir subsiguiente a su actual crisis; todos sabemos que como expresa Benjamin Fondane, «une gran partie du poéme est sur  le seuil du suicide». De la otra parte estamos seguros, en cambio, de que hoy como nunca está más pletórica de vida y realización: las palabras han llegado a repetir el bordonear irreprochable de unas alas batidas de ángel, a imitar el sorprendido y temeroso salto de un canguro sobre el improvisado obstáculo de tres hongos gemelos y nostálgicos, a trasparentar el silencio en sus variadas posturas e increíbles groserías de un niño mimado al que atraen los objetos desechados, los miasmas pútridos, a realizar nuestros más fervientes deseos: «entendre parler un langage de catapulté, á ecrouler les plafonds, á décorner les boeufs». En el Apocalipsis estaba la imposición del tono poético que había de predominar. Louis Aragon hace referencia en su Traite du style, al ímpetu dispar que jadea en el inorgánico abismo, en lo profundo de la nada poética: la poesía necesita cosmos que devorar, dioses que destruir, lo diluvianos animales que ocupen un lugar en su vientre, el infinito desierto para convertir en mar con el desborde de sus cotidianas y pequeñas necesidades: «la poesie est par essense orageuse, et chaque image doit produire un cataclysme. It faut que ca brúle!».

 

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Cuando el tenso grito y temblor de poesía se desvanece en otra atmósfera, es posible obtener un dato: la literatura de Xavier Abril, por ejemplo, tiene «color de ausencia», sus poemas tienen cuatro patas, animalidad y resonar y eco de los cascos de la gacela. Aunque igualmente puede permitirse la «delgadez indecente» y la creación de una dichosa por poética geografía terrestres que cumple en su libro Hollywood. En él nos gusta hallar el manifiesto desenfadado «que dando vueltas por el idioma se desnudó de las palabras hasta quedar a pie sobre las íes». Tal vez no sea necesario añadir que siguiendo el método surrealista, ha sido en gran parte escrito; es decir, siguiendo la línea que va «del sueño a la creación», el más exigente y absorbente método. Pero sí debemos, ya que como toda obra literaria, es nudo dialéctico en su presente de una evolución y un porvenir, darle el rango e importancia que merece y que es su vaticinio de tan esplendorosos frutos: «Taquicardia», «Guía del sueño», «Difícil trabajo» y «Crisis». Y también apagar nuestra voz y elogio, porque bien puede pasarse sin ellos la poesía cuando de verdadera se trata. Y éste es el caso de la poesía de Xavier Abril.

 

 

 

 

 

*(Lima, 1911-2001). Licenciado en Letras a través de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde dictó clases de Historia del Arte Prehispánico. Junto a Xavier Abril y a César Moro, formó el grupo surrealista que, en la década de 1930, renovó la poesía peruana bajo la influencia dominante del movimiento fundado por André Breton. Fundó algunas de las más importantes revistas literarias peruanas: El uso de la palabra (única revista surrealista peruana, 1939), Las Moradas (1947-49) y Amaru (1967-71). Vivió varios años en los Estados Unidos, en donde trabajó como traductor para las Naciones Unidas, siendo nombrado como agregado cultural del Perú en México y en Portugal. Recibió el Premio Nacional de Cultura del Perú (1977), el premio Southern Perú (1997) y el Premio Miguel Hernández (1998). El Estado Peruano le otorgó las Palmas Magisteriales, y la Orden del Sol en 1995.

Publicó en poesía: Las ínsulas extrañas (1933), Abolición de la muerte (1935), Otra imagen deleznable (1980), Máximas y mínimas de sapiencia pedestre (1982), Nueva serie (1984), Belleza de una espada clavada en la lengua (1986), Ha vuelto la diosa Ambarina (1988, homenaje al poeta J.M. Eguren), Cuál es la risa (1989), Bajo las zarpas de la quimera. Poemas 1930-1988 (1991, obra que incluye sus dos primeros libros más Arriba bajo el cielo (1982) y en Falsos rituales y otras patrañas (1999) y los ensayos Poetas en la Lima de los años treinta (1974), La poesía, los poemas, los poetas (1995) y Escritos varios sobre arte y poesía (1996).

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