Por Sebastián Miranda Brenes

Crédito de la foto www.revistapingpong.blogspot.com

 

 

La poesía como posibilidad de ser otro

 

Hace unos días vi en el muro de Facebook de un amigo una frase de Pier Paolo Pasolini, de su libro Las tribulaciones, que decía:

“La poesía no se produce ‘en serie’, no es un producto. Y el lector de poesía puede leer hasta un millón de veces un poema, que jamás lo consumirá. Por el contrario, y por extraño que parezca, acaso a la millonésima vez es posible que parezca más extraño, nuevo, escandaloso que la primera”.

 

Lo primero que recordé al leer esta cita fue una entrevista que le hicieron al poeta español Antonio Gamoneda en el diario El País de España, donde profundiza sobre la utilidad de la poesía, y concluía que la poesía “no sirve para nada en una sociedad como la nuestra”, con lo cual coincido y, además, considero que esta inutilidad la hace valiosa y necesaria en este sistema utilitario en el que vivimos, donde todo se vuelve un objeto de consumo instantáneo y rápidamente desechable. La poesía sigue siendo un símbolo de resistencia, puesto que es memoria.

 

La poeta Anne Sexton

 

La frase de Pasolini me llega justo cuando estoy leyendo la obra del filósofo coreano Byung Chul-Han, en donde hace referencia a que vivimos en una época con excesiva positividad, la sociedad del like, donde no hay oportunidad de detenerse a debatir, a respirar, y mucho menos a cuestionar, pues eso nos hace rendir menos, por lo que estamos condenados a la vita activa, una vida de autoexplotación. Por lo tanto, en esta sociedad global, la poesía se presenta como una negatividad, no como algo malo, sino como un puerto que nos permite atracar en este hiperfluir de la sociedad del cansancio. Un lugar donde detenernos a rescatar, aunque sea por pequeños instantes —eternos— la vita comtemplativa, aquel estilo de vida que le permitía al poeta japonés Basho sentarse por horas a meditar hasta que le llegaba una imagen y escribía:

“Se extingue el día
pero no el canto
de la alondra”

 

El poeta y director de cine Pier Paolo Pasolini

 

Un estilo de vida que nos permite leer miles de veces el haiku anterior e interpretarlo de formas infinitas, evitando que el poema se convierta en un objeto que se consume, se agote o se deseche, como bien Pasolini señala.

Pero esta posibilidad de volver a la contemplación que la poesía nos ofrece, está marcada por otra particularidad: “el poema es un acontecimiento dialógico” nos señala Chul-Han en su libro La expulsión de lo distinto, por lo tanto, el poema se transforma en un sitio de encuentro, donde la individualidad se disuelve y nos coloca frente a otros ojos, a los que vemos directo y dialogamos. O sea, la poesía nos da la posibilidad de abandonar el yo y ser Otro.

En una sociedad alienada a lo individual, en la que “el otro [siempre] falta, y en consecuencia estamos desconectados”, como dice el sociólogo Richard Sennett en su libro La corrosión del carácter, la poesía siempre será un punto de conexión en donde el lector puede explorar en el interior de quien escribe el poema, puede permear a un mundo ajeno en donde el dolor, la alegría, la tristeza, la rabia o el amor de Otro se vuelve suyo.

Por lo tanto, cada vez que leemos Espergesía de César Vallejo, somos nosotros quienes nacemos el día en que Dios estuvo enfermo. O cuando leemos Dijo la poeta al analista de Anne Sexton, somos quienes estamos encerrados diciendo: “Mi oficio son las palabras…”, junto a Leopoldo María Panero en el Manicomio de Mondragón.

Así la poesía nos conduce a ser quienes nos cubrimos la cara con las manos mientras lloramos durante el Desayuno de Jacques Prévert, o quien escribe la carta al viejo José “Chuchu” Martínez sentados ficticiamente en París durante un verano de 1953, o quien echa los escombros a la cuneta después de la guerra que vivió Wislawa Szymborska, o quienes caminamos de la mano con Virgilio por los círculos del infierno y luego nos quedamos ahí una temporada. Así, a través del verso, dejamos de ser nosotros y mudamos en Otro, reconectándonos de infinitas formas con el mundo.

Ahora, quienes estamos al otro lado, quienes escribimos poesía, también tenemos la misma posibilidad de suprimir el Yo y hablar desde el Otro, encarnándolo, haciendo que posea nuestras manos y nos lleve a ampliar nuestro proceso creativo. O sea, podemos hablar en nombre del Otro, en nombre de una causa ajena, de lo totalmente distinto, como también expone Byung Chul-Han en su libro La expulsión de lo distinto.

 

La poeta peruana Cecilia Podestá

 

Aquí, me gustaría ejemplificar lo anterior destacando cuatro libros de poetas latinoamericanos que han logrado hablar desde el Otro de manera excepcional.

El primero, es La primera anunciación de Cecilia Podestá de Perú, donde esta poeta nos hace vivir una parte de la historia desde un Otro poco relevante en nuestra cultura, así leyendo este libro podemos llegar ser un José, saturado de emociones, que le dice a María:

“Yo quiero que ese niño nazca muerto, María,/ poco me importa ser el padre de un salvador/ o el santo que acompañe tu vientre/ tocado por las manos ásperas/ de un dios egoísta”.

 

¿A dónde podemos encontrar a la poeta en estos versos? No está, simplemente Cecilia es suprimida por ella misma, y se vuelve ese Otro, ese José que parece exclamar al suelo desesperado.  En este link se puede encontrar el libro que menciono: https://circulodepoesia.com/wp-content/uploads/2013/11/ANUNCATION.pdf

 

Otro de los libros a destacar es El fin del océano de Jhavier Romero de Panamá, que forma parte de una antología personal llamada La sensación de la lluvia en los zapatos, publicada en la editorial Poemanía de Argentina. En este caso, el autor se internó en una comunidad de pescadores y convivió con ellos por más de un mes, yendo a pescar a diferentes horas, hablando con ellos día a día, hasta que todo se decanta en esta obra, donde Jhavier no existe, son otras voces que hablan a través de él, y le permite evidenciar una cotidianidad, por lo general olvidada, diciéndonos:

“El mar era nuestro único jefe. /Si la marea vaciaba recogíamos ostiones./ Si el aguaje era fuerte nos quedábamos en casa./ Si la marea era buena subíamos al bote./ Nos alcanzaba el día para estar vivos. Comíamos salema y camarones/ con la mujer y el hijo sentados a la mesa,/ echábamos cuentos por la noche/ y nos acostábamos temprano para contemplar/ el incendio de agua que era la mar por la mañana”.

 

 

Más al norte nos encontramos con dos libros de poetas mexicanos que dejan huella en este aspecto. Uno de ellos es El libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo (editorial Fondo de Cultura Económica), un poeta de Chiapas, que prácticamente nos narra, con sus voces, todo lo que experimentan los migrantes en su recorrido hasta Estados Unidos de América. Nos hace ser quienes se montan a La Bestia para cruzar las fronteras, quienes se esconden entre matorrales, o quienes son atrapados por los Zetas: “cazadas y perseguidas como animales”. En este libro pasamos por Coatzacoalcos de Veracruz, por Nuevo Ladero de Tamaulipas o por Tultitlán; cruzamos México con Balam ausente, pero en compañía de los miles que emigran a diario, siendo uno más que deja la vida persiguiendo el gastado sueño americano.

Por último, un poeta que ha trabajo de manera brillante desde la otredad, es René Morales también de Chiapas, que ha escrito varios libros tocando el tema de la emigración, como es el caso de Línea Blanca o Carne, pero en relación a ser Otro, destaco de este autor el libro Texas I love you (Anónima Editores, México). Para construir este libro René descargó los archivos de los sentenciados a la pena de muerte en una cárcel de Texas, escogiendo aquellos casos de latinos, registrando lo móviles del por qué fueron enjuiciados y sus últimas palabras antes de recibir la inyección letal. En un libro que hay que leer en dosis, Morales nos coloca ante la aguja y nos hace ser Jesse de la Rosa, quien asesinó de dos disparos en la cabeza a un capitán de la Fuerza Aérea, o David Martínez diciendo: “…, hoy es un buen día para morir”, como su última declaración, o David Cruz exclamando: “Quiero decirle sólo una cosa:/ <<yo también soy una víctima/ igual que usted>>/ pero, vamos, no se asuste/ ahora se lo dice un fantasma…”.

Sin duda, habrá muchos otros libros de otros autores que han utilizado como recurso dar voz a otros, suprimiendo su yo, para reencarnar la realidad de otras personas. Recurrir a esta alteridad se vuelve una posibilidad necesaria en el contexto social que en que nos desarrollamos, pues como Octavio Paz decía: “la otredad es asombro, y el Otro, en una sociedad como la nuestra, nos causa horror, pues nos parece extraño y ajeno”. Pero considero, que el mayor miedo que nos provoca el Otro, es que nos confronta con nosotros mismos, nos obliga a detenernos para reconocernos y a reflexionar sobre quienes somos. Eso es la mayor consecuencia de la poesía: un encontrarnos, un conectarnos con el resto, un suprimir el ego, para recordarnos, desde aquello no consumible, que convivimos.

 

 

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