El presente artículo ha sido tomado por Vallejo & Co., de la nota publicada por su autor originalmente en el diario La República, el 15 de junio de 2014, al cumplirse la primera década del fallecimiento del notable poeta, editor y promotor cultural, director de la prestigiosa y célebre La Rama Florida. Sirva esta nota recuperada como un homenaje al poeta.

 

Por: Alonso Cueto

Crédito de la foto: Caretas

 

 

 La modesta pasión de Javier Sologuren

 

 

Los diez años de la muerte de Javier Sologuren (21 de mayo del 2004) han pasado desapercibidos entre nosotros, lo que tal vez no le hubiera extrañado. La modestia era en él un modo de vivir, un requisito frente a las veneraciones a la poesía. Uno de los pocos en recordarlo, Vicente de Szyszlo, ha publicado en las redes sociales, algunas imágenes suyas en su casa en Chosica, frente a la prensa artesanal de las ediciones La Rama Florida. Sologuren nació en Lima en 1921. Cuando era alumno en el Colegio Maristas de Barranco, su tía Hortensia Sologuren Peña, prima de Enrique Peña Barrenechea, fue su primera influencia en sus lecturas de poesía. Después de ingresar a la Universidad de San Marcos, consigue un puesto en el Ministerio de Hacienda (el MEF de la época).

Su trabajo consiste en aplicar el impuesto a los bienes inmuebles y tiene para ello a un compañero de oficina ideal: Jorge Eduardo Eielson. Gracias a Eielson, Sologuren conoce a Fernando de Szyszlo, a Blanca Varela, a José María Arguedas, en la Peña Pancho Fierro. De Szyszlo, gran conocedor de la poesía, iba a ilustrar muchas de sus portadas. En 1948 publica Detenimientos, que muestra ya una voz propia. Poco después, Sologuren parte a estudiar al Colegio de México y luego iba a hacer un lectorado en la Universidad de Lund, Suecia. Allí conoce a Kerstin, con quien tiene tres hijos.

 

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De regreso en Lima, en su casa de Chosica, va a desarrollar su imprenta y editorial de “La Rama Florida”, y a fundar, con Armando Rojas y Ricardo Silva Santisteban, la revista Creación y Crítica. Iba a publicar varios volúmenes de poesía hasta llegar al que compendia su obra, Vida Continua. Tradujo muchas obras, entre ellas El cementerio Marino de Valery. Cualquier lector de Sologuren puede recordar algunos de sus versos: “Árbol que eres un penoso relámpago”, “Con una larga garra de tristeza busco / la pálida altura de una planta femenina”, “El tiempo teje una vez más la tela del engaño”.

La gracia y la delicadeza de sus frases eran el filtro de su registro del mundo. Su universo de esencias y frases cortas se acercó con frecuencia al de la poesía japonesa, de la que era lector devoto. Como para variar esa imagen, era un conversador locuaz y muchas veces torrencial, capaz de quedarse con amigos hablando hasta tarde en algún local nocturno. Era también un conocedor de la ciudad, cuyos microbuses y otros espacios notables conocía a la perfección. Luego de su separación y de la partida de sus hijos, cuando trabajaba en la Universidad Agraria, encontró la compañía de la maravillosa Ilia Bolaños, hasta la muerte de ambos.

 

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La vida de Sologuren siempre giró alrededor del culto de la poesía. Era un convencido de que leer un gran poema es la experiencia más rica de todas. En La Rama Florida publicaron muchos de los escritores de entonces, entre ellos Antonio Cisneros, Arturo Corcuera, Luis Hernández, Carlos Germán Belli y Abelardo Sánchez León. En su texto “Poesía” escribió: “Pero qué cerca estás de mi sangre/ y solo creo en el dolor de haberte visto.” Quiso y logró que la poesía tuviera un lugar entre los peruanos. Pero él tiene su lugar entre nosotros.

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