Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Roberto Goijman /

(der.) Griselda García Ed.

 

 

La fugacidad de la belleza.

Entrevista a Geraldine Mac Burney Jones

 

 

Con Garmon o esa vieja música de nieve (Griselda García Ed., 2019), la poeta Geraldine Mac Burney Jones* se compromete con la sensibilidad popular de una serie de canciones notables, para así transmitir un aire de fresca intensidad, a través de versos llanos y emotivos. Un rico ejercicio de intertextualidad poética. Leer este poemario produce una sensación inusual en estos días implacables: la inmediata felicidad que dan el goce verbal, la inteligencia y el encanto.

 

 

Entrevista

 

 

Augusto Munaro [AM]: Según tu criterio, ¿se puede hablar de poesía con convicción?, ¿hay certezas en la poesía?, ¿por qué?

Geraldine Mac Burney Jones [GMBJ]: Creo que hay una certeza: los poetas caminamos en búsqueda de un arquetipo. Y como alguna vez dijo Cortázar en una entrevista, todo lo que escribimos en el trayecto nos acerca más —a veces menos— a ese ideal. Se puede hablar con convicción cuando estamos, o no, ante la presencia de un poema y con la certeza de que todo lo que se escribe es perfectible.

 

 

[AM]: La estructura del libro es curiosa, o por lo menos atípica. Si nos guiamos por tus gustos musicales reflejados en Garmon o esa vieja música de nieve, son eclécticos, muy interesantes. Los mismos entretejen en cada poema de un modo peculiar. ¿Cómo fuiste pensando y trabajando el libro?

[GMBJ]: Sí, soy ecléctica en muchos aspectos y este libro lo refleja. En lo que respecta a la música recuerdo que mi mamá escuchaba de diversos géneros y procedencias. Pero cuando iba a casa de mis abuelos predominaba el tango. Recuerdo ver en la televisión los Grandes Valores del Tango, programa argentino con figuras emblemáticas.

Por otra parte, mi padrastro galés me introdujo al mundo de The Cure, Pink Floyd, Van Morrison, Meic Stevens, Lorena Mc Kennit, Tori Amos, entre otros y blues y bandas galesas. De ahí mi eclecticismo.

La música para mi es fundamental. Vital. Es un estado de ánimo. Y lo mismo sucede con la poesía. Garmon o esa vieja música de nieve fue escrito desde los escombros. Es un libro con fragmentos rescatados de mis otros proyectos cuidadosamente hilvanados y desarrollados. Al principio era una especie de “cajón de sastre”. Así lo bauticé cuando me contacté con la editora. Luego vino un momento de maceración, necesario para evitar lo que llamo el complejo Pigmalión, y después le di forma. Pero originariamente fue escrito desde los márgenes. Y la música siempre estuvo presente. Por eso me pareció necesario enhebrar esa dimensión y jugar con la intertextualidad rítmica y poética de los textos y las melodías, elementos con los que se puede crear un paisaje muy particular.

 

 

[AM]: Por cierto, y con respecto al procedimiento de escritura, ¿cada libro exige un modo diferente de escritura?, ¿en qué varió este libro en relación a tu Vestal de luna (2012) y Canción para un alma en vilo (2018)?

[GMBJ]: Cada alumbramiento es distinto. Por varios motivos. Garmon o esa vieja música de nieve fue plenamente concebido en el extranjero, a diferencia de mis dos libros anteriores. Está integrado por poemas y prosa poética en una tarea de recolección o proceso de rescate. Narra un viaje imaginario desde Capel Garmon, un pueblo en el norte de Gales, a mi lugar de origen. Vestal de luna no goza de una unidad o de un hilo temático. Fue mi primer libro y me permitió conocer a otros poetas, entablar diálogos y recibir críticas que tuve en cuenta en el armado de mi segundo y tercer libro. Fue un libro necesario en lo personal. En cambio, en Canción… hay una unidad temática y un paisaje de desolación, como en Garmon... Aquel es un libro compuesto de dos poemarios. En el primero, Novilunio, el punto de referencia es el mito de Palinuro en una travesía hacia el desamparo. La desnudez del sujeto a la intemperie. Desgarro y pulsión de vida se conjugan para hacerse palabra hasta comprender la proximidad del abismo. En el segundo poemario, homónimo del título del libro, parto del mito hebreo de Lilith. Aquí el viaje es por tierra: de un paisaje urbano al desierto, ya sea patagónico o simbólico.

 

Presentación de «Garmon o esa vieja música de nieve» (2019) con (de izq. a der.) Laureano Huayquilaf, Geraldine Mac Burney Jones y Sergio Pravaz. Chubut, 2019.

 

[AM]: ¿Qué significa Gaiman para vos y de qué modo asoma (o no) en estos poemas?

[GMBJ]: De pequeña viví en un departamento en Trelew, una ciudad cercana a Gaiman, y casi todos los fines de semana mis abuelos maternos me llevaban al pueblo con ellos. Ese era mi momento de libertad: jugar con el barro, hacer tortas de tierra y hojas, ayudar a cosechar damascos para hacer dulce, andar en bici, escaparme a la loma a hacer casitas en las rocas. Caminar por la noche con mis abuelos, escuchar los grillos. Sentir el ritmo de las cosas. Mi abuelo era panadero y es el día de hoy que siento el aroma del pan horneado y me emociono. Porque es parte de este paraíso perdido.

Entonces para mí Gaiman es hogar, mi núcleo donde el sentido de pertenencia cobra vida. Escribir sobre mi pueblo es volver a la naturaleza y a un tiempo mítico perdido, como es la infancia. Allí me siento parte del paisaje. Uno está en constante búsqueda, constante cambio. Eso genera vértigo y la consecuente necesidad de volver a los orígenes. A un refugio. Al menos a mí me sucede eso. Quizás porque estoy enraizada de nostalgias y creo que uno tiende a regresar al “nido”, al útero. Rilke dijo que la única patria verdadera es la infancia.

Hubo un pueblo que existió en mi niñez que fue otro Gaiman. Porque ya no es el mismo. Mis abuelos no están —como tantos otros personajes—, las costumbres del lugar cambiaron y también su morfología. En fin, la vida misma. Y escribir es una forma de regreso a ese lugar y a esa etapa de mi vida. Garmon o esa vieja música de nieve es una hoja de ruta de Gales, lugar donde resido, a mi hogar y a un momento particular del pasado, puro y fugaz como la nieve.

 

 

[AM]: Me gustaría te refieras a “Julia´s dream”, es un poema notable. ¿Cuál es su historia?

[GMBJ]: “Julia’s Dream” nació en una casa cueva en Chinamada, un pueblito muy pintoresco al norte de Tenerife, con muy poquitas casas, enclavado en las montañas, lejos del turismo masivo. Estaba rodeada de lagartos, cactus, un cielo azul fosforescente y noches estrelladas. Disfrutaba caminar sin destino cierto y quedarme hasta tarde escuchando el silencio, leyendo a Pizarnik. También tomando vino y escribiendo. Elegí ese lugar porque necesitaba sentir algo cercano a casa. Había cierta similitud con la vegetación y con el paisaje de la meseta patagónica. Podía ver el horizonte, los perros libres por las calles de tierra, el cielo de un azul intenso, hablar mi lengua madre. En fin, esas pequeñas cosas que no encuentro en Gales y que extraño. Así nació este poema. Luego vino la música. O antes. No lo sé. Porque esa canción de Pink Floyd es una de mis favoritas y hay cosas que quedan flotando en el inconsciente y que te van moldeando.

 

 

[AM]: Leo los siguientes versos: “Yo presiento mi desnudez en cada temblor./ Cada palabra, su vértigo”. ¿La poesía es un despertar hacia otro grado de lucidez?, ¿por qué?

[GMBJ]: La vigilia cansa y acudo a una fuga ritual que es el sueño. Creo que la poesía es beber agua de esas dos orillas. También implica un despertar hacia la marginalidad, romper con lo convencional llevando el heraldo de la rebeldía. Y el camino es la inspiración que implica ver algo como nunca se vio antes. Sendero que nos puede llevar a la lucidez o a la locura —que a veces también es una forma de lucidez—.

 

 

[AM]: Mirando hacia atrás en el tiempo y haciendo un balance: ¿podés reconocer algunos autores que gravitaron en tu formación poética?

[GMBJ]: Sí, autores y libros no exclusivamente de poesía. Baudelaire, Rimbaud, R. S Thomas, Apollinaire, Octavio Paz, Watanabe, Marosa di Giorgio, Olga Orozco, Horacio Castillo, Alejandra Pizarnik, Carlos Bustriazo Ortiz, Luis Ressia, Eugenio Mandrini, Fayad Jamís, Antonio Gamoneda, Yves Bonnefoy, Jorge Teillier, Federico García Lorca. Joseph Campbell, Henry Miller, Borges, Enrique Anderson Imbert, Cyril Connelly, Italo Calvino…entre tantos otros. Y en cuanto a temáticas, particularmente me atrae todo lo relacionado al mundo esotérico, las hadas y los fantasmas.

 

 

[AM]: ¿Se le puede asignar alguna función a la poesía?

[GMBJ]: Se le pueden asignar múltiples funciones. Lúdica como fe creadora; numinosa en el concepto de Rudolf Otto; hierofante; de resistencia ante la realidad que suele ser abrumadora. También creo que tiene una función de abolición de las leyes de la Lógica. Y la que más me gusta: la de transmutación y transmigración que es justamente la posibilidad que nos da la escritura de quebrar o unir al azar las coordenadas de tiempo y lugar.

 

 

[AM]: Hay un poema que lo transcribo en su totalidad (Chairs in the dark (White fence): “I. El frío. Cómo las palabras./Ese lado/ por donde la hendidura.//II. La oscuridad: lluvia obsidiana del invierno. La tuya es una poesía muy contemplativa. ¿Qué operación estética marca el ritmo, el pulso de tu ars poética?

[GMBJ]: Obedece a una estética musical. Primero viene el movimiento que se puede traducir como la acumulación de vivencias, lecturas, el andar mismo; luego la pausa, inspiración e intuición en forma de imagen, silencio; y el movimiento final: la palabra y el ritmo interno.

 

 

[AM]: ¿De dónde salen los ingredientes de un poema?

[GMBJ]: Hay diversos elementos. Como dice Armando Roa Vial: “La poesía es un diálogo inmemorial sin tiempos ni espacios, aunque el poeta busque articular ese diálogo desde un espacio y un tiempo determinados.”

 

 

[AM]: ¿Qué diferencias esenciales encontrás entre escribir, publicar y leer en público?

[GMBJ]: Escribir es una búsqueda solitaria y una regresión a la niñez. En lo personal, por completo necesaria. Es uno de los pocos momentos en que pierdo la noción de toda dimensión. Por otra parte, publicar puede ser innecesario. El hecho de escribir no implica que necesariamente tenga que plasmar palabras en un libro, y hoy en día hay diferentes canales de difusión. Una vez que la obra circula y el telón se abre, se inaugura otra etapa del juego: la lectura, el intercambio. El compartir, el escuchar. Imprescindibles.

Creo que publicar es como un segundo alumbramiento. Y depende quien sea el editor/a puede ser una experiencia enriquecedora o traumática. Además, si es un proceso largo hay que saber calibrar la ansiedad. Con Garmon o esa vieja música de nieve tuve una experiencia maravillosa. Navegué tranquila en todos sus trayectos.

En cuanto a leer en público es un arte aparte y de un placer incomparable. Es otro modo de crear un vínculo por la misma inmediatez con el auditorio. Y es la forma más directa de llegar al otro.

 

 

[AM]: El poeta norteamericano Wallace Stevens cierta vez dijo: “Lo real es sólo la base, pero es la base”; adherís a su idea a la hora de escribir poesía?, ¿por qué?

[GMBJ]: Como realidad entiendo tanto la vigilia como el mundo onírico. Las vivencias, lecturas y la contemplación de ambos mundos es imprescindible al momento de escribir poesía. Y hay otro factor fundamental: la intuición. Ese es el inicio.

 

 

[AM]: Cierta vez Susana Villalba dijo que la poesía era “afilar el lenguaje”, ¿contás con una definición personal?

[GMBJ]: Es muy bonita definición. En lo personal, no tengo una. Ante esta pregunta me sucede algo que afirmé en uno de mis poemas: a veces definir es un hilo débil en una terca aguja. Cuando pienso en poesía me gusta recurrir a las palabras de Octavio Paz: “la poesía es tiempo arquetípico”. Pero definir es delimitar, alambrar, incluir para excluir. Y la poesía todo lo comprende.

 

 

[AM]: Geraldine, ¿se asume el oficio de poeta?, ¿por qué?

[GMBJ]: Es algo que nunca pude contestar. No sé por qué. Tendría que analizarlo. Ahora recuerdo a mi profesor de Filosofía, el doctor Raisz, que luego de confiarle algunos de mis poemas me preguntó, muy seriamente, si yo no me daba cuenta que tenía un compromiso social que asumir. Fue una interrogante que resonó en mí durante años. Hace poco decidí dar un timonazo en este aspecto: Abocarme a la poesía casi en su totalidad. Pero cuando me llaman poeta me da escalofríos. Sí me siento parte de una especie o familia dispersa, por llamarlo de algún modo.

 

 

[AM]: ¿Pensás que cada poética enseña un modo de leer?, ¿por qué?

[GMBJ]: Cada poética es propia de una mirada distinta. Si tiene la potencia suficiente como para conmover al lector puede hermanar miradas, transportar a un tiempo y espacio determinados, enseñar otras formas de percibir la realidad circundante. En ese sentido, leer es como experimentar una metempsicosis transitoria en el cuerpo del otro, de quien escribe. Y creo que es una fuente muy valiosa de aprendizaje.

 

La poeta Geraldine Mac Burney Jones.
Crédito de la foto: Roberto Goijman.

 

[AM]: ¿Qué significa el invierno en tu poética?, ¿cuál es su relación con el lenguaje?

[GMBJ]: El invierno es un estado de ánimo; también una etapa de un ciclo espiritual, interno, que no necesariamente corresponde a una edad. Es oscuridad reveladora y necesaria. Es el “Black Sun” alquímico, la excursión al inconsciente en una situación límite para salir fortalecido. En mi caso, la soledad que experimento como extranjera. Parafraseando a Carl Jung: “Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, si no haciendo consciente su oscuridad.” Y en ese proceso mi barca es el lenguaje y la poesía.

 

 

[AM]: ¿Pensás la poesía originalmente en inglés y la traducís al castellano al escribirla?

[GMBJ]: El inglés y el castellano son lenguas de la conquista. Ambas fueron impuestas en nuestro continente americano. Una de ellas, el castellano, es mi lengua madre que para mí es maravillosa y es la lengua con la que concibo el Universo y sueño y escribo. Mis ancestros, escoceses y en su mayoría galeses —pueblos celtas— conservaron el idioma al migrar a Sudamérica buscando las libertades que no gozaban en su propia tierra. Y el galés es un modo de resistencia ante la opresión. Abrazo esta lengua porque es parte de mi identidad, un sello indeleble que me imprime la memoria. Y porque siento un deber. Y mi libro Garmon o esa vieja música de nieve es parte de esta ética.

Es importante que las personas sepan diferenciar lo que es el galés del inglés, dos idiomas y culturas diferentes entre sí. Difundir sus paisajes, su música. Es por ello que celebro las culturas de los pueblos originarios, pueblos que luchan por ser visibles, por no ser silenciados, por sus derechos y por diferenciarse de sus conquistadores.

 

 

[AM]: Vivís en Gales… ¿se extraña Gaiman?, ¿se extraña la lengua de los paisajes de la infancia?

[GMBJ]: Hay una palabra en galés que no tiene su equivalente en castellano. Y es “hiraeth”. Es algo así como nostalgia por un tiempo y espacio que ya no existen más que en el recuerdo. Es un deseo agridulce. Es lo que me sucede con Gaiman. Vuelvo al pueblo y nada es lo mismo. Extraño un lugar que ahora sólo existe en mi memoria. Y cuando vuelvo disfruto de sus ecos y también de sus nuevas formas.

 

 

[AM]: Por último. Cuatro palabras que ayuden a definir a Geraldine Mac Burney Jones.

[GMBJ]: Infancia, poesía, compasión, onírica…

 

 

 

 

 

*(Chubut-Argentina, 1984). Poeta. Reside en Gales. Estudió Medios de Comunicación en la Universidad de Bangor y es abogada por la Universidad Católica de Córdoba (Argentina). Obtuvo la Corona de Eisteddfod del Chubut, Plaqueta del Senado de la Nación (2009) y la Corona del Eisteddfod de Trevelin (2014). Ha publicado en poesía Vestal de luna (2012), Canción para un alma en vilo (2018) y Garmon o esa vieja música de nieve (2019).

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