Por Isabella Leardini*

Crédito de la foto Valentina Solfrini /

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La formación de la escritora

 

La niña que no sabía hacer las letras derechas, al final ha escrito una rima sobre su banderita para la fiesta de su escuela… Y todos se sorprendieron. Mientras los otros aprendían a leer cada día una página nueva, leyendo siempre la misma, ella la aprendía de memoria, la repetía jugando sola, alguna vez también solo en su cabeza y, si quería, en aquella música reproducible podía introducir otras palabras.

Escribir era un acto antinatural, una mecánica fatigosa y forzada… La ocupación odiosa de mis mañanas. En primer grado, sobre un banco verde agua, incapaz de hacer lo que todos hacen, mi mano no seguía la trayectoria. Las palabras se me rompían, no querían saber de convertirse en convención, y las letras impresas se mantuvieron como un garabato negro vacío.

La formación está en el tomar forma, en el cortocircuito entre eso que es innato y eso que rechazamos. Cada talento verdadero tal vez debe pasar por una traición, cuando aquello que creías era tu más grande aliado de improviso te da un giro radical. Sólo los amores difíciles tienen una forma compleja, y se sabe, las formas complejas son las mejores, las únicas capaces de parecer simples.

¿No es maravilloso pensar que en eso que resiste anida el destino?

Tal vez no era la dislexia, sino la paradoja de ciertos hijos únicos… Los niños que no pasan mucho tiempo con otros niños, terminan por hacer como los perros que olvidan el ser perros… escuchan los discursos de los adultos con la velocidad de los depredadores quieren una atención al igual solo de los adultos, y tienen miedo de los otros niños. He sido una de aquellas niñas que se plantan como el centro de la atención. Algunas lo hacen por el hecho de ser bonitas, yo lo hice con las palabras complicadas. Parece que los niños disléxicos tienen un particular don del oído, aquel sentido con que se fijan las palabras en la memoria. He aceptado la escritura cuando dejó de ser código y se convirtió en partitura.

Los números quedaron como una lengua extranjera, un dibujo que no sabría reproducirlo en el mismo modo en que mi cuerpo es incapaz de hacer un mate en el voleibol, pero la música interior del lenguaje la sentí con un instinto seguro. En realidad, el diagnóstico no ocurrió nunca, el pediatra dijo que era demasiado vivaz, mis padres sostenían que solo era perezosa, pero sé que la poesía ha sido mi lengua madre, la primera cosa que logré leer y escribir.

En la lectura, he sido obsesiva desde el principio, cada día en clase abrían aquel libro, también yo, sabiendo bien que no lo abría en la misma página. Odiaba aquellos cuentos banales escritos en minúscula, nos habían dicho tanto el aprender a leer las letras en mayúscula que preferí ir adelante así, no me parecía de subvertir las reglas porque, técnicamente, mientras ellos leían también lo hacía yo. Quería seguir leyendo sólo lo que me gustaba: sobre aquel libro, en mayúscula, estaban escritos los poemas.

Elegí mi poema preferido y cada día yo lo releía, hablaba de una arañita pequeñita que se mete en un agujerito, y que “sin aguja y sin hilo una tela se cosió”… así como lo que estaba haciendo yo. Y aprendí de memoria, porque de vez en cuando también, después de la escuela, quería recordarla, también mientras hacía otra. Aquel verano subí sobre una caja de fruta y, frente a los niños y padres la recité como si siempre lo hubiera hecho, o hubiera hecho para siempre, en el pequeño festival de los niños que yo organicé, a fines de julio, en el corral detrás de la pensión Irene.

Hacer una rima para mí era mucho más fácil que reconocer un doble; todavía tengo menos problemas con la métrica que con la ortografía, sin embargo, la poesía es mi única disciplina, el lugar salvaje por excelencia en el que, no obstante, reina por naturaleza forma y rigor.

Mi primer poema lo escribí para un hombre, y hablaba de una mujer y del vuelo de las aves.

 

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En septiembre nos cambiaron los libros, buscaba un nuevo poema que valiera para toda la segunda escuela primaria, había escogido una y corrí a leérsela a mi papá. Si no me hubiera dicho “¿lo escribiste tú?” tal vez al día siguiente no hubiera escrito esa hilera de cosas sobre mi madre y el pajarito que vuela “en el inmenso inmenso cielo”. Lo que escribí en la escuela primaria ya era mi poesía: una cosa que llega cuando quiere en medio de años de completo silencio.

Mientras tanto, descubría que las antologías escolares de mis padres tenían una apariencia más seria que la mía, allí encontré a un poeta mucho mejor que aquellos que nos hacían estudiar. Estaba obsesionada de nuevo. Me encantaba el ritmo de los primeros cuatro versos, me encantaba el in crescendo teatral, la repetición como una tremenda canción de cuna, me encantaban los caballos que dormían soñando con el blanco de la carretera, y que toda esa ansiedad llegara a aquella increíble pausa del respiro, mi madre se levantó en gran silencio un dedo, dijo un nombre y un nitrito sonó alto. Me negaba a memorizar un poema malo para el examen de quinto, quería ese otro, incluso si no estaba programado. En la poesía para mí las jerarquías cambiaban, encontraba que no había objetividad en la maestra, sabía que me dijo que no podía llevarla y yo misma también acepté otro texto, pero luego me dije que a fin de cuentas estaba aprendiendo de memoria un poema más largo, más difícil y, objetivamente, más hermoso.

Y así aquel día, frente a la comisión… “En la torre el silencio ya era alto”.

Luego, la araña volvió al pozo, la adolescencia ya era bastante dura y la poesía desapareció nuevamente de mi vida hasta los diecisiete años. Un día, buscando una novela en mi biblioteca, cayó junto a mí Las flores del mal y comencé de nuevo. Como todos escribí cuando me enamoré, porque, en el fondo, la poesía tiene la misma dinámica que el amor. Escribir fue, de nuevo, el único idioma en el que no me ocultaba y la poesía se develaba como la única opción posible, de hecho, me elegía representándose como una amante demasiado precoz.

Al principio escribí 50 poemas en un verano, no ha quedado ninguno. Luego fui a la universidad, conocí a verdaderos maestros, abuelos, padres, hermanos mayores y menores. A partir de aquí comienza una historia de suerte o destino, que se puede colocar en las diez líneas de una nota biográfica, pero que se contaría en muchas páginas. Solo digo que soy uno de los pocos amantes obsesivos, incluso en la literatura: los autores que he amado son míos también en la escritura, los otros que los han leído cambian muy poco, los olvidan y los dejan sin escrúpulos. Escribí 50 poemas en 5 años y publiqué mi primer libro, es una especie de poema por fragmentos y habla del amor no revelado y de la adolescencia que termina. Pronto escribí otros 50 poemas, esta vez en 10 años, estoy en mi segundo libro que aún está por salir. Habla de animales que llenan el aire, del amor absoluto que se logra cuando parecía imposible y de la juventud que acaba. Cada vez pienso que será el último poemario que escribo, pero también creo que es la única forma en que se puede escribir poesía: como el único lenguaje posible para decir el conocimiento de un límite, como un trabajo perenne y decisivo al borde de silencio y, al mismo tiempo, como una selva en la que vivimos de acuerdo a las reglas de la disciplina que nos hemos dado por instinto, sin la certeza de que sean justas, sabiendo que la poesía es también un animal que está presente cuando estamos mal y estamos mal cuando no está presente y que en el fondo sigue siendo incontrolable.

 

 

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(nota en su lengua original, italiano)

 

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La formazione della scrittrice

 

La bambina che non sapeva fare le lettere dritte, alla fine ha scritto una rima sulla sua bandierina per la festa della scuola… E tutti si sono stupiti. Mentre gli altri imparavano a leggere ogni giorno una pagina nuova, leggendo sempre la stessa lei la imparava a memoria, la ripeteva giocando da sola, qualche volta anche solo nella testa, e se voleva, su quella musica riproducibile, poteva metterci altre parole.

Scrivere era un gesto innaturale, una meccanica faticosa e forzata… L’occupazione odiosa delle mie mattine. In prima elementare, su un banco verdeacqua, incapace di fare quello che tutti fanno, la mia mano non seguiva la traiettoria. Le parole mi si rompevano, non ne volevano sapere di diventare convenzione, e le lettere stampate restavano vuoto ghirigoro nero.

La formazione sta in questo prendere forma, nel cortocircuito tra ciò che è innato e ciò che rifiutiamo. Ogni vero talento forse deve passare per un tradimento, quando quello che credevi il tuo più grande alleato all’improvviso ti fa il voltafaccia. Solo gli amori difficili hanno una forma complessa, e si sa, le forme complesse sono le migliori, le uniche in grado di sembrare semplici.

Non è meraviglioso pensare che proprio in ciò che resiste si annidi il destino?

Forse non era dislessia, ma il paradosso di certi figli unici… I bambini che non passano molto tempo con altri bambini, finiscono per fare come i cani che dimenticano di essere cani… ascoltano i discorsi dei grandi con la velocità dei predatori, vogliono un’attenzione alla pari soltanto dagli adulti, e degli altri bambini hanno paura. Sono stata una di quelle bambine che si piantano dal basso al centro dell’attenzione. Alcune lo fanno con il fatto di essere belle, io lo facevo con le parole complicate. Pare che i bambini dislessici abbiano una particolare dote d’udito, è quello il senso con cui fissano le parole nella memoria. Ho accettato la scrittura quando ha smesso di essere codice ed è diventata partitura.

I numeri sono rimasti una lingua straniera, un disegno non saprei riprodurlo nello stesso modo in cui il mio corpo è incapace di fare una schiacciata a pallavolo, ma la musica interna del linguaggio la sentivo con un istinto sicuro.

In realtà la diagnosi non avvenne mai, il pediatra disse che ero troppo vivace, i miei genitori sostengono tutt’ora che ero soltanto pigra, io però so che la poesia è stata la mia lingua madre, la prima cosa che riuscivo a leggere e a scrivere.

Nella lettura sono stata ossessiva fin dall’inizio, ogni giorno in classe loro aprivano quel libro, e anche io, sapendo bene che non lo aprivo alla stessa pagina. Odiavo quelle storielle banali scritte in minuscolo, ci avevo messo così tanto ad imparare a leggere lo stampatello maiuscolo che preferivo andare avanti così, non mi sembrava di sovvertire le regole perché tecnicamente mentre loro leggevano lo facevo anche io. Volevo continuare a leggere solo quello che mi piaceva: su quel libro, in maiuscolo, erano scritte le poesie.

Avevo scelto la mia preferita e ogni giorno io rileggevo quella, parlava di un ragnetto piccolino che si infila in un buchino, e che “senza ago e senza filo una tela si cucì”… Proprio quello che stavo facendo io. E la imparavo a memoria, perché ogni tanto anche dopo la scuola volevo ricordarmela, anche mentre facevo altro. Quell’estate sarei salita in piedi su una cassetta della frutta, e davanti bambini e genitori l’avrei recitata come se lo avessi sempre fatto, o fatto per sempre, nel piccolo festival dei bambini che avevo organizzato io, a fine luglio, nel cortile sul retro della pensione Irene.

Fare una rima per me era molto più facile che riconoscere una doppia; tutt’ora ho meno problemi con la metrica che con l’ortografia, tutt’ora la poesia è la mia unica disciplina, luogo selvatico per eccellenza, in cui però regnano per natura forma e rigore.

 

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La mia prima poesia l’ho scritta per un uomo, e parlava di una donna e del volo degli uccelli.

A settembre ci avevano cambiato libro, cercavo una nuova poesia che valesse per tutta la seconda elementare, ne avevo scelta una ed ero corsa a leggerla a mio padre. Se non mi avesse detto “l’hai scritta tu?” forse il giorno dopo non avrei scritto quella fila di ottonari su mia madre e l’uccellino che vola “nell’immenso immenso cielo”. Quello che scrivevo alle elementari era già la mia poesia: una cosa che arriva quando vuole in mezzo ad anni di silenzio completo.

Nel frattempo trovavo che le antologie scolastiche dei miei genitori avessero un aspetto più serio delle mie, lì avevo trovato un poeta molto più bravo di quelli che ci facevano studiare. Mi ero fissata di nuovo. Amavo il ritmo dei primi 4 versi, amavo il crescendo teatrale, il ripetersi come una ninnananna tremenda, amavo i cavalli che dormian sognando il bianco della strada, e che tutta quell’ansia arrivasse a quella incredibile pausa del respiro, mia madre alzò nel gran silenzio un dito, disse un nome, sonò alto un nitrito. Mi rifiutavo di imparare a memoria una brutta poesia per l’esame di quinta, io volevo questa, anche se non era in programma. In fatto di poesia le gerarchie per me cambiavano, trovavo che ci fosse un’oggettività più forte della maestra, sapevo bene che mi aveva detto che non potevo portarla, avevo anche accettato un altro testo, ma poi mi ero detta che in fin dei conti io stavo imparando a memoria una poesia più lunga, più difficile, e oggettivamente più bella. E così quel giorno davanti alla commissione… “Nella torre il silenzio era già alto”.

Poi il ragnetto si è infilato di nuovo nel buchino, l’adolescenza era già abbastanza difficile di suo, e la poesia è sparita di nuovo dalla mia vita fino ai diciassette anni. Un giorno cercando un romanzo dalla libreria dei miei mi sono caduti addosso I fiori del male, e ho ricominciato. Come tutti ho scritto quando mi sono innamorata, perché in fondo la poesia ha le stesse dinamiche dell’amore. Scrivere era di nuovo l’unica lingua in cui non mi nascondevo e la poesia si svelava come l’unica scelta possibile, di fatto mi stava scegliendo ripresentandosi come un amante che era stato troppo precoce.

All’inizio ho scritto 50 poesie in un’estate, non ne è rimasta neanche una. Poi sono andata all’università, ho incontrato veri maestri, nonni, padri, fratelli maggiori e minori. Da qui inizia una storia di fortuna o destino, che si può intercettare nelle dieci righe di una nota bio ma si racconterebbe in molte pagine. Dico solo che sono una di pochi ossessivi amori, anche in fatto di letteratura: gli autori che ho amato sono miei anche nella scrittura, gli altri che li abbia letti o no cambia pochissimo, li dimentico e li abbandono senza scrupoli. Ho scritto 50 poesie in 5 anni e pubblicato il mio primo libro, è una specie di poemetto per frammenti e parla dell’amore non rivelato e dell’adolescenza che finisce. Poi ho scritto altre 50 poesie, questa volta in 10 anni, sono nel mio secondo libro che deve ancora uscire. Parla di animali che riempiono l’aria, dell’amore assoluto che si compie quando sembrava impossibile, e della giovinezza che finisce. Ogni volta credo sarà l’ultimo libro di poesia che scrivo, ma credo anche che sia l’unico modo in cui si possa scrivere poesia: come l’unica lingua possibile per dire la conoscenza di un limite, come opera sempre ultima, decisiva sull’orlo del silenzio, e nello stesso tempo come una giungla, in cui viviamo secondo le regole della disciplina che ci siamo dati per istinto, senza la certezza che siano quelle giuste, sapendo che la poesia è anche una bestia che c’è quando stiamo male e stiamo male quando non c’è, e che resta comunque incontrollabile fino in fondo.

 

 

 

 

 

*(Rimini-Italia). Poeta. Ganadora del XX Premio Montale (2002). En la actualidad, es directora artística de festival italiano Parco Poesia y de todas sus iniciativas conexas (http://www.parcopoesia.it). Ha publicado en poesía La coinquilina scalza (‘La coinquilina descalza’) y Una stagione d’aria (‘Una estación de aire’) y poemas suyos han sido antologados en Les Poètes de la Méditerranée (‘Los poetas del Mediterráneo, 2010) y Nuovi poeti italiani, 6 (‘Nuevos poetas italianos 6’, 2012).

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