Este texto fue leído por el escritor Enrique Winter como presentación del poemario La destrucción es blanca (2015) de Myra Jara, en la casa-museo La Chascona de la fundación Pablo Neruda en Santiago de Chile, el pasado setiembre. El mismo se presentará en Lima la próxima semana.

 

Por: Enrique Winter

Crédito de la foto: izq. Ed. Lustra

der. Facebook de la autora

 

 

La destrucción es blanca (2015),

de Myra Jara

 

 

Cada tanto los vaivenes de las modas y corrientes poéticas vuelven a propagar la muerte de la lírica desconociendo, quizás, que la lírica siempre ha estado a medio morir saltando. Recordemos que nace con Orfeo y su lira, con las cuerdas que le agrega para convertirla en cítara, apedreado por las ménades, debido a que él no les correspondía su deseo. Orfeo, enamorado para siempre de Eurídice y sin haberla podido rescatar del inframundo, se había retirado al ascetismo de los montes. El lirismo ha andado siempre así, entre la imposibilidad y el retiro propios o víctima de la laceración por quienes sienten que él los rechaza, y sigue levantándose entre las piedras de las nuevas realidades culturales y lingüísticas. Recuerdo esto, porque es evidente que La destrucción es blanca es un poemario lírico y el nombre de su autora, Myra, aparte de que mira, lo que no es poco en poesía, suena como lira y el significante no perdona. Por lirismo pienso en la tendencia al canto, a la subjetividad y a la búsqueda de la belleza, por lira en la última moneda italiana, y tampoco me parece que el entorno perdone, pues la peruana Myra Jara reside en Roma.

 

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Panel de presentación del poemario.
La Chascona, Santiago, 2015.
Crédito: Facebook de la autora

 

La propuesta tiene capas ya desde el primero de los versos, donde la primera persona “piensa en una mujer que besa un hombre”, no lo besa y si lo hiciera, sería como se besa la tierra y no “a” una persona, sino que lo describe ante nosotros y luego deposita “mariposas puras” en su barba. Es el pensamiento el que las deposita, aunque haya aparecido ya dos veces un nombre masculino al que se dedica el libro y el poema. La experiencia más íntima y anclada en lo real está mediada así por un lenguaje que aparenta ser más transparente de lo que es, que puede ser también las mismas mariposas con “pies de agua, piel de agua”, con “mentes idénticas a mi mente”. Las imágenes son sutiles, volátiles, se escapan como la mariposa que vi en mi jardín luego de meses de invierno, café y naranja, ayer, mientras escribía esto. Los poemas suscriben literalmente a lo “delgado”, lo “ligero” y lo “tenue” para caracterizar las piernas o el océano y Jara no volverá a dedicarle un poema a alguien hasta el que cierra el libro.

Contraria a una era que pone en entredicho las éticas que derivamos de lo estético, lo bueno de lo bello, por las consecuencias discriminatorias que la policía de la belleza conlleva, Jara las persigue en el mismo lugar: “la perla negra de la bondad” abre el segundo poema, breve, que opera como bisagra ante el tercero, consciente de un montaje que deja todo a la vista entre respiraciones lentas y rápidas. Esta diástole y sístole (del corazón y de la licencia poética) da cuerda al libro entero y da cuenta de a lo menos dos registros de la autora: reflexivo y melancólico, experiencial en los poemas largos, más surreal y preciso en los cortos. La síntesis de ética y estética a la que me refiero se da en las metáforas vegetales y animales con las que discurre aquí el deseo, por ejemplo: “Yo soy tuya como una de las dos flores del algodón (…) y cada flor piensa y se inclina hacia el cielo”. Lo que le va sucediendo a la voz “es bello, es bueno” como canta Manuel García. Ser la planta o encontrarse, veintidós páginas más adelante, con las posibilidades sublimes de un gesto cotidiano y la maravilla erótica que está en cualquier rutina si se la mira bien y lentamente. “No hay nada más bello que una mujer que lava una copa/ Vierte en ella agua fría y la endulza con miel” es el comienzo, narrado con una distancia que el poema quiebra en la segunda estrofa volviendo activa a quien habla y también al lector.

 

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De Izq. a der. Enrique Winter, Myra Jara y Ernesto González Barnert.
La Chascona, 2015.
Crédito: Facebook de la autora

 

Una de las maneras por las cuales Jara hace que los versos fluyan es presentando una sintaxis normal, al uso. La densidad viene dada porque allí donde se espera un sustantivo o un adjetivo, nos los entrega, pero eligiendo unos inesperados que provocan de este modo las imágenes poéticas. “No había quebrado las aves, estaba desordenada y negra” es un ejemplo en un poema que a tal punto parece llanamente comunicativo que sus largos versos pueden leerse como prosa. Al permitir que de a poco el conjunto comience a mostrar las anécdotas que provocaron los poemas, La destrucción es blanca se va tornando más confesional. Primero por vía de esta faz narrativa, luego por el uso reiterado de la primera persona hasta eclosionarla en la segunda, que interpela al examante como se haría en una carta de despecho, por teléfono, medios electrónicos o en la calle. Esto no implica una omisión de los atentados que venía perpetrando la autora en la sucesión lógica de cada poema, por el contrario, la mayoría pareciera ofrecer hipótesis y conclusiones dándonos, en realidad, un puro discurrir. Las conclusiones no se siguen de lo expuesto. Y si en determinados momentos pareciera explicar su poética, “Me interesan las imágenes que a mí llegan y de mí parten”, lo hace para igualar su vida a su literatura. Nos pone ante la poética del yo más extremo, ante esa subjetividad con la que caracterizaba el lirismo, donde todo pasa por quien lo escribe. El mundo pasa por ella, “tiene impregnada la luz de mí” y lo demás es fondo transparente o la suma de los colores, que no es ninguno: “El movimiento es blanco/ la destrucción es blanca”.

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El ritmo opera por contraste, se siente cuando el foco está en los demás. En el viaje en tren del poema más largo del conjunto pueden verse las cabezas que va repitiendo a modo de vaivén, con el poema desplegado como un diario sobre las caras de los lectores, que pasamos a sentirnos de pie en un suelo inestable. En ese peregrinaje al que nos invita, La destrucción es blanca roza el turismo sexual de clase alta follando con trabajadores que narra la cultura en canciones como “Common People” de Pulp. “Los limpiadores estaban llenos de instinto” dice entre escenas de sexo, que ya venían adivinándose en la admiración, corporal y deseosa, del servicio doméstico, presente hasta la empatía extrema, triste y trágica de la nana Alsira. El otro, reivindicado en su carnalidad a la manera pesadillesca del Obsceno pájaro de la noche de José Donoso, quizás la cumbre de nuestra narrativa, y aún así, placentera. Porque Jara ha velado el erotismo de sus primeros poemas, no incluidos aquí, complejizándolo en el horror del vacío, “Estar seca fuera (…) transformar las escenas en hermosos huevos”. La cita a una novela no es arbitraria, porque La destrucción es blanca puede leerse también en la tradición de las Bildungsroman o novelas de formación, en las que la protagonista pasa por diversas peripecias que la van cambiando. Sin embargo, cada anécdota que parece irse en esa dirección, “La han penetrado. Estaba aburrida y la han penetrado/ Estaba sola, no había comido/ Está bebiendo en el local” es el comienzo de un poema que, imperceptible, pero rápidamente, se transforma en otra cosa, en paisajes de sueños raros. “El agua es ligera y destructiva/ pero la destrucción del agua es hermosa/ fui a ver la desaparición de los peces y las ondas” dice en la página siguiente. La destrucción también viene de esa belleza transparente, y es blanca.

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