Por Alonso Belaúnde*

Crédito de la foto www.plectro.lamula.pe

 

 

La ciudad por debajo.

5+1 poemas de Alonso Belaúnde

 

 

 

San Lorenzo

 

A la altura del vuelo de un ave

observo a San Lorenzo perfilado entre las nubes.

Por el suelo, en edificios plomizos,

pasean hombres de rostros grises.

En los grandes complejos residenciales,

ojos negros de vidrio abundan

y en cada ventana

un hogar que abastece pequeños recuerdos.

 

Extendiendo la vista, al horizonte,

tras la densa, tupida atmósfera de invierno,

el sol se abre en luminosas cortinas

y alumbra en secreto brillantes arrugas del mar.

San Lorenzo, una isla abandonada y larguísima,

mira desengañado el diminuto tamaño de los distritos que lo ignoran,

conmovido ante su corto y nervioso tiempo.

 

Ante sus ojos,

personas y edificios son arrancados de la tierra

como débiles hojas por el viento;

una gran biblioteca deshojándose,

construyendo hogares sobre sus muertos.

 

San Lorenzo derrama lágrimas y no recuerda

las pieles de los habitantes que no pudo curar

a mendigos, enfermos, huérfanos y ancianos,

mutilados, indigentes, ciegos y leprosos

y lleva de la mano al cerrado cielo

a todos aquellos que jamás podrá curar.

 

No lo recuerda,

pero sus lágrimas inútiles alimentan

cangrejos radiantes y lobos marinos

que se acuestan sin esperar nada

bajo el sol.

 

Ahora, a la distancia,

La Punta es solo un puente incompleto,

hiriendo con su filo el mar de San Lorenzo.

De mis tempranas manos, silenciosas al atardecer,

oscuras aves se desprenden.

Yo lo comprendo en secreto:

San Lorenzo imagina con indiferencia

su condición de gran complejo residencial.

 

 

 

Nubes de otoño

                        Abril es el mes más cruel.
                                           T.S. Eliot

 

Y afuera caía otoño con el viento helado de la tarde,

y nos reíamos sobre mi pequeña mesa de madera al conversar sobre las grandes huidas,

esperando a que la oxidada tetera de el silbido.
– Me siento vieja.- me decías, ignorando las diminutas hojas que el

/ viento llevaba tras la ventana.

– No creo que estés vieja.

– Pero me siento vieja. Mira mis ojeras. No duermo bien. Siento
que ya no tengo
/ nada por delante.

 

Entonces yo recordaba y recordaba, y entre brumas de pensamientos

los demás llegaban con silenciosos pasos: Matsuo, Federico, Ernesto,

y traían con elocuencia lo suyo, vertiéndolo en palabras y gestos

que llenaban los vasos de mi oídos, traspasándome hasta la infancia

con sus curiosas expresiones.

 

Me recostaba contra la pared de la cocina y miraba las últimas nubes
que vería en el año.

 

Luego hablábamos por Facebook vanamente;

tus padres te habían encerrado en una casa de estudiantes pensando
que así cambiarías,

pero ellos no entendían claramente las expresiones que usabas

al tratar de explicarles el lugar de tu dolor.

Nos reuníamos otra vez a tomar café y te abrías como una triste flor
/diciéndome

que no creías en esa meta llamada carrera universitaria.

– Yo tampoco, – te decía- y sin embargo

– No creo en esa huevada. No creo en casarme ni en tener hijos, ni en

escapar a algún lado, o dejar que me metan a algún sitio. No creo
en encontrar a alguien, ni algo.

/ No creo en encontrar a alguien que me haga creer.

 

Luego íbamos a alguna banca a tomar,

olvidándonos del asunto hábilmente.

 

(¿Cómo explicarte lo que vivo?

¿Cómo explicarte el no ser quebrado,

ni por el fuego ni la vejez?

¿Cómo explicarte lo que siento íntimamente,

tan real como mi estómago, como mis manos?)

 

Tomábamos y nos burlábamos del cielo con voz inmensa

y de la gente que pasaba vestida de manera grandiosa.

Luego te echabas a llorar y yo me quedaba mirándote,

y cuando te detenías y sonreías eras un bólido de luz

que balbuceaba cosas como el yolo o el no tener recuerdos o

el no confiar en ellos o en los viajes, pero en todo caso un bólido tan brillante

que me ataba a una sensación disparada de ligereza y me hacía despegar

por encima de la niebla y los techos planos tan

rápido que se me prendía la cara y sentía mi estómago

flotar y mis piernas podían cargar millones de kilos y saltar

toda la Costa Verde del Morro a la Punta.

 

Luego volvía en un taxi callado

y sentía que atravesaba la ciudad por debajo,

deslizándome al centro de hileras de luz

avanzando y escapando

interminablemente.

 

Me sentaba en la tablita de mi enana mesa de madera

y miraba por la ventana las últimas nubes que vería en otoño.

Luego llegabas y seguías hablando,

Aún sin notar los diminutos cambios de tonalidad en el aire

de un leve amarillo a un leve celeste

en las losetas del piso, en los marcos de madera

al cruzar el sol una nube.

 

Yo tampoco creía en los doctores abanderados del siglo. Creía en despertarme

antes que el sol y ejercitarme,

y leer largo y tendido y escuchar música con los oídos despiertos y escribir y

estar lúcido y trabajar todos los días y tú me escuchabas y asentías,

y creías de alguna forma que yo sabía algo particular y novedoso.

 

– Pienso -, te decía- que hay cosas por las cuales valdría la pena vivir

/una eternidad.

Pequeños momentos. Si tan solo tuviera uno por cada año que pasa,

/aceptaría vivir por siempre.

Luego te ensombrecías y te quedabas pensando y yo notaba con claridad mi error.

Discutíamos entonces de nuestras clases o de Castañeda,

y cuando sonaba el silbido tú te parabas alarmada y yo te decía que te sientes

y servía el café para ambos. Escuchábamos a los niños jugando en la calle

gritando o en skate, y cuando nos cansábamos de conversar nos

quedábamos en silencio y observábamos las nubes de otoño

tomando café para mantenernos despiertos.

 

 

 

Pregunta estival

 

En el espejo calmo de los días,

escribo en sombra con frecuencia.

Tomo un segundo claro y pregunto:

 

¿Qué son estas pequeñas diez uñas sucias

comparadas a la nitidez del cielo,

a las nubes como buques blancos

a las torres alzadas a lo lejos

-recortadas claramente-

a las frondas refrescándose con el viento

en diferentes movimientos

bajo el cielo de primavera?

 

 

 

Sacralizado en los bordes

a Omar, creando y puliendo.

Cual si brotaran

De mis caudalosas manos

Palabras, ríos,

Pendientes y hierbas,

Senderos intransitados.

Flores luminosas

En la orilla de los lagos,

Pétalos que se han perdido

En las corrientes.

Volcanes en siesta, encanecidos,

Zumbidos de paz entre los pastos,

Diminutas caídas de agua

Resonando al vacío cielo;

Pequeños arbustos al alcance de la mano

Cercanos al corazón

Y sus pequeños frutos rojos.

Árboles añosos,

Sus pesadas frondas colgando,

Reunidos por tramos en la ribera,

Mecidos por la brisa.

 

El sonido hueco del silencio.

 

Sostengo lentamente cada hoja que cae

Aquí y en cada monte.

Sacralizados los bordes,

Se me sobrecoge el corazón

De tanto espacio y tanto tiempo,

Y acariciándome los pies

Pasto fresco

Pasto fresco

Pasto fresco.

 

 

 

Primavera fuera de tiempo

 

Si el atardecer fuera eterno,

pasearía de aquí al parque César Vallejo,

llevando el cielo lleno de nubes al oeste,

con la blanca luna llena, brillando en la altura celeste.

Me detendría entonces en cada banca de cada parque

admirando el río de belleza de cada hoja de cada árbol

de Cercado, Pueblo Libre, Jesús María y Lince;

sus pequeños insectos rastreros y voladores,

que vivifican tierra y cielo.

 

Si el atardecer fuera eterno, desde luego,

me erguiría cuidadosamente sobre la cima del Westin

y saltaría de golpe miles de pies al cielo

viendo la extensión de la costa entera:

una franjita enana en el continente.

 

Este noviembre, mes engañoso,

me alegro de compartir un trago al aire

que me envuelve en su ropa fresca y me ofrece de vuelta

una canción de aves ocultas en las frondas.

Mis pies blancos aún de invierno

observan por primera vez las soleadas calles

Y en la otra margen del firmamento,

una estrella pareciera descender              lentamente.

 

Cansado en el camino, agradecido,

todo me demuestra que la tarde es corriente,

Y sin embargo, al notar el viento

y sentirlo circular tras mis hombros,

comprendo de súbito este momento.

 

 

 

Dos cuartetos primaverales


Apoyo la cabeza en la yerba: al fin, ya de vuelta.
Edith Södergran

 

I.

Ramas de primavera abren interminables dedos y contrastan el cielo azul de la tarde.

Sobre el césped húmedo del parque, las altas ramas son redes que me separan, acercándome al cielo.

Entre luces amarillentas, tras los faroles, los troncos sombríos se retuercen junto a los años.

En Pueblo Libre, la luna recubre de plateado las hojas ocultas de los eucaliptos.

 

II.

Nubes lejanas rozan la luna azul de septiembre, ansiosas por el retorno de la primavera.

La niebla que asoma es un resto de invierno, cubierta de luz al escapar de un cuarto.

Los faros brillantes revelan halos amables que no palidecen ante los ojos cansados de los peatones.

Las derruidas paredes exhiben escritos que resplandecen sobre ruidosas bocinas.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1991). Estudió Humanidades en la Pontificia Universidad Católica del Perú. En la actualidad se desempeña como profesor de poesía en la PUCP y escribe una tesis de licenciatura sobre el haiku en la poesía de Javier Sologuren y de Alfonso Cisneros Cox. Pertenece al grupo de estudios de literatura japonesa Nikutaigumi. Ha publicado en poesía Río Javier Prado (2016) y Temporada de Lúcumas (2016).

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