Por María Rosa Lojo*

Crédito de la foto la autora

 

 

La belleza espantosa.

7 prosas de María Rosa Lojo

 

 

Madres e hijos

 

Algunos padres serán hijos de sus hijos en el Cielo. Los esperarán, absurdamente jóvenes, como lo eran cuando los despidieron a la puerta de casa para ir a una guerra o al viaje que los mataría. O cuando los besaron por última vez, en una cama de hospital, tragándose las lágrimas, pensando “qué será de ellos cuando yo me vaya”, mirando ansiosamente hacia el futuro en esos ojos asustados por el beso demasiado largo y demasiado intenso.

Pero ellas, sobre todo, no podrán entenderlo. Las que se fueron cuando eran casi niñas y los parieron con su propia muerte. Esos bebés, pequeños como muñecos, a los que abrazaron apenas un momento, llegarán con una fotografía, un retrato, un camafeo, entre las manos incrédulas. Viejos o viejas, encorvados, renqueantes, con dentaduras postizas, con dedos deformados por la artritis, las encontrarán por fin entre la multitud de madres muertas y se apretarán contra su pecho y buscarán el latido remoto de su corazón y el olor inconfundible que nunca más se repitió sobre la Tierra.

 

 

 

La belleza espantosa

 

No responderás cuando denuncie el horror de Tu Creación ni las maldades de tu criatura predilecta, porque aparecerá la belleza.

En una cara, en un grito, en una herida, en una llaga donde viven insectos y gusanos traslúcidos.

En las matanzas de los cuerpos mudos con sus ojos abiertos al Cielo que no habla.

Sucia, rota, deforme, desvalida, desordenada, impura, desgarrada, la belleza de lo horrible me partirá el corazón para hacer un oráculo que nadie descifrará.

La belleza espantosa brotará de mi corazón partido como la palabra que Dios se niega a pronunciar.

 

ojos lojo

 

El olor del cielo

 

Un día por año, durante una hora, es posible abrir la puerta del Cielo. El único requisito es estar atento para percibir el resplandor muy leve que dibuja en la pared de enfrente los contornos delicados y precisos de una puerta.

Hay que empujarla con las dos manos y apoyar después todo el cuerpo, suavemente. Se sabe que uno ha entrado sólo por el olor del Cielo, que es peculiar e inolvidable y no se parece a ninguno de los olores de la Tierra, ni siquiera al jazmín del Cabo o a la algalia, o al clavel suntuoso o a las rosas de Cádiz, o al almizcle.

No es posible recordar nada más porque el olor del Cielo marea y desmaya, confunde y oblitera todos los otros sentidos. Nadie puede relatar, por tanto, su visita al Cielo porque su único recuerdo es un olor, y éste es indescriptible, e imperceptible para todos los demás seres humanos. Pero sí puede presentar la prueba, porque detrás del visitante se alinean los gatos y olfatean con adoración al que regresa del Cielo y maúllan, despechados, a la luna que nunca baja, que siempre está demasiado lejos para olerla.

 

(de Historias del Cielo)

Transparencia

 

Todos los atardeceres la mujer se sienta en el patio de la casa. Si alguien la acompañara vería cómo su cuerpo se vuelve transparente al compás de la sombra. Primero surge un mapa encendido de venas y de vísceras, luego, más abajo, una población de huesos huecos por donde el viento corre como un golpe de música.

La mujer sonríe y levanta un brazo en la noche incipiente. Unos minutos más y se apagará el resplandor del hueso iluminado por canciones remotas y ocultará la piel el color de la sangre.

Cuando todo concluye, ella guarda la silla bajo el alero y vuelve a la cocina, llevándose el secreto de la transparencia del mundo.

 

 

 

Amor constante

 

Sé que tu mano saldrá por debajo de la tierra para sostenerme –será semejante a una raíz, con nudos impenetrables al desgaste–. Sé que tu mano se curvará y se ahuecará para darme reposo. Sé que se cerrará y que se alzará, para que me levante contra el temor del cielo. Sé que las noches la bruñirán como un espejo donde se refleje mi vida, para que me vea en sueños.

Sé que tu mano de ceniza tendrá sentido y latirá como tu corazón, constante nueve lunas para crecerme.

Sé que dibujará el último círculo de amparo y que me acostará en el centro de aquel aro de fuego.

Y todo el viento cayendo en el oscuro no podrá deshacerlo.

 

La escritora María Rosa Lojo

La escritora María Rosa Lojo

 

Estructura de las casas

 

Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.

Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas.

Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas.

En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

 

 

 

Semejanzas

           

Como un salto de animales por la rueda de fuego, como una caminata mortal sobre una cuerda de viento, en equilibrio sobre una tierra cortada, en puntas de pie sobre un cuchillo de hielo que se va deshaciendo a cada paso.

Así, el poema.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1954). Escritora e investigadora argentina. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Obtuvo el Primer Premio de la Poesía de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el Primer Premio Alfredo Roggiano y el Prix International de Poésie Antonio Viccaro (2017). Ha publicado en poesía Bosque de Ojos (2011).

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