Reproducimos en Vallejo & Co. el ensayo que sobre la obra de Jorge Eduardo Eielson ha realizado el mexicano Jorge Fernández Granados y que ha sido publicado en el libro El fuego que camina. México, Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, col. El Centauro, 2014, págs. 62-66.

 
 

La arqueología celeste

de Jorge Eduardo Eielson

 

 

Por: Jorge Fernández Granados*

Crédito de la foto: Izq. www.conaculta.gob.mx

Der. © Centro Studi Jorge Eielson /

Martha Canfield

 
 
 

El mismo año en que el primer vehículo humano tripulado llegaba a la Luna (1969) un imaginativo artista latinoamericano envió una carta a la nasa, donde proponía la colocación de una escultura en el satélite terrestre. La propuesta, por razones acaso más políticas que técnicas, no prosperó. Poco después, este artista hacía una petición aún más insólita a la Agencia Espacial norteamericana: dispersar sus cenizas funerales en la Luna. Este último proyecto aún podría cumplirse.

Ese artista latinoamericano era Jorge Eduardo Eielson, quien radicaba desde hacía veinte años en Europa cuando hizo estas propuestas extraterrestres y era apenas conocido, además de por sus esculturas, por su obra plástica, sus instalaciones, sus performances, alguna novela todavía inédita en ese entonces, unas cuantas obras de teatro y, en forma especial, por sus poemas. El dato no pasaría de ser una anécdota un tanto descabellada si involucrara a otro personaje; pero en el caso de Eielson es bastante revelador. Para un espíritu como el suyo el cielo, entre muchas otras cosas, es un gran lienzo o una página interminable. ¿Qué mejor destino para un poeta que volverse un signo entre los signos? Y en el caso de Eielson, los signos tienen que ser celestes.

En efecto, pocos artistas han planteado con tal coherencia la vida como una poética y han querido hacer de su existencia una obra de arte como este artista de origen escandinavo-español, nacido en el Perú y radicado desde hace tiempo en Italia. Si bien su Poesía escrita es un cuerpo único y unido, por sí mismo de un significado capital en la poesía hispanoamericana, no se puede leer su obra poética sin vincularla, contraponerla o prolongarla de alguna manera junto con el resto de las expresiones estéticas en las que incursionó, puesto que la particularidad que la distingue es justamente su integridad, es decir, la preexistencia de un todo expresivo del que ella se desprende y al cual es imposible transcribir con un solo lenguaje.

El lenguaje del arte, para él, tendría que ser la suma cabal de los lenguajes posibles y la percepción de esa realidad última a la que cada uno de estos lenguajes quiere aproximarse por sus propios medios. Ese planteamiento holístico del arte requiere también una ética, una continua atención de todos los sentidos, incluso una forma de vida y una permanente búsqueda de sus posibles nuevas codificaciones: “… tal vez mi aparente quehacer múltiple no es más que uno solo: la paciente obra de alguien que emplea diversos códigos lingüísticos —plásticos, sonoros, verbales— para urdir una especie de red, siempre más estrecha, a fin de aferrar la evanescente realidad última…”[1]

 

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“Poesía Escrita” (1998), por Jorge Eduardo Eielson. Editorial Norma.

 

Hay que tener en cuenta que esta misma Poesía escrita —nombre con el que reunió desde hace casi treinta años todos sus libros de este género en un solo volumen— es, más que una finalidad, un proceso abierto. Basta revisar las sucesivas versiones de esta obra y la curiosa “exhumación” que Eielson llevó a cabo poco a poco de sus partes, escritas algunas de ellas décadas atrás. La primera edición fue publicada en Perú en 1976 y casi se podría decir que fue a partir de entonces que este autor comenzó a ser leído más ampliamente, ya que antes sólo había publicado tres breves libros en su país natal: Reinos (una plaquette dentro de una revista de historia, de 1945), Canción y muerte de Rolando (1959) y Mutatis mutandis (1967). Las siguientes ediciones de Poesía escrita fueron publicadas en México (Vuelta, 1989), Italia (Le Lettere, 1993), Colombia (Norma, 1998) y España (Ave del Paraíso, 2003). En todas ellas su autor estableció variantes, adiciones y correcciones significativas. Pero seguir la bibliografía de Eielson es como moverse en una pista incierta, en la medida en que él mismo procuraba ocultar o confundir estas huellas editoriales. Uno de los datos que más sorprenden, por ejemplo, son los años en que están fechados los diversos conjuntos de poemas que componen este libro. La mayoría fueron escritos veinte o treinta años antes de ser editados. Esto significa que a su autor le preocupa definitivamente más escribirlos que darlos a conocer e, incluso, que gustaba de guardarlos un buen tiempo en secreto, como esos tesoros de antiguas civilizaciones, que permanecen ocultos en la selva o el desierto durante siglos, hasta que la arqueología los descubre y hay que replantear entonces la historia conocida.

 

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“Vivir es una obra maestra” (2003) de Jorge Eduardo Eielson. Editorial Ave paraíso.

 

La obra poética de Jorge Eduardo Eielson, una de cuyas últimas y más completas “excavaciones” se titula Vivir es una obra maestra [poesía escrita],[2] es por lo mismo un caso único en la literatura hispanoamericana contemporánea. Este libro es sin duda un clásico. Pero un clásico recién revelado. No fue precisamente un poeta tardío pero su precocidad (si nos atenemos a las fechas de escritura) resulta deslumbrante y fue un secreto guardado casi medio siglo. ¿Por qué esta decisión de diferir tanto los tiempos de escritura y de publicación? ¿Por qué este “ocultamiento”?

El mismo año que Eielson envió sus cartas a la nasa llevó a cabo un peculiar proyecto escultórico, titulado Escultura subterránea, el cual consistía en

una serie de cinco objetos imaginarios e imposibles de sepultar en diversas ciudades del planeta que habían sido frecuentadas por él (París, Roma, Nueva York, Eningen y Lima). A la media noche del 16 de diciembre, en el espacio de la galería Sonnabend de París, se llevó a cabo la “inauguración” de la Escultura subterránea, con la presencia de Eielson, mientras en las otras ciudades elegidas se desarrolló al mismo tiempo el ‘entierro’“.[3]

Este inquietante proyecto de la Escultura subterránea, lo mismo que el de la escultura colocada en la Luna o el de “ocultar” durante años para luego “mostrar” sus libros de poemas es evidente que guarda ciertas relaciones. La fascinación que este artista sentía por lo visible es equivalente a la que sentía por lo invisible. Al punto de que gustaba tanto visibilizar lo invisible como invisibilizar lo visible a través de su arte. No hay que olvidar que Eielson, en lo visual, fue un artista no figurativo, su obra fue casi toda ella abstracta; es decir, en ella prefería antes que nada hacer “visible” lo abstracto (lo invisible). No obstante, tanto lo visible como su contraparte ordenan la realidad dentro de un contrapunto. Visibilidad e invisibilidad juegan por lo tanto un papel muy personal, finamente provocativo en la medida en que no pretenden mostrar algo sino sólo cumplirlo. Un arte de la realización más que de la exhibición.

 

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“Sin título” (2000), de Jorge Eduardo Eielson. Editorial Pre-textos.

 

“El ojo con el que veo a Dios es el mismo con el que Dios me ve a mí”, son las palabras del Maestro Eckhart que preceden al libro Sin título de Jorge Eduardo Eielson. Nada es invisible finalmente. Lo realizado es para siempre real, aunque desaparezca o aunque nadie lo conozca todavía. El arte —parece advertirnos con esta cita— es un asunto entre el artista y Dios. Por eso cuando Eielson proponía a la nasa poner esa escultura en la Luna fue coherente. Pensaba sobre todo en esa mirada total y celeste, más allá de todo lenguaje; esa mirada que no es ciertamente la de un espectador pero tampoco la del artista. Una mirada mayor, pero que cuenta. De la misma manera en que lo hizo con su obra poética, las partes de esa obra irán apareciendo, como objetos (y quizá cenizas) ya desde hace tiempo habitantes de la Luna.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*Nació en la ciudad de México el 31 de octubre de 1965. Poeta, narrador y ensayista. Estudió música. Colaborador de Biblioteca de México, La Jornada Semanal, Letras Libres, Poesía y Poética, y Viceversa. Becario del CME, 1988; del INBA, 1991; del FONCA, 1992 y 1997; y del SNCA, 2001. Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1995 por Resurrección. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2000 por Los hábitos de la ceniza. Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2008 por Principio de incertidumbre. Publicó también poemarios como La música de las esferas y El arcángel ebrio. Es uno de los autores más destacados de la generación de los sesenta en México.

 
 
 


[1] Jorge Eduardo Eielson, “La scala infinita”, La scala infinita, Milán, Lorenzelli Arte, 1998, pp. 11-16. Reproducido con el título “La escalera infinita”, en revista Fórnix, 1, traducción de Renato Sandoval, 1999, pp. 265-271. La cita y la referencia bibliográfica fueron tomadas de José Ignacio Padilla (ed.): nu/do. homenaje a j. e. eielson, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2002, pp. 23-26.

[2] Jorge Eduardo Eielson, Vivir es una obra maestra [poesía escrita], Madrid, Ave del Paraíso (Es un decir, 20), 2003.

[3] Martha L. Canfield, “Apuntes para una biografía de Jorge Eduardo Eielson”, en La Casa de Cartón de OXY. Revista de cultura, traducción de Guissela González, 2a. época, núm. 6, Lima, verano-otoño de 1995, pp. 2-10. También se recoge en “Jorge Eduardo Eielson: Noticias biográficas”, en Inti. Revista de literatura hispánica, núm. 45, Providence College, 1997, pp. 279-288.

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