Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Caro De Luca /

(der.) Ed. Modesto Rimba

 

 

Karina Cartaginese:

“Escribo porque necesito imaginar”.

 

 

La poeta argentina Karina Cartaginese publicó el poemario, fuga de buey (2018), un libro intenso, donde el ejercicio de la palabra está siempre en estado de cuestionamiento. El libro se asume como síntesis de búsqueda ante lo desconocido. La libertad de la exploración, se adecua a través de distintas capas de sentido; las palabras parecen correrse, girar en torsiones que por momentos llegan a alterar su sentido por completo. La lengua en cuestión.

 

 

Entrevista

 

Augusto Munaro [AM]: La prosa y el verso intercalan la estructura de Fuga de buey. ¿Cómo fuiste pensando esa fuga lírico-narrativa evidenciada en el libro?

Karina Cartaginese [KC]: La gran mayoría de los textos del libro fueron escritos en prosa, de forma continua y sin puntuación. Después empecé a versificarlos, en caso de que le favoreciera al poema y a experimentar con la extensión de las líneas como si fueran lianas.

Comienzo a escribir en el papel o en la computadora y espero a ser sorprendida, asaltada. Permanezco a la escucha de lo que va a venir, tengo una letra cursiva muy ilegible incluso hasta para mí, entonces necesito poner más atención y control para escribir claro; pero esto tiene algo que me divierte mucho y resulta una especie de llave cuando me pregunto: ¿qué escribí acá? ¿qué palabra puse? Y esta adivinanza se incrementa cuando pasan los días sobre las cursivas y su traslado al monitor, el hallazgo es que eso que fue ilegible me hace saltar como desde un trampolín hacia una nueva palabra casi secreta, en lo indescifrable de la palabra que escribí.

 

 

[AM]: En cada pieza que compone el libro, hay una mixtura muy rica de los sentidos. Las páginas progresan, por momentos, como si quien las escribió estuviera en un estado de trance. Todo deviene en todo en Fuga de buey. Hay un dinamismo muy intenso. En términos líricos, ¿qué significan para vos la idea de caos y armonía?, ¿se complementan?

[KC]: Para mí el caos es una especie de orden intuitivo, muy necesario cuando comienzan a surgir los textos y continúan hacia una armonía que también puede ser caótica con su equilibrio, sin tener que estar ligado a una sensación de paz o tranquilidad, al contrario.

Un caos; un desconcierto de luces y oscuridades; un estado de grito, de ruptura, de borde de filo; una selva rojiza; una belleza animal; algo salvaje e insujetable. Una piedra pulida con el diente de diamante de un animal que no pide permiso para venir, no da explicaciones. Así, yo le abrí la puerta a estos textos de latidos distorsionados hacia una voracidad luminosa.

El trance fue adentrarme en esa selva barroca de cada texto y arreglármelas para sobrevivir, escuchar las voces de especies extrañas y arribar en nuevas superficies y texturas del entramado de continentes sin nombres que encontraron un lugar en el libro, un nuevo mapa, ya fuera de mí.

A poco más de un año de su edición, me gusta pensar sobre la fuga del buey: él y yo somos otros, muchas cosas que ya no soy siguen fugando ahí. Esa huida, una ida, un puente de instantes para devenir en un calidoscopio de sentidos en la escucha que te posiciona de una manera diferente en el texto cada vez, una ubicación que puede proyectar hacia todas las direcciones de manera simultánea, un centro mudable que irradia y así el lector puede encontrar su propio itinerario.

Para mí este libro tiene la armonía de un caos lúcido, un caos de ventanas abiertas como dice Roberto Juarroz.

 

 

[AM]: ¿Cómo se presenta el ritmo en tu poesía?

[KC]: Su puntuación genera un ritmo incómodo. A veces versos o líneas muy extensas en donde hay que administrar el aire, elegir en el momento de la lectura, donde pausar. El lector es partícipe en el ritmo y en el sentido que con esta música le da al texto. Versos extensos que se alternan con otros muy breves, sumado a algo que disfruto: no usar puntuación. Entrar en el entramado de esa tela, ver cómo te desplegás desde ahí y hacia dónde.

 

 

[AM]: Comentame sobre la sintaxis con que está escrito el libro, el pulso escritural. ¿Hubo mucha corrección?

[KC]: Sí, hubo mucha corrección, mucho filtro. Quise que quedaran los textos que me seguían enamorando al leerlos, que me seguían inquietando.

Comienzo los textos con escritura automática, entregándome a diferentes asociaciones, estando a lo que viene en un diálogo entre el texto que va surgiendo y su devenir, su recorrido por otros paisajes.

Trabajo bastante con los mismos textos, viendo si cuando los leo resisten o no al paso del tiempo. Como si fuese un color que pudiera desteñir o permanecer, ver si conserva su intensidad, su vibración.

Tuve muchas relecturas, en voz alta siempre, eso definía que un poema se quedara en el libro o no. Busqué una intensidad pareja entre ellos, pero con sus propias características. Estoy agradecida siempre a los textos que no forman parte del libro: lo que está gracias a lo que no está. Hubo mucha “poda” antes del fruto buey. Una vez que entro en esa sintonía de filtro, de una percepción detallista, precisa para con la naturaleza del espíritu del texto, solo queda lo que responde a la necesidad del libro que a medida que crece va articulando su propia anatomía.

 

La poeta Karina Cartaginese. Crédito: Caro De Luca

 

 

[AM]: Intuyo cierto tono hímnico en Fuga de buey. Celebratorio…

[KC]: Sí, celebración del permiso de alejarse de todo lo que se espera que sea un texto poético. Celebrar una nueva belleza incómoda. Celebrar la multiplicación, la ramificación, el devenir, celebrar el no saber, celebrar el exceso y la incertidumbre. Celebrar la existencia de este buey y todos los seres de su selva; tal vez un animal lleno de animales que van hacia todos los lugares que fabrican lugares, para fugar como decir un sinónimo de imaginar y crear cada vez más lejos del punto de inicio, el inicio que comienza yéndose y así, celebrar el no límite de la escritura: romper el blanco, romper el hielo astillar la luz del farol estrellar estrellas nuevas (…) y la cereza en la punta más alta que la lengua pueda alcanzar.

Sí, celebrar el quiebre, el filo, los bordes, las preguntas sin respuestas o con la respuesta de una intuición latente. Y estar ahí, a la espera de un mensaje con un idioma nuevo, también con sus dialectos más cerrados, sus encuentros de continuidad recoveca en lo barroco, y los vuelos de su alear.

 

 

[AM]: Sabiendo que has estudiado danza desde joven, ¿cómo sentís la música desde la poesía?

[KC]: Siento la música en el texto como una composición coreográfica, como un escuchar a cada paso lo que quiero o necesito. Percibo la música en el texto como un ritmo: con sus pausas, sus silencios, sus cambios de velocidad. Esa música de cada texto es importante, por eso leo muchísimo en voz alta, ya sean textos de otros autores o propios. La voz es el cuerpo de los poemas, cada texto tiene su propia respiración que interactúa con quien lo lee.

 

 

[AM]: ¿Puede existir un poema meramente musical, sin concepto, solamente como si fuera una inscripción armónica?

[KC]: Me acuerdo de memoria esta frase de Reynaldo Jiménez que leí en algún lugar: quiero me lean como quien escucha un cd de música.

Creo que la poesía es, en gran medida, la música de las palabras. Elíxir para los oídos, savia de una médula luminosa. Perla del lenguaje.

 

 

[AM]: Elaborás la idea del silencio a través de cinco versiones diferentes.

[KC]: Sí, trabajo al silencio como palabra, como una invitación a la escucha que se despliega en una música que nos viene para ir: La ficción del silencio. En el libro hay secciones que enumeran silencios, fueron cinco porque me permití crear cinco textos que me habilitaban a cualquier enhebrado de resonancias, en un entrecruce de sentidos, de una profundidad como si fuera viento, como algo hueco,como una búsqueda. Una utopía cantora.

El silencio como algo inexplorado, como receptor, como si las resonancias fueran parte de un temporal que lleva y trae preguntas: El silencio seguía escribiendo y si escribía, ¿era silencio? Justo en este momento en el que escribo estas líneas hay silencio, aunque se escucha la música de la radio del vecino, los ladridos lejanos de los perros y el ligero zumbido de mi pc.

Decir: eso que va encender algo, sea una breve llama o un incendio. Un farol en el rincón justo o una luminaria de incandescencias. Decir para crear ecos en los silencios, como dice Juan Salzano en el prólogo: “el eco es un lugar para viajar”. Decir para crear oasis dentro de tanto ruido; ahora las teclas están llevando un ritmo mientras escribo estas líneas. Escribir: una combustión entre el silencio y la palabra.

 

 

[AM]: ¿Cuál fue la historia del poema “Desplegar las mamushkas”?

[KC]: El poema “Desplegar las mamushkas” fue escrito a modo de catarsis, para exorcizar la presión o ansiedad social de la maternidad. Yo elegí no tener hijos, como cualquier decisión no fue algo gratuito, y hasta en algún momento sentí la melancolía de algo que ya no iba a pasar. Pero lo sigo eligiendo.

Crear como otra forma de vivenciar la maternidad, otra manera de traer vida.

 

 

[AM]: “Banquete”, “Lugar”, “Ir”… ¿Qué importancia le otorgás a los títulos de tus poemas?, ¿por qué algunos prescinden de ellos?

[KC]: Elijo ponerle títulos a los poemas, no como un rótulo, si no como nombrar a eso nuevo que nace. Un texto que esté vivo en cada lectura. Ese nombre como algo clave, algo íntimo, intuitivo del poema que se deja ver y llamarse así en el diálogo entre el poema y yo: el poema susurra o a veces grita su nombre. En otros casos, si lo tiene, no lo devela.

Ahora, me sucede que estoy escribiendo textos nuevos y muchos de ellos no tienen título y los nombro por su primer verso, ese es su guiño, su anzuelo inicial para la lectura, como si desde dentro el poema sacara una mano o una señal luminosa para decir: soy.

También creo que el poema está más allá de lo nombrable, o puede llamarse de diversas formas. Pienso que cuando un poema no tiene título brota desde el blanco de la hoja como una flor que acontece sin señalización. Es, y ya está ahí para decir.

 

 

[AM]: Karina, ¿cuál es la motivación esencial que te impulsa a escribir? ¿Hay algo en particular?

[KC]: Escribo para crear otros mundos, otras respiraciones; escribo porque necesito imaginar, nombrar, recrear, trasladar lenguajes, ver que algo nuevo nace: aparece. Multiplicar lugares, continentes extraños que rompen el sentido del cotidiano, que rompen la linealidad, que entrecruzan los tiempos verbales de las palabras. Crear copulaciones inexplicables, fusiones aleatorias hasta delinear algo des-lineado del renglón o lo reglamentado, algo con sus propias señales y señalizaciones. Escribir es otra manera de bailar, pienso en composición de textos como si fueran danzas. No me imagino la vida sin bailar, escribir y leer poesía.

Me enamoro de las palabras, quedan rebotando dentro de mí. Ese rebote me dice algo, las palabras me disparan y ruego por ser su blanco. Me sucede algo muy similar con las imágenes, algo que veo en la calle o desde la ventanilla del tren, las manchas de humedad en las paredes son disparadores hacia nuevos rumbos. Como si fuera una alucinación, ver con ojos de niños y mantener esa llama de la fe en lo que aparece.

Hubo una época, donde mientras dormía, dejaba cerca una libreta y una lapicera: escribía lo último que me venía a la cabeza antes de dormir y lo primero al despertar. Una especie de ceniza luminosa de algo que se encendió mientras dormía. Así fue este salir del sueño para escribir el sueño, para atizarlo en la vigilia y después…

 

 

[AM]: ¿Cómo recordás tus inicios en la poesía? ¿Cuándo descubriste tu yo poético?

[KC]: En la secundaria escribía prosa poética, esperaba especialmente las clases de lengua y literatura. Por el 2005, empecé a escribir en los cuadernos donde hacía mis anotaciones de danza, una manera metafórica de nombrar las acciones o las secuencias de movimientos como para darle un volumen más poético a las cosas que quería memorizar: para registrarlo desde la palabra con ese nuevo giro, abrirle otra ventana a mi memoria que siempre fue poca, sumándole imaginación, como bautizar movimientos. Mostraba las cosas que escribía, solo a gente muy cercana, como una extrañeza que me estaba sucediendo: ¿Qué era eso de escribir? No entendía bien y me preguntaba de manera incrédula: Pero ¿qué pasa? ¿Ahora sos escritora? ¿Si vos sos bailarina? Hasta que hubo un momento en que me dediqué mucho más a escribir. Para mí, el cuerpo en la danza es la hoja de papel; cuando bailás el cuerpo es el que habla, el que cuenta, el que imagina, todo se ve ahí; y cuando escribís está la hoja de papel o la pantalla de la computadora como intermediario, hay exposición en lo que decís y también interviene el cuerpo, pero de manera no tan directa.

Hubo momentos que temí dejar a la bailarina por la escritora, porque la danza fue mi primer amor, una revelación:al terminar la secundaria empecé a estudiar abogacía y un día estudiando derecho constitucional y habiéndome quedado atascada en un tiempo que parecían horas interminables en un mismo párrafo, LO SUPE, no quería eso, y me podía ir a esconder a Alaska y lo iba a seguir sabiendo. Fue un rayo, cuando sucedió esa especie de iluminación cambió mi destino.

Tenía tantas ganas de compartir lo que escribía que confeccionaba señaladores con versos sueltos, fragmentos de poemas y los regalaba. Hasta que armé un librito llamado “Hilo que viajas”, mi primera publicación.

Ahora, la escritura y la danza, conviven bastante bien. Por muchos años focalicé más en la escritura, pero siempre la danza ahí, cerca, como ese otro modo de expresarme, de salir de mí.

 

 

[AM]: La claridad conceptual de tus versos trabajan, paradójicamente, con la ambigüedad. Esa zona múltiple de los significados.

[KC]: Me gusta mucho estar en la zona de los múltiples significados. Alguna vez me preguntaron si yo sabía qué quería decir exactamente en lo que escribía y respondí que no, que no sabía. Creo que no se trata de saber, si no de una escucha más intuitiva, no por eso menos certera en su mutar de certeza de la cereza en la punta más alta que la lengua pueda alcanzar.

 

 

[AM]: ¿Sentís que hay ironía en algunas zonas de tu decir?, ¿por qué?

[KC]: Sí, es una ironía a modo de defensa de la libertad del poema en cuanto a no ser lo que otros esperan. Voy en contra del canon, algo así como retar a duelo a las poesías más convencionales; sin embargo, a la hora de leerlas algunas pueden gustarme muchísimo.

Busco ser un puente para la venida del texto poético. Extraviarme, quedarme con esa incertidumbre, una especie de llama flotante que me invita a la relectura, con esa incógnita, ese nuevo posicionamiento. Por ejemplo, nunca leo un libro desde el comienzo, tengo que sentir ese imán en el azar del abrir del libro: si ambos intercambiamos proyecciones, vuelvo a abrirlo en otra página y así … en cuantas más páginas me sucede esto, más me gusta el libro.

Sí, busco que el lector se tenga que re-posicionar en el texto cada vez que lo lee, que sea un acto performático donde el lenguaje viene de la mano con el que lee; ese viaje, sus distintas velocidades, sus pausas, sus lugares en blanco y silencios mezclados ahí, en tanto buey barroco.

 

 

[AM]: ¿Se puede hablar de una historia de la poesía o la poesía es atemporal y universal?

[KC]: Creo que dentro de la poesía hay textos a los que el tiempo no les pasa, pueden transcurrir cien años y siguen siendo vigentes, no tienen temporalidad y a la vez, son contemporáneos aún hoy. La subjetividad de los textos no tiene que estar ligada a un tiempo determinado o una moda o estilo. Dentro de la poesía con rima, como por ejemplo Neruda, hoy en día más allá de que esa estructura ya haya caído en desuso, sigue produciendo sensaciones, una revolución desde la palabra.

Heredé una nutrida biblioteca, en esta hay todo tipo de libros: desde Quevedo hasta NakhAb Ra, y en ese pasaje podemos ver muchísimas voces diversas que siguen diciendo en la actualidad. Es cierto que sí, hay algunos autores que son producto de una moda y no llegan a trascender. Pero los grandes escritores, las grandes obras poéticas son atemporales, las seguirán leyendo las generaciones que vienen con la misma intensidad.

También creo que en la poesía cada uno de nosotros tiene una temporalidad propia; yo al principio leía mucho a Rilke y era fanática de Roberto Juarroz, pero luego estuve un buen tiempo sumergida en la antología de poesía surrealista que compiló Aldo Pellegrini y el Medusario fue muy habilitante en mi escritura de los últimos tiempos: Marosa Di Giorgio, por ejemplo, es una especie de biblia pulpo, en cualquier página que abra me atrapa su hechizo.

 

La poeta Karina Cartaginese leyendo

 

[AM]: Como lectora de poesía, ¿qué te estimula?

[KC]: Como lectora de poesía me estimula lo que me deja en estado expectante, de vislumbrar un mensaje, una señal, una flecha con punta en cada extremo como si fuese una brújula en estado de rebeldía con los puntos cardinales establecidos. En ese entre perderse y encontrarse. Como si el sentido de lo que está estuviera en otros lugares, en lugares inexplorados, en recovecos que el escritor o escritora ilumina, devela algo. Sí, percibir que me está hablando, que lo escribió para mí. Como si me regalara nuevas ventanas para ver. Como mirar a través de la mirada del otro, como una expansión.

 

 

[AM]: ¿Cuál sería tu concepción de la poesía? Según tu criterio, ¿tiene que llevar para vos el poeta una vida especial?

[KC]: Algunos dicen que los poetas somos como todo el mundo: sí y no.

Sí, porque llevamos una vida como todos, tomamos el tren, el colectivo, vamos al supermercado chino, hacemos colas para los trámites, nos reunimos con familia y amigos, sacamos la basura a la calle, etc.

No, porque en nosotros parpadea un ojo-oído de poeta, que ve u oye mensajes, señales; somos especies de caleidoscopios muy proyectivos, seres con una especie de antena sintonizadora de frecuencias de asombro, deslumbramiento, hallazgo, rebote, eco, estamos atentos a eso que nos dice lo que nunca antes habíamos percibido. Buscamos otra realidad, vivir esta vida desde otros lugares, buscamos romper y armar, crear nuevos espacios, nuevos lenguajes.

 

 

[AM]: ¿Cuál es hoy el horizonte de tu escritura?

[KC]: Terminé hace unos meses de escribir un nuevo poemario y tengo dos libros más, inéditos aún. Uno de ellos lo terminé de escribir en el 2011, ese un libro muy particular, diferente a lo que estoy escribiendo ahora. Me gusta tener diversas voces, pero en los últimos años podría decir que me aboque al género transbarroco.

Actualmente, estoy experimentado lecturas y danzas performáticas con Patricia Jawerbaum con textos que ya teníamos escritos y, por otro lado, un solo de danza inspirado en textos de Alejandra Pizarnik. En este último proyecto bailar me lleva a escribir y escribir a bailar.

 

 

[AM]: ¿Qué opinás de los concursos literarios?

[KC]: Me cuesta tener fe en ellos porque me parece que no dejan entrar a “estéticas no oficializadas” o a escrituras diferentes, más experimentales, más de ruptura. Me parece que escribir poesía es muy libre, demanda estar a la búsqueda de un criterio muy personal y hay que sostener eso, con argumentos e intuición. Creo que sería muchos más interesante, que los lugares institucionales se animen a abrirle las puertas a las voces menos convencionales.

 

 

 

 

 

*(Argentina, 1971). Es bailarina. Publicó los libros de poesía Hilo que viajas (2005), Saltar los pies (2005), Tríptico (2007), Antepasadas (2007), Ellas (2013), Nos comenzamos (2014) y Fuga de buey (2018); las plaquetas Dedicados (2017) y Brevas (2017). Participó en las antologías Ama-Zonia 3.0 (2008), Pájaros en la frente (2011), Exit 75 (2015) y La Visita (proyecto Loreena McKennitt, 2018). Textos suyos aparecieron en sitios como Zorzalita, La Avispa, Siete borreguitos, Tendé, Transtierros, Lak-Berna, Vía Combusta y Vallejo & Co, entre otros. Participó en diversos ciclos de poesía y festivales.

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