Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.stradivariusdetadzio.blogspot.com

 

 

Julio Cortázar.

Salvo todos los crepúsculos

 

 

Ya no hay laberintos

ni reyes de mirada plana, imprecatorios

inventando por gestos las leyes de la tierra

Julio Cortázar

 

 

 

Se dan cita las palabras

 

Entonces escribir es el modo de quien tiene la palabra como cebo:

la palabra pescando lo que no es palabra

Clarice Lispector

 

Estamos ante un libro que no es un libro, sino un mundo, uno pequeño y a la vez único; un mundo de palabras y secretos que se hace y se deshace ante nuestros ojos. No estamos ante un libro sino ante una casa, un universo de emociones, de palabras, de canciones, de recuerdos, de papeles, de servilletas, de sueños, de fotografías hechas a tacto. Un libro de tangos, de milongas, de bandoneones arrabaleros, de olores protegidos por el alma, de roces, de pieles, de recuerdos y miradas que dejan huellas en lo más hondo de la mañana, de trompeta celeste que toca el primer día y la creación. Estamos ante un libro que no es un libro sino un trozo infinito de nostalgias, de manos que se saludan, de voces que se encuentran, de amigos que regresan a un país que les dio la vida. En este libro no estamos ante un libro sino ante un mundo, un mundo todo que un poeta como Cortázar va encontrando en la vida y lo protege para el olvido y lo regala donándolo al tiempo y al verdadero silencio.

Salvo el crepúsculo nos reencuentra con la voz poética que Cortázar dejó entre muchas de sus páginas. Siempre lo recordamos por su obra narrativa, su singular manera de narrar y de romper las ataduras de la tradición. Su eclosión con Rayuela, su música, su sentido mágico en las palabras para traer historias a nuestro tiempo lo hicieron merecedor de todos los elogios y de todas las envidias. Con este pequeño texto estamos hoy recordando ese lado de un escritor que se vuelca invisible pero seguro hacia la poesía. Ese es el lado secreto y perdurable del lenguaje que hoy queremos conmemorar a partir de esta casa que es su obra poética, por cierto, no muchas veces mencionada o celebrada.

 

El escritor Julio Cortázar en su juventud. C. 1935

El escritor Julio Cortázar en su juventud.
C. 1935

 

En Salvo el crepúsculo vamos a los poemas de bolsillo, de rato libre en el café, de avión en plena noche, de hoteles incontables. Poemas sin palabras. Palabras sin poemas. Sonidos. Ruidos. Juegos de palabras en la palabra. Recuerdos. Sombras que nos acompañan y nos enternecen al mismo tiempo que nos van sacando de nuestra casa. Juegos de un secreteador que esconde en las palabras la vida. Poemas, sonidos, silencios que tocan la piel del crepúsculo. Sí, es este el libro donde encuentra lugar la poesía de Julio Cortázar, pero no es el único, lo sabemos.

Salvo el crepúsculo, editado en 1984, se convierte así en el último libro publicado en vida por Cortázar. Con este título el gran narrador y poeta le da nombre a un mundo de poemas que salen de sus años, de sus otros libros, de sus silencios, de sus lugares predilectos, de esa soledad que le dio forma a toda su vida. Este libro no es un libro sino un tributo, no solo a una tarea de vida en las palabras, sino a una forma casi particular de ver que la escritura se traza destinos: el de un hombre cercano a la poesía, a algo de la piel de la poesía, a las voces de sus poetas más entrañables, o solamente a ese algo que le permite hacer vibrar la página en blanco para llenarla de innumerables instantes.

Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado

como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo. (Julio Cortázar)

 

Ese juego de palabras para llegar al poema o de sonidos en las palabras para llegar a la poesía, encuentra en su obra poética un lugar significativo. Los poemas, los peomas, los pameos, los silencios desconcertantes, los silencios protegidos, hacen nido de palabras para guardar su furia, furor que sobresalta la página para tocar el rostro, los ojos, la boca, la piel. La poesía de Cortázar no está privada de formas, de normas, de estilos, al contrario, en él se reúnen otras maneras para decir, para cantar, para contar, para entretejer entre los poemas las historias que hicieron esos poemas, pero además está eso que no lograremos entender si no vivimos y miramos distinto, ese es el encargo que nos hace Salvo el crepúsculo. Todo viene de muchos lugares, de muchas tradiciones, de otros sonidos que también son la poesía misma. De otras palabras en otros idiomas que guardan lo secreto y maravilloso de otros poetas. En la obra de Cortázar los nombres de otros poetas y escritores se dan cita entre sus páginas con mucha frecuencia. No es que se valga de ellos, es que los convoca para poder decir con ellos y en ellos y junto a ellos el extraordinario significado del poema que grita, que se palpa, que se guarda en los ojos, en las manos, en los labios… Sus poemas abren así un espacio entre las líneas que el poeta, el poeta que es Julio Cortázar, dice con ellos lo esencial y significativo de la poesía, del encuentro que la poesía vivifica cada vez que los sonidos saltan al papel.

 

El escritor Julio Cortázar en su juventud. C. 1935

El escritor Julio Cortázar en su juventud.
C. 1935

 

Lugares secretos y silenciados

Se escribe en el tiempo para evitar el olvido. Se escribe en el crepúsculo para acompañar el día con palabras. Se escribe porque se respira con palabras y se siente con palabras, y se crea un mundo con palabras para protegerse. En este libro podemos encontrar muchos caminos, algunos de ellos, nos ayudan a seguir escuchando la palabra del poema que se esconde en el poema mismo bajo múltiples formas y sonidos. Son poemas y al mismo tiempo son textos que nos saludan, nos cuentan con detalle algo de un instante, la memoria de una frase, la escondida palabra de un amigo; otros caminos nos hacen ver en sus poemas la infancia, el recuerdo, la vida, los años… Ya lo hemos mencionado, pero lo repetimos con la necesidad de decirnos que en este poemario están muchos de esos temas esenciales de la obra de Cortázar; están dispersos, pertenecen a muchos años, a muchas voces, son fragmentos de un dios secreto; se hacen libro, se hacen obra.

Como en numerosos escritores el regreso a la infancia es el regreso al paraíso perdido. La infancia es el gran tesoro de la vida. Cuando lo escuchamos sabemos que Cortázar también guardó bajo el impulso de palabras este tiempo mágico del niño. Pero estos años para muchos también son los años de las carencias, de los abandonos. No es difícil encontrar en sus escritos la privación y sobretodo las amargas huellas que el tiempo dejó en su vida. En las páginas están esos instantes recordando siempre, trayendo siempre algo de ese aroma a veces necesario, a veces letal como el exilio voluntario y también su verdadero exilio, cuando llega la dictadura a la Argentina. Años que rompen el alma distanciándola de su tierra entrañable. Los poemas son casas que preservan estos recuerdos y en Salvo el crepúsculo, los recuerdos se hacen líneas, figuras, sonidos, secretos y van quedando en el papel como el trazo de un mapa que lleva y trae hacia algún lugar o hacía el olvido voluntario.

De todos los lugares, el de la palabra es el lugar donde nació Julio Cortázar. Sucedió en medio de la Primera Guerra Mundial, en Bruselas. Nace un año trágico y llega con luz de un tiempo oscuro, funesto, terriblemente doloroso. Siempre lo mencionó a la par de su excesivo pacifismo. De lugar en lugar la voz va atrapando colores, sonidos, formas, palabras, muchas ya ahuecadas por la magia del silencio que imponía este tiempo de su vida.

 

Rayuela

 

Es en 1918 cuando la familia de Cortázar regresa a la Argentina, vuelven al Banfield que dejó guardado en su literatura. Un reino feliz para los años donde el sueño de volar lo llevaría desde siempre a otros lugares, los lugares de la forma, los de la impostura, esa que impide estar bajo la sombra de los dictamines del tiempo.

Solitario, sumido en el silencio de sus páginas sueltas, vivió siempre su solo mundo de literatura. Todo estaba ahí. Todo vivía ahí. Entre las palabras, con las palabras. La revelación de un misterio insondable, único que le permitía respirar a través de las páginas.

Me diste la intemperie,

la leve sombra de tu mano

pasando por mi cara.

Me diste el frío, la distancia,

el amargo café de medianoche

entre mesas vacías. (Julio Cortázar)

 

Retratarlo es volver a recordarlo. Retratar esos años nos permite ver la magia de su creación. A su llegada a Europa, particularmente a París, ciudad que le albergó buen rato de su vida, conoce el surrealismo, el delirante mundo de artistas y sonidos y artes que abrieron su página a otras formas del lenguaje y la expresión. Así la palabra comenzó a dibujar las palabras, ahora hechas de imágenes, quizás creadas de símbolos secretos que ayudaban a ver las otras posibles realidades y que constituyeron gran parte de su obra singular. Encontró así en las calles de París uno de sus mundos. Allí están las voces de sus personajes como el de la Maga, quien vislumbró muchas de sus páginas y quedó en la memoria de sus lectores. Pero no solo ella, también sus otras voces corriendo por los papeles, olvidando el tiempo para hacer otro más extraño, sí, pero cercano y necesario.

Su poesía toca el borde del otro con palabras. Su poesía, sus libros estuvieron siempre halados por el misterio de algunas mujeres singulares, a ellas las tocó con palabras, las dibujó para nosotros con poemas, las desnudó con el fino silencio de cada frase. Su poesía dijo desde la emoción del encuentro, desde el dolor del olvido, desde la tranquila soledad o desde la pasión dejándonos poemas como el famoso capítulo 7 de Rayuela o este texto que también queremos recordar:

Esta noche, buscando tu boca en otra boca,

casi creyéndolo, porque así de ciego es este río

que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,

qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor

sabiendo que el placer es ese esclavo innoble

que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

 

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar

ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni

esperanza.

Solo en mi casa abierta sobre el puerto

otra vez empezar a quererte,

otra vez encontrarte en el café de la mañana

sin que tanta cosa irrenunciable

hubiera sucedido.

Y no tener que acordarme de este olvido que sube

para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos

y no dejarme más que una ventana sin estrellas.

 

El escritor Julio Cortázar en bicicleta. C. 1965

El escritor Julio Cortázar en bicicleta.
C. 1965

 

Hablen, tienen tres minutos

Cortázar nos ha hecho creer que la creación poética nos permite esa posible negación de la realidad cotidiana y nos ayuda a admitir otras posibles realidades, eso está expresado en Rayuela, su obra más emblemática, pero también está contenido en Salvo el crepúsculo, este libro que hoy apreciamos con el encanto de quien encuentra un pequeño tesoro y lo abre para verse, para recordarse, para dialogar con la imagen deforme que casi no vemos. Salvo el crepúsculo nos permite ver las fronteras del lenguaje, de la palabra, de la poesía… fronteras que estaban para que fueran traspasadas, haciendo posible la necesidad de ubicarse en ellas, de esconderse en ellas o través de ellas volar hacia el crepúsculo.
Mi única crítica posible es la elección que voy haciendo; estos pameos son mis amores, mis bebidas, mis tabacos; sé que los critico como se critica lo que se ama, es decir muy mal, pero en cambio los acaricio y los voy juntando aquí para esas horas en que algo llama desde el pasado, busca volver, resbala en el tiempo, devuelve o reclama. Agenda telefónica de las altas horas, ronda de gatos bajo una luna de papel.  (Julio Cortázar)

 

 

 

 

 

*(Bruselas-Bélgica, 1914 – Paris-Francia, 1984). Narrador, poeta, dramaturgo, crítico literario y traductor. Maestro normal y profesor en Letras por la Escuela Nacional de Profesores Mariano Acosta (Argentina).  Comenzó estudios de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires (Argentina), pero los abandonó. Obtuvo el título de traductor público de inglés y francés. Se desempeñó como profesor en colegios de Saladillo y Chivilcoy (Argentina) y luego como catedrático de Literatura francesa para la Universidad Nacional de Cuyo (Argentina). En 1951 se trasladó a residir a Paris (Francia) donde permaneció hasta su fallecimiento. Obtuvo el Premio Konex de honor (póstumo, 1984). Publicó en poesía Presencia (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis, 1938), Pameos y meopas (1971) y Salvo el crepúsculo (1984); en novela Los premios (1960), Rayuela (1963), 62 Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973), entre otros; en cuento Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Todos los fuegos el fuego (1966), Octaedro (1974), Queremos tanto a Glenda (1980), Deshoras (1982), entre otros; en géneros mixtos Historias de cronopios y de famas (1962), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), Último round (1969), Los autonautas de la cosmopista (con Carol Dunlop, 1983) entre otros.

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