Por: Benjamín Chávez

Jesús Urzagasti (1941 – 2013) es uno de los escritores más importantes de la literatura boliviana. Nació en Campo Pajoso, una pequeña población de la región del Chaco, en el departamento de Tarija, al sur del país.

En la década del 60, funda y dirige, junto al poeta Roberto Echazú, la revista Sísifo. Luego se traslada a La Paz. Trabaja en el Instituto Cinematográfico Boliviano y como asistente de dirección del afamado cineasta Jorge Sanjinés. En 1969 obtiene una beca de la Fundación Guggenheim.

De 1972 a 1988 trabaja en el periódico católico Presencia, el más importante de Bolivia en esa época y llega a ser director del suplemento dominical Presencia Literaria, un referente en la formación literaria de generaciones de nuevos escritores.

Su obra literaria comprende una docena de títulos de novela y poesía. Tirinea (Novela. 1969); Cuaderno de Lilino (Prosa. 1972); Yerubia (Poesía. 1977); En el país del silencio (Novela. 1987); De la ventana al parque (Novela. 1992); La colina que da al mar azul (Poesía. 1993); Los tejedores de la noche (Novela. 1996); Un verano con Marina San Gabriel (Novela. 2001); El último domingo del caminante (Novela. 2003); El árbol de la tribu (Antología poética. 2004); Un hazmerreír en aprietos (Novela. 2005) y Frondas Nocturnas (Poesía. 2008).

Jesús Urzagasti muere a causa de un infarto, en su casa del barrio de Sopocachi de La Paz, la madrugada del 27 de abril de 2013 a los 71 años de edad.

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Para la edición de su antología personal El árbol de la tribu (Plural editores, La Paz, 2012), Urzagasti expuso algunas reflexiones sobre lenguaje y poesía, que anteceden la selección de los poemas. He aquí algunas de ellas:

 

Acerca de los hondos motivos

(fragmentos)

Sospecho que todo lenguaje poderoso es un río que corre abriendo inolvidables meandros; en consecuencia, el lenguaje directo es propio de una época empobrecida, que cree que el uso del “yo” es requisito de la autobiografía, o mera debilidad del hombre sin sentido comunitario. Hecha esta salvedad, pienso que ciertas cosas demandan el aliento de la primera persona, mientras que otras reclaman una velocidad distinta pero no por eso ajena al resorte de la fantasía.

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Para el lector de poesía siempre habrá mucho misterio en el hecho de que alguien la escriba. Y está bien que así sea, porque tampoco el poeta ha descifrado los hondos motivos que lo llevan a recalar en orillas donde las huellas del caminante se borran en cuanto se convierten en palabras. El lector de poesía, entrenado o incauto, se topa una y otra vez con luminosas arquitecturas verbales, con textos herméticos, con paisajes recién salidos de la mirada de un difunto, con vegetaciones de tiempos remotos, con cuevas que conservan el tufo de la soledad de nuestros antepasados. En cualquier caso, siente que la poesía es un mundo muy seguro, aunque nada la acredite como tal y en apariencia poco tenga que ver con los apremios cotidianos y a menudo se la aproveche para dar pábulo a la cursilería. A pesar de tamañas confusiones, no es casual que la poesía siga convocando a quienes consideran que sólo en sus dominios los idiomas reflejan las insondables jerarquías de sus enigmas. Por lo tanto, todo lo que hay de persuasivo en el ser humano proviene de las palabras surgidas del espanto para retener en la memoria la belleza de estar vivos. Unos pueden probar la pertinencia de este aserto con los instrumentos de ciencias aledañas a las lenguas; a otros nos basta con arrimarnos a sus rumorosas metáforas en calidad de creyentes indocumentados.

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¿Qué decirles entonces a los que la cuestionan por inoperante y la evaden en nombre de otros poderes? Que en su reino de amor no cabe la dicha de los complacientes, que el suyo es un universo sin pérdidas, anclado en el presente y con asideros fiables hasta para los que equivocaron el rumbo. En suma, es una corajuda elección al lado de afanes que garantizan prestigios de mala índole, impropios del único animal que siente pasar el tiempo. Por algo será que los hombres, incluso aquellos que tienen el órgano de la visión atrofiado, perciben el vuelo de lo incomunicable entre la hojarasca de los días y la memoria más antigua.

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Palabras que estaban en boca de todos en tiempos pretéritos dejaron de ser usadas, pero su caducidad dice más sobre tales épocas que muchos tratados lexicológicos. La obsolescencia en que cayeron no supone pérdida de significado sino su prístina recuperación.

Dicho esto, me atrevo a señalar que las palabras en desuso de mi vocabulario son llaves de mundos aparentemente clausurados. Y las que manejo ahora no son llaves de nada, porque están en boca de todos. Me consuelo pensando que así comienza a germinar el código secreto de la poesía.

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¿Hubo alguna vez un tiempo propicio para la poesía? Nada nos consta al respecto. Con todo, a cambio de esa baldía interrogación, la tradición nos ha legado la certeza de que el quehacer de los poetas resulta notorio donde quiera que el lector, zafándose de señuelos conformistas, preste atención al sigiloso tránsito de la utopía, que puede proceder de la casa de la mente o de la pasión de vivir a la intemperie. Merced a la poesía, el horizonte humano, tantas veces empañado por la incertidumbre, de pronto se transforma en presente entero, apto para dilucidar enigmas pero también para corregir deformaciones que pasan por equitativas.

En suma, la poesía propone una continuidad entre palabra y acto. Pero desde que las palabras se devaluaron para igualarlo todo, los actos ya no establecen jerarquías. Sucede entonces que el comando interior responde a otra brújula, salva enormes distancias con precisión mecánica, detecta inconvenientes con rara puntualidad y garantiza el placer en sus múltiples variantes, porque el miedo y la melancolía han sido amordazados. Sólo las aves se asombran de que el atardecer ya no nos diga nada.

 

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Al momento de su muerte, Jesús Urzagasti dejó inédito el poemario Senderos. A ese libro pertenece este poema:

 

A una muchacha salida del viento

A pesar de la gracia que corresponde a tu belleza

sólo te puedo mirar a través de tus antecesoras.

En un futuro cercano al pasado

te veo llorar a solas en tu cuarto

y no por aguafiestas ni mucho menos

a mí también me gustan las flores lozanas

que aparecen en el mundo de la noche a la mañana.

Ocurre que siento la luz saliendo de la oscuridad

y no puedo evitar los racimos negros

que maduran bajo un sol desconocido.

Ocúpate de tus cosas entonces

de tus ojos hechos para el asombro

y de tu cabello suelto

examina tus medidas

que ahora caben en todas partes

deja que el milagro sea un pétalo de tu crecimiento

que los otros pertenecen al sigiloso viento.

La ventana abierta y el acoso del deseo

son figuras que se confunden en la noche sonámbula

más abajo están tus recuerdos intactos

y la sensación de no perturbar la plenitud que habitas.

 

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