Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto Caretas

 

 

Javier Sologuren:

impresiones para un día roto

 

 

Salta la imagen desde

cuando

el latido de la noche

quiebra su sien dolida

………………………………..(la noche

………………………………………….simulacro

………………………………………….de la nada).

lanza el cuchillo

sus cortos resplandores

 

la obsidiana

………………………desciende

busca

……………..el calor de las vísceras

el agobio sin sonidos

de un sueño

 

y en alta vertical

……………………………………………….sobrevive la estrella

(en gélido retiro)

 

 

Voces

Un poema así es un pequeño laberinto de un dios secreto y olvidado. El hilo que nos lleva hasta su misterioso protector es el sonido puro de cada palabra. Cuando el sonido atrapa el instante, entonces podemos saber sobre el misterio de esa palabra con la que el poeta enciende su destino.

En un gélido retiro Javier Sologuren*, nos ha permitido algo de una magia olvidada en la poesía: esta lectura la he apresurado, la ha seguido, la guardo y la sostengo a partir de uno de sus libros ya finales: Un trino en la ventana vacía, 1993. Publicado en Venezuela por Monte Ávila en 1998. Sus páginas significaron mucho cuando apenas podía develar la figura de un poeta peruano que habiendo ya recorrido largos años, apenas me llegaba como reflejo de la distancia. Bajo este título el poeta peruano expresó no solo su credo esencial para la poesía del Perú, de Latinoamérica, sino para la tradición de la poesía en lengua castellana. El poeta se busca en la entrañable soledad para encontrarse y al hacerlo dice con la palabra el solo silencio donde se abandona para con él dibujar de otra forma, callar escribiendo de otra forma, y así extraviarse de la apartada mudez que lo inunda en un espacio lejos del vacío.

En 1995 con este libro le es otorgado al poeta el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, en su momento un premio que reconocía la obra y la dura tarea poética que enarbolaba su vida. Pero ya su mundo poético era arduo, atesorando un enorme número de libros que se publicarían con el título de Vida continua y que reuniría así todo su mundo poético. Con ese título que recordaba uno de sus libros publicado en la década del cincuenta, Javier Sologuren nos entregaba una labor donde él mismo se protegía para la palabra por venir. A lo largo de su trasegada vida como poeta, profesor, traductor, editor e impresor, Javier Sologuren dejó en la estela de su memoria un pasado con esas profundas marcas de sus amigos, de sus compañeros de generación y de sus discípulos. Esas marcas se hacían poesía en las páginas de Vida continua, y más aún, se hacía victoria en las palabras y en los recuerdos de hoy de esas páginas no olvidan.

Nos enseñó que quien escribe se hace partícipe de esa orfandad a la que está destinada la palabra. La escritura exige silencio, exilio; pide otro tiempo, otro aire, otra luz. El poeta hace que el silencio se encuentre de verdad con la palabra: cada uno pide para sí el alma donde anida. Entonces se encandila el horizonte de papel que hay ante los ojos. Comienza a dejarlo todo. Lo poco y lo mucho del silencio vela porque la palabra encuentre su acomodo. Quien escribe se vacía de sí mismo para decirle a otros. Establece un puente invisible entre su rincón escondido y el de otros para comunicar más allá del lenguaje. Busca emparentar incansablemente la gran distancia que hay entre las palabras y el mundo. Nada soy si me falta la palabra nos recuerda Stefan George. Esa nada contagia de incertidumbre la tarea de la escritura.

 

El poeta Javier Sologuren

El poeta Javier Sologuren

 

Un trino en la ventana vacía

La palabra impostergable y huidiza se refugia en la página secreta de la obra de Javier Sologuren, heredero de la generación que viene de Martín Adán y Emilio Adolfo Westphalen. El Westphalen que los “acogió en su revista Las Moradas, donde se hicieron conocer sus primeros poemas, no solamente en el Perú, sino afuera, en el extranjero, y luego, en la revista Amaru; todo lo que Emilio tenía en sus manos ha sido para nosotros un vehículo de expresión” –nos decía–. Estos textos encomillados pertenecen a la entrevista que le hiciera Reynaldo Jiménez en el 2004 y de la que me valgo para poder dejar aquí algunas expresiones de Sologuren para este momento.

A esa generación, en la que también estaban Xavier Abril, los hermanos Enrique y Ricardo Peña Barrenechea, Carlos Oquendo de Amat y César Moro, ha sucedido la de Sologuren. Otros nombres de su generación son hoy el recuerdo de un trabajo incansable y de un mundo de propuestas seguidas, como las de Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson, Raúl Deustua, Blanca Varela. Todos nacidos en el primer lustro de los años ’20, es decir, entre el 21 y el 25. Y luego, una segunda promoción, que es la de Carlos Germán Belli, Washington Delgado, Pablo Guevara, Francisco Bendezú, Juan Gonzalo Rose, entre otros tantos que podemos seguir enumerando.

El Perú ha dejado en esta generación y en la que le precedió, muestra de un trabajo sostenido en la palabra, de un trabajo heredero así de la poesía universal. Como traductor nos motivó a leer profundamente la tradición francesa, de la que siguió muy cercana la obra de Mallarmé, expuesta y vinculada en muchas de sus propuestas poéticas.

 

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Revista “Las Moradas” editada por el poeta E.A. Westphalen, en sus 8 ediciones.

 

Sologuren nos recuerda –y continúan aquí sus palabras– “…haber traducido El cántico de las columnas de Valéry, por ejemplo. Y poemas de Claude Roi, de Robert Desnos, de Breton. Todo eso desapareció, pero he vuelto y tengo un buen número de poesía francesa, desde el medioevo, Villon, hasta nuestros días; quiere decir que ha incrementado con otros poetas que también deben tener alguna participación en uno. Ya no habría que hablar de influencias, sino de esos aportes casi etéreos pero reales… He traducido a los italianos, los suecos, los brasileños, canadienses, haitianos, y a través de otras lenguas, chinos, japoneses, esquimales, africanos”.

Su obra no solo es ejemplo de trabajo poético, es motivo y digno ejemplo de constancia: nos legó desde 1941 un mundo singular de libros: El Morador (1941-1944), Detenimientos (1945-1947), Diario de Perseo (1946-1948), Dédalo dormido (1949), Vida continua (1948-1950), Bajo los ojos del amor (1950), Regalo de lo profundo (1950), Otoño, endechas (1959), Estancias (1960), La gruta de la sirena (1961), Recinto (1967), Surcando el aire oscuro (1970), Carola Parva (1973-1975), Folios de El enamorado y la muerte (1974-1978), El amor y los cuerpos (1978-1982), La hora (1980), Catorce versos dicen… (1985-1988), Poemas 1988 (1985-1988), Tornaviaje (1989), Homenajes (1963-1989), El rayo especial (1991) y Un trino en la ventana vacía (1990-1991).

 

comentarios

 

Tinta en el papel de la poesía

Otra de las tareas singulares de Javier Sologuren, es la de editor. Su mundo también estuvo centrado en la maravillosa posibilidad de ayudar a que los jóvenes poetas de las generaciones posteriores tuviese un lugar para dejar volar los libros que comenzaban a crecer, todos estos jóvenes que menciono publicaron sus primeros textos bajo el sello de La Rama Florida. “Entre los poetas peruanos –nos dice– edité a muchos jóvenes. Hubo una colección que tuvo un feliz inicio con el libro de Javier Heraud, El río, y que llegó a tener diecisiete títulos; ahí estuvieron los primeros libros de Antonio Cisneros, Luis Hernández y otros. Esto lo llevé por once años, más o menos. En sábados, domingos, vacaciones, días de fiesta; inclusive cuando volvía de mi trabajo en la Universidad, donde ya no hacía toda la tarea sino que me ayudaban estudiantes a los que pagaba por la labor misma de componer. Tenía que dirigirlos y corregir las pruebas, de modo que estaba siempre al tanto. Fue en los primeros años que yo hacía todo el trabajo, ayudado por Kerstin, mi mujer, que cosía los libros, porque, ya que se hacía a mano, hubiera sido indecoroso ponerles unas grampas. Mi gran compensación ha sido el poder hacer esta obra con mis propias manos. Escapando al escritor que únicamente se mueve entre libros, y en el mundo mental, este esfuerzo práctico me ha servido mucho para mi propio carácter, como un correctivo a esos excesos en que suelen caer los intelectuales. Por otra parte, el haber hecho posible a mucha gente joven, que con el tiempo ha demostrado su valor, la publicación de sus primeros versos. Y, sin falsa modestia, como me lo han hecho notar, el de contribuir a elevar el nivel gráfico de nuestro país. Todo eso hace que se acepte esa labor de tantos años como algo que ha dejado alguna huella”.

De esa generación nos queda la voz de Antonio Cisneros, de Rodolfo Hinostroza, de Enrique Verástegui, de Ricardo Silva Santisteban, de Armando Rojas entre muchos otros como el singular poeta Leoncio Bueno, o los reconocidos Zorina Varcársel, Carmen Ollé, Víctor Ladera Prieto, Winston Orillo, Arturo Cuercuera, Tulio Mora, Aníbal Roncagiolo, entre otros que no puedo anotar por el olvido. Este es el legado de un poeta que es un poema, que es una página en la memoria de la poesía de Latinoamérica, de la lengua castellana, de la tradición grande de los hacedores de sonidos y silencios.

 

 

Poética de una vida

 

un cuerpo que es apenas nuestro donde

oscuramente triunfa el infortunio

una llama de sangre pronto exhausta

luego de su apartado canto y entre

el carnal terciopelo de las sombras

sueltas como una desflorada rosa

 

un cuerpo para quién o para qué

blanca semilla que el azar devuelve

con sigilosos signos y maneras

en postrer incremento de la tierra

 

un polvo tuyo y mío apenas nuestro

donde alza su vuelo el infortunio

(la vuelta)

 

vc

 

Siempre escribió poco. Pero eso poco se volvió un mundo. Un poeta se guarda en las experiencias más íntimas de la infancia. Lo hemos dicho ya en otro tiempo, y de esas primeras experiencias poéticas, que en su caso han sido estrictamente vivenciales, ha quedado tatuada la vida.

Quien no escribe combate con lo dicho en silencio, lo callado, lo protegido, lo que la palabra no consigue en el diario de su destino, su casa, su lugar, su morada. Llegamos a la escritura buscando nuestro propio reflejo. Esa fue la tarea esencial de Javier Sologuren, aquí la recordamos en este día no tan roto.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1921 – Lima-Perú, 2004). Poeta, editor, traductor, ensayista. Licenciado en Letras y Humanidades por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú), con posgrado en el Colegio de México y en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Luego residiría por largo tiempo en Suecia. De regreso en el Perú, se desempeñó como catedrático universitario y editor de la reconocida editorial La Rama Florida, que publicó a varios de los más importantes poetas peruanos y extranjeros. Fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua y codirector de varias revistas literarias como Creación & Crítica o Cielo Abierto. Por su obra, obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Perú (1960), el Premio Internacional de Literatura Rafael Heliodoro Valle (México, 1983), las Palmas y medalla cívica de la Municipalidad de Lima (1986) y el Premio Internacional de Poesía J. A. Pérez Bonalde (Caracas, 1995). Publicó en poesía El morador (1944), Detenimientos (1947), Dédalo dormido (1949), Otoño, endechas (1959), Estancias (1960; 1961), Recinto (1967), Jaikus escritos en un amanecer de otoño (1986), Retornelo (1986), Vida Continua. Obra poética (1939-1989) (última edición, 1989), Un trino en la ventana vacía (1992, 1993, 1998), Hojas del herbolario (1992), La poesía contemporánea del Perú (en colaboración con Jorge E. Eielson y Sebastián Salazar Bondy, 1947), Antología general de la literatura peruana (1981), entre otros.

 

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