Por Miguel Ángel Lescano tena*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Asaltoalcielo /

(der.) www.desco.org.pe

 

 

Introducción al color como percepción

en el poema “Envío” de Cor Cordium (1995),

de Roger Santiváñez

 

 

Envío

El día duró dos días

Lorenita nueva Virgen

YA LLEGA PUES

A CAYLLOMA

Y

LA PUTA MÁS COCHINA / DE / LIMA

y sin embargo pura la Rosa

que este documento expone

VIRGEN

DE FÁTIMA

en tu santo

 

 

 

I.

Los colores son un matiz en las poéticas de Santiváñez.

La sensación de lo sagrado y lo lumpen irrumpen en su devenir.

Sensación de rojo con veladuras doradas oscilan su poema.

Recubre como tentáculos las corpóreas estrofas como buscando algo que asesinar.

Muestra una coloración destellante y de ruidos oscuros.

Al final, amalgama en blancos transparentes, sucio como un político de turno.

En el interior de las fragancias queda: rojo, dorado y negro entre otros.

Insuflan estos tonos un poder particular en la voz del santo.

Otorgando una mirada rasposa.  Imagen callejera.

Es como un espacio manchado en el extenso paraíso dantesco.

Es un destello acogedor.

 

 

 

Olor de una ciudad virreinal.

Lima pintarrajeada, pero sin pecados.

El poeta se introduce mentalmente en un mundo desordenado.

Es una convulsión desmedida de la personalidad de su poética.

Rudolf Arnheim escribe que “la vida psíquica descansa más directamente sobre las experiencias perceptuales” (37).

En Santiváñez es el complemento audaz de su percepción.

En su mente: locura, droga y corazón.

El color como sensación de vida y muerte.

Es así, como el poeta desliza manchas aromáticas en sus versos.

Carga esta colorida aura con pasión suicida.

Entonces, el piurano camina con palabras en desolados parajes.

Y derrumba su mente como roca de agua.

Una sensación de peligro martilla la psique del poeta.

Juan Carlos Sanz en “El libro del color” manifiesta que: “Lo que denominamos color no tiene lugar en el mundo físico, sino en nuestro mundo psíquico” (22).

Una vez más su mente explota.

Se crea lo que sabe no lo que se ve.

 

 

 

II.

Aventura callera.

Conocí a Santiváñez en tertulias nocturnas en Kilka.

Entre salud y salud en mesas circulares de locura y escape.

En el bar Queirolo o en el bar Las Rejas.

Ratonera mordaz.

Al salir avanzada la noche, raudamente escapamos ante la metralla del peligro que rigió la historia en los años ochenta y los noventa.

Era el Rímac su bastión y el mío el cono norte.

Dejando a su paso los jacarandás y el humo de combis.

 

 

 

III.

El poema “ENVÍO” de Santiváñez estremece.

Es una misa profana.

Loqueante y alucinado como caminar por una ciudad densa y de peligros.

Bien pendeja es.

Tiempos de subversión social superlativa.

Los versos de Santiváñez conflagran un caldo de sabores putrefactos.

Pero de sutiles acabados. Blancas transparencias.

Como piel de doncellas del inkario y de guerreros chancas.

Son sacras fábulas que existen en el mundo privado del poeta.

Horizontes donde la gente bebe alcohol y mujeres menean sus caderas al son de un rock sesentero. Jimi Hendrix en la guitarra.

Santiváñez recorre su poema en estado perplejo y de santidad.

De concentración urbana y erótica.

Es un pendejo erótico que mira a las chicas más bacanes.

Las enamora o las destruye con la mirada como un X-men.

Su percepción arranca palabras que configuran alcantarillas doradas.

 

 

 

IV.

Pero un halo místico conlleva a que el color en la poesía de Santiváñez se vea envejecido. Barroco.

El color nutre la poética más procaz del poeta callejero.

Niña linda. Mamacita putesca.

Sutil panorama nocturno.

Santiváñez escribe: “El día duró dos días / Lorenita nueva Virgen”.

¿Es una virgen que deambula por las calles de Kilka o de Manhattan?

¿O en viejas iglesias ayacuchanas?

Donde a altas horas de la noche ofrecen frutas maduras que Roy las envuelve en versos neo-barrocos de fino cuño.

Su mente es alucinada como una naranja que explota.

 

 

 

La poesía de Roy no puede ser un color cualquiera, es un color sucio y manchado simbólicamente estremecedor. Rojo. Blanco. Rojo.

Oscuro como antiguas borracheras.

 

 

 

V.

En el centro de Lima gótica inmortal hay un poeta que performea con una botella de cerveza.

Y susurra un verso: “LA PUTA MÁS COCHINA / DE / LIMA”.

Pero Lima es limpia como su mirada entre anteojos grises.

Solo queda orar por la vida.

“ENVÍO” es amor santo.

Una mueva mirada al mundo abstracto de color sobre color.

Que libera nuestra realidad con fantasía real.

Como diría Mariátegui. “La fantasía, cuando no nos acerca a la realidad, nos sirve bien poco” (23).

En el cono norte se prepara un disparo en el cerebro.

Un espacio sagrado de deseo.

Santiváñez finaliza: “y sin embargo pura la Rosa / que este documento expone”.

Amen.

 

 

 

Referentes:

 

Arnheim. Rudolf. Hacia una psicología del arte. Arte y entropía. Madrid: Alianza Editorial. 1986.

Mariátegui. José Carlos. El artista y la época. Lima: Editorial Amauta. 1973.

Sanz. Juan Carlos. El libro del color. Madrid: Alianza Editorial. 1993.

Vich. Víctor. Voces más allá de lo simbólico. Lima: Fondo de Cultura Económica. 2013.

Santiváñez. Roger. “Dolores Morales de Santiváñez”. Lima: Asaltoalcielo e Hipocampo Editores. 2006.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1963). Poeta. Magíster en Escritura creativa por la Universidad Mayor de San Marcos (Perú). Ha publicado Lima Sobre Lima (1987), Sonrisa Negra (2002), La música dibuja el cielo (2011), DISONANTE. Texto & Imagen (2017) e ILUSIÓN Caja de Poesía (2018).

 

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