Por: Iván Méndez González

Ilustraciones: Carlos Rivero

Crédito de la foto: www.i1.trekearth.com

 

 

Insulario | hipótesis de la isla-esfera

 

 

What’s in a name? That which we call a rose

by any other name would smell as sweet.

William Shakespeare, Romeo and Juliet

(Act II, Scene II).

 

Töne mir in die Seele noch oft, dass über den Wassern

furchtlosrege der Geist, dem Schwimmer gleich, in der Starken   

frischem Glücke sich üb’, und die Göttersprache, das Wechseln

und das Werden versteh’, und wenn die reissende Zeit mir

zu gewaltig das Haupt ergreif und die Not und das Irrsal

unter Sterblichen mir mein sterblich Leben erschüttert,

lass der Stille mich dann in deiner Tiefe gedenken.

Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus.

 

 

La palabra es una forma sutil y precisa de conocimiento. Martin Heidegger, al leer al poeta Friedrich Hölderlin, señaló que la poesía funda al ser por medio de las palabras. Esto serviría para esclarecer aquello que se presiente más; un recuerdo es todavía más que el ahondar en aquel tiempo detenido, aquel espacio estancado: se despierta la seriedad del solitario ante la luz de las cosas. Cuando este poeta alemán compuso una de sus obras máximas, Der Archipelagus, Europa entera vivía aún presa del embeleso del ideal de la antigua Hélade. Fue elaborado —al igual que toda su obra— en un espacio y un tiempo intersticiales. La sensación de orfandad que transmite la obra refleja, por supuesto, la ruina y la catástrofe que asolaría el viejo continente, vislumbradas sólo por algunos excelsos protagonistas de la historia de la cultura europea: y Hölderlin ocupa en este caso un lugar de privilegio.

No se me escapa el hecho de que su actualidad inmediata deriva de la catástrofe social, política y humana en la que se encuentra Grecia. Lejos ya de su antiguo esplendor, fue oportuno que en 2011 se editara de nuevo esta obra máxima del Parnaso alemán. Pero no se engañen. Cuando leemos este texto poético se queda en nuestro paladar lírico un regusto amargo, porque de lo que nos advierte el poeta es de la proximidad de la catástrofe. Una identidad devenida de un pasado ilustre. Un espacio no exactamente enmarcado en el centro mismo de un círculo de islas, puesto que la imagen insular es siempre devenida.

Todo esto ocultaba una necesidad de concebir la insularidad como una experiencia itinerante: el hombre isleño ha de habitar la isla como una esfera erradicada. Era necesario, ya que algo debía ocupar los huecos dejados por los antiguos dioses, algo se antojaba perentorio como expresión de la identidad, en un momento en el que algunos presagiaban la caída de un antiguo sueño, o el incumplimiento feliz del mito cuyo protagonista era la ninfa Europa.

Si nos acercamos, como suele ser habitual, a la poesía de Hölderlin desde el pensar de Heidegger, la hipótesis de base del ilustre pensador alemán se mueve en los parámetros de que, en esencia, hay en Hölderlin una importante reflexión sobre la naturaleza del lenguaje y el modo en que puede el poeta captar el mundo a través de él. En tal caso, “el lenguaje ha sido concedido para hacer patente en la obra al ser como tal y custodiarlo. En él puede llegar a ser palabra tanto lo más puro y lo más escondido, lo enredado y común”, según asevera Heidegger en su famoso ensayo Hölderlin o la esencia de la poesía.

Está claro para quien esto escribe que “sólo donde hay lenguaje hay mundo”, como nos enseñara el ilustre y controvertido filósofo alemán; por tanto, la palabra debe encontrarse con el mundo, al que vivifica y que es vivificada por él. Hölderlin, al entrar en contacto con un tiempo que no permite vueltas a un pasado remoto y al tener conciencia de sí en un mundo cuya condición esencial es la muerte, percibe que la palabra le es propicia para recobrar la unidad perdida del hombre con su divinidad primordial, intuye el vate que la palabra le sirve para religar al hombre con su ser originario. Sin embargo, la reflexión ha de venir siempre de la constatación de la fragilidad: sólo es posible meditar desde las ruinas del ser.

 

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Pintura de Carlos Rivero

En un momento, como el del romanticismo inicial, en que se buscaba una edad de oro perdida, Hölderlin se atrevió a pensar, y luego decir en su escritura, que ese no era el camino. Por eso, nos suena tan moderno el poeta alemán, porque dijo que, ciertamente, el mundo hespérico estaba contemplando su hundimiento, pero que, por eso mismo, debía iniciarse el camino para no continuar cayendo en el crepúsculo. Hesperia, en último extremo, tenía que encontrar su propio acontecer en el tiempo, que lógicamente era ya por completo diferente al de los griegos. Para ello, era obvio que resultaba apropiado tomar el mundo griego como referencia, pero que no podía instaurarse la helenidad, si se nos permite utilizar este neologismo, en un tiempo que no era el suyo. Se daba cuenta el poeta alemán de que una vuelta de ese tiempo perdido es imposible y que se debe entender que el hombre habita en un mundo distinto con un tiempo que no es el que pensaron los griegos.

Esto lo vio muy acertadamente María Zambrano. Al llegar a Cuba, exiliada, huía de la catástrofe en que yacía el continente europeo. La gran pensadora le respondió a Piñera —aquejado como dije antes de la maldición insular— que allí, en aquella “patria prenatal” y a partir de un “pensar desde las catacumbas” de la historia, se consignaba para ella el espacio de la infinita posibilidad. No un retornar de edades áureas periclitadas, sino un pensar en exilio: una meditación desde los nuevos paradigmas de la extraterritorialidad es lo que se antoja prioritario. Un isleño (así lo vio Lezama, así lo comprendió Severo Sarduy, así lo sintió Zambrano) concibe al ser desde el lugar de reflexión que se ubica en la linde de lo abierto y lo cerrado; el límite de lo visible y lo invisible. Y esto además desde la conciencia de una radical fragilidad que otorga la conciencia de hallarse siempre en camino.

La ciudad, la isla, las catacumbas, la esperanza. De “luminosa catacumba” calificará Zambrano a la isla, en su ensayo de 1940 Isla de Puerto Rico: nostalgia y esperanza de un mundo mejor. Aquí llegará a escribir que “el hombre es la criatura que se define por sus nostalgias más que por sus tesoros”. He ahí esa “razón poética”, una reflexión que busca reconciliar como elemento nutricial del pensamiento, una nueva forma para la esperanza. Insularidad como una nueva figura de la utopía, afirmará la pensadora española; posibilidad para un nuevo comienzo, aunque siempre desde la plena conciencia del fracaso.

El propio fracaso es visto como una forma de ínsula extraña. Desde esta isla extrañada, se ha de repensar con plena conciencia una nueva idea de la identidad personal. Pero en ese sentir isleño que transciende lo geográfico va a encontrar Zambrano la fundamentación discursiva para el necesario paso a una utopía de la esperanza, basada en esa razón poética que traspasa lo físico de la isla y reinterpreta la tradición desde una insoslayable identidad de lo poético con el propio acontecer vital.

 

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Pintura de Carlos Rivero

No nos alejemos en exceso del cálido arrimo de la poética de Hölderlin, pues en su escritura percibo mejor mi propia imagen en su proyección cotidiana. Al cabo, poéticamente habita el hombre en el mundo, y más un isleño en su precario estado de espectador de un tiempo demediado por las olas de un mar que se quiere eterno, y una geografía que nunca coincide con el mapa por el cual es reconocible. Heidegger consideraba que habitamos una era de representaciones, y no de imágenes, que no otra cosa son salvo promesas siempre optimistas de algo que no será, que no podrá ser.

Se sabe a manera de principio científico: el mapa no coincide con el territorio. No puede ser. El mar, decía Hölderlin en Der Archipelagus, es el “centro del cosmos”, lugar de privilegio donde lo superior y lo inferior se encuentran; donde lo abierto y lo cerrado hallan su posibilidad. Como la metáfora de la esfera elaborada por Peter Sloterdijk, la representación metafórica de la isla inventada (isla sombra, isla en camino) me sirve para decir el silencio que somos, trascendiendo la materia callada de las palabras. Por tanto, alejados del mar, cercados por la tierra, los insulares son exiliados del espacio, pero no de la metáfora que alimenta el recuerdo infinito, perdurable en tanto que original. El mapa no es el territorio, pero lo propicia in absentia, queda en la mente cuando ya no se perciben el aroma indeleble de las nubes de sal sobre el elemento primario.

Por su parte, Hölderlin camina por la senda de la reflexión metafórica. Se vislumbra que en sus himnos tardíos intenta una reflexión sobre “einer intellektuellen Anschauung”. Sin embargo, no se trata tanto de ser conscientes de que el hombre es objeto de reinterpretación en el mismo momento en que se sabe habitante de este mundo fragmentado, sino de que somos ante todo una incompletitud —si se nos permite usar esta terminología creativa. Intuyo que los seres, enfrentados de una vez ante el ritmo inaprensible de las cosas, se satisfacen en el hecho de que el posicionarse en esta condición le permite percibir que no hay elegidos, quienes serían habilitados para transmitir el mensaje de los dioses, sino hombres, que intentan comprenderse en el mundo a partir del acontecer de la palabra.

Presiento que el hombre no se debe aprehender en su comprensión última como una forma primigenia, sino a la manera de una imagen proyectada a la manera de un palimpsesto. El hombre no es otra cosa que un intérprete que desea su propia e íntima traducción en un haz de símbolos. Una hibridez que asume la representación de un acontecer insular, lo cual contribuye de manera decisiva a rellenar los espacios simbólicos del contexto sucesivo en el que me imagino. Una toma de posición en el mundo que, en la actualidad, deberá comprenderse en la manera de un no acabamiento: habitamos emplazamientos virtuales. Sin duda, los no-lugares de Marc Augé deben ser entendidos más allá de la apreciación, casi turística por lo demás, de adscribirse a los espacios de transición canonizados en la figura de las salas de espera de los aeropuertos.

 

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Pintura de Carlos Rivero

 

Asimismo, la dimensión espacial condicionó los debates poéticos que tuvieron lugar a principios de siglo, en los primeros momentos de la modernidad en Canarias. En aquellos instantes iniciales, el isleño pudo asistir a la ya tradicional dialéctica entre el modernismo y postmodernismo. El espacio geográfico determinó el resultado lírico que se dio en las islas. El tiempo histórico hizo el resto, al aprehender los viejos modelos líricos y definir los límites estéticos de la voz poética. El isleño anhela expresar -habita ineludiblemente compelido por esta vocación-, pero en todo caso siente que ha de hacerlo desde una comprensión casi física de los distintos espacios que recorre. Unos lugares definibles en virtud de una mirada que limita los espacios de acogida a la manera de islas-esferas. Cierto es que se trataría de una insularidad esférica que no proscribe la sorpresa, las posibilidades de la representación sucesiva.

Bien se puede deducir de lo expuesto hasta aquí que la insularidad otorga una manera otra de contemplar las cosas del mundo. El pensamiento de un isleño no prioriza nunca las viejas formas de reflexión, basadas en la severa lógica y la racionalidad austera. Como canarios, nuestra manera de pensar el paisaje nos hace deudores de una suerte de meditación en clave espacial. Los lugares, las sombras de las islas se han interiorizado y forman una parte, y no menor, de nuestra existencia. Nuestra mirada hacia otros espacios se encuentra tamizada por un límite horizontal, que se desplaza incluso al plano epistémico. Nuestro conocimiento del otro está determinado por la construcción inevitable de ínsulas extrañas, secretas muchas veces a nosotros mismos. Sin embargo, definen nuestra intimidad que ha de ser reflejada siempre como imagen sucesiva, imagen prometida.

En mi manera de teorizar sobre el ser y la cultura, la identidad y el arte, lo que Hans-Georg Gadamer llama la “ontología de la imagen” cobra una importancia trascendental al meditar sobre el arte como vehículo de representación del mundo y del ser. Asimismo, Gadamer ocupa un lugar de excepción al detenerse en las conexiones interartísticas. A través del arte, el ser se encuentra frente a su propia legibilidad al ser una imagen con una codificación sistemática en su acontecer vital en el mundo: según pudo defender Heidegger, estamos en la era de la representación, el ser busca en el tiempo su ontología estética. A fin de cuentas, el ser está codificado en gran parte a través de los signos que conforman los textos artísticos. Y éstos, a su vez, están sometidos a una mayor o menor codificación.

El hombre se busca en la representación de sus propios signos en el mundo y el arte representa de una manera particularizada según las distintas artes. Sostengo, así pues, que existe un paralelo, más o menos atenuado, entre el proceso de representación del hombre y del arte en relación con la imposibilidad de la metafísica para dar de sí una explicación del ser. Esto observa su correlato con la difícil representatividad en el arte contemporáneo. Eso que Hans Blumenberg ha denominado el problema de inconceptuabilidad del hombre en el mundo. Con la materia artística actual asistimos a una quiebra de la representación, la cual redunda en la fragmentación de la imagen del hombre moderno.

 

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Pintura de Carlos Rivero

Fernando Rampérez, en su libro La quiebra de la representación. El arte de vanguardias y la estética moderna, ha profundizado sobre esta característica de la representatividad contemporánea, sobre su esencial carácter abierto a una imagen multiforme, que se va transformando por los estragos de la temporalidad, pues “no hay verdad sino para un sujeto y porque, para una separación radical sujeto/objeto, el sujeto siempre piensa sólo representaciones (raepresentatio o Vorstellung), jamás la realidad misma”. El ser, en el fluir de su aparecer en el mundo, funciona por medio de imágenes que le van resumiendo y dando a conocer, a la vez que es re-conocido en su relación con los objetos artísticos que le describen ante el mundo.

Este investigador propone huir de las aporías de la representatividad y enfatizar la importancia determinante que tendría una teoría de la intencionalidad, de cuño fenomenológico o cercano a la filosofía analítica, para concebir la auto-representación del hombre en paralelo con una conciencia de la compleja conceptuabilidad del ser. Esta reflexión debe interpretarse como un índice que aporta claridad acerca de la difícil imaginería humana, en relación con los mecanismos de representación siempre cargados de complejidades casi ancestrales.

Hans Blumenberg, en los textos recogidos en Paradigmen zu einer Metaphorologie, consignó la idea de un acercamiento epistémico a las cosas y al ser humano desde un postulado metafórico. Este filósofo pretendía dar un paso más al señalar la “posibilidad de comprenderse” desde una metaforización del mundo. Sería el modo del que dispone todo artista apreciado y que se precie a sí mismo para dar de sí conceptualmente la relación del hombre con una naturaleza difícil y, por momentos, casi inasible.

El hecho de que mi definición intelectual haya devenido hacia el campo de la filología moderna se explica desde una convicción plena: se ha de acotar campos para ofrecer mecanismos conceptuales adecuados a metáforas absolutas, de las que se ha servido el hombre históricamente para conocerse y comprenderse a sí mismo, ya sea con un resultado literario o meramente vital. El filólogo, en la tradición germánica en la que me adscribo, entendía su oficio propio de alguien inmerso en el empeño de ordenar y contemplar el textimonio del universo. A pesar del “giro visual” de nuestra cultura, que según ha podido constatar Fernando Rodríguez de la Flor determina nuestra manera de visibilizarnos en nuestra sociedad a la deriva, hoy más que nunca debe ser reivindicada esta figura intelectual: me refiero a la figura ancestral del filólogo, sólo en apariencia periclitada.

 

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Pintura de Carlos Rivero

El intérprete debe desbrozar el “común trafago” de la senda múltiple que lleva a comprender los paisajes de cultura en continua metamorfosis. En mi caso, considero que un filólogo, formado en un espacio insular, es capaz de atesorar esa “pulsión escópica” -para decirlo con Jacques Lacan-, que se necesita para poder contemplar los diferentes fenómenos de cultura sin pre-juzgar; ni mucho menos enjuiciar desde presupuestos que se consideran en posiciones de superior condición. Aquel que interpreta debe contemplar el paisaje como una representación multifocal de esferas en contacto, en un estado de hibridez simbólica. Quien puede llegar a vislumbrar los huecos que dejaron los dioses, con su habitar desde el mito para significar el sentido del vivir humano, logrará acercarse al origen del silencio. Un instante de “la música callada” que siempre —obvio es decirlo— ha de permanecer siempre en la esfera de su enigma. El hombre debe aspirar tan sólo a la tentativa sobre el ser en el tiempo y el espacio que le haya sido concedido: el hombre es un ensayo sucesivo, una representación a la expectativa.

Con la idea de la absolutización de la metafórica no quiero insinuar, sin embargo, que todo acabe en su dimensión conceptual. Según ha podido señalar Jesús Mosterín, debemos alejarnos de cualquier tentación optimista. En su ensayo «La insuficiencia de los paradigmas metafóricos en psicología», Mosterín asegura que no resulta lícito pretender un acercamiento inequívoco a la episteme del ser desde las siempre inciertas metáforas. No obstante, ante la fragilidad cognitiva que soporta el hombre en la intemperie del mundo, la recurrencia de la metáfora, a mi entender, se revela como un mecanismo necesario a la hora de asumir mi propia identidad: isla esfera, archipiélago itinerante, isla estela. Una insularidad que transporto a la representación de los lugares en los que vivo y que, por su parte, me habitan.

Carl Gustav Jung se preguntaba ¿puede la vida ser de otra manera que simbólica? Ciertamente, el humanismo se regocija en apelar a la metáfora, pues lo intuye el único vehículo posible de “referencia” de lo Absconditus. Ante todo debe poder verse, contemplarse o, en su escasez, imaginarse la metafórica del ser; es decir, palpar lo que no se ve con el simple milagro barroco de la mirada. En fin, todo comienza como la tarea de un demiurgo al nombrar las cosas del mundo.

Todo vivir resulta un intento por trasponer el horizonte, que se configura con el límite impuesto por la física propia del ojo. En un estadio moderno del pensamiento, se vislumbra la relación del hombre con el misterio del vivir-en-el-mundo. En el plano de la literatura, esto podría ser una traslación del concepto que del narrador demuestra el inglés Robert Burton en su Anathomy, donde manifiesta que el narrador podría ser “who delights in cosmography […] but has never travelled except by map and card”. En fin, somos espectadores de una aproximación textual del existir. Vendría a ser la interpretación de los rasgos constitutivos de una sociedad y una manera de ver al mundo y al hombre. Esto se debe explicar por medio de una construcción imaginaria, una metafórica que no promete nunca el optimismo de lo estático. La construcción lógica del espacio retrocede siempre ante el vacío de los conceptos.

 

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Pintura de Carlos Rivero

 

Se trata de un acercamiento a una comprensión de una cierta ontología estética cercana tanto a la aspiración de un Fausto moderno, definido en el oxímoron de una presencia escondida. Una definición que parece coincidir con la idea de metáfora y de la imagen de Lezama Lima. En su esfera insular, el maestro cubano vino a decir que “la imagen es la realidad del mundo invisible”. Los isleños se acostumbran pronto a la infinita promesa de los signos siempre ausentes. El mar, por ejemplo, es ya la figura del tiempo, habida cuenta del continuo traslado metafórico de la temporalidad a este elemento de la naturaleza que determina tanto la mirada, la palabra, la imagen del ser.

No obstante, todo ello es mucho más complejo a la hora de ser dirimido teóricamente a través de una estética de la percepción global de la naturaleza del hombre. El lenguaje no es puramente simbólico. El ser mental se comunica en el lenguaje y no mediante cierto conjunto de signos cifrados. Se comunica a sí mismo y el ser humano se transmite a través de él en su absoluta presencia, no es sólo información, ideas o datos. Para Walter Benjamin el lenguaje era la comunicación de los significados mentales. Este gran filósofo alemán hablaba del “lenguaje puro”, desde un punto de vista claramente de índole mística. Cuando se interpreta al hombre en función del verbo, en cuanto mecanismo lingüístico y conceptual del que disponen las personas para conocer (se), el filósofo (aquí también el filólogo) encontrará el sentido de la esencia en los textos. Estos presentan y representan el cúmulo de signos que somos como presencias absolutas, lo cual, en el contexto de lo metafórico, podría ser reconocido en términos de lo que se dio en llamar “iluminación”.

Las metáforas, esos “animales visibles de lo invisible”, determinan la forma de nuestra mirada. Un isleño interpreta el universo desde la imagen sucesiva que define un lugar y un momento concretos. Casi al ritmo de los movimientos de ese mar, que es el más ilustrativo de los elementos de la metafórica de un aciago hermeneuta insular. El lenguaje simbólico ilumina nuestros pasos perdidos en la tierra. Estos hombres —los insulares, los metafóricos— custodian sus identidades desde una profunda comprensión híbrida, que sustituye en la actualidad a la vieja felicidad de las esencias caídas en desuso. Hace muchos siglos que domestican su primitivo nomadismo del mirar, exiliados incluso en ciertos países de helada imagen, que se perpetúa en su peregrinaje vital. Construyen en silencio los signos que nos ofrecen una hipótesis ?siempre provisional y tentativa? de una identidad, que lejos de calmar sensaciones de lejanía las desafía.

Ser insular es tal vez considerar el lenguaje desde la provocación de ensayar una imagen que se sucede a sí misma: inasibilidad-insularidad. Comprender que existe una posibilidad en el espacio infinito y desafiar los enigmas. Sólo se conciben unos límites de sombras allí donde el lenguaje —poético y visual— no llega a aclarar aquello que desea expresar. Los insulares hacen girar las ruedas que mueven las urnas de las metáforas; se oyen todavía, se dejan sentir en su ritmo incesante, en su inhóspito cambiar de formas. La imagen de la isla esfera representaría la búsqueda de un nombre, la tentación de escuchar estas bestias casi mitológicas, recónditas: las islas.

 

 

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