Conversamos en el barrio de Bellas Artes de Santiago de Chile con el escritor Juan Carlos Cortázar* sobre su último libro de cuentos, El Inmenso desvío (2018).

 

 

Por Bruno Pólack

Crédito de la foto (izq.) el autor /

(der.) Ed. Animal de invierno

 

 

“En un mundo tan represivo y estandarizado,

deberíamos sentirnos orgullosos si es que

se nos considera desviados”.

Entrevista a Juan Carlos Cortázar

 

 

Bruno Pólack [BP]: Juan Carlos, igual que en tu libro anterior (Cuando los hijos duermen, 2016) decides iniciar con el epígrafe de un poeta, esta vez de César Moro, que además le da nombre al libro….

Juan Carlos Cortázar [JCC]: No tengo el don de escribir poesía (un don envidiable), pero leo poesía y me deja una sensación de libertad y amplitud distinta a la de la narrativa. Sucedió que mientras escribía o corregía ambos libros, me di con versos (de Watanabe en el primer caso y de Moro en el segundo) que contenían la sensación primordial que guiaba la escritura. En el caso de “Cuando los hijos duermen”, el verso de Watanabe expresa bien la dinámica del retorno [al lugar de origen (Lima) o al deseo homosexual primordial] que es una de las columnas fundamentales del texto. En el caso del verso de Moro, como dices, incluso le dio título al libro por esta idea de que el deseo es un permanente desvío, que no acepta canales prefijados, que siempre se nos escapa. La inmensidad, la vastedad, de posibles caminos que el deseo puede adoptar. Sentí que eso también era central en el texto. Es un título que me encanta.

 

 

[BP]: Es cierto lo que dices, los nueve relatos que conforman el libro parecen seguir el derrotero del verso de Moro (“el inmenso desvío”), pero lo curioso es que le quitaste una palabra importante al verso del poeta (“libre en el inmenso desvío”), ¿fue premeditado?

[JCC]: Sí, los cuentos buscan mostrar o contemplar como nuestro deseo nos lleva por caminos impensados y adquiere muchas formas, como el agua que se abre paso desviándose continuamente para crear hermosos entornos inesperados. El verso completo, como dices, es muy bello y además cargado de mucho sentido: no solo tenemos la “libertad” de desviarnos de la norma, sino que es justamente en el desvío cuando más libres somos. Coincidí con Lucho Zúñiga, (editor de Animal de Invierno), que el verso era muy largo para un título (pero aparece completo en el epígrafe) y, además, decidí dar mayor relieve a la idea misma de desvío. A quienes nos adentramos en una sexualidad alternativa, diversa, se nos llamaba (y todavía a ratos) “desviados”. Pues, la verdad, es maravilloso desviarse, salirse de aquellas imposiciones que nos han caído encima desde siempre. En un mundo tan represivo y estandarizado, deberíamos sentirnos orgullosos si es que se nos considera “desviados”.

 

 

[BP]: Entrando en materia, lo que me sorprendió fue que si bien es un libro donde todos los relatos tienen una temática gay, lo que rezuma el libro es un deseo, pero no tanto sexual sino un deseo irrefrenable de entender, de analizar, lo que significa ser gay en esta sociedad tan prejuiciosa y complicada…

[JCC]: Creo que, en general, lo que escribo busca contemplar y mostrar la riqueza y la complejidad, pero también las miserias de vivir fuera de la heteronorma: es un mundo que merece ser narrado, explorado, revivido mediante palabras. No sé si “entender” es lo que más me interesa, aunque claro, algo de eso hay. Se trata de contemplar, disfrutar y también de entender aquellas cosas que nuestro deseo nos impulsa a hacer, incluso algunas que nos pueden parecer muy raras, extrañas, o en una palabra: “desviadas”. Las normas, la represión y la discriminación aprisionan nuestro deseo, pero a fin de cuentas este se abre camino.

 

El narrador Juan Carlos Cortázar

 

[BP]: Este es un conjunto de cuentos, además, bastante cercano al tema religioso, no solo por el lado sexual, sino de arte religioso, de santos, de curas, novicias o monjas…

[JCC]: El catolicismo que nos llega a Latinoamérica con la conquista española y portuguesa es el catolicismo barroco, es decir, una celebración de cuerpos desnudos, contorsionados, que uno duda si sufren o gozan con los suplicios a los que son sometidos. Meterse a cualquier iglesia del centro de Lima, Arequipa, Cusco o de cualquier ciudad con pasado colonial, es entrar a una galería de cuerpos semidesnudos (el de Cristo, para comenzar). De un sufrimiento de la carne echado a la cara, sin mediaciones. Si la reforma protestante acentuaba la abstracción y se alejaba de lo físico, el barroco de la “contra reforma católica” se afirma en lo contrario: lo sensorial (ritos, estatuas, sacramentos) y lo físico. Y los cuerpos son en eso centrales. Y como el arte busca la belleza, son cuerpos bellos que sufren hermosamente.

Hay ahí, sin duda, una conexión con pulsiones sadomasoquistas (que son más usuales de lo que parecen): el sufrimiento del cuerpo como medio de superación, salvación, misticismo. Ahí hay un mundo que me interesa mucho y creo que la escritura puede hurgar en él, en sus grietas, en sus sorpresas. Es curioso, la misma religión que reprime las pulsiones del deseo, nos arroja cuerpos hermosos a la cara. Para cualquier niño o muchacho que sienta (confusamente o no) atracción por los hombres, una iglesia barroca es, de alguna manera, una galería de placer complejo, enredado, pero que ciertamente nos hace sentir cosas.

 

 

[BP]: Es cierto, la cuestión sensual y la cuestión sadomasoquista están muy presentes en el arte barroco católico y, por ende, en las representaciones de los santos, como el propio San Sebastián que es casi un ícono actual de la homosexualidad y es tema central de uno de los cuentos y lo vemos, además, en una hermosa representación en la portada de El inmenso desvío

[JCC]: Me encanta la carátula del libro, obra de Carlos Yañez, del equipo de Animal de Invierno. Yo me había resistido a la idea de un Sebastián en la carátula, por lo trillado. Pero hallaron uno en una pose poco frecuente, además de muy sensual. El entorno kitsch de las flores, nubes y fondo rosado, me mataron. Me encantó justamente por eso, por maricona. Y sobre el sadomasoquismo, es una pulsión que me interesa mucho, porque tal vez es la que más transgrede la usual dicotomía entre placer y dolor, entre lo permitido y lo prohibido, y lleva a vivir el deseo mediante realizaciones performáticas de lo más sofisticadas, disidentes de la heteronorma y que cuestionan la tradicional manera de entender el género.

Más allá del vínculo con las prácticas religiosas institucionales, el placer a través del dolor tiene una dimensión mística, de entrega, de ascetismo, donde cuerpo y alma se funden de una manera muy particular a través del dolor, y que permite replantear la manera usual en que enfrentamos la agresividad que es inherente al acto sexual. He tratado de abordar esta experiencia en un par de los cuentos (Era el Pistaco, y luego en Epifanía, que viene a ser como la precuela del primero), también en algún cuento que publiqué hace algunos años en Argentina. Mis intentos aún son muy limitados, creo. Pero el sadomasoquismo es una veta disidente, sorpresiva, que cuestiona muchas cosas relativas a como nos permitimos (y nos prohibimos) gozar, y por eso quisiera seguir explorándola. Creo que la literatura es un medio privilegiado para mirar ahí, en esas prácticas que nos hacen ruido y cuestionan nuestras formas usuales del placer.

 

 

[BP]: Ahora, en los nueve cuentos del libro, entre la diversidad de temas y sensaciones, los personajes se desplazan, como un péndulo, entre la culpa y la liberación de ser gays, pero también entre la necesidad de esconderse o de vivir “normalmente”…

[JCC]: La culpa, el tener que esconderse, la dificultad para revelarnos a nosotros mismos y a los demás como nos gusta gozar es, sin duda, una de las más dañinas consecuencias de la represión del deseo. No me propuse el eje culpa-liberación como un eje explícito de los cuentos, pero como dices sin duda está ahí. Es inescapable. Tal vez cuando comencé a escribir en torno a la experiencia homosexual este eje me movía más. Ahora creo que menos. Visibilizar la represión y la necesaria liberación es algo en lo que la literatura puede ayudar, pero hay otras grietas a las que asomarse, vinculadas a prácticas más radicales, más cuestionadoras, y también mirar dentro de las miserias y taras del deseo homosexual, que no son pocas. En el libro, algo de esto último trato de hacer en Ocho metros y, sobre todo, en Animales peligrosos.

 

 

[BP]: Quiero regresar, en parte, a la primera pregunta; porque como conversábamos, siento que existe en el libro esta impronta de querer comprender, de analizar, las circunstancias que les tocan vivir a los gays en un entorno adverso. Pero también la figura del padre está presente en varios cuentos, a veces queriendo comprender a su hijo, a veces negando de plano lo evidente, o ausentes totalmente, pero siempre siendo protagonistas en el mundo de los personajes…

[JCC]: La verdad, no fue algo que me propuse como línea de los cuentos. En Darío detrás de la puerta, el observador narrador que hace limpieza en el motel es a la vez padre, pero eso algo que surgió de repente, como parte de la construcción del personaje, y entonces la búsqueda por entender a su hijo (presumiblemente gay) fue una de las líneas que cobró fuerza en el texto mientras lo escribí.

Donde sí busco abordar directamente el tema de la paternidad es en la anterior novela, “Cuando los hijos duermen”. Ahí el dilema de los personajes es como ser padre y gay a la vez, o más que eso: como ser padre y no renunciar a vivir el deseo homosexual, aunque los dos personajes afrontan esto de manera muy distinta. Es un tema poco explorado, pero que me pareció rico, entre otras razones por lo que tiene de “desviante” o cuestionador: dos padres que se atraen y se acercan en el lugar menos indicado, por ejemplo, la escuela de sus hijos. Hay algo disruptivo, contracultural, en el hecho de que dos hombres que ya son padres quieran vivir su deseo, y ciertamente no pueden hacerlo con total naturalidad, por los hijos (la eterna cuestión de ¿cómo se los digo?), por el entorno normativo e institucional (la escuela creo que representa bien eso) que nos compele a la paternidad heteronormada.

 

 

[BP]: También está muy presente en el libro la necesidad de cuidar y de ser cuidado. El temor a la soledad, a no morir solo…

[JCC]: A fin de cuentas, y yendo más allá del deseo inmediato, es lo que todos buscamos en una relación afectiva, sea con una persona o con varias (una relación poliamorosa): ternura, cuidado. El sexo, el casual sobre todo, es algo que uno puede obtener en muchos lugares y circunstancias. Pero la ternura, el mutuo cuidado, eso es algo que se construye con el tiempo, requiere entrega y paciencia. Hay dos cuentos que algo de eso abordan (Ocho metros y Legado, que son cuentos vinculados), aunque lo central ahí era más bien el tema de las restricciones sociales y étnicas en el primero, y el vínculo poliamoroso en el segundo.

Animales peligrosos es un cuento que sí busca mostrar los extremos a los que puede llevar la necesidad de compañía, el miedo a la soledad (que, ojo, no es patrimonio homosexual, aunque ahí se note más por la usual ausencia de hijos). En ese cuento uno de los amantes está tan aterrorizado que pide al otro acompañarlo en su desesperación de manera definitiva. La reacción de este último es, a fin de cuentas, una de cariño y cuidado, supongo. No sé, ese cuento lo siento terrible, muy doloroso.

 

 

[BP]: Pero siempre hay un personaje que está un poco sobre las cosas y que entiende o que quiere entender, justo como en el primer cuento “Darío detrás de la puerta” o el último “Animales peligrosos”

[JCC]: Tienes razón en que ese parece ser uno de los ejes de los cuentos, sobre todo de los que mencionas. Tanto Darío como uno de los curas que forma parte del triángulo de Animales peligrosos, busca entender. Es relevante que además se trate de los puntos de vista que guían esos cuentos. Supongo que es consecuencia de esas ganas de mostrar y hurgar en el deseo homo que atraviesa la mayor parte de lo que escribo. Tal vez, se me ocurre decir ahora, esos cuentos muestran también lo limitado que puede ser buscar entender el deseo, y ponen el énfasis —tanto en el caso de Darío como padre y del cura como amigo cercano de la pareja— en la empatía, en el contemplar y tratar de sintonizar con lo que el hijo o los amigos viven, incluso pasando por encima de las propias limitaciones y rechazos. Es posible empatizar incluso entendiendo poco, creo.

 

 

[BP]: Por otro lado, quizá tu vocación de escritor te acompañó siempre, pero decidiste publicar algo tarde, ¿a qué se debió eso?

[JCC]: Comencé a escribir ficción ya grande, recién a los cuarenta y cinco. Antes escribí, pero cuestiones más bien profesionales. Volcarme a la narrativa fue parte de los giros que viví en mi vida pasados los cuarenta. Recuerdo que al principio me propuse firmemente que fuera solo un hobby, algo liviano… y nada, fallé rotundamente. Se me convirtió en algo central, a ratos una obsesión. Me alegra, porque la escritura le está dando sentido a mi vida cuando ya he dejado bastante relegadas mis dedicaciones profesionales (a las que ya no les hallaba mucho sentido). A mis cincuenta y cinco, la escritura me da un sentido renovado, me impulsa a aprender, a avanzar sobre mis errores, a buscar y buscar.

Publiqué ficción por primera vez en Argentina, una novela corta en 2012 y un libro de cuentos en 2014. En el Perú recién fue en 2016, cuando tuve la suerte de que los amigos de Animal de Invierno acogieran Cuando los hijos duermen. Sigo aprendiendo, tratando de hacerlo mejor, y bueno, si hay editores como ellos que se animan con lo que escribo, pues espero poder seguir publicando. Trato de resistir a la usual tentación de escribir para publicar, aunque reconozco que (a menos que el texto me parezca incompleto o malo, algo que me ha ocurrido) es difícil no ver ambos actos como una secuencia medio natural. En fin, supongo que es parte del aprendizaje.

 

 

[BP]: Qué andas preparando ahora, ¿un libro de cuentos o regresas a la novela?

[JCC]: Hay una novela que pronto debe entrar en proceso editorial, y otra más breve que también está conversada con una editorial para más adelante. Ahora estoy trabajando en un proyecto nuevo, supongo será una novela corta, aunque en realidad no sé cuánto de novela o de qué tendrá al final. He aprendido creo (¡ojalá!) a ir más lento y con paciencia, así que supongo que esto me tomará un buen rato.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1964). Narrador. Reside en Santiago de Chile. Estudió Sociología y políticas públicas y Escritura narrativa en Casa de Letras (Buenos Aires); así como el diplomado en Escritura creativa de la Universidad Diego Portales (Chile). Ha publicado las novelas “Tantos angelitos” (2012) y “Cuando los hijos duermen” (2016; 2018), así como los libros de cuentos “Animales peligrosos” (2014), “La embriaguez de Noé” (2016) y “El inmenso desvío” (2018).

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