Ha partido el poeta, periodista y ensayista Tulio Mora (1948-2019), miembro del grupo y revista Estación Reunida y uno de los integrantes del movimiento Hora Zero  que más hizo por difundir la obra artística y la relevancia socio-cultural del Movimiento. Entre su obra, destacamos dos poemarios fundamentales, Cementerio General y País interior. Como pequeño pero emotivo homenaje, ofrecemos a nuestros lectores una selección breve de 7 poemas de Tulio.

 

 

Por Tulio Mora*

Crédito de la foto www.jc-noticiasdelinterior.blogspot.com

 

 

In Memoriam Tulio Mora.

Breve selección de poemas

 

 

Túpac Amaru (1740 – 1781)

 

Todavía hablan de mí situándome en el centro

de la imagen -las cuerdas, los caballos,

mi cuerpo que defiende la unidad intacta

de sus miembros-, y remordidos

prefieren mantenerme ingrávido en el aire.

Se llenan de frases elegantes al citarme:

Aquí no hay más culpables que tú y yo,

……………tú por someter a mi pueblo,

yo por pretender liberarlo.

……………Y hasta el horror se les antoja recurrente

al indagar en los folios del castigo

lo barroco de mi queja: Onze coronas

de hierro con puntas muy agudas,

……………que le han de poner en la cabeza…

…Por la parte del cerebro se le introducirán

……………tres puntas de hierro ardiendo

que le saldrán por la boca…

Qué decir de sus sospechas,

siempre irreprochables, al implicar

en la forma torturada

una metáfora de culpas nacionales

(el equilibrio entre mi cuerpo indivisible

y el verdugo que quiere fragmentarlo,

¿no evoca al equilibrio suicida del Perú,

su imposible armonía?).

Y se escudan en los mitos y obsequiosos

de palabras fermentan en mis miembros mutilados

(por los que yo sufro

mientras ellos investigan)

inconcretables utopías: Cuando su cabeza,

que escondieron debajo de palacio de gobierno,

……………se encuentre con sus extremidades,

volverá el tiempo de Inkarrí.

……………Y esperan que otra vez Areche me coloque

entre los potros del tormento,

y el hacha, ya no los animales,

en las diestras manos del verdugo

separe mis huesos de sus goznes

para encontrar sentido a sus asertos.

Inútil recordarles a los muertos precedentes:

que mi esposa Micaela caminó hasta el cadalso

sin bajar la vista (y eso que llevaba

la lengua hecha un guiñapo y salpicaba sangre

en las finas ropas de Matalinares);

que Tomasa Titu se rió de los cuchillos;

que el negro Oblitas derramó dos lágrimas,

no por la inminencia de su muerte,

sino por lo enojoso de las despedidas;

que, en fin, mis hijos aguardaron con paciencia

que uno a uno los fueran destroncando.

Prescindible es el dolor para tan eruditas

reflexiones: ¿abjuré del rey y sus impuestos?

¿Sobreestimé las condiciones subjetivas

y el carácter de masas de la insurrección?

¿No fui un novato en estrategia?

Pero al cabo generosos

exaltan mis virtudes

caras al siglo de las luces:

era un noble arriero que vestía

……………de negro terciopelo y cabalgaba un potro blanco

y se sabía de memoria a Garcilaso

……………y montaba el drama del Ollantay

antes de entrar en la batalla.

……………Un look para el consumo: los cabellos largos

coronados por un sombrero con el pico rombo

y el ala tiesa y circular -ideal

para levantar turistas en el Cusco.

Una tentación de los arcanos astrológicos:

Huáscar versus Atahualpa,

Manco Inca versus Paullu,

Túpac Amaru versus Pumacahua,

los pares fratricidas -Géminis, sin duda.

Una extravagancia de genealogistas:

rastrear sangre de mi estirpe

en las cortes de Polonia y Portugal.

Un recurso del poder:

citar un verso del poema vigoroso de Romualdo

(querrán matarlo y no podrán matarlo)

cuando la mancha india se arrebata.

Nada más oportuno para todo

que el agonista prometeico,

el que muere porque no muere.

Si tanto saben de mi vida y de mi gesta

¿por qué no revierten mis fracasos

y después me echan en tierra a descansar mi muerte?

 

 

Pikimachay (20,000AC – 14,000 AC)

 

Descanso la fatiga de una vida sin culpas

bajo la humosa, limosa tierra de una cueva.

Pero antes en las pampas

limpias como el ojo de la luna

fundé la memoria de este país.

Fue como cargar a un puma vivo.

 

El poeta Tulio Mora

 

Dos verdades

 

Una verdad es que cuando croan todas

las ranas del altiplano

en pocos momentos empezará a llover.

 

Definitivamente nunca fallan coro y tormento.

 

Tienen la precisión que le debe a la fascinación

la algarabía de un poema.

 

Las batracias no necesitan de la videncia o la religión

ni de la ciencia o la filosofía.

 

Apenas aplican el canto aprendido

desde su nacimiento oliendo en el viento

lo que su pecho despertará,

la plegaria melodiosa que no distingue

sino el júbilo compartido

por el agua que vaciará el lago del cielo.

 

¿Podríamos llamarlo felicidad o solo un aprendizaje

depurado en millones de años?

 

¿Y qué hemos aprendido nosotros en el mismo tiempo

que no sabemos cantar hasta hoy con el mismo fervor?

 

Reunión Horazeriana (de izq. a der.) Tulio Mora, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, Miguel Burga, Carlos Ostolaza y Eloy Jáuregui en el Bar Cordano.
Lima-Perú, 1999.

 

Esa edad


Por sus muslos bajo como una burbuja de carbón,

licuefacta, reventada; por sus muslos abiertos

y su inocente jardín negro picoteado por el viento,

abajo, más abajo de los tajos de la carne, más abajo

del atajo donde el río fue a morir en una mina;

como una infección, por donde todos hubimos de bajar,

por los pujantes dolores de la mujer, madre, madre

(Emma echada, Emma mordiendo con indelicadeza

la funda de una almohada, su aspereza, Emma

desproporcionada por el crecimiento de una cabeza

que ya ve salir como un tallo de azucena

que quisiera arrancarse), madre que no quiso

que yo naciera en una curva de ese río, en la más

alejada de las casas, pero era febrero y llovía y mi padre

no estaba y Emma buscó a una comadrona y dos días

antes ella fue hasta su cama y le dijo a Emma

(mi pequeño pincel, mi noche de naranjas tatuadas),

tocándole las sienes con los pulgares, le dijo

(verso apretado en tu frente, Emma, pobrecito volcán)

que esperase otros dos días, y he aquí que dos días

después la partera baja desatando distancias como madejas

de nubes, errante como una torrentera sin cauce,

y he aquí que baja puntual (Emma contaminada

por el sol de los trenes sin retorno) para bajarme hasta

su pollera o el suelo, bajándome por el cuello (Emma,

muchachita con las piernas tan abiertas, penetrándola

el viento helado de sucia ceniza), pero más abajo

aún, pero más abajo aún, donde se enturbian los espejos

de lo lejos, donde acaban los reflejos, donde se pierden

las inflexiones del dolor. Y qué quedó Emma de ti,

y qué de mí, y qué de quién en el espacio en que uno nace

oliendo a adobes, a tejas lagrimeantes -mientras, más

abajo del mundo, las raíces de la vida son como las manos

que se buscan en dos universos distantes-; oliendo a casa

solitaria (que no deja entrar al diablo), designada para

la maestra -que era Emma. Y ella bajó (por el olor) de un

camión con su panzota bellísima, robusta, y tuvo

que ceder al miedo. ¿Un laberinto o un desierto? ¿Qué

vio Emma al bajar? Mineros tristes pidiéndole una taza

de té para resistir la tristeza, camas sucias, mesas sin

manteles bordados, lámparas de petróleo donde no brillaba

el futuro; vio su barriga que la ponía debajo de los grandes

alientos históricos, serenamente imposible, enamorada

de mi padre que llevaba la barba como un misionero

sin senda, mientras Emma tenía el olor de la hierbabuena

(y yo en su vientre bajo, en un universo celeste, me abría

hacia la superficie por un poco de aire, delfín allí

sobre una lánguida ola, contemplativo y feliz). Debajo

de campanarios y explosiones que precedían el ingreso

resignado de los mineros, dándole a ella -a Emma-

¿felicidad?, ¿temor?, ¿qué sentimiento intruso?; debajo

de un calendario de fiestas sin santos ni guirnaldas;

debajo del fuego estridente de un primus, al nivel

del llantén y del aullido de un perro, al nivel de los lagos

que tentaban a los suicidas con sus reflejos de inexplicables

eclipses lunares, al nivel de las cruces de los hijos

de los pastores que no llegaron ni siquiera a esta casa

a morir -la primera para llegar al pueblo-; desde abajo

caigo sobre la sábana blanca (la sangre última del sacrificio

materno se mantiene en el lienzo cobrando su más

expresionista mensaje de sobrevivencia), navegante

involuntario por el espacio oprimido de un cuarto, caído

pero no perdido, recuperado ante el primer grito (el más

agudo a partir de entonces), cuando no era más grande

que un diente de ajo ni más alto que un ala de gorrión, abajo

de Emma (Emma inocente, Emma como un cesto

que ofrendamos a los seres más tiernos), abajo debí caer,

mientras Emma me limpiaba las primeras lágrimas, el pelo

alborotado, ya expulsado de ella para siempre.

 

 

Huayllay

 

Manos alzadas bajo la lluvia.

Cortaban las uñas y acicalaban el rostro

demacrado y casi lampiño del muerto.

Lavaban su cuerpo amoratado con agua de lago.

¿Qué hombre no se edifica un perdón excesivo,

en masa, bajo el tañido de una campana de abril?

Una banda musical afligía los cerros,

por donde ascendían, descalzos y arrodillados,

hasta la cima coronada por una cruz.

¿Pero qué hombre no cree que Dios es su dolor?

Por eso limpiaban su cuerpo, redoblando el cuidado

que no tuvieron el sacerdote ni el escultor.

En las profundidades de su silencio

acaso ese cuerpo revelaba la certeza de otra pasión.

Más allá, más allá del tiempo y sus sueños

habitaría el dolor verdadero.

Las heridas de la tierra, simples escoriaciones,

como la agonía resplandeciente de una luciérnaga

nos evoca la colisión de una estrella.

 

 

 

Pascual de Andagoya (1498- 1548)

 

Sólo yo supe el nombre de este reino

por el joven Panquiaco, hijo del cacique

de Comagre: Birú (suave como un beso),

que corrompió la soldadesca

llamándolo Perú.

Y a pesar de mi aversión

a las faenas de guerra

y a la áspera floresta de los trópicos

decidí ser el primero en descubrirlo.

No me llamare, como el cronista

Oviedo, al relatar mis peripecias,

……….un hombre falto de aventura,

ni tendré rubor de volver a confesar

que renuncie a su conquista

cuando caí de una canoa y me harté

del agua cenagosa hasta quedar tullido,

si a ello sumó la muerte de mi esposa

y la cárcel que sufrí en Nicaragua,

admitirán que fue cosa de Dios o del azar

que no arribase a estas tierras

antes que los socios de Pizarro.

Lo sé porque a Cuzco fui a morir

y no seguí los complicados jeroglíficos

del cielo o de los mapas

sino el reguero de cadáveres

a todo lo largo del camino,

Si me liberé de cometer

crímenes atroces y vergüenzas peores

¿qué remordimiento he de guardar

por mi buena o mala suerte?

Pero le debo el nombre a este país,

me pertenecen sus sílabas austeras

que aluden al aullido trágico y ventral

de un cementerio general.

Eso me echa más culpas que Pizarro.

 

Amigos Horazerianos (de izq. a der.) Eloy Jáuregui, Lupe Guerrero, Tulio Mora, Miguel Burga, Yulino Dávila y Jorge Pimentel.
Lima-Perú, 1998.

 

Toquepala (10,000ac – 5000ac)

 

Una y otra vez la arcilla colorida se adhiere a la pared

dando forma a las manadas que afuera, en la planicie,

corren, acezantes por los dardos

que arrojamos sobre sus carnes frágiles y tiernas.

Tensos, por la herida, los más débiles nos miran con los ojos

del que jamás volverá a asombrarse.

La resignación es su lenguaje. Los más fuertes

se revuelcan de dolor, lanzan gemidos que el carbón

no reproduce. Su agonía es todo el arte que he dejado.

Su agonía y el goce (también el miedo) de mi vientre.

Aquí no he pintado una ceremonia, sino un consuelo.

El tiempo -esa repetición de mis harturas y penurias,

con los dientes más filudos del más viejo carnicero del Perú-

concederá otros atributos a mi estilo, pero recuerden

el hambre hizo de mí el artista que ahora elogian.

 

 

 

 

 

*(Huancayo-Perú, 1948 – Lima-Perú, 2019). Poeta, comunicador social, ensayista y crítico literario. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Fue fundador del grupo Estación Reunida y de la revista del mismo nombre, además de integrante de movimiento Hora Zero. Obtuvo el Premio del Concurso Latinoamericano de Poesía (1988). Publicó en poesía Mitología (1977), Oración frente a un plato de col y otros poemas (1985), Zoología prestada (1987), Cementerio general (1989), País interior (1994), Simulación de la máscara (2006), Ángeles detrás de la lluvia (2009), Aquí sobra la eternidad (2012) y Oncecielos (2018); así como los ensayos Hora Zero: la última vanguardia latinoamericana de poesía (2000) y Hora Zero: los broches mayores del sonido (2009); y como editor Trapos líricos (2018), libro que reúne Poemas de entrecasa (1969) y otros textos inéditos de Manuel Morales.

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