El presente ensayo se publicó a manera de Epílogo de la edición conmemorativa de El huso de la palabra, publicado por Lustra Editores y el Fondo Editorial APJ, en 2015.

 

Por Diego Alonso Sánchez

Crédito de la foto (izq.) La República/

(der.) www.perubookstore.com

 

 

Imitación de José Watanabe

 

 

Lo mismo la palabra: Los versos que tarjo

 

Cuando tuve El huso de la palabra (1989) en mis manos por primera vez, era 1999. Con justicia, en la facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos, me mandaron a leer este poemario con la simple y engañosa aspiración de conocer a un poeta peruano contemporáneo. Yo era un recién llegado a la escuela de Literatura y mis pretensiones intelectuales me incitaban a leer con voracidad casi todo lo que me llegara a las manos, y esta fue no fue la excepción, felizmente.

Lo que era imposible calcular, entonces, fue la trascendencia que Watanabe tendría para mí. En casa, como si de un viejo conocido se tratara, mi padre me invitó a leer otros libros del poeta de Laredo, alentando inocentemente –también— mi pasión por la literatura japonesa que para entonces recién florecía. Así anduve por la biblioteca familiar hasta que leí todo lo que podía de él; el libro que me gustó más, en ese entonces, fue Cosas del cuerpo (1999): quedé muy prendado de los poemas llenos de erotismo de ese poemario.

Nunca había visto un huso, mucho menos había pensado en quien podría utilizarlo. El día que José Watanabe llegó a mi clase de San Marcos, se mostró sencillo y conversador, con un humor muy fino y abierto a responder todas las preguntas, hasta las incómodas sobre su generación y el oficio de poeta. Si bien sus dos últimas hijas habían estudiado conmigo en el colegio, no recordaba su rostro, tampoco tenía su figura grabada en mi memoria. Nos dijo con sobriedad, que para él escribir era como caminar con la mente más o menos abierta para encontrar los poemas. Así era que tropezaba con ellos, siempre. Por eso no se desesperaba por publicar: “los textos se van juntando solos y el libro nace con naturalidad”, sentenció aquella vez con una sonrisa.

 

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Ahora lo imagino, apilando palabras sobre sus papeles, bond de 80 a 90 gramos de preferencia, con sus lapiceros de tinta sepia, que compraba al por mayor. Hace unos años le contó al escritor Santiago Risso, que “el poema inicial siempre es a mano, hay una artesanía también para la poesía; necesita del papel, del garabatito inconsciente en los bordes mientras piensas”. Siendo Watanabe un compulsivo por la corrección, seguro que refrenar los impulsos sobre el papel le servía de mucho; luego la computadora prepararía el poema para su última y definitiva versión.

Algo de esto yo había entendido en su poema “Los versos que tarjo”; pero todavía sin tanta claridad, claro, relacionando el oficio de poeta con el de hilandero:

 

Las palabras no nos reflejan como los espejos, así exactamente,

pero quisiera.

Escribo con una pregunta obsesiva en las orejas:

¿Esta es la palabra exacta o es el amague de otra

que viene

                        no más bella sino más especular?

Por esta esta inseguridad

tarjo,

toda la noche tarjo, y en el espejo que aún porfío

sólo queda una figura borrosa, mutilada, malograda.

Es como si cumpliera la amenaza de la madre

                                    sibilina

al niño que estaba descubriéndose, curioso,

                        en su imagen:

“Tanto te miras en el espejo

que algún día terminarás por no verte”.

Los versos que irreprimiblemente tarjo

            se llevarán siempre mi poema.

 

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Krankenhaus: El envío

 

Pasó el tiempo y me aficioné mucho a la obra de Watanabe. Pocos meses antes de su muerte pude entrevistarlo, a razón del éxito que tenían sus últimos libros publicados en España: La piedra alada (2005) y Banderas detrás de la niebla (2006). Extraña conversación la de ese día; no pude ocultar mi admiración por el poeta, y luego de una hora de grabar en cinta, resueltamente optamos por seguir conversando sin ningún interés periodístico, por lo que decidí apagar la grabadora. Así, discurrimos sobre muchos temas, pero el más patente fue el referido a la muerte.

Me dijo, sin apetito sentencioso:

“Cuando hablo de la muerte hablo de la muerte real. Porque yo mismo, incluso, he estado en una situación, hace años, bastante delicada, con una enfermedad muy grave, cuyo pronóstico, como dicen los médicos, era reservado. Pero me salvé, y de eso ya hace tiempo. Entonces me enfrenté al hecho de morir también. Y eso me dejó una secuela de pensamiento, a veces, tenebrosa. Pero yo trato de combatir eso; quisiera que la muerte misma sea, sin exagerar, algo erótica.”

 

Es bastante conocido que el poeta enfrentó por primera vez el cáncer antes de la publicación de El huso de la palabra, internándose en un hospital en Alemania. Pero esto no significa que recién desde aquel tiempo entablara relación con los temas funestos. Watanabe siempre estuvo cerca de la muerte. Desde pequeño supo que el tránsito vital sobre la tierra era fugaz, sobre todo refiriéndose a esa muerte que aparecía en los campos de su natal Laredo, tan real como categórica. Por eso era tan reacio de trabajar este tema de manera retórica, como si existiera una obligación eufemística para hablar de algo tan concreto.

Pero igual escribía mucho sobre la muerte. En la última sección de El huso…, José aviva sus dudas y miedos sobre sobre el fin del cuerpo, y como la muerte podría arrastrar con ávida realidad sus despojos. En Krankenhaus (“hospital”, en alemán), además de explorar las raíces del sufrimiento ante el advenimiento de la fatalidad, se da tiempo para reflexionar sobre cómo los hombres nos hermanamos bajo estas lúgubres circunstancias. El poema El envío, es un buen ejemplo de esto, un tema que a veces tiene más de eros que de tanatos:

 

Una delgada columna de sangre desciende desde una bolsa de polietileno hasta la vena mayor de mi mano {…} Esta sangre que me reconforta es anónima. Puede ser de cualquiera {…} ¿Cuál es el nombre de mi dador? A ese solo y preciso hombre le debo agradecimiento. Sin embargo, la sangre que está entrando en mi cuerpo me corrige. Habla sin retórica, de una fraternidad más vasta. Dice que viene de parte de todos, que la reciba como un envío de la especie.

 

Algo así le trató de explicar el mismo Watanabe al poeta Diego Molina en una entrevista: “la muerte, he pensado que debería ser como un mimetismo. Mi ideal de muerte es disolverme en un paisaje, en algo más grande.” Así, devolviéndole a la especie lo que ella le había enviado, recíprocamente.

 

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El amor y no: Mi ojo tiene sus razones

Concuerdo con Darío Jaramillo Agudelo, que bien hace una alabanza a la mirada del poeta (en el prólogo a Poesía completa, 2008), al ojo que viaja y nos invita a ver. Es con los ojos del poeta que encontramos los poemas, “estando a la espera, pero no al acecho”, como bien decía José. Es con esta mirada, desprovista de adornos, que observamos la muerte auténtica y común. Es con esta gimnasia contemplativa que volvemos a leer El huso de la palabra y los poemas se renuevan bajo nuestros ojos, curtidos con esa imposible herencia.

Imposible no recordar el libro que publicaran en el Fondo Editorial del Congreso del Perú, nuestro autor con Amelia Morimoto y Óscar Chambi, conmemorando el centenario de la inmigración japonesa al Perú, que llevó por título La memoria del ojo, cien años de presencia japonesa en el Perú, 1999. Este libro es una suerte de álbum fotográfico con apuntes historiográficos, en donde Watanabe se dedicó a glosar las imágenes, trasmitiendo con contadas palabras lo que las fotografías desbordaban en significado.

Los que conozcan la historia de los migrantes japoneses y sus descendientes en el Perú, sabrán reconocer la pena y el dolor que la Segunda Guerra legó a miles de familias nikkei. Los que conozcan estas circunstancias, tan propias también del optimismo y la esperanza, reconocerán el amor y no. El amor y no a un país que los acogió y luego vapuleó con igual intensidad. Y para muestra de estos sentimientos el padre de José, don Harumi Watanabe, es ejemplo: perseguido por el Estado peruano hasta el punto de esconderse y cambiar de identidad, tratando de salvar el pellejo renegando de su origen.

Ahí también estaba el ojo del poeta, asumiendo con genética imposible (otra vez) una herencia de amor y no. Impecable, en este sentido, es el poema Mi ojo tiene sus razones, porque el espíritu contemplativo que Harumi supo depositar en su hijo más talentoso para las letras se despliega con pudorosa hermosura:

 

Creo que mi ojo tiene un arbitrario criterio de selección.

Obviamente hubo más paisaje alrededor,

imposible que sólo fuéramos ella y yo en el rompeolas.

 

Soy de repeticiones, como todos. Entonces puedo suponer que

si hubo niebla

le dije: botes en la bruma pueden ser sólo reflejos, espejismos,

y le mencioné el antiguo haiku de Harumi:

                                                            “Entre la niebla

                                                            toco el esfumado bote.

                                                            Luego me embarco.”

Si hubo sol

le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso la azoré

diciéndole: posa con los senos hacia el viento.

Si pasaron gaviotas y ella las admiró, le recordé

que eran aves carniceras y que únicamente su feo canto es honesto.

Mi ojo todo lo veía, no descartaba nada.

Entramos en el mar por el rompeolas de rocas cortadas.

Sobre una roca saliente ella recogió su falda

y deslizó sus pies hacia el agua.

Sus muslos desnudos hallaron comodidad en la piedra.

 

Era particularmente raro

el contraste de su muslo blanco contra la roca gris:

su muslo era viviente como un animal dormido en el invierno,

la roca era demasiado corpórea y definitiva.

 

Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje,

pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido

y sólo vuelve con obsesiva precisión

a aquel bello y extremo problema de texturas:

el muslo contra la roca.

 

Vale mencionar que nunca antes un poeta peruano fue tan singularmente relacionado con la tradición del haiku japonés, sin haber escrito uno nunca, propiamente. Es en la génesis de su poesía en donde encontramos el espíritu del haiku, no en su aspecto formal, sino en las pausadas palabras que el propio padre de Watanabe le traducía del japonés, mientras cumplían las labores domésticas. Allí su filiación con esta tradición de oriente.

 

El poeta José Watanabe

El poeta José Watanabe

 

A manera de epílogo

Más de un lector atento se habrá percatado que he invertido el orden de las partes que componen El huso de la palabra. Esta licencia responde a una lectura muy personal del presente libro, en donde se engarzan con mucha potencia los tres temas más desarrollados por el vate de Laredo en toda su obra: el oficio del poeta, el advenimiento de la muerte y la celebración del amor. Quizás sea en este segundo poemario, considerado el más influyente de los años 80`s por los lectores, escritores y críticos de poesía, en donde se muestra con mano firme lo que aterrizará con tranquila sabiduría en Historia Natural (1994): la consolidación de su estilo.

Más que una sesuda investigación sobre la poesía de Watanabe, aquí les presento una aproximación personal a su obra, que de manera sentida me tocó con enormes consecuencias, tanto como lector, escritor y hombre que busca la poesía en la mayoría de gestos de la realidad. Cuando cayó en mí el encargo de realizar este epílogo, me vino a la mente los motivos con los que José rehusó la tentativa de prologar un libro de Carlos Germán Belli: “me excusé porque no hubiera sabido qué decir”. Yo todavía no sé qué decir, a pesar de mi enorme atrevimiento. Espero sepan disculparme.

 

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