Estaba hablando con el bueno de Medo, a quien no conozca en persona, pero con quien intercambiamos correos y mensajes de vez en cuando, sobre su imprescindible blog de poesía y quedó en el aire escribir algo de deportes, algo que no fuera necesariamente poesía y literatura y sus alrededores. Sólo que yo me decía: la energía interior es poesía, el músculo no es más que poesía en movimiento.

Pero claro, esa parte no se la dije a Medo y simplemente quedamos en que redactaría algunos apuntes sobre el deporte contemporáneo, su lugar en nuestras vidas de hoy por hoy o, por último, ya se me ocurriría algo. Me paseaba entonces por las calles de Cleveland, o me iba al muelle de la ciudad en busca de inspiración. Miraba el mar, pero no pasaba nada. Entonces trataba de mirar lo más lejos que pudiera, pero las musas seguían sin pescarme ni por si acaso. De vez en cuando pasaba el bote de medio calado que recorre la bahía con turistas. Vacío. Un verdadero barco fantasma en las mañanas de Ohio del Norte. Me senté en una de las bancas que antaño la municipalidad instalara, cuando se creía que los visitantes inundarían la ciudad y el futuro sería esplendoroso, resignado a que en lugar de la otra voz, las únicas que vendrían a visitarme serían las gaviotas, ensayando su puntería sobre mi cabeza.

No me había dado cuenta, sin embargo, de que cada cinco minutos o menos, mientras yo esperaba que el duende se hiciera cargo de la situación, pasaban hacia uno y otro lado gente haciendo jogging, abrigados y sudorosos, hasta perderse por la orilla rumbo hacia los pueblos adyacentes a la ciudad. Pero lo mío era quejarme: ¿qué carajo le voy a decir Medo?, ¿me invento algo sobre el neobarroco?, ¿Kozer y el yoga?, ¿le gustaría el fútbol a Perlongher?, ¿y a Echavarren, y a Espina?, ¿no son uruguayos, me dije?, ¿trancarían con la cabeza, como es fama que hacen los más adelantados hijos del Río de la Plata?

Sin saber qué hacer, me dispuse a caminar entre las grúas y los montacargas, a recorrer las maquinarias abandonadas adyacentes a un puerto que otrora debe haber sido infinitiamente activo y hoy no es más que el recuerdo de ese mundo industrial que hizo millonarios a algunos (pocos), le dio trabajo a mucha de la esa clase media inmigrante que llegó a estas ciudades, y después desapareció como desapareció también la mitad de la población de estas ciudades (Detroit, Buffalo, Cleveland, Pittsburgh, Akron), en busca de mejores horizontes. Estaba en eso, meditabundo y pensativo, suspirando con un aahhhh!!! ante la bruma proveniente del lago, cuando alguien me gritó quítate del camino ahueonao (get the fuck outta the way sucker!!!), lo cual alcancé a hacer sólo para caer sin ninguna clase de elegancia al costado de la ciclovía hasta donde había llegado sin siquiera darme cuenta. La ensoñación del poeta.

Ahí mismo, entonces, tuve una epifanía, esto es, para los que no saben lo que signifique esa palabra, me pegué el alcachofazo, se me prendió la ampolleta. Cleveland sí es una ciudad de los deportes, sí hay mucho que decir sobre la historia reciente y antigua de esta ciudad. Para empezar (me imaginaba la cara de felicidad de Medo), podría hablar de estos trails infinitos que hay alrededor de la ciudad, en los parques interminables que la rodean y que son una de las características más notables de Cleveland. Ciclovías y zonas donde la gente trota, pasea a sus perros, camina con sus niños: me enorgullecí incluso de no tener que mencionar a LeBron James ni me vería en la obligación de contar cómo abandonó la ciudad que lo vio crecer para irse a jugar a Miami ni tampoco cómo nuestro equipo de básquetbol (los Cleveland Cavaliers) se fue al mismísimo carajo una vez que el hijo predilecto de la ciudad decidió que la ciudad le estaba quedando chica. Nada de eso tendría que decirlo si me dedicaba a dar a conocer la amplitud de la vida al aire libre que se puede llevar a cabo por aquí, de los maratonistas que abundan por estos cerros y ríos y colinas que nos rodean.

Sí, exclamé, ya tengo el artículo listo. No sé qué cara habré puesto cuando dije que tenía el artículo listo, pero de pronto se me acercó un policía que estaba por ahí y me preguntó si estaba bien. Nunca mejor, le dije al querido oficial del cuerpo de policía menos corrupto de todo el país. Es más, le dije, después del nacimiento de mis hijas (y del día que me casé), este es el mejor momento de mi vida. El paco (permítanme el chilenismo) se quedó mirando al horizonte y no pude evitar el suponer que también andaba en busca de inspiración. ¿Seguro que no quiere que lo lleve al hospital o alguna parte?, volvió a preguntarme, pero nada podía estropear en ese momento el diálogo fluido y continuado que había entablado con lo numinoso (una cita de Rojas le va a encantar al sñor editor), mientras pensaba en que el Concejo municipal bien podría estar interesado en ver como promociono ad honorem la ciudad y –he aquí mi espíritu emprendedor, mi adhesión al mundo de la libre empresa– quién sabe si no se abrían, allí ante mis ojos, inesperadamente, vastas y hasta el momento inexploradas oportunidades, inabarcables como las aguas de este lago.

Maurizio va a tener que agradecérmelo.

 

 

Cristián Gómez Olivares (Santiago de Chile, 1971) reside en Estados Unidos. Ha publicado, entre otros títulos, Alfabeto para nadie, Como un ciego en una habitación a oscuras, Pie quebrado, Inessa Armand, Homenaje a Chester Kallman y La casa de Trotsky.

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