Nota periodística publicada por Jorge Eduardo Eielson en el diario peruano La Prensa, el 26 de mayo de 1946.

 
 
 

Homenaje a César Vallejo

 
 
 

Por: Jorge Eduardo Eielson

Crédito de la foto: Izq. © Centro Studi Jorge Eielson

 
 
 
Trato de reunir a Vallejo. Tanta es su vida y tan alta es su muerte que apenas podría alcanzarlo, comprenderlo, si no fuera por entrega en cada uno de sus poemas. Cuando se lo lee jamás se piensa que los ha escrito, jamás se piensa que ?ni siquiera? hayan sido escritos alguna vez. ¡Son tan naturales y necesarios, tan dolorosamente imprescindibles para el hombre, tan caros al universo todo! Ellos son la lengua del hombre, el primer vagido humano, su gloria y su consuelo.

Vallejo desarrolla progresivamente ?con médula de genio? la tragedia social de la criatura herida por el hambre y la miseria, y más altamente, por la soledad y la muerte. El poeta que no establece fronteras entre la tierra y el cielo, el gusano y la estrella, reúne en un solo grito místico, cuanto hay en él de hermoso y sufrido, de humano y eterno, sin distinción de causa. Su entera voz no es sino un resultado universal, una cifra ciega, viviente en cada codo de sangre, en cada pelo o uña de la especie, como lo más íntimo y específico de ella. El poeta juega con dados fijos. No hay azar posible para quien tiene mucho que decir, pues cuanto diga será siempre parte verdadera de él, suma de experiencias y esperanzas, sed oscura de sí mismo, expresión y retorno de lo humano hacia lo humano. Vallejo que vivió y murió en el Perú, España y Francia; Vallejo que murió en París, vecino voluntario del fuego, hijo primero del caos. («Ha llegado el tiempo de los asesinos», diría Rimbaud); Vallejo, que rompió el tejido castellano y arcaico en que naciera con su grito indio salvaje y corrosivo; Vallejo que lloró y escribió sobre la entraña eterna de España y blasfemó contra el déspota, no es, ante todo, sino el poeta del hombre, el más valiente y poderoso defensor de la unidad humana. Tal es su cometido y su obra infatigable, su sangrante gloria.

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