Por: Alejandro Neyra*

Crédito de la foto: Archivo MP

 

 

Xavier Abril.

Hollywood: Pequeños puros y personalísimos cortos

cinematográficos sobre Xavier Abril

 

 

I

Un cuento sanmarquino

La primera vez que escuché el nombre de Xavier Abril pensé que la combinación de aquel nombre (que supuse inventado) con Hollywood, el nombre del poemario surrealista sugerido por el profesor Américo Mudarra en una de las clases de San Marcos, aseguraba encontrar un texto cuando menos interesante para hacer el trabajo que llevaría gran parte de la nota. El primer problema que tuve fue que ya tomada la decisión de que mi trabajo sería sobre aquel libro descubrí que en la humilde biblioteca de Letras de San Marcos no existía un ejemplar. Saqué entonces un poco de tiempo (no debía haber tenido tanto porque para entonces ya estudiaba en la Academia Diplomática al mismo tiempo que Literatura, a lo que sumaba los encuentros deportivos y alcohólicos que me copaban casi todos los fines de semana) y fui al antiguo local de la Biblioteca Nacional, en la avenida Abancay, en pos del preciado texto. Fue allí donde por primera vez leí a Abril, descubriendo además que aquel poeta apellidaba Abril de Vivero y había sido agregado cultural y hermano de un diplomático prestigioso, que era algo en lo que supongo soñaba convertirme por aquel entonces.

Pero lo importante no fue eso sino encontrar un libo mucho más hermoso de lo que había imaginado. No perfecto, a veces ampuloso, pero siempre eficiente y que en sus páginas descubría un mundo que yo había imaginado desde siempre, el de Josephine Baker bailando desnuda, el de Charles Chaplin y otros actores del cine mudo, el de una época que para mí representaba ―y representa aun― el momento en que el ser humano se dio cuenta de que pocos eran los límites que existían para el avance tecnológico. Y el cine era el formato perfecto para aquello. Y Hollywood de Xavier Abril el libro perfecto para acercarme a aquella época y a sus sueños y posibilidades.

Y no está de más decir que aquel trabajo sobre Xavier Abril se convirtió en una ponencia en un congreso en la Universidad Católica y se vio modificado varias veces para cumplir con otro tanto número de trabajos de diferentes cursos universitarios. Podría decir que Abril me acompaño toda la carrera en San Marcos. Y más sorprendente es la forma en que me volví a encontrar con él, casi cinco años después.

 

II

De Ginebra sin amor

El llamado de un diplomático a Lima puede responder a dos cosas. Cuando uno es el Embajador del Perú en un país se debe a que el Perú ha decidido presentar una molestia frente a la actuación de la “potencia extranjera” (sea esta los Estados Unidos, Suiza, Brasil o Chile, da lo mismo el nivel de la potencia). Cuando uno no es sino una cadena más del eslabón en el escalafón diplomático, como por ejemplo un sencillo e ingenuo Segundo Secretario ―que era el rango que tenía en junio de 2005―, el llamado a Lima responde a una casi segura falta disciplinaria que requiere de reprimenda. Sentando frente al lago Léman, en la apacible, calvinista y primaveral Ginebra, mientras paseaba con la que entonces era mi novia, fue lo primero que pensé cuando un amigo llamó a darme la noticia. ¡Qué pasó Alejandrito! ¿Qué hiciste?

Después de los llantos de mi novia extranjera que no entendía nada más que me iba de vuelta al Perú (años después creo que fue feliz por lo mismo) empecé a reflexionar sobre qué era lo que podía haber hecho para ganarme aquel castigo, que dicho francamente pensé en realidad no estaría mal para alguien que siempre añoraba el terruño. No encontré nada en mi memoria y cuando el lunes me presenté a mis jefes, quienes trataron de descifrar junto conmigo qué había detrás de aquel misterioso llamado, deslicé una idea absurda, surrealista: hacía unos meses, en una conversación en medio de un coctel en la casa de la Embajadora que tenía entonces como jefa de misión en Ginebra, el entonces viceministro ―y para aquel momento Canciller― Manuel Rodríguez Cuadros, de manera casual y mientras hablaba de mi propia vocación literaria, se enteró de que había hecho un trabajo universitario sobre Xavier Abril. Rodríguez Cuadros no solo era admirador de Abril sino que, más o menos a la misma edad que yo tenía entonces y siendo un joven secretario en la Embajada del Perú en Montevideo, había trabajado con aquel y trabado una amistad muy estrecha pese a la diferencia de edad con quien entonces ya era un septuagenario Abril. En aquel momento el viceministro me mencionó la existencia de una tía del poeta y de unas cajas en las que quizás habría algo que encontrar de la vida de Abril en Uruguay. Te llamaré cuando las encuentre, me había dicho el Embajador Rodríguez Cuadros.

Pero no, no puede ser eso, me dijeron mis jefes, algo más habrás hecho. Y pese a la duda, me compraron un pasaje a Lima para cumplir con el extraño úkase de la infalible Torre Tagle. Ya lo contaría cuando regresara de Lima… si es que regresaba.

 

III

El sueño surrealista

Confieso que el viaje a Lima me tenía menos intrigado que feliz. Estaba ansioso por encontrarme con mi familia, con mis amigos y no me preocupaba en absoluto que nadie en mi propia Cancillería supiera qué hacer conmigo en Lima ni para qué me habían llamado.

Cuando llegué al Ministerio me sentí como en la versión wellesiana de El proceso de Kafka. De Recursos Humanos a otras oficinas en las que quizás alguien sabría qué hacer conmigo y para qué me habían hecho volver desde Ginebra. Todo un día la pasé siguiendo pistas inconexas hasta que hablé con el Director de Recursos Humanos, quien tampoco supo qué decirme pero por lo menos me dijo que cruzara hacia el palacio de Torre Tagle, a la oficina del Canciller que era de donde había provenido la orden que me hacía entonces encontrarme en Lima. Pero cuando fui allá, atravesando el inmenso recinto palaciego y llegando al segundo piso donde estaba el despacho del hombre más importante del escalafón, hubo alguien que me supiera dar razón de por qué estaba allí. El Jefe de Gabinete me dijo que volviera en dos días pues el Canciller estaba de gira y él era el único que sabía de mi curioso llamado. Apenas saliendo de allí, un colega me preguntó si yo era Neyra. Sí, Alejandro Neyra, él mismo. No sabía tampoco para qué me habían hecho venir pero tenía algo que ver con literatura. Al menos la pista que tenía era la correcta.

Cuando me encontré dos días después con el Canciller de la República, por fin comprobé mis sospechas. Pasé al despacho más hermoso del Perú (el presidencial es chancay de a veinte en comparación de Torre Tagle) y allí me di con unas cajas viejas y desvencijadas. Esos eran los papeles póstumos de Xavier Abril que me habían hecho recorrer diez mil kilómetros de vuelta a casa. Tendría un espacio en una oficina en la mezzanine de Torre Tagle (espacio que quizás fuera usado como depósito por la servidumbre pues está en el segundo patio del palacio, por una escalera que sube cerca del pozo de la casona) donde podría revisar la documentación que había en esas cuatro o cinco cajas. Difícilmente podría haber tenido un mejor oficio durante aquellas semanas de junio de 2005.

 

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«Hollywood» (1931), de Xavier Abril.
Madrid, editorial Ulises.
Cubierta por Maruja Mallo
Foto: Archivo MP

 

IV

Papeles y papelitos

Luego de hacerme de una cámara digital ―excelente consejo que me diera un colega― dediqué mis días y tardes de dos semanas a revisar todo lo que había en aquellas cajas. La ilusión de desentrañar misterios, encontrar inéditos y dedicarme a una larga exégesis de Abril lamentablemente no fue exactamente lo que sucedió.

Gran parte de aquellos papeles entregados por una prima montevideana al Canciller peruano, no pasaban de recortes viejos sin ningún valor, copias de textos burocráticos sin valor literario y muchas cartas/diatribas dedicadas a algunos “colegas” vallejianos. Lo primero que descubrí fue que Abril, quien había sido amigo de César Vallejo igual que su hermano Francisco ―quien además ayudó económicamente a sobrevivir al poeta trujillano en Europa― se consideraba el primer y único vallejiano. Había numerosos textos dedicados a analizar poemas de Vallejo ―de manera fragmentada y desestructurada― y en medio de aquellos textos había amplios espacios para la diatriba contra otros críticos de Vallejo. Las más duras y violentas eran las cartas contra Juan Larrea, oriundo de Bilbao, también poeta y amigo del gran César, con quien se enfrascó en innumerables batallas sobre el carácter de la poesía vallejiana y sobre la propia vida del poeta; ambos competían para saber quién había sido mejor amigo y más cercano a Vallejo y por las cartas de Abril, las discusiones eran notoriamente desagradables. Xavier Abril, no sin gracia, ataca al poeta bilbaíno a quien bautiza Diarrea. Pero más allá de ello, es claro que no es acá donde podía encontrarse algo de interés sobre Xavier Abril.

Sin embargo, para usar una estadística aproximada, del total de papeles que llenaba aquellas cajas, hubo un 5% que sobrevivía como valioso. Líneas de poemas corregidas, recortes de diarios de los años 30 con poesías desconocidas de Abril y hasta alguno que otro manuscrito con versos tachados me permitieron llenar hasta dos pequeños álbumes con aquellos textos, que al cabo de quince días presenté orgulloso al Canciller diciéndole que había recuperado al menos algo del acervo de su amigo que por entonces llevaba ya casi quince años de fallecido.

Me debo haber ganado una pequeña felicitación pero lo único que recuerdo es que el canciller me dijo que me quedara aun en Lima. Con aquellos papeles debería hacer una muestra que estaría en un ambiente del novísimo Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, nuevo espacio cultural de la Cancillería que estaría en la casa Aspíllaga, el edificio adyacente a Torre Tagle, una casona republicana que estaba siendo restaurada gracias a la cooperación española y que en quince días más se inauguraría. Debía entonces ir a trabajar con mis colegas de la Dirección de Asuntos Culturales y con un poeta que fungía de asesor para aquel proyecto: Alonso Ruiz Rosas.

 

V

Abril, Oquendo y el tiempo en el Perú

En dos semanas lo más complicado fue ayudar a conseguir mobiliario aparente en el que pudieran presentarse las muestras bibliográficas. No entendía cómo aquella casona en la que aún se estaba trabajando podría estar lista en dos semanas. De hecho hasta el mismo día de la inauguración había montículos de desmonte acumulados en el patio principal de la casa Aspíllaga. Pero para la noche, cuando el pasacalle de Yuyachkani hacía su ingreso apenas se inauguraba el Centro Cultural y participaba de aquel concurrido coctel de apertura, todo estaba impecable. Perfect peruvian timing. Y por supuesto también aquella muestra que finalmente juntó a Xavier Abril con otro poeta surrealista: Carlos Oquendo de Amat. Los cinematográficos Cinco metros de poemas se juntaban con Hollywood y aquellas piezas descubiertas por un joven Segundo Secretario en medio de muchísimas hojas sin valor.

Por suerte el destino final de los papeles de Abril no pudo ser mejor. Marco Martos, querido poeta y profesor sanmarquino, quien estaba trabajando una edición por el centenario de Xavier Abril, me pidió que Cancillería pudiera donar aquella muestra y, con la anuencia del Canciller, así fue. Esa es la razón por la cual aparezco entre los agradecimientos del libro homenaje y también por la cual escribí un artículo sobre aquel trabajo, en el cual aún se menciona otra suerte para aquellos documentos (http://www.librosperuanos.com/autores/articulo/00000000101/Un-siglo-de-Xavier-Abril).

Cierto. Aquella noche de inauguración, en julio de 2005, fue la última que pasé en aquel viaje. Había cumplido un mes exacto en Lima, tiempo máximo para un “llamado a Lima”. Cuando regresé a Ginebra me esperaba aquella novia que no sé bien si creyó toda aquella aventura surrealista. Lo curioso es que el Canciller, apenas dos semanas después, visitó Ginebra. Cuando fui a recibirlo junto a mis colegas al aeropuerto de Cointrin lo único que me dijo fue ¿Y tú no estabas en Lima?

 

 

 

 

 

*(Lima, 1974). Escritor y diplomatico peruano. Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es Consejero en el Servicio Diplomático y ha trabajado en la Representación del Perú en Ginebra y en el Gabinete del Ministro de Relaciones Exteriores entre 2009 y 2011, entre otros. Ha publicado el libro de cuento Peruanos Ilustres (2005), Peruvians do it better (2007) y Peruanas Ilustres (2009). En 2012 ganó los premios Copé de Plata en categoría Cuento y IV Premio de Novela Breve 2012 de la Cámara Peruana del Libro de Lima por CIA Perú, 1985.

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