Por Florencia Meineri*

Crédito de la foto www.ar.pinterest.com/saarvanes

 

 

Georg Trakl.

Un maldito del Expresionismo

 

 

A las letras germanas, como a otras, es posible ingresar por la puerta grande, o bien, escabullirse por la parte de atrás. Cuando se habla de letras argentinas, por poner un caso, parece obligatoria cualquier lectura sobre Jorge Luis Borges, pero, si hay algo que caracteriza a la literatura de ese país sudamericano, es su naturaleza eficazmente ecléctica. Borges puede ser considerado el mayor emblema de su país; no el único. Algo similar podría decirse sobre el territorio que conforman hoy las tres principales naciones germanoparlantes —Alemania, Austria y Suiza—. Es que ha sido, pese a las reconfiguraciones políticas, una vastedad en sí misma, al menos, desde el punto de vista literario. Pensar a esta tierra desde la literatura es pensarla también, desde la historia, desde la cultura, desde la propia política. Así, la cuna del escritor sobre el que se centra este artículo, es Salzburgo, la misma ciudad del prodigioso y celebérrimo Wolfgang Amadeus Mozart. Ese escritor es Georg Trakl**, alguien que muy posiblemente no aparecería entre los primeros autores en alemán de una lista de recomendados.

 

El poeta Georg Trakl de niño, en 1892.

 

El peso de algunos, como suele suceder, mella el protagonismo de otros en un escenario tan inabarcable como el de las letras germanas. Asimismo, y gracias a las facilidades que nos proveen las nuevas tecnologías, bucear y rescatar tesoros en el fondo —a aquellos escritores perdidos o injustamente olvidados— se ha vuelto, prácticamente, cosa de todos los días. Georg Trakl, quizá, se fue demasiado pronto como para ganar esa pulseada que todo escritor libra contra el mundo y contra sí mismo. Abandonó antes. Murió joven y alejado de su patria. Murió en una cama de hospital tras una vida de tormentos y de reiterados intentos de suicidio. Se fue, se fue en la más oscura soledad. Su hermana más querida y con quien suele involucrárselo en una relación tan fuerte como prohibida, —y a quien Georg llamaba cariñosamente Gretl— decidiría correr la misma suerte que él tres años más tarde, en Berlín.

 

 

Lo cierto es que Georg Trakl vaciló entre el éxtasis de la poesía y el teatro y los influjos de apaciguar la locura por medio de los estudios formales en Farmacia. También es cierto que encontró en la dramaturgia de Ibsen y Maeterlinck un reducto y una escapatoria al mismo tiempo. Esa clase de contradicción que embriagaba sus días. Asimismo fueron las composiciones de Chopin, Schubert y Liszt parte de ese microcosmos que, el escritor austríaco inventó para rellenar tanto vacío. Pero, todo esfuerzo por huir de ese caos interno, sería en vano. El alcohol lo acompañó hasta el último día. La guerra del catorce no pudo menos que socavar aún más su alma, y es que él mismo la protagonizó. Dada su profesión de farmacéutico, fue enviado al frente, a ocupar fila entre las tropas austro-húngaras. Fue allí que presenció los peores horrores que el mundo había visto hasta el momento. La guerra en carne propia, soldados reventados por los disparos y los estallidos, gimiendo en las trincheras. Algunos clamando que los dejen morir. Trakl también querrá morir y lo detendrán sus compañeros. Son días en los que cunde el pánico dentro y fuera de Europa, días en los que el sentido de la vida se parece desintegrar.

La vida de Georg Trakl es la vida de un hombre que, de niño, no destacó en absoluto en el colegio, (más bien fue un estudiante mediocre) devenido en terrible poeta. Terrible digamos, porque sus versos son terribles, terribles como lo que aquellos reflejaban. Hijo de un ferretero luterano y una melómana católica de origen eslavo, Trakl fue un hombre abatido por el amor incestuoso profesado a su hermana. Fue, también, ese Poète maudit de una Austria rica en personajes de la cultura como en profundos cambios de orden geopolítico.

 

(izq. a der.) Georg Trakl y su hermana Gretl Trakl.

 

En una carta, su amigo Von Ficker así lo definía:

“…Siempre se le hacía difícil arreglárselas con el mundo exterior, al tiempo que iba ahondándose cada vez más en el manantial de su creación poética… Bebedor y drogadicto empedernido, jamás le abandonaba su porte noble, de un temple espiritual fuera de lo común; no hay hombre que haya podido verle jamás tambalearse siquiera, o ponerse impertinente cuando bebía, si bien, a horas avanzadas de la noche, su forma de hablar, por lo demás tan delicada y como rondando siempre un mutismo inefable, se endurecía a menudo con el vino de una manera peculiar y, entonces, podía aguzarse en una malicia relampagueante. Pero, por debajo, solía sufrir él más que aquéllos sobre cuyas cabezas descargaba como un rayo la daga de sus palabras en el corro enmudecido, pues en tales momentos parecía de una veracidad tal que le partiera auténticamente el corazón. Por lo demás era un hombre callado, ensimismado, pero en modo alguno reservado; al contrario, sabía entenderse bondadoso y humano como el que más con gente sencilla y franca de cualquier clase social, de la más alta a la más baja, con que tuvieran el corazón ‘en su sitio’, en particular con los niños. Bienes apenas le quedaban, tener libros siempre le pareció superfluo, y acabó ‘liquidando’ por lo que le dieran todo su Dostoievski, al que veneraba fervientemente… Entonces estalló la guerra, y Trakl tuvo que ir al frente en su antiguo puesto de farmacéutico militar con un hospital ambulante. A Galitzia. Al principio aquello pareció romper el hielo y arrancarle a su pesadumbre. Pero luego, tras la retirada de Grodeck, recibí desde el hospital de plaza de Cracovia, adonde se le había llevado para observación por su estado psíquico, un par de cartas suyas que sonaban como llamadas de socorro de su alma”.

 

El poeta Georg Trakl, vestido como médico de la armada para la Primera Guerra Mundial.

 

Su intervención como oficial médico en la batalla de Grodeck (actual Galitzia ucraniana) lo inspiró a escribir uno de sus más famosos poemas, de título homónimo. Tras permanecer un tiempo internado en una clínica neuropsiquiátrica en Cracovia, se fue definitivamente el 3 de noviembre de 1914. Una sobredosis con cocaína pondría fin a todo. Tenía 27 años y la Primera Guerra Mundial llevaba sólo cuatro meses de iniciada. Antes, cuentan algunos archivos epistolares, se había asegurado de enviarle a su amada Gretl, una cuantiosa suma de dinero, donada por nada más y nada menos que Wittgenstein. Del filósofo se sabe que había llegado a entablar con Trakl un vínculo muy cercano tras conocerse ambos en el círculo de intelectuales alemanes. La admiración, se dice, era mutua.

 

 

 

 

*(Villa Mercedes-Argentina, 1992). Licenciada en Administración, gestora cultural y aficionada a las lenguas germánicas, principalmente al idioma el alemán, que estudia y enriquece desde la adolescencia.

 

 

 

**(Salzburgo-Austria, 1887 – Cracovia-Polonia, 1914). Poeta. Uno de los principales escritores vanguardistas y expresionistas en Europa. Licenciado como Maestro farmacéutico por la Universidad de Viena (Austria), por lo que luego trabajó en la farmacia Zum Weißen Engel (‘El ángel blanco’). Formó parte del círculo poético Apollo y mientras redactaba notas para Salzburger Volkszeitung. Entró a trabajar al ejército y fue destacado a Innsbruck, luego regresó a Viena. En 1914 fue reclutado para la Primera Guerra Mundial como oficial médico participando en la batalla de Grodek, lo que agravó su depresión y llevó a que fuera trasladado al manicomio de Cracovia. Publicó en poesía Poemas (1913), Sebastian en el sueño (póstumo, 1915), El otoño del solitario (póstumo, 1920), Canción del fragmentado (póstumo, 1933), Desde la copa de oro (póstumo, 1939) y Revelación y decadencia (póstumo, 1947).

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.