Por Ana Arzoumanian*

Crédito de la foto la autora

 

 

Fragmento del poema Del vodka hecho con moras (2015),

de Ana Arzoumanian

 

 

del-vodka

 

¿Y vos qué fuiste? ¿Verdugo o víctima?

 

En los lager de Siberia los hielos eternos conservan los cuerpos.

 

Yo, a veces, me hacía llamar Gurén. Yo, de ojos negros concentrados, con un pasaporte soviético de gente muerta cruzaba la frontera de Karabagh.

 

Y yo verdugo. Yo víctima.

 

Con las huellas de Vartán, el valiente, y su frase asolada por los persas. Yo con esa frase. Nosotros, los del país, los que hablamos la lengua oficial, nosotros víctimas. Nosotros, una cultura de defensa, de fortificación. Nosotros somos parte de Europa cristiana. No somos parte, no; somos su fin. Aquí Europa se difumina, se diluye, se pierde. Cómo responderte ¿y vos qué fuiste? Si acá las personas no existen. Aquí, la causa. Azul profundo transparente, como de cobalto, el ambiente de montaña.

 

¿Y vos qué fuiste?

 

Nadezhda Alliluyeva, el quince aniversario de Octubre en el Kremlin en la sala junto a Stalin. Él, que fumaba pipa, ese día fuma cigarros. Le lanza un cigarro encendido a Nadezhda y va a parar en el escote del vestido. Decimoquinto aniversario de Octubre en el Kremlin. Él se va a la dacha. Ella aún con las marcas del cigarro, muere al lado de su cama con una pequeña pistola en la mano.

 

¿Verdugo o víctima?

 

Una isla cristiana de apenas trece kilómetros.  De pronto las dos repúblicas cierran sus fronteras, se declaran la guerra. Y Moscú no tiene nada que hacer. Arrían en el Kremlin la bandera roja. La Unión deja de existir. No desaparece del todo.

 

Queda el ejército. Queda la policía militar.

 

¿Verdugo o víctima?

 

Se desarrolla el mercado de armas. De las ciudades desmanteladas se percibe un cierto humo. Nos inciensan.

 

Cómo te contesto, verdugo o víctima, si el secreto y la mentira están en las raíces del idioma. Lenin nos había enseñado que decir la verdad es un prejuicio. Quizás por eso ahora las guerras son peleadas por niños. Un juego donde lo primero es cortar cabezas sin responder quiénes.

 

¿Quién ataca?

 

Partir de cero.

 

Nada de nada del recuerdo.

 

No esperaba sacarte el vestido. Te mordía los pezones aún con el vestido puesto. Cuando comenzabas a bajarte el cierre, te detuve.

 

Una suspensión nos arrastra  a  bloques de reinos, de épocas. Ni animal, ni planta, como una muerte que ve. Ojos que reconocen ojos. Un tiempo no pulsado. Una música que no tiene punto de origen. Te pido que me digas dónde. Me señalás tus pechos. Velocidades, lentitudes, empujando una proliferación; algo que se extingue. Hombre o mujer, acunándome. Tu boca. Tus ingles. Me deshago destruyendo imágenes sin prudencia. Por allí no se filtra ninguna ficción. Ni mentira ni verdad. Y como no hay ninguna estampita donde sostenerme. Nada. Una necesidad de destruir.

 

Partir de cero.

 

Anular fin y comienzo. Y en el medio, ahí en vos, vos que ni mujer ni hombre. Vos, sin imágenes donde adquiero velocidad y, a la vez, como si estuviese cosido, pero no. Inmovilizado pero en pleno movimiento. Detenido el ejercicio de todo el organismo.

 

Todo se ha suprimido. El cuerpo ya no quiere ser llenado. Es una circulación. Un intercambio de fuerzas sin nombre. Ni mentira ni verdad ni verdugo ni víctima ni hombre ni mujer; grito, elijo ponerme Pegor como sobrenombre de guerra. Yo, sastre, albañil, cerrajero, fabrico granadas caseras. Me hiero varias veces experimentando con los explosivos en casa. Elijo llamarme Esquirla. Yo, Pegor. Esquirla. Desprendido de un hueso, de una piedra, un cristal. Una antimemoria.

 

El tapado militar. Las botas.

 

La inmortalidad se logra cuando desaparece el cuerpo de la tumba. Eso nos dicen los santos. Que fue María y que él no estaba, que entonces allí, en el vacío, ella supo.

 

Yo no seré inmortal porque estoy aquí.

 

Aquí.

 

Aquí.

 

Un límite.

 

Un superlativo.

 

Una cumbre.

 

Yo no seré inmortal. Llegás buscando un nunca- jamás- nada más. Y en su lugar, una larga hibernación o un pequeño desvanecimiento. Un adormecerse este lugar de encanto. Esta puesta en escena, estas palabras que te dicen: quedate con mi cuerpo.

 

Después; poseemos sólo distancias.

 

Después; te dolía hasta el agua.

 

Entre vos y vos. Yo sobre vos mirándote a tus ojos llenos de lágrimas. Un animal llorando. Te ponés de espalda. Yo busco tu entrepierna con una mano. Con la otra, hago presión en tu cuello. Me pongo desnudo al borde de la cama. El sexo al borde. Vos como rezando subís tus manos al costado de mi cuerpo. Una mano a cada lado. Yo me deshago. Y ahí, en ese momento, tus brazos avanzan como escalando una pared, o como si se terminaran de desgarrar de un muro, listos para caer antes de que lleguen al suelo. Yo, casi grito mi amor; aunque no lo seas, y caigas, y ahora se vean sólo tus pies de bailarina clásica con tus medias de ligas negras caídas a la altura de tus tobillos tatuados con una media luna y una estrella. Más oriental que la República Oriental de Armenia.

 

Te vestís para irte. Para irte y luego volver. Para volver y comprobar que mi cuerpo sigue allí. Tenés puesto un saco largo tejido de colores con unos puntos abiertos por los que se ven tus piernas. Una cartera de colores negra y fucsia con unos hilos plateados. Decís que estamos para hacer una road movie de gitanos. En la película paramos en un pueblo. Un bar, una banda con dos acordeones, un violín, un canón y vos bailando, bailando. Todos toman un vino rojo mezclado con un poco de ron y unas frutas de hueso. Nuestro auto de la road movie gitana es llevado como un carro por un caballo. La película sin ningún corten, no termina del todo.

 

Te miro y te extraigo el aceite, el óleo usado en los sacramentos y ceremonias del olivo, del fresno, del jazmín. Yo podando las ramas bajas para que formen copa, te beso con mi lengua haciendo saliva para que tus aguas de la boca besen el miembro con mi saliva en mí. Vos con ese olor a resina de las orillas del mar Báltico, ese aroma del interior de las ballenas que a veces se encuentra flotando en el mar y es el ámbar con el que se hacen boquillas, collares.

 

Hice cosas.

 

Pensaba que todo el mundo sabía.

 

Algunos se quitaron los uniformes. Los colgaron en sus armarios. Y aún así, no serán inmortales.

 

Porque no hay regreso a casa posible.

 

No se vuelve del campo de batalla.

 

 

 

 

*(Buenos Aires – Argentina, 1962). Poeta, narradora, ensayista, crítica literaria y teatral, traductora y abogada. Magíster en Psicoanálisis por la Escuela de Orientación Lacaniana de Buenos Aires. Se ha desempeñado como asesora en el Ministerio de Justicia de Argentina y docente de la facultad de Ciencias Jurídicas de Buenos Aires de la Universidad del Salvador. Actualmente, es catedrática del Posgrado Internacional de Escrituras Creativas en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales -FLACSO-. Ha publicado en poesía: Labios (1993), Debajo de la piedra (1998), El ahogadero (2002), Cuando todo acaba todo acabará (2008) y Káukasos (2011); en narrativa La mujer de ellos (2001), La granada (2003), Mía (2004), Juana I (2006) y Mar Negro (2012); en traducción: Sade y la escritura de la orgía. Poder y parodia en Historia de Juliette de Lucienne Frappier-Mazur (2006), Lo largo y lo corto del verso Holocausto de Susan Gubar (2007), co- traducción junto a Alice Ter Ghevondian Un idioma también es un incendio. 20 poetas de Armenia (2013) y El alambre no se percibía entre la hierba. Relatos sobre la guerra de Karabagh (2015, de los escritores armenios Levón Khecohyan y Hovhannés Yeranyan, traducción conjunta con Alice Ter Ghevondian); y en ensayo: La universidad posmoderna (1994), El depósito humano. Una geografía de la desaparición (2010) y Hacer violencia. El régimen insurrecto en el arte” sobre arte y genocidio (2014).

Deja un comentario