Vuelve la poesía a Chepén (Perú), a través de la octava edición del Festival de Poesía en Chepén Chepén (2017) en la que participarán poetas de distintas nacionalidades. Este año, ante la reciente partida física del reconocido poeta Arturo Corcuera, el Festival estará dedicado a su memoria. Las lecturas y actividades se llevarán a cabo los días 06, 07, 08 y 09 de setiembre, con una participación de los poetas el día 06 del mismo mes en Lima, y los días restantes en Chepén. La organización es por el gestor cultural Diego Bardález junto a Julia Wong.

El programa estará nutrido por recitales de poesía, lecturas con niños y jóvenes, talleres de literatura, ferias de libro, presentaciones en colegios, compartir con colegas de la zona y charlas con maestros. En esta ocasión la nómina está conformada por los siguientes poetas extranjeros: Karina Macció (Argentina), René Silva (Chile), Henry Gómez (Colombia), Dora Moro y Sergio Faz (México) y José Luis Peixoto (Portugal). Completan la nómina nuestros connacionales Rocío Silva Santisteban, Becky Urbina, Pablo Salazar-Calderón y David de Soto.

El Festival inicia en Lima este miércoles 06 de setiembre a las 12.00 m. con una ceremonia de bienvenida a los poetas en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega del Ministerio de Relaciones Exteriores (Jirón Ucayali 391, Centro de Lima).

 

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Breve muestra poética del Festival de Poesía en Chepén Chepén (2017)

 

 

 

José Luis Peixoto (Portugal)

 

Explicación de la eternidad

Lentamente, el tiempo transforma todo en tiempo.

el odio se transforma en tiempo,

el amor se transforma en tiempo,

el dolor se transforma

en tiempo.

 

los asuntos que consideramos más profundos,

más imposibles, más permanentes e inmutables,

se transforman lentamente en tiempo.

 

por sí solo, el tiempo no es nada.

la edad de nada es nada.

la eternidad no existe.

no obstante, la eternidad existe.

 

los instantes de tus ojos varados en mí eran eternos.

los instantes de tu sonrisa eran eternos.

los instantes de tu cuerpo de luz eran eternos.

fuiste eterna hasta el fin.

 

 

 

Dora Moro (México)

 

14.

como que todo por dentro me funciona demasiado

NO un niño no sabe de los demás y hados

por dentro siento Járin que todo tiene una máquina

todo repite pensamientos de cómo dañarla

sentimientos al rescate

por ejemplo Bayo y pienso en el rescate cuando me vendió los patines azules pensé que no me cobraría pero me quedé con un hueco en la mano y me dio garantía en nota

 

qué es garantía

creí hasta la anorexia en las promesas de un yogurt

solo decepción de bacilos de astilla

hoy que existen años luz entre el corral y el recuerdo me doy cuenta de lo funcional

aprendí a estar contigo aunque siempre la interrupción

contaba la luz de la tarde sobre la vidriera ámbar que lograba sacarme lágrimas

venía alguien a interrumpirnos

yo quería estar solo y me sentía triste por estarlo

yo quería estar loco y me horripilaba que lo funcional me alejara del manicomio

siempre esta maldita receta para que la máquina de quedar bien opere

 

cuando el tiempo frenaba

yo veía el concreto vegetal de la azotea

era vegetal

no necesitaba más escenario que el de los fingidos

un teatro flotante yo con un traje de aire

y el aplauso a condición de que nadie me viera

al final del acto yo me aventaba al vacío y me despedazaba en setentaydos piezas

no era un sueño de fama que más tarde se cumpliría

si me hubieran pillado moriría de vergüenza

por culpa de la máquina de funcionar

o porque de casi todas las cosas que no soy

Járin

soy las que todos creían que era

que lo lindo lo sociable que rellénate con papalotes y carritos que empujar

no Járin la esencia estaba en la masturbación con agua

en la maldad de dañar los tapices contra la opulencia de la casa

en poner un hilo de caña para pescarle los pies y que cayera sobre su propio eje

sin esconder el arma

porque los hilos de caña gozan de la invisibilidad como tú

 

pero cuando vi a mi madre muerta en el suelo rosa mexicano que yo odiaba

no sabía que el gas mata

yo lo hubiera intentado a los siete años

debate entre lo afuera

un cansancio por seguir la estrategia aprendida

seguir en la casa

creer que lo que ven todos es una fachada estética cordial amante de los azules claros

a esa edad uno se convierte en un hipopótamo del tamaño de los hipócritas

 

Me empiezo a enfurecer Járin con tanta materia prima pudriéndose

el tiempo se enrosca hacía la izquierda del hemisferio norte

se va por resumideros de cuestionamientos

la certeza de sobrar

de estorbar

de hablar llegando tarde al festín de la abuela

a los paseos en el ciento diez

 

el amor es una gestión social de las pulsiones biológicas que suceden al enamoramiento

yo siempre sentí que la gestión se llevaba a cabo dentro

mas no el trueque

ahí estaba Tino al otro lado del océano haciéndome berrear tras la celosía de mi cuarto

los amigos muertos actuaban como clanes de almas

en el cementerio negro todos hablaban el mismo lenguaje mientras yo

me aferraba a un esperanto de mierda que supuraba de antepasados que no supe

a veces quiero echarle la culpa a la falta de información sobre mi chozno mayor mi saltapatrás

con ello no seguiría yo en esta enrancia de diálogos

no seguiría no

 

 

 

Henry Gómez (Colombia)

 

Jim Morrison

 

Desde lo alto de la duna dejo caer una escudilla que rasga un aire extraño que acecha mi presencia. Ancianos ángeles amasan mi saliva con arena. ¿Quién acompañará mis huellas para descifrar el verdadero rostro de la luz?

Romper el cristal. No hay noche más fría. El nombre del desierto me persigue. Las puertas se derrumban.

Con el hueso roto del coyote buscaré mis años perdidos junto a un demonio que trama el antiguo imperio del cielo.

 

 

 

Karina Macció (Argentina)

 

La escena es ésta:

Una nena, o niña si quieren (para hacerlo más neutral), muy bonita ella, muy arreglada, rubiecita, pelo perfecto, ojos de miel, blanquísima con algunas pecas, primero está seria, neutra, no se puede intuir lo que piensa, tiene las manos agarradas por detrás, no se ven, ella no se mueve. Hasta que con lentitud se desanuda un brazo y lo empieza a extender, el otro se acomoda a su lado, suelto, tranquilo. Morosamente las facciones de la cara sufren cambios, mínimos pero constantes: desemboca en una sonrisa torcida de un lado y un repentino brillo en los ojos, flashean las pupilas, destellan. Alguien podría llamarla “pícara”, o “traviesa”. Ahora se puede apreciar el contenido de la mano antes oculta, es una bomba, sí, de ésas como calcadas de un dibujo animado, una bomba redonda, una esfera negra con una mecha blanca y larga, reluciente, que cae a un costado, tranquila, segura. La niña permanece así unos instantes, parece una eternidad (uno esperaría más acción, ¿qué va a hacer ahora? ¿o se va a quedar así, inmovilizada en esa mueca de risita y con una bomba en la mano?). Quizás pasa un minuto. Fugaz se ve un cambio de expresión, revolea los ojos y se tensa. Pero no hace, en efecto, nada. Luego mueve muy rápido la otra mano, la que está libre y busca algo en un bolsillo, hasta este punto invisible, de la falda triangular color verde. Extrae un cilindro pequeño, naranja rabioso. No se distingue bien qué es, permanece un rato nuevamente quieta, piensa? Su rostro sigue tenso, diríamos que está rígida, sin embargo, algo se mueve por dentro. Esa rigidez es mentida, contenida, es obvia agitación. ¿Serán las pestañas que parecen moverse? Largas pestañas, oscuras, enmarcan los ojos que de pícaros brillantes se han puesto aguados, como si se estuvieran desdibujando lentamente. Hay temor. El cilindro es un encendedor, se ha develado una llamita naranjazulada tintineante. Ahora toda la imagen parece temblar, impulsada por una brisa suave interna, corriente de la sangre que burbujea. Ya sabemos qué pasa, es siempre el final, ya sabemos. Entonces, ¿vale la pena decirlo?

A ver.

Mueve la llamita débil hasta la mecha, debe bajar el brazo, apuntar con la mano, ir con seguridad pero no tan rápido. La llama murió. Ni tocó el pabilo. Murió antes de llegar. Hay otra oportunidad (de pensar, de tomar la decisión). El encendedor es frotado en falso, una, dos, tres, a la cuarta prende. La llama parece más decidida ¿o es la manito apretada? Se acerca a la mecha rápido, está prendiendo, sí, está encendiendo, y de un segundo para otro, ya no. Se apagó otra vez. Hay una oportunidad más (no hay un destino, sólo finales más conocidos, más estereotipados, pero también está la voluntad, contra el deseo la voluntad, es posible? ¿Qué batalla es ésta? La voluntad, de hierro le dicen. Pero el fuego intenso vence todo, el hierro se hace una serpiente ondulada, fofa, escurridiza). La llama está encendida, los ojitos otra vez relumbran, como si supieran que tanto no se puede fallar. El cuerpo parece ahora un poco menos duro, y los dientes se abren paso entre unos labios tiernos. Ya no puedo distinguir ver, se me nubló la vista. Empañada, ahumada? ¿Qué tengo? En un vértigo de flecha el brazo se mueve y ahora la cuerda, acostumbrada, bien dispuesta, excita un fuego vivaz. Sube, sube, sube, sube. Sube. La cuerda lánguida se vuelve negra. Es rápido el estallido, rapidísima la transformación. Fallan mis ojos pero algo veo, ciclópe. Por sobre todo, oigo la explosión y luego, el silencio más puro, puro placer. Las esquirlas me alcanzan me penetran me hieren profundamente. Mi piel se abre y entonces veo que se quema. La niña y yo. La bruja y yo. La puta y yo. En la hoguera autoencendida. En la bomba en la bomba. Las ruinas de los cuerpos. En mi cabezacorazón.

 

 

 

Pablo Salazar-Calderón (Perú)

 

Fitzcarraldo inunda nuestra casa

 

Klaus se descuelga

Resbala en la arenilla

Se abandona al río

 

Los pájaros se esconden

 

Flautas encandilan

 

En la sala oímos la carrera

 

El pie descalzo junto al otro pie descalzo corriendo por las paredes

 

Aguas líricas

arrodillándose en el frío que no puede sino perderse entre esos cabellos plateados

 

Toda nuestra oscuridad peruana frente a sus ojos

 

Inundan la sala

Suben las gradas

Anegan la noche en la azotea

 

Con luciérnagas.

 

 

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