Por: Ramón Peralta

 

En Hospital Británico, el poema se enmarca dentro de una temporalidad en el que se repiten fechas y lugares, como parte del registro de un acto singular que retorna al hecho: la revelación. Héctor Viel Temperley, en un acto de escapismo, elimina poco a poco los contornos espaciales, el más general: el paisaje, no le importa, le importa la experiencia, la visión: la madre. La veneración-revelación: Christus Pantokrator. En el poema, el suceso es lo que cuenta. Y como la veracidad no es un voto literario dentro de la ficción, pero sí dentro del texto, los lugares: Hospital Británico y Pabellón Rosetto, son utilizados como referentes espaciales, y no se encuentra mayor detalle para completar una estructura física una vez que se logró establecer la presencia, como sucede al contemplar una postal de Christus Pantokrator. Al contrario, el autor diluye los referentes espaciales para quedarse solamente con los referentes temporales que delimitan el hecho: la visión. En este sentido, Temperleyno habla de las cosas, sinodesde elestadosde cosas.

 
                           Sé que sólo en los ojos de ChristusPantokrator
                           puedo cavar en la transpiración de todos mis
           veranos hasta llegar desde el esternón, desde el
                           mediodía, a ese faro cubierto por alas de naranjos
                           que quiero para el niño casi mudo que llevé sobre
           el alma muchos meses. (Mes de Abril de 1986)
 
 

Entre las repeticiones, a manera de título: Mi madre es la risa, la libertad el verano. Pabellón Rosetto, «ChristusPantokrator», Larga esquina de verano. Tengo la cabeza vendada. Me han sacado del mundo, por mencionar una de las constantes, existe una  propiedad que es transcrita como referencia de lugar: Hospital Británico. En cada repetición dentro del marco espacial, se rediseña el sentido del poema con diferentes estadios de las visiones. Son el marco de hechos ocurridos entre 1986 y 1969, es decir,  alterna los años, hasta cerrar o iniciar en 1969. Fecha en la que podemos delimitar el iniciodel padecimiento y su conclusión 17 años después.

Si bien las fechas no corresponden a un orden cronológico lineal o a una temporalidad fija, el poema está construido por estratos instantáneos, inmediatos, simultáneos, fugaces, unidos por la revelación y la intervención de los cuerpos[1] a través de la palabra, dígase: Temperley, Madre, Cristo… Entonces esa no linealidad de fechas, es válida a partir de ese momento y sólo en ese texto. De tal forma que: La travesía de la escritura está cumplida hacia atrás.[2] Es de un trazo en espiral, por eso la importancia que se mantiene sobre la fecha es una metáfora del regreso. Es decir, un regreso al Yo, como se puede observar en la cita del poema. El final del poema: Para comenzar todo de nuevo, se sitúa en un retroceso al tiempo real y al después del tiempo, del tiempo en el hospital.

 

 

                   Hospital británico

 

                   Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy

                   hacia mi cuerpo.

                                                                                                          1984

 

 

Si bien una fecha delimita un acontecimiento o una secuencia de acontecimientos con un principio y fin. La carencia de una cronología lineal y la repetición: 1984 o 1986, con nulos referentes temporales, se cuenta como lo único que sucedió aquél año, y por tanto, el mínimo referente, vale por todos los meses, todos los días y las horas; pero sobre el resto de las fechas, dentro de una cronología lineal o no, las fechas son más de lo que enuncian. En el texto de Derrida sobre Celan encuentro una síntesis de un desplazamiento mayor: Comienza (y finaliza) por el resto -que no es, y que no es el ser-, dejando oír un canto… cuyo giro y cuyo trazo, el esbozo, el trazo del contorno dependen sin duda de la forma del corte, agudeza, concisa, pero también redondeada, delimitante, de una hoz, una vez más de una escritura, de una escritura de hoz. Esta escritura-hoz no gira en torno a lo que taja, porque no lo evita, no del todo, sino que corta dando la vuelta, toda la vuelta. Otro giro, otro tropo: girar alrededor y dar la vuelta no es lo mismo para esta hoz  que acaso inscribe letras cortando, todo alrededor.[3]

Para Jorge Solís en un ensayo que evoca a la función que tiene lo corporal en el desplazamiento del ser, observa que:Hospital Británico inicia precisamente con la mención de un lugar (Pabellón Rosetto); pronto se deja advertir que la posición del yo lírico no es de pertenencia con respecto a él. Las menciones pueden ordenarse en cierta totalidad, pero el yo lírico sólo se entiende a partir de una ruptura frente a aquella. «Me han sacado del mundo» es lo único que persiste, es la base de su ethos, configuración de dislocaciones donde la palabra vuelve a problematizarse, en el sentido de verbo, acción, no como amparo que anule el papel definitorio de la extranjería. Antes bien, en cierta medida lo acentúa; se vuelve una condición propia. Esta separación absoluta no es secundaria. En todo caso pertenece –si ha de experimentar alguna pertenencia– al modo de ser, donde lo exterior se convierte una verdadera apuesta existencial, y con ello una apuesta no sólo de lo escrito, sino también de la escritura. Así se anuncia el espacio restante entre el posesivo de «Mi madre es la risa, la libertad, el verano» y el de «Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara –en Tu llanto– para comenzar todo de nuevo».[4]

Sin duda, las fechas y los lugares de regencia no sólo pueden verse como la posible conmemoración de la revelación y la experiencia. Pero la fecha por si sola poco enuncia, por eso no es precisa, y no hay día/mes/año, como puede suceder en la intención de datar un acto. Porque lo que importa es el hecho, pero desde otro estado que puede ser la inconsciencia; entonces lo que se recuerda, con todo y sus imperfecciones de la realidad, equivale al todo. Enero, mayo agosto-septiembre, dan lo mismo, el texto no se apoya en el clima o en las fiestas de San Juan.

En una revisión de la obra completa de Temperley sobre la inclusión de las fechas, queda exenta la idea de que el autor fechó su trabajo para identificar simplemente la evolución de su trabajo poético, como un mínimo registro de su obra. Por su parte, Hospital Británico se extiende de manera general sobre determinadas fechas, pero sobrepasa a estas dentro de la particularidad. Otra vez Derrida: El acto de fechar cada fragmento, desde una óptica poética, supone tocar tierra: la afirmación o su deseo por parte del autor de hacer creíble una experiencia poética donde un diálogo con una divinidad sea posible.[5]

El poema es claramente una bitácora, un diario de enfermedad; se recuerda más el lugar: Hospital Británico y Pabellón Rosetto que la fecha exacta que delimita un principio o un fin, sea el inicio de la enfermedad, de un comienzo de escritura o se enuncia una fecha desde la que se escribe o se reescribe. La mente, y sobre todo, la reconstrucción mental realizada por Temperley establece la temporalidad en la que permaneció en el hospital: fin de la lógica, de la cronología lineal, ya que el recuerdo, como proceso mental no reconoce la exactitud temporal, dado que tiende a regenerar lo acontecido por medio de llevar el pasado al presente sin un orden. El acto de recordar x situación, puede o no llegar a recordarse con toda precisión. Siempre habrá elementos que se escapen al ejercicio de recrear lo sucedido, es más, puede verse interrumpido por el recuerdo de una charla similar, de una imagen que se vio al salir de una estación de metro, puede ser intervenido por el color de un jersey, por un fragmento de una novela e inmediatamente recrear un hecho de la infancia: la compra de televisión, un viaje por la carretera, el rostro de una enfermera, de ahí, quizá, al anhelo de un idea de futuro o verse modificado a partir de un trauma o una carencia afectiva en el presente.

En el poema no hay una fecha completa, sólo entre tal y tal año y la enunciación del mes de marzo y abril de 1986. No hay una determinante, hay indicios, suposiciones. Para el paciente es un período, un lapso, algo no específico. Pero el poema, con y sin fecha, habla y enuncia. Recordemos que los poemas no se deben a su fecha, pero una fecha es un aviso, es parte del cotejo, de la estancia y del padecimiento. La fecha denota, detona un acto: la revelación como veracidad.

Según Milán, Temperley no sólo habla desde el tiempo sino desde un tiempo específico que, en cuanto a fecha, aunque incompleta, se enuncia. Entonces el discurso del poema resuena como algo no-repetible. La inclusión de la fecha aumenta la singularidad. Y se justifica por una pregunta que realiza Derrida: ¿Qué es lo que tiene lugar en esta experiencia de la fecha, la experiencia misma?[6] La experiencia misma, es lo que llama el secreto del encuentro. De esta forma, el encuentro: la visión, es vista como la coyuntura que viene a sellar uno o más acontecimientos a la vez. Esa singularidad puede habitar la coyuntura en una misma fecha, por tanto su repetición. Y eso que ocurre es el secreto del encuentro; efectuado, finalmente, en otro sentido: entre poeta y lector.

Tal acontecimiento dice Derrida: proviene de la conservación del recuerdo de todas nuestras fechas. La concentración se reúne en torno al mismo centro de anamnesis, una multiplicidad de fechas, todas nuestras fechas viniendo a concretarse o a centellear de un sólo golpe, en un único lugar: en realidad en un sólo poema, en el único[7]. Al hablar de El secreto del encuentro, la fecha es una intersección y conmemoración. Intersección de ecos tanto vivenciales como los que se reflejan en la escritura. En las cuales el lector se identifica y apropia. Este tipo de encuentro, como el sucedido por Temperley habla siempre de sí mismo, en su causa más propia. Por ello no habla de nadie más. Su visión no tiene lugar más que una vez y siempre por primera vez, cada vez una sola vez. Como el día 20 de agosto de 1968, en el que Josep Koudelka veía la ciudad vacía y decidió tomar una fotografía frente a la radio nacional de Praga. En la fotografía incluyó su mano izquierda que señala la hora en la que minutos después los tanques del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia. Koudelka al incluir su reloj que marca la hora, al fechar con minucia el hecho, se aleja de la imagen de la ciudad desierta que pudo ser tomada por un turista un domingo por la mañana. Koudelka se intenta separar de la idea de autor, y en el tránsito, genera un documento histórico.

Una fecha no deja nunca de ser una especie de hipótesis, el soporte para un número por definición no limitado de las proyecciones de memoria.[8] Fechar en un intento de organizar la experiencia. Pero en el poema a tratar, las fechas no son lineales, pero son validas con el efecto de acercarse al modo cotidiano de fechar. Situación que no afecta en el acto de fechar ya que todos los poema que integran Hospital Británico se sostiene en el ahora que, según Ricoeur, es el tiempo vivido[9]. Un tiempo que parte de una referencia general, pero que da pauta a un tiempo paralelo. Un tiempo sobre el cual estamos habituados a medir y a contar, un tiempo que contiene otro y que a la vez no se trata del mismo tiempo.           

El sistema de fechas de Temperley puede o no corresponder necesariamente al período de enfermedad, a nuestra realidad en un intento de hacerla lineal, puede ser la fecha de la convalecencia, el momento de la revelación, paralelamente también puede ser el momento de la claridad mental, externa a la estancia en el hospital o  referirse al período de escritura del poema. El día y la hora designan el momento y el lugar del sujeto, y si existe pérdida momentánea del tiempo queda y sobrevive la palabra como un testigo intemporal. Sebald, en uno de sus últimos trabajos dice: Un reloj me ha parecido siempre algo ridículo, algo esencialmente falaz, quizá porque, por un impulso interior que nunca he comprendido, me he opuesto siempre al poder del tiempo, excluyéndome de la llamada actualidad, con la esperanza, como hoy pienso, dijo Austerlitz, de que el tiempo no pasara, no haya pasado, de forma que podría correr tras él, de que todo fuera como antes o, mejor dicho, de que todos los momentos de tiempo coexistieran simultáneamente, o más bien de que nada de lo que la historia cuenta fuera cierto, lo sucedido no hubiera sucedido aún, sino que sucederá sólo en el momento en que pensemos en ello, lo que, naturalmente, abre por otra parte la desoladora perspectiva de una miseria continua y un dolor que nunca cese.[10]

La biografía confirma que VielTemperley murió de un tumor cerebral. En el poema, confiesa:Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la luz horas y horas. Soy feliz. Efectivamente, los muertos estaban fuera del tiempo, los moribundos y los muchos enfermos que están en su casa o en los hospitales, y no sólo ellos, bastaba cierto grado de infortunio personal para cortarnos de todo pasado y futuro.[11] Si bien es imposible saber con exactitud sobre las visiones que enuncia el autor a lo largo de su período de enfermedad, los referentes inmediatos de tiempo y de lugar, nos permiten entender ese algo como irrepetible, acortando o ampliando el suceso, hecho ficción, revelación mariana, poema, palabra.

A la poesía se le considera, a veces, como un juego de palabras arbitrario, en el cual se añaden la experiencia, la vida imaginaria, la ficción. Su prestigio se explica por el virtuosismo del poeta o por la necesidad que este tiene de evadir el mundo. También se le reconoce por la emoción, el valor de nombrar, de comunicar los secretos que mantiene el hombre al plantear los límites de lo que no nos está permitido ver a simple vista. Es entonces cuando el poema y el autor, toman el camino de la revelación. VielTemperley nos acerca a una posibilidad estructural, a un modelo mental que crea una posible realidad, a partir de lo que quedó inserto en su memoria, como poema, belleza, enfermedad, dolor, Dios, las palmeras. Y al final de cada poema siempre nos recuerda al tiempo,  para no perdernos, para que no nos trague lo irrepetible y esos tiburones de los que habla.

 

        Pabellón Rosetto

 

        Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos

        hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras

        de color verde claro huían los tiburones. (1978)

 

 

            Pabellón Rosetto

 

        Si me enseñaras qué es el verde claro… (1978)

 

 

 

 

 

Ramón Peralta (México, 1972). Escritor y fotógrafo, radica actualmente en Lisboa. El presente ensayo es el último del libro inédito: En el silencio, poesía. Acercamientos a la poesía Latinoamericana.

 



[1] En Mil mesetas se lee: La independencia de las dos formas, de expresión y de contenido, no queda desmentida, sino, al contrario, confirmada por lo siguiente: las expresiones o los expresados van a insertarse en los contenidos, a intervenir en los contenidos, no para representarlos, sino para anticiparlos, retrogradarlos, frenarlos o precipitarlos, unirlos o separarlos, dividirlos de otra forma. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. GillesDeleuze y Félix Guattari, Pre-textos, Valencia, España, 1994, pág.91.

[2] En Para llegar a Hospital Británico y salir, en: Milán, Eduardo, Justificación material. Ensayos sobre poesía latinoamericana. UCM, México, 2004, pág.129.

[3]Derrida, Jacques, Schibboleth. Para Paul Celan, Arena Libros, España, 2002, págs. 65.

[4] Solís, Arenazas Jorge, Los gestos de un “Afuera”. Notas sobre la poesía de Héctor VielTemperley, en www.mexicovolitivo.com

[5]Derrida, Jaques, págs. 39.

[6]Op. cit., pág. 22.

[7]Op. cit., pág. 24.

[8]Op. cit., pág. 47.

[9]Ricoeur, Paul, Tiempo y narración III. El tiempo narrado, Siglo XXI, México, 1996.

[10]Sebald, W. G. :Austerlitz, Barcelona, Anagrama, 2002, págs. 103-4.

[11]Op. cit pág. 103-4.

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