Por José A. Bravo de Rueda

Crédito de la foto www.news.com.au

 

 

Fanático del rock

 

El estadio está lleno.  Tragic abre el show y gritamos, aplaudimos, chillamos,  contentos y nerviosos: carcajadas, silbidos, humos diversos, olores  de cerveza, pisco y otros tragos, saltos y pasos acrobáticos The Rockin’ Bones tocan en Lima, esperamos más de 40 años y no importa que parezcan muertos vivientes, no importa su colonialismo en la guerra de Las Malvinas, no importa que piratearon temas de bluseros originales ni que se hagan frecuentes transfusiones de sangre, son los ídolos de siempre y les perdonamos todo, solo queremos que empiecen a tocar y ya falta poco, los 40 minutos finales son los más largos pero Tragic como siempre te deslumbra y nos calmamos, cantamos, nos embelesamos, son peruanos y qué honor teloneros de la legendaria banda que adoran viejos y jóvenes, la llevamos en el pecho en camisetas, pines, tatuajes, cadenas… el alboroto vuelve con “Satisfied” con Wicho improvisando en saxofón y  Ernesto en un solo increíble que le rompe una cuerda.

 

*

 

La limosina llegó antes de tiempo y se escaparon a dar una vuelta.   No era la  primera vez de Rick en Lima y lo sorprendió el tráfico, el ruido, la aglomeración.

-A las casas en los cerros.

-Primero el mar.

Había lo que les gustaba y Rick y Rich se sirvieron vodka y unas líneas, Billy una cerveza y un troncho, Charly agua y pastillas.

Preguntaron por los barrios y el chofer nombró Comas, Lurigancho, Villa el Salvador, en perfecto inglés contó historias de progreso y superación, cambios de absoluta miseria a monarcas de la papa y el choclo.

A la izquierda el mar se abre en abanico; los surfers –puntos de color y luz–  ondulan en las olas; la costa se estira interminable y arriba el cemento se inclina, doblado.  El cielo cambia de gris claro a gris oscuro y la niebla se mete lenta, inexorable.

Subieron por San isidro, cruzaron Lince y en la Vía Expresa enrumbaron al centro.  Ya estaba oscureciendo.  Las casas, unas pequeñísimas, se levantaban naturales en un equilibrio plástico y colores enemigos, envueltas en luces, gases y humedad.

Una frenada brusca y Rick se sintió mal, mareado: el cebiche, la coca y el pisco  le perforaban el estómago y de su boca, como uno de sus gritos en las canciones, brotó un gallinazo épico.

Rich también empezó a vomitar, Billy parecía muerto, Charly sudaba y ordenó parar el carro, le faltaba aire pero el chofer no lo escuchó y siguió acelerando, frenando, derrapando en curvas violentas.

 

*

 

Tragic paró de tocar y nos rompimos en gritos y aplausos por la excelente presentación y ya el momento es inminente.  Frente al estrado se concentra una masa sólida, hard core, capaz de pagar 800 dólares por VIP.  La electricidad es casi sólida.  De los baños y puestos de bebidas se alargaron colas.

Después de un intermedio de media hora Tragic volvió a salir y aunque es una banda muy querida algunos se estaban impacientando y sobre la masa sónica del grupo trataban de imponer sus silbidos y quejas.  La percusión calmó en algo los ánimos en perfecta armonía la batería, las congas y la campana, Tavo luciéndose en tambores, cencerros y platillos, los redobles coronados por rasguños metálicos.

Después se integra el grupo en la más pesada y en un escaso silencio se escuchó el grito de los que pedían:

-¡Los bouns! ¡Los bouns!

¡Ta ra ra ra ra!

¡Los bouns!

Una botella se estrelló en un amplificador, otra en el escenario.  Los bouns, carajo.  La gente se agita.  Los chicos gritan.  Tragic se desbanda y los matones de seguridad suben al  estrado, a palazos echan a los que subieron.  Señores, por favor, unos minutos de paciencia, un rumor venenoso recorre la multitud, por todo lado hay peleas.

 

*

 

Rick fue el primero en despertar, encerrado en un cubículo de cemento, con puerta de metal.  Un olor a quemado, sutilmente incisivo, como una parrillada lejana, le agravaba el dolor de cabeza y los calambres en el estómago.

-¡Help! –llamó-. ¡Ashuda!

Buscó su teléfono, pero no tenía nada en los bolsillos.

-Mother fucker!

Gritó y llorando golpeó la puerta hasta que le sangraron las manos.  Del techo salió un humo oscuro y denso.

Antes de desvanecerse oyó los gemidos –sordos, difusos– de Rich y Billy, niños asustados.

Los despertó un solo de batería.  Primero lento y ahogado, confundido con el sueño, hasta de forma imperceptible aumentar el volumen, la velocidad y convertirse en un monstruo armónico de tambores y platillos, un concentrado de pulpo a lo Keith Moon.

¿Charly?

 

*

 

La policía no aprendió del desastre del fútbol y empezó a tirar gas.  Los perros extendieron el pánico.  La estampida dejó cuerpos regados, molidos a pisotones; en minutos decenas de muertos y heridos.  Ambulancias, bomberos, helicópteros.  Para algunos lo intolerable era la frustración, peor que lo de Santana con Velasco.

Con el GPS encontraron la limosina en la carretera central; el chofer y Charly golpeados, amarrados y amordazados en la maletera.

La noticia se esparció por el mundo y el presidente de la república recibió una llamada del primer ministro de Inglaterra –era un asunto de estado– y de otros países.  Las redes sociales se llenaron de insultos a los peruanos que ponían en peligro al mejor grupo de rock del mundo.  El presidente se disculpó avergonzado, también fanático de los Bouns.  Unos pocos lamentaron la atención a lo foráneo y el olvido a lo nacional.

 

*

 

Imposible, lo conocían de años y no tocaba así.   Ni tan preciso ni veloz; fuerte y atlético, coordinación de máquina en pies y manos; sentimiento de poeta y creación de dios.  Asimilaba y expandía los logros de Ginger Baker, John Bonham, Mitch Mitchel, Bill Brufford y otros.

El solo se desvaneció y quedaron aturdidos, mareados, sin asimilar esa voz que salía de las paredes y en perfecto inglés les daba la bienvenida, anunciaba se les proveería de instrumentos y en quince minutos el ensayo iba a empezar.  ¿Tenían sed? ¿Hambre?  ¿Unas líneas?  De nada servía gritar o patear la puerta, menos esperar la policía.  ¿El concierto?  Escuchen:

Y el solo se renueva, esta vez lo reconocen, es la batería de “Jumpin’ Flash” pero más en acoplo con el bajo y la guitarra, solo faltan ustedes, y ahora la percusión de “Sympathy for the Angel”, con tumbas, y la de “Mister Morphine”, con despegue, viaje y bajada.  Tengo el primer disco que me lo van a firmar.  No es por dinero, ni quiero hacerles daño.  Y “Angela” y “Paint it Pink”, enriquecidas, elevadas.  Un jam session y se van.

La puerta de metal se alzó unos centímetros.  Además de vodka, cigarros, cocaína y marihuana, agua con y sin gas, pizza caliente, chicle, aspirinas y un papel con secuencias de acordes, a Rich le tocó una Gibson SG color caoba, a Billy un bajo azul  Fender Precision 0171, a Rick un micro Shure SM5B, todo inalámbrico.

Entre observaciones eruditas sobre su música y sus vidas hizo notar un hueco en una esquina, para orinar, disculpen la vergüenza, si necesitan tengo un balde, pero el equipo era el mejor, de colección, edición limitada.  Empezamos con “Send me Roses”, mi favorita, y luego improvisamos.

Al principio se  negaron, no iban a darle gusto al orate ese, pero eran músicos y la soledad, la desesperación, lo absurdo los ablandaron y seducidos por la belleza de los instrumentos no pudieron resistir.  Billy cogió el bajo y empezó subidas y bajadas, escalas melográficas, contramelodías, acoplándose y alejado de la batería, coqueteando con el ritmo hasta integrarse en él.

Rich empezó tímido, calentando, jugando a afinarla y con los controles, con riffs baratos y cliché.

Rick, con el llanto en la garganta, se abrió en desgarrado blues, con sonidos sin palabras o en otro lenguaje, un canto animal y niño que haría sudar a las flores, su voz ronca y ceniza acariciando los nervios más finos.

Sin verse, se integraron entre ellos y con el extraño, abandonados a él.

Cámaras de foto y video, equipos de grabación, aseguraron la posteridad del momento.

 

*

 

Treinta horas después, en la madrugada, Los Bouns aparecieron drogados y desnudos cerca al parque Manco Cápac.  Policías y una ambulancia los recogieron, hicieron una corta parada en la clínica Virgen Milagrosa y al anochecer se embarcaron a Inglaterra en su avión privado para no regresar jamás.

Muchos no se creyeron el cuento y aludieron a una orgía con dignas señoras—las malas lenguas involucraron a la esposa del presidente—drogas y alcohol que los incapacitó para tocar.  Meses después, en la entrevista de Rolling Stone, Rick confesó el abuso sufrido, el dolor que aún lo perseguía.  En YouTube apareció un video con una nueva canción de los Bouns, nada profesional, tocando en celdas separadas, con imágenes de Lima, un baterista diferente horrible.  Pronto lo retiraron por infracción de copy right.  Poco después Charly abandonó la banda, muchos se han ofrecido a reemplazarlo y no faltan voluntarios de Lima.

Devolvieron el dinero de las entradas y a la promotora la salvó el seguro, pero ¿los muertos y heridos, los traumatizados?  El gobierno piensa demandar a Los Bouns y ¿qué va a poder el Perú contra la banda de rock más rica, famosa, y legendaria del mundo?

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1956). Narrador. Actualmente se desempeña como docente de español y cultura latinoamericana en North Carolina A&T State University. Ha publicado en narrativa El hombre de la máscara (cuentos, 1994) y Hacia el Sur (novela, 1992).

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