Vallejo & Co. reproduce la presente nota publicada el poeta Alejandro Romualdo sobre la pintura moderna y el arte abstracto en la Europa de la posguerra. La misma que fue publicada por su autor, originalmente en Lima, en Cultura Peruana: revista mensual ilustrada, en enero de 1954.

 

Por Alejandro Romualdo

Crédito de la foto Ed. Viva voz

 

Europa en punto.

¡Ay de los abstractos!

 

La pintura moderna, mejor dicho, la escuela francesa que cuenta en su haber varios pintores que no son precisamente franceses, ha llegado a la encrucijada que tenía que llegar, después de los experimentos plásticos del cubismo, y, sobre todo, después de Picasso. Hoy en día el arte pictórico de Europa se halla en gran parte desequilibrada. Picasso dejó una puerta cerrada. Y los pintores que le van a la zaga, en afán de hallar otro camino, han abierto la puerta. Y la puerta da al vacío. Al vacío del arte abstracto.

Los datos más cercanos de la abstracción n pintura, es decir, ya como hecho plástico, nos lo da Mikolas Ciurlionis, oscuro músico lituano, enloquecido a los treinta años, cuando comienza a dedicarse a la pintura. Kandinsky le conoce. Pero cuando en 1911 este pintor expone su célebre paisaje invertido, Ciurlionis cierra los ojos al mundo, después de haber expuesto en 1907 su «Composición». Desde ese entonces hasta nuestros días, la enfermedad ha ido acentuándose cada vez más en Europa ―en Europa es explicable este fenómeno―. Hoy por hoy, aproximadamente existen en Francia e Italia, por lo menos, centenas de abstractistas. Pero no queda allí la consecuencia. Cada uno de estos pintores se copia a sí mismo hasta el infinito, y a juzgar por las telas que ellos exhiben, se nota una producción en serie, anodina, egoísta, intrascendente, en la cual ―salvo contados casos entre miles― hay un atisbo de técnica, de artesanía que por lo menos alcanza a ser el valor más alto con el cual podemos enjuiciarlas, porque otras virtudes, como el color, no alcanzan ninguna función, a no ser el agrado que causa el color por sí solo. Es decir nada trasciende más allá de lo agradable. Repito que ello es un fenómeno natural en la evolución de la sociedad europea. A él llega la pintura después que la poesía ha salido triunfante del atolladero. Y ha salido triunfante porque ésta ha retornado al hombre, y mientras la pintura ―que alguna vez tomara la iniciativa en la evolución de las artes― no salga por el mismo camino de la sangre, no mire hacia arriba, hacia el sol de todos, como lo ha hecho la poesía, la pintura se quedará, en Europa, sola y girando sobre sí misma devorándose a sus propios hijos.

 

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Alejandro Romualdo, único varón sentado en la foto, en la ponencia sobre César Vallejo que dictó en Salamanca (España). 1992.

 

Afortunadamente algo inusitado se realizó: la gran Exposición de Arte Mexicano. Reconozcamos sin mezquindades que México, que es también lo nuestro, ha dado la gran lección de pintura a la vieja Europa. Miles y miles de visitantes y no menos de críticas favorables tuvo aquel extraordinario acontecimiento. Abandonemos esa proclividad a la censura que existe entre nosotros y veamos el porvenir de lo nuestro.

Después de hartarnos con miles de cuadros vacíes, agradables, decorativos, que nada dicen al corazón del hombre, que por el contrario, son una forma fría, un cuerpo que no ama ni concibe, es verdaderamente reconfortante sentir un soplo de nueva vida, oreándonos los últimos rincones de la sangre. Allí estaba México, virtuoso y macabro, sangriento y tierno, celeste y grotesco, enseñando sus ojos, sus manos, sus piernas, su tórax ancho como el cielo. Allí estaba América con una antorcha de luz humana, de aire libre y desatado a los cuatro vientos. Alto ejemplo de amor, de plástica viva y vivificante, de enseñanza rotunda. Al salir de aquella exposición, nos sentimos radiantes, únicos, optimistas, alabamos la gran pintura de nuestros hermanos. Y hemos salido de una realidad triste y descompuesta a una realidad pujante, brava, ancha, poderosa, original. Felizmente, ya en la misma Europa se escucha, aunque levemente, el latido, el pulso único que animará la pintura con ardor, con movimiento nuevo y ascendente como tallo de luz.

 

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Alejandro Romualdo junto a amigos y al poeta Arturo Corcuera. Lima, 2006.

 

 

¡Ay de los abstractos que sólo saben de la forma sin amor, sin lucha, sin destino, sin huesos, sin carne, sin dolor, sin sacrificio, sin deseos! Allá ellos. En Europa ha comenzado a germinar calladamente la semilla del arte mexicano, del arte americano, lección de humanidad que por una herida enseña América a Europa como el fruto más dulce del amor.

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