Por Silvina Mercadal*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Lisboa /

(der.) www.eldiariodelcentrodelpais.com

 

 

Ética para nada (2019):

Perforar las paredes de la lengua

 

Ética para nada de Manuel Ignacio Moyano** abre con el siguiente epígrafe de Samuel Beckett: “Está muy bien guardar silencio, pero hay que saber qué tipo de silencio se guarda”. El poemario —editado por Lisboa en la colección Cantábrico— se pliega sobre dos principios que reservan cierto carácter enigmático —como todo silencio—­: la imposibilidad de decir y a la vez decir esa imposibilidad, el nacer y desnacer desde el nombre dado como primera inscripción del cuerpo en la letra.

¿Cómo no decir y no dejar de decir entonces? En la superficie de los signos el sensorium está alterado —proyecta un alter-hado—, realiza grandes travesías al borde de la cama o cerca de la pared, y se encuentra con “ojos mal dichos”, “una oreja que te dice”, el precioso animal que “blabea mal”, es decir, pone en entredicho el cuerpo, contraviene los procesos perceptivos, trastoca y fuga del animal parlante.

En una torsión del moderno dictum de Rimbaud “Yo es otro”, aquí el “Yo es roto”, aunque encuentra en el otro interticio, impensados pasajes que son parajes, diminutos refugios en la accidentada geografía que es todo cuerpo; así labra el agujero que es un rostro y navega de un ojo a la boca, es decir, recorre y enmudece en la carne vibrátil, se queda antes de la historia —la tontería de narrar la novelita familiar­— y no decirla en absoluto es parte de su ética. Aún más, no comenzar a decir es parte de su ética.

 

El poeta Manuel Ignacio Moyano.

 

Si los signos son siempre efectos de afecto —como enseña Deleuze—, huellas de un cuerpo sobre otro, sombras que actúan en la piel, la tradición lunática de la poesía procede como el relámpago que corta las sombras y deja pasar la luz. Para Manuel se trata de una lucecita recóndita, “una vela titilando en una cripta”, pequeña voz que abre un cielo interno al cuerpo que sólo pretende recobrar la sensorialidad enmudecida por el acceso al lenguaje. La vista se torna táctil y la boca permanece absorta. La boca que no tiene nada que decir ahora percibe, se sitúa en el borde que excede o antecede al signo, o bien, atrás del espejo que no espeja el mundo, tampoco espeja al mudo.

En Bonino: la lengua de la inocencia, Manuel ya practica la ética que acá se insinúa. El ensayo sobre Jorge Bonino —una figura devenida fragmentos de habla asémica—, se presenta como un rodeo en torno a un “objeto” elusivo. En uno de esos rodeos refiere la singularidad que lo vincula con Beckett. El irlandés define su estilo de la siguiente manera: “No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista”. Si no querer, no saber y no poder decir, y aun así decir, constituyen el aparato de escritura beckettiano, Manuel ensaya su deriva libertelliana-boniniana: enciende la lengua en la cripta hermética del poema para decir nada.

En las modulaciones del poema se expone una oscilación: decir/ desdecir la cadena significante hasta alcanzar su rotura: la experiencia inhumana. Beckett de nuevo aporta una clave: “En vista de que no podemos suprimir la lengua de una vez por todas, al menos no queremos dejar de hacer nada que pueda favorecer a su desprestigio”. El programa de perforar la lengua puede consistir en el retorno a la materia, el acceso a lo concreto del grito primitivo, la cavidad bucal lanzando alegremente fonemas al vacío.

 

 

¿Cómo se afirma una ética a partir de no tener nada para decir, y, sin embargo, decir? Quizás se trata de desplegar aquel silencio que se guarda en la boca que cae en otra boca. En la intermitencia del yo/vos se narran escenas de disyunción y conjunción, pues mientras del Yo roto rehúye, el Vos es hiato al que Manuel habla, intervalo que aproxima, falla excavada en la coincidencia de los cuerpos:

APAISADA VEO LA ESCENA: UN REFUGIO

es lo que tenés entre las manos

cuando las acercás a su (mí) oreja

dispuestas entre paréntesis y largás: un desierto

en forma de viento bajo cálido etcétera

al centro de mí (su) cráneo.

Ser un refugio de huesos

Para tus vocales de arena. (Te digo sin hablar).

Así me termino

en esa escena donde te me veo. Gracias por

escucharme.

(Ahora así puedo hablar).

 

En la gran llanura de los chistes —según Osvaldo Lamborghini—, aquí el desierto, la lengua se reencuentra en forma de viento vocal, tibias vocales de arena, una concavidad receptiva que hace lugar a la singularidad inequivalente del que, al fin, habla.

Sin embargo, ya no se habla según la extravagante costumbre de nombrar (Libertella dixit), en la arbitrariedad del signo, sino mediante la suspensión del artificio, horadando las paredes de la lengua, explorando sus goznes en el Yo, hasta alcanzar “la primera materia del cuerpo en la letra”: el nombre que desnace, renace en una boca de agua y ahí nada. Y entre no decir y decir la lengua naufraga, mientras la boca nada.

 

 

 

 

 

*(Córdoba-Argentina, 1971). Poeta y docente en la Universidad Nacional de Villa María (Argentina). Ha publicado en poesía Nupciario (2007), Acuario de la morsa (2009), Un bosque oriental (2010), Las aventuras de la piña monstruo (2013), La cautiva, alucina (2016), La esquina del fresno (2016), Orange (2017) y Célibes liebres y Aurora o la flor de oro (2019).

 

 

 

**(Córdoba-Argentina, 1987). Dramaturgo y ensayista. Fue asistente de dirección de La verdad de los pies, obra de dramaturgia colectiva dirigida por Jazmín Sequeira. También participó de diversas performances, conjugando la escritura y las prácticas escénicas. Escribió y dirigió la obra de teatro Play. Preferiría no actuar (2015). Actualmente dirige la obra escénica Ntolsvz Rlkenmt (2018). Ha publicado en ensayo Bonino. La lengua de la inocencia (2017), Giorgio Agamben. El uso de las imágenes (2019) y Ética para nada (2019).

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