Por Aleyda Quevedo Rojas

Crédito de la foto El autor, 2016

 

 

“España está viviendo un momento de eclecticismo,

liberador, tras el monopolio”. Entrevista a Eduardo Moga

 

 

Aleyda Quevedo Rojas [AQR]: Eres un escritor que cruza con enorme facilidad y destreza algunas zonas de la literatura: la poesía, en primer término, la crítica literaria, el ensayo, la cátedra y la traducción. ¿Qué lugar le concedes a la poesía, en especial, y cuál crees que es el papel que la poesía cumple o debería cumplir en estos tiempos que corren?

Eduardo Moga [EM]: Todas esas “zonas de la literatura”, como dices, son eso: áreas de un territorio común; todas son expresiones de lo mismo. Con todas busco el placer estético, la comprensión (o una incomprensión reveladora) de mí y de la vida, la respiración, la sonrisa, la trascendencia. Pero su raíz es siempre lo poético: una relación radical con el lenguaje y, a su través, con el mundo. La poesía es una aventura espiritual que, por un momento –cuando la creas y cuando la lees–, lo explica todo. La poesía ha de servirle al poeta para hacerle tolerables las miserias de la existencia y de uno mismo, y a la sociedad, para disponer de un lenguaje libre y limpio, del que se hayan arrancado todas las adherencias de la mentira, la manipulación y la estupidez.

 

 

[AQR]: En tu libro Insumisión, de sobria y cuidada edición, publicado por Vaso Roto, saltas hábilmente de formas: textos en prosa, versos, cartas… Encuentro que hay un perfecto balance entre intuición poética e intuición filosófica. Recuerdo también que en tu bello libro Los haikús del tren, la forma vuelve a ser otra, igual de saltarina y versátil, desde luego, mucho más milenaria y musical, pero el equilibro es el mismo: poesía y filosofía, atravesadas por el mismo pulso de la intuición. Dime, Eduardo, ¿qué búsquedas haces en el cuerpo, en la estructura del poema, y en la profundidad de la poesía; dónde está tu mayor interés, en el trabajo con el lenguaje, en las formas, en el concepto?

[EM]: Trabajar con el lenguaje –el lenguaje arduo pero revelador de la poesía– supone siempre trabajar con el pensamiento. El uno no existe sin el otro. No hago distingos entre formas y conceptos. Lo que llamamos forma es el fondo cuando está a la vista. Sé que si ahondo en las palabras, estoy profundizando en las ideas. Cambiar el modo de decir es cambiar lo que se piensa y hasta a quien piensa. Siempre me ha interesado encontrar la estructura más adecuada para cada poema, la que mejor se ajusta a su textura e intención. Pero, una vez que la he encontrado, procuro que la siguiente sea distinta. No me gusta repetirme: hacer siempre lo mismo, o cosas muy parecidas, me aburre. Con cada libro pretendo volver a aprender a escribir. También creo en las estructuras abiertas y contradictorias. Por utilizar una metáfora que he utilizado otras veces, procuro que mis poemas sean, a la vez, río y casa, fluencia y arquitectura, torrencialidad y espesura: algo que no deja de avanzar, pero que mantiene, al mismo tiempo, la fuerza y la rotundidad de lo inabatible.

 

Insumisión

 

[AQR]: Tu poesía ¿en qué tradición se inscribe?, ¿quiénes son los poetas que te han influido y que jamás dejarías de leer?

[EM]: En mis inicios poéticos recibí una gran influencia de Neruda y, en general, del irracionalismo que nace con los simbolistas franceses. Luego, me parece, me he dejado permear por todas las grandes tradiciones literarias, tanto de Occidente como de Oriente, con una especial atención a las poesías francesa e hispanoamericana, y a las mejores promociones españolas, de las que hay varias excelentes a lo largo del s. XX.

Creo que hoy he atravesado el gran arco estético que va del surrealismo al posmodernismo, pasando por las vanguardias y el figurativismo, y he dado en una poesía que atiende a la realidad, pero siempre para trascenderla, para, sin omitir sus sobrecogedores paisajes, alcanzar el otro lado, la zona en sombra. La tradición que siento más mía es toda aquella que emplea el lenguaje con exactitud, con verdad, con pasión y con la deliberación de quien es consciente tanto de sus grandes posibilidades como de sus grandes limitaciones expresivas.

No sé si atreverme a dar algunos nombres de poetas “que jamás dejaría de leer”: la edad te va inoculando un escepticismo –o un espíritu crítico– que te hace descreer de fidelidades permanentes. Pero ahí van algunos poetas y escritores de los que hoy no me imagino alejándome: Cervantes, Neruda, San Juan de la Cruz, Saint-John Perse, Marcel Proust, Octavio Paz, Walt Whitman, Manuel Álvarez Ortega.

 

 

 

[AQR]: ¿Qué reflexión te merece la poesía que se escribe actualmente en Latinoamérica y el Caribe. Qué autores te parecen relevantes y cuáles recomendarías leer y seguir?

[EM]: La poesía que se escribe actualmente en Hispanoamérica y el Caribe es tan amplia y diversa como la propia Hispanoamérica y el Caribe. Su población ronda los 400 millones de habitantes, y las particularidades lingüísticas, culturales y sociales hacen que las expresiones de lo poético sean múltiples, muy distintas entre sí, difíciles de sistematizar y casi inabarcables.

No obstante, quiero subrayar la permanente potencia lírica de México y Argentina, la inquietud creadora de Colombia y el Perú, y la vigencia de la poesía en todos los países del continente, sobre todo –y esto es magnífico– entre los más jóvenes.

En general, en Hispanoamérica nunca ha decaído una relación conflictiva con el lenguaje, lo que suele generar una poesía más viva, más audaz, más transgresora. Se sigue creyendo en ella como forma no solo de indagación existencial, sino también de agitación social, de transformación de la realidad. No juzgaré si eso es ingenuo o no: es consolador que se crea así. Entre los poetas vivos más destacados, quiero señalar a los chilenos Nicanor Parra y David Rosenmann-Taub; al venezolano Rafael Cadenas; al uruguayo Rafael Courtoisie; y a los cubanos José Kozer y Orlando González Esteva. Entre los más jóvenes, me parecen sobresalientes las mexicanas Ana Franco Ortuño y María Baranda; el ecuatoriano Edwin Madrid; y el venezolano Willy McKey.

 

EDUARDO MOGA

 

[AQR]: ¿Cuáles son las principales tendencias de la poesía que se escribe en España? ¿Qué autores rescatas?

[EM]: España está viviendo un momento de eclecticismo, liberador, tras el monopolio –iba a decir “secuestro”– que ha vivido la poesía, en manos, durante casi un cuarto de siglo, de un neorrealismo áptero y alelado. Cada día surgen nuevas propuestas, nuevos movimientos, nuevas editoriales.

El figurativismo predominante desde los años 80 ha dejado paso a una pluralidad de corrientes, cada una de las cuales investiga en una parcela determinada de la realidad, con unas armas y desde una perspectiva también singular. Se está produciendo últimamente un gran fenómeno poético: el de los jóvenes performers que se benefician de la inmediatez y universalidad de las redes sociales para crear una poesía de consumo asimismo inmediato y general, aunque, por eso mismo, de calidad inexistente: sentimental, superficial, adolescente, inculta, ñoña.

Entre los autores de mi generación más destacados, señalaré a un puñado de ellos, sabiendo que me dejo muchos otros en el tintero: José Ángel Cilleruelo, Jesús Aguado, Juan Carlos Mestre, Jordi Doce, Agustín Fernández Mallo, Tomás Sánchez Santiago, Julieta Valero y María Ángeles Pérez López.

 

 

[AQR]: ¿Qué libros, qué películas y qué vinos te llevarías a una isla desierta?

[EM]: Libros me los llevaría todos: fletaría varios barcos de gran tonelaje y dispondría en la isla de mi biblioteca actual (y hasta de la de Alejandría, si pudiera). Películas también me las llevaría todas (en otros cargueros igualmente gigantescos). Sé que estoy siendo muy poco preciso, pero, si puedo, no quiero renunciar a nada.

En cuanto a vinos, sería mucho más selectivo: en el zurrón metería un Adega do Moucho, por ejemplo, un extraordinario ribeiro; también un Sentits Negres, catalán; y otro catalán, del Priorato, un Ferrer Bobet Vinyes Velles. Todos, vinos españoles, claro. En España se crían algunos de los mejores caldos del mundo, a unos precios muy asequibles, aunque el mundo no se haya acabado de enterar todavía. Y también algunos poetas excelentes, de los que igualmente hay poca noticia aún.

 

 

 

 

 

*(Barcelona-España, 1962). Poeta, crítico y traductor. Licenciado en Derecho y licenciado y doctor en Filología hispánica por la Universidad de Barcelona (España). Ganador del premio Adonais (1996), al mejor poemario del año de la revista Quimera (2013) y del Latino Book Award (EE. UU., 2014). Ha traducido a autores como Ramon Llull, Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Carl Sandburg, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins, William Faulkner, Walt Whitman y Jaume Roig. Fue codirector de la colección de poesía de DVD ediciones (2003-2012). Actualmente,  es director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura y, en lo personal, es director del blog Corónicas de Españia (www.eduardomoga1.blogspot.com.es).  Ha publicado en poesía Ángel mortal (1994), La luz oída (1996), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007), Seis sextinas soeces (2008), Bajo la piel, los días (2010), El desierto verde (2011), Insumisión (2013), Décimas de fiebre (2014), Dices (2014) y El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) (2014); en libros de viaje La pasión de escribil. Relato de tres viajes a Hispanoamérica (2013); en ensayo De asuntos literarios (2004), Lecturas nómadas (2007), La poesía de Basilio Fernández: el esplendor y la amargura (2011), La disección de la rosa (2015) y Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) (2016).

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