“Salgo de la grieta leyendo y después escribo contando cómo fue.” – Esther Cross

Por: Enrique Solinas

Cross Básico

Esther Cross nació en Buenos Aires, en 1961. Estudió Letras y se recibió de Licenciada en Psicología. Publicó junto, a Felix della Paolera, Bioy Casares a la hora de escribir (Tusquets, 1988) y Jorge Luis Borges, sobre la escritura (Ediciones Fuentetaja, 2007), libros de entrevistas con los autores. Por otro lado publicó Crónica de alados y aprendices (novela, Emecé, 1992), La inundación (novela, Emecé, 1993), La divina proporción (cuentos, Emecé,1994), El banquete de la araña (novela, Tusquets, 1999), Kavanagh (cuentos, Tusquets, 2004). Radiana (novela, Emecé, 2007), La señorita Porcel (novela, Siglo XXI, 2009) y La mujer que escribió Frankenstein (Emecé, 2013). Tradujo Once tipos de soledad (Emecé, 2002), de Richard Yates, y La misma sangre y otros cuentos y Ángeles y hombres (Ed. La compañía, 2008) de William Goyen, de quien  tradujo, finalmente,  la mayor parte de sus relatos para la edición de sus Cuentos Completos (Seix Barral, 2012). Editó y prologó, con Ángela Pradelli, la antología La Biblia según veinticinco escritores argentinos (Emecé, 2009).  Obtuvo varios premios, entre ellos, el Primer Premio de novela de la Fundación Fortabat 1993,  el Tercer Premio Nacional de Novela 2001 -otorgado por la Secretaría de Cultura de Argentina-, el Primer Premio Internacional de Narrativa 2008 de la Editorial Siglo XXI de México, la  Beca Fulbright y la Beca Civitella Ranieri.

En el panorama de la narrativa argentina contemporánea, Esther Cross es la escritora más destacada e ineludible a la hora de observar y analizar la producción actual que se está realizando en el sur del mundo.

Alcanza con leer su última novela, La mujer que escribió Frankenstein, editada por el Grupo Planeta en 2013, para comprobar su excelencia narrativa. Con esa singular voz que la caracteriza a la hora de escribir y la destreza de quien es ya una narradora experimentada, Cross realiza una pintura excepcional del siglo XIX y nos instala en el centro del romanticismo, de la vida y de la muerte. No se trata de una biografía novelada de Mary Shelley, sino de una novela que tiene su base en la figura, vida y obra de Mary Shelley. Conversamos con ella sobre sus inicios como escritora, sobre su obra, sobre su trabajo de traducción y lo último que escribió y sobre lo que vendrá.

 

1)    ¿En qué momento la literatura aparece en tu vida y cómo fueron los primeros pasos?

La literatura es algo tan constante en mi vida que me cuesta pensar en una aparición. Si rastreo en flashback, siempre estoy leyendo, en un mundo donde literatura y cine eran el clima. Pero fuerzo la máquina para fijar algunas tomas en esa función continuada.

Mi padre era un hombre responsable y tenso que al leer parecía más joven y feliz.  Era Profesor en Letras y las palabras le importaban.  Aclaraba malentendidos y cerraba tratos de afecto poniendo de relieve significados y acepciones: esto quiere decir esto, esto quiere decir esto y esto otro también.

Cuando cumplí cinco años, me regalaron Alicia en el País de las Maravillas, de la Colección Robin Hood. Una tarde estaba con mi madre y una amiga de ella,  Carmen, que tenía poca onda con los chicos. Mis ganas de leer superaban mi destreza así que las interrumpía con preguntas. Sería una pesadilla para Carmen que por algo no había querido tener hijos.  Cuando aparecí con el dedo clavado en la palabra quinientos –la conocía pero leerla era otra cosa-, Carmen me preguntó  en mal tono por qué no usaba un diccionario. De más está decir que no sabía qué era un diccionario y que Carmen me hizo un gran favor. Los cuentos  eran parte de un mundo codificado y yo podía entenderlo por mi cuenta, abrir la red, yendo de un lado a otro, uniendo imaginación y curiosidad voyeurística, ¡sin depender de gente como Carmen!

Cuando, a los diecisiete años, le dije a mi padre que quería ser escritora, su respuesta fue ir a la librería Fausto a buscarme un libro: Un Cuarto Propio. Ese podría  otro gran momento.  Otra parada en el camino.

Pero el camino ya estaba antes de Carmen, la respuesta de mi padre y cada uno de los libros que me cambiaron la vida, cosa que todavía pasa. Esa es la literatura para mí: la vida. A lo mejor por eso no puedo fechar su aparición.

 

2)    ¿Qué significa, para vos, escribir y en qué momento sentiste que la literatura era tu lugar en el mundo?

Cuando hace unos años pude entablar contacto por internet con un astronauta de  la Estación Espacial, le pregunté qué despertó su deseo de convertirse en astronauta y su respuesta fue el nombre de un libro: Lo que hay que tener, de Tom Wolfe.  Tiempo después, conocí una tarde en Nueva York a un alpinista que se cayó en una grieta en un glaciar.  Su compañero se murió y él estaba ahí, a oscuras, congelado, de espaldas, unido por una soga al amigo muerto,  a metros y metros de profundidad, herido y aterrado. Se acordó del libro de un explorador que había zafado  en una situación parecida y siguiendo sus pasos de memoria se salvó.  Lo cuenta, por supuesto, en un libro. Menciono estas dos historias, que me parecen alucinantes y lógicas al mismo tiempo, para dar una idea de lo que significa leer y escribir para mí.  Salgo de la grieta leyendo y después escribo contando cómo fue.

 

3)    Ya en tu primera novela Crónica de alados y aprendices, fundás un universo literario insólito y paradojal, con una voz sólida, personalísima y madura. A partir de allí comienza el desarrollo de ese universo, donde Kavanagh o Radiana son el punto más resplandeciente de tu escritura. ¿Sos consciente de la evolución literaria que hiciste a lo largo del tiempo?

La idea de evolución implica una continuidad, que desconozco.  Cuando veo que otros escritores tienen una línea de evolución,  me da un poco envidia, pero solamente un poco.  Yo voy a los saltos.  No creo que siempre el tiempo nos mejore.  A veces escribimos un cuento muy bueno de jóvenes y nunca más; a veces, al envejecer, una escribe algo con esa sabiduría que  compensa el paso del tiempo sin justificarlo.  A lo mejor es una línea de evolución, sólo que un poco enredada en vez de recta.

 

4)    A la hora de escribir y de leer, ¿preferís la novela o el cuento? ¿Por qué?

   Prefiero el cuento, por muchas razones de lectura y escritura.  Además aparece como se lee, como un flash.  La novela es un viaje largo, implica un esfuerzo sostenido.  Norman Mailer dijo que hay que estar en muy buen estado físico para escribir una novela, tenía razón.  Yo nunca estoy en buen estado físico porque no me gusta hacer gimnasia de ningún tipo,  mental tampoco.  Entonces,  ¿por qué estoy tratando de escribir una novela a pesar de eso?  La coherencia nunca fue lo mío pero tampoco es un valor al que aspiro.

 

5)    Has traducido a Richard Yates y a William Goyen, dos grandes escritores olvidados que, gracias a tus traducciones, cobraron visibilidad. ¿Traducirlos fue deliberado? ¿Influye de alguna manera la traducción en tu obra?

Yates fue una idea mía alentada por un escritor amigo y generoso.  Lo de Goyen fue una sugerencia excelente de Eduardo Berti.  La traducción influye tanto en lo que escribo que si no influye desconfío de mi  traducción.

 

6)    A fines de 2013 publicaste por Emecé el libro La mujer que escribió Frankenstein, agotando en un mes la primera edición. Lo fabuloso de esto es que no se trata de un Best-Seller, sino que – por el contrario–, es un libro que se presenta como una biografía de Mary Shelley y en realidad se trata de una novela maravillosa. ¿Cómo fue el proceso de escritura de ese libro? ¿Te sorprendió la recepción de La mujer que escribió Frankenstein por parte del público?

Fascinada por un dato que encontré en el estudio preliminar de una edición de Frankenstein, empecé a leer biografías de Mary Shelley.  El dato es relevante: decía que Mary Shelley está enterrada con el corazón de su marido. Ese comentario dio pie a un mundo de lecturas.  Por un lado, las biografías de Mary Shelley y su grupo.  Por el otro, libros de medicina de su tiempo, y de ciencia en general.  Desde ya que todo iba acompañado por la literatura de estos escritores, que desembocaba directamente en los ensayos literarios sobre el Romanticismo, sobre el morbo y el terror en la literatura y la pintura.  Eso me llevó, a su vez,  a libros de historia, historia de la vida privada, Historia también. El corazón de Shelley rescatado del fuego me llevó a encontrar una extensa bibliografía, en general académica, sobre “literatura anatómica”, que habla explícitamente de  Mary Shelley y su relación con la medicina, las disecciones y los ladrones de tumbas, el ingreso del cuerpo humano en el mercado y, finalmente, Frankenstein como testimonio de todo ese proceso.  Esos libros citaban a su vez fuentes, crónicas de la época, diarios de médicos, de ladrones de tumbas, cartas de pacientes,  etc.  Armé libro suturando lecturas para contar una vida y su entorno, entrando y saliendo del cuarto propio y ambulante de esta escritora,  que fue una romántica extrema, una “testigo devota” de su tiempo.

Me sorprende y alegra que haya lectores para el libro, como siempre alegra y sorprende encontrar socios de entusiasmo.

 

7)    ¿Qué estás escribiendo ahora? 

Hace años que escribo un libro de cuentos, relacionados entre sí, todavía no lo cierro  cada tanto aparece un cuento más para la serie. Estoy escribiendo una novela que tiene que ver con carreras de caballos.  Y hace dos meses empecé  a leer, investigar, porque se me cruzó un tema atrapante y estoy viendo a dónde me lleva.

 

8)    ¿Qué pensás que se necesita para ser un buen escritor?

Creo que para ser un buen escritor se necesita escribir y leer, y una buena  atención flotante al salir a la calle.

 

Así escribe Esther Cross

UN GRAN FUMADOR

        Creo que me enamoré de mi tío Gabriel antes de saber lo que era estar enamorada.   Así son los grandes amores, y un gran amor no era algo extraño en una familia que hacía las cosas a lo grande. Mi padre era un gran deportista y mi madre se jactaba de que el suyo había sido un gran abogado. En casa les gustaba hablar así: era un gran criminal, una gran conversadora, un gran político. Lo bueno y lo malo, practicado por gente de carácter, cobraba esa dimensión. De Gabriel decían, sobre todo, que era un gran fumador.  Donde estaba Gabriel, había humo. El cigarrillo era una parte  de su cuerpo y él era, para mí, la mejor parte de la familia.

El humo blanco y fileteado quedaba flotando unos minutos, como si fuera su fantasma, cuando cerraba la puerta y se iba. También lo antecedía cuando entraba.  Mis hermanos lo rodeaban, a los gritos. Yo corría a alcanzarle su cenicero preferido, de vidrio, grande y profundo como los vasos de whisky que  estaban de moda –y si estaban de moda, estaban  en casa. Mi madre se encargaba de los discos. Mi padre se ocupaba de los cubos de hielo.  Esa gente sabía tomar. A veces patinaban un poco por el idioma pero también eran muy divertidos.

Gabriel se sentaba en el sillón de pana amarilla. Mis hermanos se peleaban en broma con él y después se iban a su cuarto para pelearse en serio. Yo me sentaba a su lado, lo miraba como si fuera un programa de televisión  y comía caramelos y galletitas con el mismo placer intenso, feliz y mecánico con que él fumaba sus cigarrillos.  Era una gran gordita.

Gabriel fumaba Parliament. Los LM,  decía, eran como un terrón de azúcar y los Jockey eran como dos. Los Kent tenían gusto a paja y los Pall Mall eran un híbrido. Entre los importados  prefería los Gitanes y los Dunhill.  Fumar le gustaba tanto que en épocas de falta de tabaco, cuando no le conseguían cigarrillos uruguayos, se conformaba con   marcas  dudosas que brotaban de la nada o la necesidad.  Una vez lo vi abrir un paquete de Via Apia.  Sentí esa mezcla de piedad y admiración que una siente por los héroes cuando están en las malas.

Yo tenía diez años y usaba talle 14 pero no me importaba. En mi clase había una chica gordísima, Silvia Costella, y me burlaba de su gordura para salvarme de que las otras chicas apuntaran su crueldad contra la mía.  Tenía donde inspirarme. Las cosas que me decían mis hermanos para molestarme se convertían en el guión de mis burlas a Costella. Además, a su lado, salía mejor en las fotos y eso me gustaba porque como toda única hija mujer yo trabajaba para la posteridad.  No puedo decir que lo hacía a propósito pero por algo sentía remordimientos cuando pensaba en Silvia Costella. Los chicos no son ni buenos ni malos pero a veces es mejor no sacar conclusiones.

Cuando Gabriel venía a visitarnos y nos quedábamos solos, me sentaba en sus rodillas y lo abrazaba. Acercaba mi cara a la suya. El se metía el cigarrillo en la boca y echaba atrás la cabeza para largar el humo, con ese gesto que hoy puedo repetir, idéntico, después de tantos años.  Una vez le acaricié el mentón y se rió.  Otra vez, le di un beso en el cuello y le acaricié la cara.  Gabriel sonrió, me palmeó la espalda y me bajó al piso.  Me palmeó la cabeza y me dijo  que fuera a buscarle un vaso de agua.  Fui corriendo.  Si me hubiera pedido cosas más difíciles también las hubiera hecho.  Pero lo más difícil fue, en todo caso, perderme la oportunidad de estar un rato más largo con él.

Cuando Gabriel no nos visitaba, la pasaba bien igual en mi mundo interior, siempre que mis hermanos no se metieran en mi vida. Me encerraba en mi cuarto a recrear grandes escenas pasionales de películas. También jugaba partidas de un juego, que todavía no tenía nombre, con la punta de la mesa, la almohada, mis queridos dedos.  Criticaba a Silvia Costella por teléfono. Veía películas por tele, donde las actrices de la época de mi madre y mi abuela convivían en la misma camada.  Elizabeth Taylor, Vivian Leigh, Lana Turner, Sofía Loren y Raquel Welsh eran contemporáneas para mí porque compartían  la pantalla.  Usaban escotes extralimitados y daban besos larga duración.  Te daban ganas de hacer lo mismo. No podías quedarte quieta. Hay situaciones que son contagiosas y yo jugaba a esas escenas. Era una buena alumna. Tenía vocación.

También tenía un diario lleno de corazones con flechas que decían Gabriel. Era así de fuerte.  Algo que se declaraba en cuanto agarraba el lápiz.  Algo que me precedía hasta en la imaginación. Escondía el diario pero igual mis hermanos lo encontraron y no se privaron de contarles a mis padres que estaba enamorada de Gabriel. A mi madre le pareció una estupidez. Mi padre les cepilló la cabeza de una palmada demasiado fuerte y les dijo que me dejaran tranquila.

Gabriel era el centro de toda mi atención. Una vez le robé el pañuelo que tenía en el saco y lo olí, a escondidas, hasta quedarme dormida. Otra vez,  guardé entre las hojas del diario un papel con dibujitos que había hecho mientras hablaba, fumando, por teléfono.  Cuando me pidió que le sostuviera el saco porque quería ayudar a mis padres a cambiar el sillón de lugar fui una de las chicas más felices del mundo.

Gabriel era soltero. Traía a sus amigas a casa para los cumpleaños y las fiestas. Mis padres las dividían en dos grupos.  Estaban las bonitas y las interesantes.  Todas fumaban como Gabriel y una tenía una tos idéntica a la suya.  Mis hermanos se reían como locos y se ponían colorados. Pobres chicas, decía mi madre con  orgullo. Otra vez tu hermano, decía mi padre con los dientes apretados y una sonrisa complaciente.  Rubias, profesoras, modelos, secretarias, estudiantes.  Una vez, una llamó a mi madre y lloró por teléfono.  Otra vez, otra se apareció en casa preguntando por mi tío.  Mi madre cerró la puerta, corrió hasta el comedor y  le dijo  a mi padre: le dije la verdad, no vive con nosotros y además  está de viaje.  Gabriel era un gran seductor.

Aquel verano alquilamos una casa en Chapadmalal y Gabriel fue a visitarnos  con una novia. Era más grande que las otras, usaba un traje de baño blanco, tenía un pelo maravilloso y mi padre opinaba  que su cuerpo era formidable. Gabriel le prendía los cigarrillos y se los pasaba.  Corría a abrirle la puerta del auto.  Le daba su campera cuando ella tenía frío. Le decía Linda. Linda esto y lo otro. A Linda le dolía la cabeza muy seguido.

Por la ventana de mi cuarto, yo veía a la pareja que caminaba por la arena con el viento en contra. Me quedé encerrada en la casa tres días porque tuve mucha fiebre. En la casa no había tele así que leía, comía y espiaba a los enamorados por la ventana.  Se detenían, cada tanto, para prender un cigarrillo. A la noche oían música con mis padres. Pasaban mucho tiempo encerrados en su cuarto.

Una tarde vi a Linda en la galería de la casa. Tenía los ojos hinchados y respiraba acelerada. No era como  las demás. Linda era distinta. Esa noche, cuando le preguntamos por ella a la hora de comer,  Gabriel nos dijo que se había ido.  Después tomó todo el vino que había en su vaso de un solo trago. Mi padre hizo una broma pero nadie se rió.  Mi madre lo miró y le hizo una mueca a escondidas de Gabriel.  Nos levantamos de la mesa y esa noche no oyeron música ni jugaron a las cartas. Gabriel se fue a su cuarto y cuando mi madre le preguntó si iba a dormir le dijo que no tenía sueño.  No quiso jugar con mis hermanos y los despachó, de mal modo, cuando fueron a buscarlo.

Hice tiempo en la cocina y después me metí en el cuarto de Gabriel. La puerta estaba entornada. La cama estaba deshecha. Había un cenicero lleno de colillas en la mesa de luz que le había tocado a Linda.

Gabriel estaba sentado en un silloncito. La cabeza apoyada en una mano. El cigarrillo se agotaba entre sus dedos y pensé que iba a quemarse.  Lo apagó y encendió otro, en automático. Abrió el paquete, sacó el cigarrillo, dio dos golpecitos contra el brazo del sillón y lo prendió con su encendedor  Ronson, pero estaba en otro mundo.  Ni siquiera se movió  cuando sonó el teléfono, como si diera por sentado que Linda nunca iba a llamar.

Me acerqué y lo saludé. Me regaló una mirada de compromiso. Me senté sobre sus rodillas y lo abracé. Olí su colonia  y la espuma de afeitar que se calcaba en  su cara.  Palpé su cuello ancho y musculoso. Gabriel me apartó un poco para darle una pitada a su cigarrillo.  Estaba volviendo. Miró la brasa del cigarrillo con los ojos entornados, como si calculara la duración de la bocanada de humo que estaba por largar. No pude contenerme.  Le di un beso en la boca.  Como Vivian y Raquel, como Sofía y como Elizabeth.  Con esa mezcla de entrega y tensión que justifica los besos.  Un gran beso.  Gabriel apretaba los labios. Pero insistí, aferrada a su cuello, hasta que oí, con toda claridad, que alguien cerraba la puerta a mis espaldas.  Gabriel cerró los ojos y negó con la cabeza. Nos habían visto.

Esa noche Gabriel se fue de Chapadmalal.  Cuando mis hermanos preguntaron, al otro día, por qué se había ido, mi padre les dijo que no se metieran en las cosas de los grandes. Salí a dar una vuelta y encontré a mi madre en la galería. Tenía los ojos hinchados. Miraba la playa vacía con la mano en la frente, para darse sombra. Mis hermanos preguntaron varias veces más por Gabriel y mi padre siempre dijo lo mismo. Yo no pregunté nada.  Días después me anunciaron que tenían una sorpresa para mí.  Habían invitado, sin consultarme, a Silvia Costella. Eso era todavía peor que la ausencia de Gabriel, aunque la gorda se dejó convencer y ese verano nos alejábamos en la playa para que nadie nos viera. Había mucho viento y aprendimos a fumar. Los primeros cigarrillos.

 

 

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