Por Enrique Solinas

Crédito de la foto Vanessa Carpio

 

Entrevista y 7 poemas de Juan Carlos Olivas,

por Enrique Solinas

 

 

Olivas Básico

 

Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986) es poeta y profesor. Mereció el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011, el Premio UNA-Palabra de poesía 2011, el Premio Academia Costarricense de la Lengua, el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013, otorgado por el Instituto Nicaragüense de Cultura, el Premio de Poesía Eunice Odio 2016, de la Editorial Costa Rica y el Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017, de Ecuador. Ha publicado La sed que nos llama (2009), Bitácora de los hechos consumados (2011), Mientras arden las cumbres (2012), Los seres desterrados (2014), Autorretrato de un hombre invisible (antología personal), El señor Pound (2015), El Manuscrito (2016) y En honor del delirio (2017, de próxima aparición).

 

El poeta Juan Carlos Olivas.

El poeta Juan Carlos Olivas.

 

Entrevista a  Juan Carlos Olivas  “La poesía es una forma de estar en el mundo

y es lo que quiero seguir haciendo por el resto de mis días”

 

 

Enrique Solinas [ES]: ¿Cómo te iniciaste en la poesía y por qué ese género y no otro?

Juan Carlos Olivas [JCO]: Crecí en una ciudad llamada Turrialba, de donde proviene el que es quizás el poeta más conocido de Costa Rica, Jorge Debravo (1938-1967), quien murió prematuramente en un accidente de tránsito a la edad de 29 años. Pese a su corta edad dejó un legado poético importantísimo que marcó a la poesía del país dado a su hondo humanismo y amor. De niño escuchaba hablar de la escuela Jorge Debravo, el barrio Jorge Debravo, el parque Jorge Debravo y todo lo que alrededor fue casi como un mito acerca de él.

Mi madre era maestra de escuela. Un día ella estaba cocinando y a la vez leía un libro. Yo, como niño inquieto que siempre he sido, empecé a jugarle bromas a mi mamá mientras leía y cocinaba. En un momento que traté de jugarle una broma más a mi madre ella tomó el libro que estaba leyendo y me lo arrojó con tal puntería que me dio directamente en la cabeza. El sorprendido fui yo. Me incorporé lentamente y tomé el libro que mi madre me había arrojado. Me fui a la sala con el libro y empecé a leer las letras de la portada. Seguidamente, abrí el libro y fui leyendo las primeras páginas. Noté que se me hacía fácil leerlo porque las líneas no terminaban hasta el otro costado, sino que llegan hasta la mitad de la hoja, permitiendo así que se leyera rápido. Sin embargo, conforme avanzaba en la lectura sentía que lo que plasmaban esas palabras que se unían era algo que no era lo “normal” y que me hacían sentir muy extraño, diferente quizás. Era como un flechazo, una chispa que me llenaba de curiosidad y del deseo de continuar leyendo. Esa tarde leí mi primer libro. Tenía como diez años. Era el libro “Vórtices” del poeta Jorge Debravo.

Los años pasaron y me leí toda la poesía de él, y de otros autores nacionales que me llamaron la atención. La adicción por la lectura fue inevitable. Como inevitable fue también la fuerza que me llevó a tratar de hacer “algo parecido” de lo que hacían esos “héroes literarios” de mi infancia. En el colegio seguí escribiendo, nos fugábamos de clases y nos íbamos al río o a pasar la tarde en el parque. Mis compañeros hacían canciones de rap a las cuales yo les ayudaba para que rimasen, incluso componía letras enteras, nos burlábamos de los profesores y cuanto nos parecía autoridad. Pese a lo terribles que éramos yo nunca reprobé ningún curso ni dejé de leer. No fue sino hasta que salí del colegio que decidí hacer esto de una manera más seria y responsable.

Con el tiempo me he dado cuenta que la poesía es una forma de estar en el mundo y es lo que quiero seguir haciendo por el resto de mis días.

 

 

[ES]: Cuando hablamos de la poesía de Costa Rica, en nuestro imaginario aparecen voces imprescindibles como José María Zonta y Osvaldo Sauma, por ejemplo, pero poco conocemos del panorama actual. ¿Cuál es tu visión de la poesía costarricense contemporánea y cómo es escribir desde allí?

[JCO]: Costa Rica es un país muy pequeño de donde salen poetas hasta debajo de las piedras. La producción poética, por ejemplo, del año 2016 llegó a los 60 poemarios publicados tanto en editoriales públicas como en editoriales independientes. Las posibilidades de publicar para los autores jóvenes son muy altas y variadas. La multiplicidad de voces es algo deslumbrante. Hay muchos talleres literarios y grupos que logran realizar actividades de poesía en diferentes comunidades. Obviamente, cantidad no siempre significa calidad.

Nuestra poesía está apenas surgiendo, si la comparamos con la evolución que han tenido países vecinos.  Estamos hablando de casi 130 años de poesía desde el primer poemario aparecido en Costa Rica. Países como México tienen más de 2500 años de historia poética, Colombia casi cuatro siglos, Perú más, Chile ni qué se diga, Cuba, Nicaragua, Venezuela, por mencionar algunos cuyas raíces poéticas están muy bien plantadas. Este no ha sido el caso de Costa Rica, donde la poesía del siglo pasado no llegó a ser si acaso un refrito del modernismo, o las tendencias en boga. Esto ha dado al traste a una poesía que se ha escrito camaleónicamente, interiorizando lo que nos viene de otros lares; en los años 60s y 70s del surrealismo y del exteriorismo (característica propia de la poesía centroamericana de los 70s). Hubo movimientos y manifiestos que bogaban por una poesía más metafórica en contraposición a la poesía plana y directa del exteriorismo y entonces surgió a finales de los 70s el movimiento trascendentalista. Estas dos tendencias tuvieron sus adeptos hasta el día de hoy. Sin embargo hay poetas a los que no se les puede ubicar en alguna de estos dos movimientos e hicieron su obra al margen de lo que se escribía en ese momento.

Los jóvenes poetas de mi país son el resultado de estos movimientos literarios, quiérase a no. Pero las temáticas ahora son mucho más amplias. El mass media nos ha permitido conocer muchísimas vertientes poéticas de otros lugares y adaptarlas a nuestras inquietudes. Hay mucha influencia de la poesía anglosajona y centroeuropea, pero también de Sudamérica y México. Así como de la cultura popular, el cine y la música. Pese a la tradición, la poesía costarricense está más viva que nunca, y de eso dan fe poetas como Osvaldo Sauma, Zonta, o Luis Chaves que son bastante conocidos afuera.

En lo que a mí respecta, trato de escribir al margen de las discusiones bizantinas que ejercen algunos poetas de mi país y me nutro de las vertientes poéticas que me sean posiblespara decir lo que pretendo decir. Soy consciente de mi tradición y la respeto, pero trato de buscar siempre algo nuevo. Me dejo llevar por la sed.

 

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[ES]: Tu universo poético se caracteriza por expresar imágenes y metáforas en un barroco centroamericano, con una voz absolutamente original. Al mismo tiempo, hay una conciencia de estructuras en los poemas que resulta de gran interés, como si lo emocional y el raciocinio trabajaran en conjunto. ¿Cuál es la percepción que tienes de tu propia poesía?

[JCO]: Algo de cierto habrá en lo que se menciona. Las etiquetas son algo que se las dejo a los críticos. No soy pesimista. Tampoco pretendo que la poesía salve algo a alguien. Escribo desde la cosmovisión del asombro. Para mí un poema es una herramienta para remover el espíritu que se adormece en las constantes vicisitudes del devenir, que es inevitable. Por eso la poesía no salva a nadie, pero es un acto de fe, un acto inútil, pero hermoso, de fe. Es como creer en Dios o amarrarse al mástil del barco que se hunde y gritar: ¡No se hundirá!

 

 

[ES]: ¿Qué temas son los que te preocupan/ te gustan/ deseas contarle a tus lectores?

[JCO]: En distintas conversaciones lo he dicho. Los tres grandes temas universales de la poesía han sido y son: El amor, el paso del tiempo y la muerte. Si uno lee a los clásicos, desde los griegos hasta nuestros días, se da cuenta de que los temas siempre han sido los mismos. Lo que cambia es la manera en que los poetas dicen las cosas según su época. Ya Pound nos decía “makeit new”, refiriéndose a la necesidad de evolucionar nuestro verbo según nuestro tiempo y circunstancia. En mi caso, no escapo de esto, de sentir como cualquier ser humano la urgencia del amor, llevar en las espaldas el paso del tiempo y la presencia inexorable de la muerte.

 

 

[ES]: ¿La poesía es obsesión?

[JCO]: Ciertamente es obsesión, necedad y necesidad.

 

[ES]: ¿Se escribe para no morir?

[JCO]: Volvemos al problema de las metáforas. Se perdería mucho tiempo valioso pensando en escribir para no morir. Morimos igual. Las obras quedarán por unos años o unos siglos. Quién sabe. Los cementerios están llenos de poetas inmortales. Lo que importa es disfrutar el hecho de escribir.

 

[ES]: ¿Qué autores considerás que te formaron en tu perfil poético?

[JCO]: Los clásicos griegos, la poesía británica, la poesía estadounidense, la poesía española de generación del 27, los 50s, la poesía latinoamericana por mucho, la poesía china y japonesa en menor cuantía.

 

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[ES]: Acabas de ganar el Premio Paralelo Cero 2017 en Ecuador, un premio de relevancia y gran difusión en Latinoamérica. ¿Qué significa para ti este premio y qué es lo que sigue ahora en este 2017 que recién empieza?

[JCO]: Lo recibo con muchísima gratitud y alegría. Es un premio hermoso, Xavier Oquendo ha cuidado mucho de que el premio sea transparente y tener un jurado de lujo en cada ocasión del premio. Las ediciones de El Ángel editor son impecables y de mucho prestigio, lo cual es un verdadero honor para mí. Admiro muchísimo la poesía ecuatoriana y estoy muy contento de poder compartir mi poesía en el Encuentro de Poetas Paralelo Cero de este año. Tengo varios libros inéditos que seguiré trabajando con el objetivo de publicar en otros países y tener la oportunidad de que mi obra sea más conocida en Latinoamérica. Iniciamos bien el año, espero que siga así.

 

 

[ES]: Por último, dime tres palabras que definan a Juan Carlos Olivas.

[JCO]: Fraternidad. Búsqueda. Poesía.

 

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Así escribe Juan Carlos Olivas

7 poemas

 

 

 

DEDICATORIA

 

Madre,

perdóname por este libro oscuro;

tú que siempre me incitaste a la luz

y llenabas mi sangre

con el sucio talismán del porvenir.

 

Aquí en estas páginas

yace tu hijo acribillado por las palabras

y los pájaros que enciende la derrota.

No pudo acercarse a aquello que quisiste para él.

Su juventud la dedicó a perderse,

a sembrar cardos en la sal del sueño,

a desmembrar su carne para dársela a las bestias;

pero antes de partir, hizo asamblea,

y escribió en las paredes de su claustro

un mapa para viejos fumadores de opio,

una elegía para las dalias

que crecen en la tumba de un Rey,

el soto, el tomillo y la argamasa,

los ladrillos que construyó con tus huesos, madre,

el muro y la más alta torre

de todas las mitologías.

 

Ahora ha creado el mundo

y el mundo ya no le pertenece.

Acércate a él y respira;

toca con claridad su bosque umbroso

donde habita la serpiente

y afina el paladar,

sé precisa al llamado del sauce

y la hiedra que te mece en su veneno.

 

Perdónalo,

por este libro

escrito bajo un siglo que perece.

Perdónalo, perdóname, madre,

por decirte que la memoria

es ese pez que salta de la luna al sol

y cae entre tu rostro

como un ángel, al fin, hecho ceniza.

 

 

 

LEPRA DEL ALMA

 

Eran los tiempos de la lepra del alma.

 

En mi rostro caían las burlas de los héroes.

El sol se disecaba lentamente

como un insecto en los alfileres de disección.

 

Tenía frío, o algo parecido al frío

me inundaba en las oraciones de la tarde

cuando sonaban trompetas momentáneas

desde el atalaya de una ciudad inexistente.

 

Las doncellas pasaban a mi lado

como sauces vacíos, volvían sus caras y tosían,

y exhalaban palabras en el instante de su desfloración.

 

Empezaba a recordar el cielo como un grito.

Masticaba con mi boca de niebla

la última raíz del paraíso.

Estaba solo

y entonces me dije

que esto era una alucinación:

en mis manos, los ángeles y los demonios

leían poesía postmoderna,

la mantis religiosa llevaba el rostro

de San Juan de la Cruz,

una mujer blandía el nombre de Helena

grabado en su frente

y fornicaba con los caballos de la ausencia;

sus senos comenzaban a llover

y el agua silente me dolía.

Traté de refugiarme en los escombros

y los hijos del cielo me dijeron: vete de aquí,

no eres más que una sanguijuela,

un personaje de El Bosco

que se escapó del jardín de las delicias.

 

Así entonces se me escurría más la lepra

y grité: si en 24 horas no viene nadie a salvarme

daré mi cuerpo a las aves de rapiña,

si en 24 horas no desciende un carruaje de los cielos

mi boca será el Purgatorio del espíritu,

si en 24 horas no se publican mis libros

llenaré mi corazón de cardos

y haré pasar por él los ojos desnudos de mis editores,

si en 24 horas no me vuelve la fe

diré los secretos más vergonzosos de Dios,

si en 24 horas mi piel no vuelve a ser la de un niño

envenenaré el agua del recuerdo

y la daré a los pobres,

si en 24 horas no vuelvo a ser aquel

que reinó sin un trono en el milagro del alba

obligaré a la esperanza a leer en voz alta

los titulares de los periódicos.

 

Todo esto iba pensando

mientras mi carne hedía

y de pronto

tuve un recuerdo del errante paraíso,

cayó a mis manos el cadáver de una mariposa

y la lepra empezó a desaparecer

para darle paso a la nostalgia.

 

Había terminado la alucinación

y al día siguiente

mi mano limpia

apagaba el reloj despertador,

el sol

era un hermoso insecto

                        en las cortinas.

 

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LA LEYENDA DEL VOLCÁN

 

Nos desnudamos tanto

que los dioses temblaron,

que cien veces mandaron

sus lavas a escondernos.

Fabio Morábito

 

Solíamos dormir dentro del cráter de un volcán.

Íbamos en vacaciones a recoger arbustos,

a picar con guadañas la piedra del azufre.

 

La niebla se travestía en los muros naturales,

era una muchedumbre en las palabras frágiles

mientras tú y yo hilábamos la música del páramo,

nos daba por perdernos entre las fumarolas

hasta volver de noche a la misma tienda de campaña.

 

Ahí hacíamos el amor

hasta masticar la sangre,

hasta tenernos miedo y apartarnos

y la ceniza que éramos –no el polvo-

se mezclaba en el tiempo de otras fluctuaciones;

nos dejaba impregnados de una sal milagrosa,

nos desnudaba tanto hasta petrificar

lo que ahora llamamos memoria.

 

Fuimos dueños de lo voraz

y de la gracia trémula

de alguien que vuelve intacto a su niñez

y trae noticias de sus vidas pasadas,

un trozo de madera preciosa,

una punta de lanza

que se incrusta en la piel

de los animales muertos,

una rama de olivo

que se meció en los picos de las aves.

 

Desde aquí ya no hay rastro del diluvio;

sin embargo, al verte

la lluvia se te escapa

y cuando pones tu mano en mi pecho

tu puño es la piedra que se hunde

en medio del estanque

y desciende en zigzag,

más su sonido no lo puedo describir: es la poesía.

 

Su verbo es tan real

como el magma que habita bajo nuestros pies

y que ya viene a mudarnos la vista en el paisaje,

a invitarnos a ser parte del volcán y perecer,

o salvarnos

            en el misterio de los cuerpos

                                    que son uno

y viven para contar su historia.

 

Un día hablaré de ti y no me creerán,

un día dirás mi nombre

                        y se echarán a reír.

Pero vendrán las lavas

y todos moriremos,

pero vendrán las lavas

y de nuevo tus ojos

me harán creer

en la ceniza.

 

 

 

HALLAZGO EN ALTAMIRA

 

Le hablo al hombre

que dibuja bisontes

en la cueva de Altamira.

 

Le digo que se detenga,

que no vale la pena

dejar registro

de existencia humana alguna,

que los cazadores

nos cazamos a nosotros mismos,

que fracasamos en un intento de futuro,

que no aprendimos a remendar

las hilachas del corazón

y a la forma del círculo

solo la utilizamos

para forjar monedas.

 

Le insisto en que no somos dignos

de contar nuestra historia,

que dejamos sobre mesas de fuego

el papel de la creencia,

de lo que conscientemente

nos hacía discernir

entre un atardecer

o el incendio en la casa de la misericordia.

 

 

Le digo que ya basta,

que no se atreva,

que para qué tanta lata

en sobrevivir más allá de la memoria.

 

Pero el hombre de Altamira me da la espalda,

finge no escucharme, no saber que estoy ahí,

y sigue dibujando

sus bisontes.

 

 

 

TANATOSIS (o el arte de hacerse el muerto)

 

Sentado en la mecedora

del patio de mi casa leo a Cioran,

a Borges, a los poetas chinos

de una dinastía de casi 2000 años atrás.

 

La belleza aún sigue latente en sus textos,

también el hastío, lo solitario y lo abyecto

que se traduce en las sílabas que conforman mi mundo.

Estos poetas tuvieron pánico a la muerte.

 

Me pregunto si hay dolor, si vienen por nosotros,

si uno sube y desciende por un túnel escarchado

en la más fiera luz que hayamos visto,

si se siente el frío que dicen que se siente

o es como quedarse dormido

entre lunas de espuma y sábanas de opio.

 

Yo también viví mis días

como si nunca fuera a morir

y ahí estuvo el error.

 

Escribí porque tuve miedo y arrogancia

y ahora la verdad me golpea

como un trapo en la cara;

quizás no viví lo suficiente,

quizás me fui perdiendo

en el bosque sagrado de la procrastinación,

dejando para última hora las cosas esenciales:

mi hijo que sopla un diente de león,

el vecino que grita gol desde lo eterno,

la canción que mi esposa tararea,

el hombre o la mujer que cede ante la noche

y lee a Cioran, a Borges, a los chinos,

un libro de poesía

como un paliativo real

contra la muerte.

 

 

 

LADRONES DE LIBROS

 

Todo es mío y nada me pertenece,

nada pertenece a la memoria,

todo es mío mientras lo contemplo.

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Loado sea el ladrón de la cultura;

el que no puede comprar libros, pero los ama

y siente un escalofrío que le sube al espinazo

cuando abre las páginas vetustas y las huele.

 

Bendito sea el amigo que deja pasar a su amigo

a su biblioteca personal y presta sus libros

sabiendo que el otro no los va a devolver y no le importa.

Más bendito aun aquel que los devuelve

y se da cuenta de que arranca un pedazo de su piel

u otra extremidad y lo otorga como un pan

al dueño que no entiende lo que pasa.

 

Alabado sea el coleccionista de rarezas,

el vigía de las primeras ediciones firmadas,

el que deja una lágrima de felicidad

sobre las tapas de cuero;

al que conoce aún el papel biblia

y desprecia hasta las heces los libros digitales.

 

Que nunca le falte el sustento

a los muchachos que sedujeron a las bibliotecarias de la Universidad

para obtener ciertos favores en pro de la lectura

y llegaron a enamorarse realmente,

hicieron el amor entre los anaqueles del mundo

y en cada idioma que aprendieron dejaron un orgasmo.

 

Que nadie olvide las librerías de segunda mano

donde dos aprendices de poetas

se las ingeniaban para distraer al vendedor

y en sus mochilas escondían los libros de Shelley,

de Szymborska, de espíritus cuyos nombres

fueron escritos sobre el agua,

o alucinaron en baratos hoteles de una noche,

o se tendieron a la piedra del sol

a ver pasar ovnis de oro bajo la noche estrellada.

 

Que nadie los ofenda a los lectores,

que los dejen ahí, con sus libros,

en un instante del paraíso,

pues el infierno que les espera –según Dante-

es tan sólo vivir sin esperanza.

 

Al final, después de todo,

no nos saldrá tan caro delinquir

y la belleza más grande consiste

en llevarnos a casa

lo que nos fue prohibido.

 

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MEMORIA DEL PARAÍSO

 

Yo jamás he perdido el paraíso.

 

No me vieron crecer los rosales de la muerte.

No hube devastado la neblina

que se posaba como un animal

al pie de la inocencia.

 

Para mí fue la dicha

y las arboledas del amanecer;

sin embargo, en mis ojos se elevaban

los ladrillos de un muro,

pintaba bisontes con mi sangre en la pared,

escribía mensajes del más allá

en pequeños aviones de papel

que resistían la inclemencia de la lluvia,

los arrojaba como un hueso al otro lado

y de vez en cuando afuera

había voces que preguntaban si aún estaba ahí,

cuál era mi nombre,

si tenía hambre o sed,

o la necesidad de un cuerpo

que cupiera en mi sombra.

 

Yo nunca contesté ni tuve ganas.

El paraíso era estar solo

en un diván de libros polvorientos,

el paraíso era mentirme noche a noche

y fingir que volvía

a cada instante a la niñez,

el paraíso era pasearme ebrio

de una antigua belleza

parecida a la calma que se siente

antes de la destrucción.

 

Descreí de mi muerte pese a todo,

el caos también fue mi otra forma de vida

y me acostumbré a robar las flores del camposanto,

salía a jugar a las escondidas en los pisos minados,

creí en la existencia de los monstruos

porque los conocí, y eran reales

como lo que pienso o me persigue;

a veces ellos ganaban

y me mandaban a llorar debajo de la mesa,

otras veces me temían

y arrimaban a mi fuego sus chivos expiatorios.

 

Solía ser ese niño cruel y compasivo

de los cuales no hablan los libros de la felicidad.

A mi diestra yacían los ángeles dormidos

de un paraíso que el tiempo no pudo arrebatarme

y ahora es la hora de partir,

de abordar una nube y descender por el mar

que de noche refleja un cielo sin estrellas,

mi osamenta le indicará el rumbo al horizonte

y mi epitafio será la espuma

que los peces dejarán tras de sí

cuando salten serenos

en las puertas del agua.

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