Por Aleyda Quevedo Rojas

Crédito de la foto www.vozpopuli.com

 

 

“Nunca trato de domesticar lo que mi imaginación

y mi memoria producen. Me siento a escribir”.

Entrevista a Juan Carlos Méndez Guédez

 

 

Podrías escribir un cuento sobre este cenicero, por ejemplo, y un hombre y una mujer.

Pero el hombre y la mujer deben ser siempre los dos polos del cuento. El Polo Norte y el

Polo Sur. Toda historia tiene esos dos polos: él y ella.

Anton Chéjov

 

 

Aleyda Quevedo Rojas [AQR]: Lo primero que me gustaría preguntarte tiene que ver con el lugar que tú sientes y piensas que ocupa el arte y la literatura en estos tiempos de modernidad líquida, globalización, deterioro de la naturaleza y perversa incertidumbre dictaminando nuestro modo de vivir y percibir las realidades.

Juan Carlos Méndez Guédez [JCMG]: La respuesta tiene que ser personal. Te cuento algo: en Venezuela hay una diosa que es quien dirige y encabeza la religiosidad creada por los campesinos del occidente del país. Se llama María Lionza, y ella preside los altares de su culto; acompañada muy de cerca, pero en un lugar un poco más bajo, por el Negro Felipe y por el Cacique Guaicaipuro. Ella es la diosa central del culto y es una diosa de las cosechas, de los ríos. Sus rituales se realizan en medio de la naturaleza, en una montaña llamada Sorte, llena de cascadas y árboles inmensos. Y, junto a María Lionza, están los espíritus que le sirven para sus misiones de curación y consuelo. Son espíritus muy variados: caciques indígenas, brujos de pueblo, médicos, militares, también seres del amor, los caminos, y las aguas a quienes se les llama los don juanes.

Es una religiosidad muy reciente, de principios del siglo XX y se supone que es un cruce del culto a una diosa amazónica y el culto mariano. Pero, en lo esencial, se trata de una deidad de la fertilidad, de lo agrícola, de lo nutricio. Un eje esencial del culto es el respeto a los árboles, a las aguas, a los animales.

El culto se encuentra muy extendido, aunque suele llevarse en secreto pues se encuentra asociado al mundo rural y al mundo de las clases populares, pero lo que me interesa resaltar es que es una diosa de la naturaleza, de la creación, del nexo con lo natural. Sobre ella existe una cierta tradición oral, pero muy poca escritura, y eso es algo que estoy intentando trabajar en el libro que próximamente publicaré en España: La diosa de agua.

 

 

Escribir sobre esa religiosidad, crear, fijar, inventar desde la ficción los mitos que explican este culto a una diosa femenina. Creo que, en el fondo, estoy intentando esto como un modo de resistencia hacia lo que es la realidad del país. Venezuela se encuentra sometida en estos momentos por una dictadura militar, feroz, violenta, machista, saqueadora, guerrera. Y ya sabes, lo guerrero no cosecha, no cultiva, lo guerrero roba la riqueza ajena.

En el momento en que intento dar una respuesta literaria, fantástica, mítica, con la figura de esta diosa, estoy respondiendo a esa realidad. Una realidad en la que, y de esto se habla muy poco a nivel internacional, el régimen está destruyendo el Amazonas en su afán por la extracción de minerales. Están cometiendo una verdadera barbarie, y esa zona se encuentra repartida entre grupos militares, grupos guerrilleros de Colombia y grupos delictivos que trabajan para el gobierno; por lo que cada tanto, los indios Pemones son perseguidos, aniquilados y expulsados de sus tierras.

Invocar, escribir a María Lionza, es una respuesta literaria y de la imaginación a esa barbarie que es la Venezuela actual. Invocar lo femenino, la conexión amable con la naturaleza, invocar la vida como un modo de rescatar imágenes alternativas a lo que es el discurso del poder: un discurso de sangre, muerte, destrucción. No en vano, debo decirte que la estatua de María Lionza que se encontraba en Caracas, se partió en pedazos en el año 2004. Para mí fue una respuesta poética de esa imagen sagrada ante el horror que vive el país.

Te cuento esto, para decirte que ante ciertas situaciones de incertidumbre, la literatura explora caminos inesperados. Yo quiero desde la escritura reconstruir la imagen de la diosa, una diosa mujer, una diosa blanca como las llamó Robert Graves, una diosa que recuerda a las deidades que desaparecieron del mundo hace más de dos mil años y cuyo regreso yo quiero celebrar con mis ficciones. Tal vez ese es el lugar de la literatura: alumbrar hacia esas esquinas en las que nadie quiere mirar. El poder habla de guerra, de armas, de muerte, de la figura terrorífica de un Comandante eterno cuyos ojos han pintado en todas las paredes. La literatura mira hacia el lugar contrario: el lugar de la vida, de la fertilidad, de la naturaleza, del amor.

 

Estatua de María Lionza. en Venezuela.

 

[AQR]: Desde Tan nítido en el recuerdo hasta la poética y fragmentaria novela Arena Negra, pasando por la dura Los maletines y otra joya de tus cuentos bajo el título La noche y yo, sin olvidar El baile de Madame Kalalú, (que es lo que he leído de ti), ¿cuáles son los andamiajes sobre los que se levanta tu proyecto de escritura, tus búsquedas y si esos andamiajes son los que te ayudan a dominar una técnica, si es que crees que esta existe?

[JCMG]: La técnica es indispensable. Las buenas intenciones y la ingenuidad creativa no bastan, porque corres el peligro de volver a inventar la tragedia griega o el surrealismo. Hay que tener conciencia de la tradición, del mundo en el que vives para intentar el desvío, la ruptura, la limpieza de una nueva mirada.

Mi proyecto de escritura (y me sonroja un poco llamarlo de esa manera) se basa en la idea de la multiplicación; que cada libro intente una novedad, que cada libro incorpore algo nuevo con la aspiración de que parezcan escritos por personas diferentes. Esta es una tentativa compleja, pero fracasar o acertar con ella me produce mucho placer.

Para ello, trato de privilegiar la idea del personaje; personajes potentes, algo excéntricos, algo disonantes (y me resulta inevitable recordar a Sergio Pitol, que también gustaba de este tipo de figuras). Y ese personaje me obliga a un compromiso con el lenguaje y la estructura que puede transformarse libro a libro. ¿Desde dónde hablan esos personajes? Desde la idea de que lo espiritual, lo trascendente del ser humano, nace de su relación con lo inmediato, con la realidad más tangible. El cielo y el infierno se encuentran aquí mismo, entre nosotros. Lo cotidiano es una posibilidad espiritual, sagrada. En un jugo de naranja pueden reposar los dioses que nos hablan de la vida y la muerte, de la plenitud y del fracaso.

Y esto lo construyo desde un discurso en el que conviven El cantar de Gilgamesh con el Binomio de oro; El Lazarillo de Tormes con las canciones de Julio Jaramillo. La música de Bach con las peleas de Sugar Ray Leonard. La pintura de Fra Angelico con las telenovelas. Ese universo que fue mi infancia y mi adolescencia de muchacho de un barrio humilde y peligroso de Caracas. Alguien que leía a Camus mientras silbaba “La hija de Nadie” de Yolanda del Río. Porque en el fondo lo que buscaba y lo que busco es la emoción, la belleza, la risa celebratoria, donde quiera que se encuentre. Fíjate que mi libro publicado hace un par de años es una novela policial llamada La ola detenida; y el libro que aparecerá dentro de pocas semanas en España: La diosa de agua; es un volumen de cuentos de corte fantástico y mítico. Hay conexiones entre ambos, claro que sí, pero son esencialmente libros divergentes, con lenguajes antagónicos, con escenarios muy distintos. Allí se vislumbra ese salto creativo del que te hablo.

 

 

[AQR]: ¿Cuáles serían para ti las claves o puertas y ventanas que posee la arquitectura de una novela y cuáles serían las llaves y vigas de un cuento? Ambos géneros te apasionan y quisiera saber, a modo de taller literario, ¿qué has ido descubriendo y confirmando o experimentando al cocinar esos dos géneros?

[JCMG]: El cuento es implosión; la novela es explosión. Se trata de crecimientos diferentes. En el cuento, todo viaja hacia adentro, hacia la concreción y resignificación de un detalle. En la novela todo viaja hacia fuera, hacia la amplitud, hacia la expansión de cada detalle en nuevos detalles que a su vez generan detalles nuevos.

Veo una mujer con un vestido verde que camina por la calle. Cuando la historia me llega como la posibilidad de un cuento, mi mirada se fija en ese vestido verde; todo lo que escriba debe ir hacia ese vestido; ese vestido debe resplandecer en la historia entera. El vestido verde será el eje del mundo. Pero si por el contrario, el vestido verde me activa la curiosidad por la muchacha que lo lleva, por el lugar a donde ella se dirige, por la persona que la espera, por la gente que la mira, por los recuerdos que tiene esa muchacha sobre sus vestidos del pasado y sobre la gente con quienes los compartió, por el futuro que la aguarda, por el día en que compró ese vestido, por la familia con la que vive, eso quiere decir que estoy  en presencia de una novela en la que el vestido será sólo otra pincelada. No controlo el proceso. Ocurre. Mi imaginación se activa de modos diferentes.

Nunca trato de domesticar lo que mi imaginación y mi memoria producen. Me siento a escribir, y las claves de la propia narración me conducen hacia las cinco o hacia las quinientas páginas. Escucho lo que el propio texto tiene que decirme y aplico la técnica para que lo que él solicita suceda de la manera más nítida y potente.

Disfruto por igual ambos procesos. Viajar hacia el centro de una semilla, o ver cómo cientos de semillas saltan y se expanden por la tierra.

 

 

[AQR]: Naciste y siempre vuelves a la ciudad de todas las vocales: Barquisimeto, como lo cuentas en tu novela Arena Negra; vives desde hace más de 25 años en la ciudad de las dos vocales: Madrid; y ahora nos hemos encontrado en Quito, que tiene tres vocales y cuya altura te está golpeando un poquito en el corazón y en la velocidad de tus movimientos… ¿Qué son para ti Barquisimeto, Madrid y la nuevísima Quito?

[JCMG]: Hace un tiempo, Edurne Portela y José Ovejero me invitaron a formar parte de un documental sobre literatura en el que hablábamos varios escritores. Allí estábamos Manuel Vilas, Rosa Montero, Andrés Neuman, Juan Gabriel Vásquez, Luisgé Martín, Hipólito G. Navarro, y Ana Merino, entre otros… bueno, el caso es que Portela y Ovejero me pidieron que hablase de mi relación con los lugares, porque consideraban que en mi escritura había una fijación particular por los espacios. La primera explicación que se me ocurre para esto (y de eso no hablé en el documental), es una frase que dijo hace mucho tiempo el gran narrador José Balza. Él explicaba que, en narrativa, la preponderancia del espacio es la eliminación del dolor. Si privilegias lo espacial, el tiempo se detiene o se ralentiza, por lo tanto, el dolor de lo que se consume, de lo que se destruye y se agota, queda detenido.

Cuando hablo de un lugar, cuando nombro Madrid, cuando nombro Barquisimeto o Caracas, hago un pacto con el tiempo para que durante la escritura y la lectura de esas palabras, el socavamiento, la destrucción que los años esparcen sobre las personas, se detengan. Al escribir, como también sucede en los sueños, puedo hablar de nuevo con figuras amadas que han muerto, puedo contemplar figuras amadas que han desaparecido de mi vida; escuchar bellas canciones como si estuviesen sonando por primera vez; recorrer una calle desaparecida; sentir un olor remoto.

Mis personajes están allí, viviendo sus aventuras, y yo no aparezco en lo escrito, pero soy como un pequeño espía que los lleva a comer un helado en el centro comercial El Valle, un helado sencillo, en una ciudad sometida por la escasez y el miedo, pero que también es un helado que una vez tomé con mi madre, en 15 minutos de paz infinita que compartimos hace pocos años.

 

El narrador Juan Carlos Méndez Guédez

 

Caracas, Barquisimeto, Madrid son ejes de mi vida. Yo creo que en cada uno de ellas habita un centro sagrado para mi propia existencia. Allí suelo encontrar lo que se llama un Axis mundi, un punto donde el cielo y la tierra dialogan, donde se comunican los reinos superiores e inferiores de la vida. Suele ser un lugar movible; a veces está en una plaza, en un árbol, en una esquina, sitios en los que percibo una energía especial, una inmensa paz, una inmensa gratitud por la vida, un desaforado deseo por escribir y contar y cantar el mundo.

Me gusta, además, la relación que tú estableces entre lugares y letras vocales, como hace uno de mis personajes en mi novela Arena negra. Me gusta porque asocias lugar y palabra. Estableces un nexo en la que la palabra es una invocación a esos lugares especiales de mi vida. Con la palabra puedo poseerlos y que ellos me posean; con la palabra puesto estar en ellos de manera simultánea.

Y bueno, ahora se incorpora Quito, donde mientras conversamos, siento una especie de ebriedad continua, de niebla, de irrealidad agobiante y al mismo tiempo maravilloso. Los 2 800 metros de la ciudad me obligan a una lentitud que desconozco. Mi mente siempre hierve llena de ideas, pero también de mucha ansiedad. Aquí en Quito estoy descubriendo un nuevo ritmo, una manera diferente de mirar la pantalla de la computadora cuando escribo. Ya veremos qué sale de estos pocos días. Por lo pronto, pensaba en la mañana al salir del hotel y caminar con mucha lentitud, que si lograba caminar sin pausa pero con lentitud extrema, el planeta terminaría moviéndose más rápido que yo y al cruzar una calle llegaría a Aix en Provence, y después de mojarme los dedos en la fuente de Eau Chaude, daría otro paso y estaría paseando frente a las casas coloridas de la calle Maury en Caracas, y luego fumaría en la entrada del Hotel Tequendama en Bogotá, y dos pasos más allá sentiría el olor marino y el sonido de las palmeras de Macuto, y al cerrar los ojos vería una calle solitaria y larga de La Laguna y al final subiría por la Rue Mouffetard de París espiando el rastro de unos personajes de Georges Simenon.

 

Conversación entre narradores (izq.) Pérez Zuñiga y (der.) Juan Carlos Méndez Guédez

 

[AQR]: Tú eres un escritor que se decidió por la migración voluntaria. ¿Cuáles son los aprendizajes de esa decisión en un escritor como tú? ¿Cómo miras el movimiento migratorio de tus compatriotas venezolanos que se han visto forzados a buscar mejores días en países como Ecuador, España y medio mundo? 

[JCMG]: Lo primero es recalcar que no hay relación ninguna entre lo que fue mi migración y la tragedia que viven mis compatriotas que se ven obligados a moverse en condiciones terribles a otros países. Muñoz Molina refirió en una ocasión que su vida de preso político duró unas pocas horas; lo tuvieron un rato en el Palacio de Correos y luego lo soltaron. Con infinita honestidad él contó lo que verdaderamente sucedió, cuando otro quizás habría convertido su pasado en una memoria heroica. Creo que es un ejemplo ético digno de ser imitado.

Yo fui a España a estudiar un doctorado y tuve varias becas. Luego he tenido peores y mejores momentos económicos, pero nada comparable con las personas que caminan por un páramo mal abrigadas, con hambre, con miedo, sin papeles. Esta gente sale del país desesperada por la miseria y el terror que causan en ellos la dictadura de delincuentes que mantienen el poder en Venezuela a base de fusiles, tanques, lacrimógenas, torturas y muerte.

Estas personas que huyen son fruto de la desesperación, pero también de la lasitud y la complacencia con que el mundo contempló al ascenso de un gobierno de psicópatas que con dos o tres consignas gastadas dijeron querer salvar un país, cuando su intención era convertirlo en su botín de guerra. Las omisiones tienen consecuencias; en América Latina no habrá paz ni progreso sostenido mientras estas bandas criminales sigan gobernando desde Caracas. Es como que tuviésemos a Pablo Escobar a cargo de un país, con mando sobre sus fuerzas armadas y sus recursos naturales.

En cuanto a la primera de tus preguntas, el que se mueve de país se ve obligado a renacer. Cuando te mueves de tu entorno, dejas de ser el hijo de, el sobrino de tal; esa resurrección también tiene consecuencias literarias. Lees tu tradición de una manera diferente, incorporas a tu mundo una nueva tradición; otras formas de la frase; otros vocablos, otras músicas de la prosa. Por otro lado, quedas impregnado de una mirada de extrañeza. Te miras desde fuera; te construyes de otra manera. Por ejemplo, mi relación con María Lionza era absolutamente natural. De niño y adolescente crecí yendo a su montaña, escuchando sus historias. Fue al vivir en España y hablar con amigos que comprendí que en mi vida había sucedido algo especial. Yo había formado parte de una rarísima religiosidad encabezada por una mujer, un tipo de religiosidad que desapareció miles de años atrás. Así que este mundo vivía dentro de mí, pero no me percataba de su presencia. Fue el admirado narrador Ernesto Pérez Zúñiga quien, al escucharme un día contar algunos rituales, y algunas historias de María Lionza me dijo: ¿Y cómo es que apenas has escrito sobre eso? ¿Cómo es que teniendo esa riqueza de una religiosidad que apenas cuenta con textos escritos no te has dedicado a contarla?

Vivir en España, me hizo retomar una parte de mí mismo que había olvidado. El viaje a un lugar lejano, me acercó a un lugar muy próximo de mi vida.

 

 

[AQR]: ¿A qué escritores ecuatorianos has leído?, ¿cuáles son tus afinidades?

[JCMG]: Justo por este viaje, estoy releyendo a César Dávila Andrade, a quien leí hace muchísimos años, pero que ahora me ha despertado nuevas inquietudes. Incluso tomé unas notas porque, más allá de la riqueza verbal de su escritura poética y narrativa, también me conmovió mucho que se suicidase en Venezuela dos meses después de yo haber nacido. ¿Cómo pude entonces llegar a sus libros? ¿Quién guardó durante veinte años esos libros que alguna vez tuve en mis manos?

Otro autor que leo desde hace años y que es una de las voces más importantes de la narrativa actual en español es Leonardo Valencia. Tiene libros sublimes; de gran inteligencia constructiva, de perturbadora intuición estética. He disfrutado muchísimo al leer a María Fernanda Ampuero, Alfredo Noriega, Santiago Peña Bossano, Abdón Ubidia, Mónica Ojeda.

Ahora, mi intención es comenzar a explorar la poesía ecuatoriana. Ya sabes que me interesa mucho la poesía. Un narrador que no tiene aliento poético, que no mira el mundo con los ojos atentos y sigilosos del poeta pierde mucho fuelle.

 

 

 

[AQR]: Como el gran lector de poesía que eres, me encantaría que me cuentes, ¿cómo miras la poesía que se escribe en Hispanoamérica? Particularmente en España, que es tu segunda patria, ¿qué poetas te interesan y cuáles nos recomendarías de otros lugares del mundo?

[JCMG]: Leo poesía de manera caótica, por gusto, por placer desmedido, sin conciencia de conjunto, sin posibilidad de construir panoramas o líneas de sentido. Así que sólo te mencionaré a dos poetas que leo y releo en estos días: Yolanda Castaño y Ernesto Suárez. Dos voces diferentes, pero en las que percibo una ampliación de mi experiencia de vida. Son dos poetas inmensos; inabarcables. Te hablo de esa poesía que paladeas mucho tiempo después de haberla leído con los ojos pues te sigue habitando como un rumor; como un sonido del viento.

 

 

 

 

 

*(Barquisimeto-Venezuela, 1967). Cuentista y novelista. Reside en Madrid (España) desde 1996. Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca (España). Obtuvo el Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro. Ha publicado en novela El libro de Esther (1999), Árbol de Luna (2000), La ola detenida, El baile de madame Kalalú, Los maletines (2014), Una tarde con campanas (2004), Chulapos Mambo (2011), Arena negra (2013), Tal vez la lluvia, Veinte merengues de amor y una bachata desesperada (2016) y La diosa del agua (2020); en cuento Tan nítido en el recuerdoLa noche y yoIdeogramas Hasta luego Míster Salinger; y en literatura infantil ha publicado El abuelo de Zulaimar (2015) y Nueve mil kilómetros y tu abrazo (2006).

 

 

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